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Historia 28245 — capítulo 4
El director se dio cuenta del lamentable estado que presentaba Harry nada más tocar tierra firme. Estaba blanco, pálido como la pared, sus ojos se habían enrojecido a causa de las lágrimas que aún salían de ellos. Su cuerpo se mantenía en pie porque Dumbledore lo sostenía, sino ya se hubiese caído. Sus piernas no habrían aguantado su propio peso. Tuvo que sentarlo en una silla para que esto no ocurriera, y después de asegurarse que se encontraba lo mejor posible dadas las circunstancias, rodeó su escritorio y se sentó en su propia silla.
-Harry –llamó Dumbledore para intentar traerlo de vuelta. –Harry, es muy importante lo que tengo que decirte. Necesito que me prestes toda la atención.
El chico, por fin, clavó sus ojos verdes esmeraldas, ahora brillantes por el llano, en los pequeños ojos azules del director, y éste pudo sentir el sufrimiento que estaba soportando Harry, el dolor por dejar atrás a sus padres, la pena porque tuvieran que pasarlo mal como lo pasaron.
-¿Me estás escuchando, Harry? –preguntó el director para asegurarse que tenía toda su atención.
-Sí, señor –pudo decir el chico entrecortadamente.
-Quiero mostrarte ahora la otra parte de la Profecía que te oculté, para que tuvieses tiempo de asimilar la primera y estar preparado para la segunda.
-Pero yo no estoy preparado para nada más –observó Harry que poco a poco se iba recuperando de lo recién vivido. –Yo no tengo fuerzas para seguir luchando por algo que no merece la pena, de todas maneras Voldemort va a matarme, yo seré la víctima.
-¿Algo que no vale la pena? ¿Crees que no vale la pena las muertes de tus padres y de Sirius?
-¡No hable de Sirius! ¡No tiene ningún derecho a nombrarle en mi presencia cuando usted me podría haber advertido que aquello podía pasar! ¡Si me hubiese dicho que Voldemort iba a intentar engañarme, yo no habría ido al Departamento de Misterios! –aquella idea le había rondado todo el verano, y cuando se la dijo a su profesor se quedó más tranquilo todavía.
-Harry, puedes culparme de la muerte de Sirius, si así lo deseas, pero en este momento necesito tu mayor atención, necesito que me escuches y… que me perdones por haberte ocultado esto tanto tiempo.
-¿Ocultado? ¿Hay más cosas que me has ocultado? No me lo puedo creer… -susurró el chico, decepcionado de Dumbledore, más aún que en Junio. Era una de las personas en las que más creía, en las que más admiraba, en las que más confiaba… y le había engañado dos veces. Aquello era demasiado. –No quiero saber nada de usted.
-Harry, por favor, necesito que leas, al igual que leyeron tus padres, lo que voy a mostrarte a continuación. Ese pergamino que les dí a Lily y a James, te lo entregaré ahora, pero necesito que te tranquilices. –No había nada más que dulzura y lástima en la voz de Dumbledore.
Harry, resignado como estaba ya a cualquier cosa que le pudiese pasar, alargó el brazo para que el director le entregara aquel trozo de papel que le cambiaría la vida. Dumbledore dudó, un solo instante, si era necesario hacerle pasar por aquello al muchacho, y al segundo comprendió que sí, que era mejor para él saber todo la verdad sobre su pasado, su presente y lo que estos dos podrían acarrear en su futuro. De un cajón que había en su escritorio sacó una especie de cofre cerrada con llave. Murmuró una serie de palabras ininteligibles para Harry, quien seguía con el brazo extendido, y la cajita se abrió. Dentro había un trozo de pergamino, desgastado por el uso del director del colegio, quien intentaba encontrar una solución a aquello. Dumbledore cogió el papel y le hizo entrega a Harry de éste. El muchacho, temeroso de lo que allí podría leer, cerró un momento los ojos para serenarse, para intentar tranquilizarse. Poco a poco los fue abriendo y pudo leer aquello que tanto había amargado a sus padres.
“Uno de ellos tendrá que morir para que el otro pueda enfrentarse al Señor de las Tinieblas. Éste será el elegido, aquél que tenga que compartir su vida con otro igual”.
Harry no entendía nada. ¿Qué quería decir? Volvió a releer aquellas palabras varias veces, intentando sacar algún mensaje oculto, pero allí decía exactamente lo que ponía. Algo se le estaba escapando. Levantó la mirada y miró a Dumbledore expectante, sin saber que hacer. Se suponía que debía de haber puesto algún tipo de cara o haberse enfadado con el anciano, pero no encontraba motivo alguno.
-¿Qué se supone…? -comenzó Harry, pero fue interrumpido por el director.
-Comprendo que no entiendas nada de lo que acabas de leer, hay cosas que aún no se te han sido reveladas, y que por supuesto, te diré a continuación. Pero antes debemos de volver a mi pensadero.
Dumbledore volvió a colocar un recuerdo en la vasija de cristal, para volver en el tiempo y enseñarle, definitivamente, la gran verdad que le había ocultado a Harry.
Una vez más, el chico tocó la sustancia antes que su profesor, y se encontraba en una sala, totalmente opuesta a la del recuerdo anterior. Las paredes eran blancas, un blanco inmaculado, varias sillas estaban pegadas a las paredes, en las cuales había unas cuantas personas sentadas. La habitación era totalmente fría, para nada acogedora. Se encontraban en una sala de espera del Hospital San Mungo.
-¿Qué hacemos aquí? –preguntó el Harry verdadero. Seguía sin comprender nada.
Dumbledore simplemente señaló a una puerta que tenían justo enfrente. Por ella estaba saliendo un radiante James. Sirius se encontraba en la misma sala que Harry, pero el muchacho no se había dado cuenta de ello.
-¿Qué, qué ha sido? –exclamó Sirius nada más ver a su mejor amigo.
El recien estrenado como padre va dando saltitos hasta que se abalanza sobre Sirius y le da un fuerte abrazo que casi le rompe las costillas.
-¡Un niño! ¡Ha sido un niño! ¡Pero eso no es lo mejor! –exclamó emocionado.
-¿Cómo que eso no es lo mejor?
-Han sido… ¡Han sido dos niños! ¡Lily y yo hemos tenido gemelos!
-Enhorabuena James!!
En ese instante a Harry se le cayó el mundo a los pies. ¿Tenía un gemelo? ¿Tenía un hermano gemelo y nadie le había dicho nada, jamás? Aquello no podía ser cierto, tenía que ser una broma de mal gusto, pesada. Se giró hacia Dumbledore, esperando que le dijera “Inocente, has caído”. Pero no. El director se encontraba totalmente serio, observando la escena que se producía delante de sus ojos.