← Primos Black · de
Primos Black — capítulo 5
Se encontraba recostado en un sillón con la cabeza mirando hacia un costado y con un cigarrillo entre sus dedos delgados. Hacía un tiempo estaba así, meditabundo, ausente. Kreacher iba y venía pero su amo no tenía hambre solo quería morir. Suspiró resignado y se puso de pie mientras apagaba el cigarrillo en el piso, se encaminó a su habitación cuando pasó sin querer frente al retrato de su madre que al oír sus pasos comenzó a gritar como una condenada.
- YA BASTA MADRE, YA BASTA- gritaba a la par Regulus a la vez que se cubría con ambas manos los oídos. Siguió caminando, aun más rápido y entro de golpe al dormitorio al tocar su mano la perilla de la puerta en donde estaban grabadas las iniciales de sus nombres y apellido.
A la mañana siguiente el joven le entregó su elfo al Señor Oscuro. Ese día había anochecido con tremenda rapidez y él se hallaba leyendo “El Profeta” con sumo interés, algo molesto, eso si, ya que desde hacia unos días le daba comezón la marca tenebrosa que tenía tatuada en su brazo y estaba dubitativo. Desde aquella batalla en la que James Potter había salido herido y su hermano, su hermano Sirius, lo había desarmado mientras le arrojaba una mirada que irradiaba una cólera profunda, como si no lo reconociera, Regulus cambió y pese a que no era evidente para los demás, en el numero 12 de Grimmauld Place se sentía más solo que nunca, conviviendo con un elfo y el retrato de su madre. Hubiera querido tener una familia o una novia al menos, tenía casi 19 años, era muy joven y bastante manipulable.
Todavía era de tarde y Regulus salió a caminar un poco, necesitaba algo de aire fresco para aclarar sus ideas. Camino unas cuadras hasta llegar a un puente en donde se dedicó a mirar el agua correr bajo sus pies y un deseo inevitable de morir llegó a él, pero era inútil. Volvió a su hogar cabizbajo y con un pesar en su corazón difícil de quitar, de camino se encontró con unos chicos, muggles a simple vista, que reían y se molestaban entre ellos, eran amigos que estaban yendo a bailar y la imagen de Sirius se materializó ante él y un sentimiento parecido a la envidia lo invadió. Malhumorado abrió la puerta de Grimmauld Place y fue ahí que se encontró de improviso con Kreacher.
(Regulus Black)
Me desperté con los primeros rayos de aquel sol otoñal golpeando mis ojos. Maldije por lo bajo y me puse de pie, corrí al baño a lavarme el rostro y observé una marca en mi mentón, maldije a Sirius con cada partícula de mi ser, esa piña me había dejado inconciente un par de segundos y me había dejado como un idiota frente a todos mis amigos. Soy mejor de lo que aparento y aquello arrojó mi reputación al demonio. Aquella mañana bajé a desayunar como de costumbre y ocupé un lugar en mi selecto grupo de Slytherin, todavía algunos reían.
- ¿Con que tu hermanito perrito mojado Gryffindor Regulus te lastimó en el rostro?- me preguntó una estúpida mocosa de primero. No le respondí, solo le dediqué una mirada característica Black y giré mi rostro hacia el otro lado.
Allí entraba Sirius escoltado por sus amigos. Las chicas suspiraban abiertamente sin disimular, incluidas algunas de mí casa, muy a mi pesar. Sirius era todo lo que yo no era, querido por sus amigos, respetado, atractivo y yo lo envidiaba pero lo admiraba. Lo quería pese a todo, porque era mi hermano, pero él no. ¿Qué culpa tenía yo si nuestra madre me quería más a mí que a él, si yo era un verdadero Black cosa que el no era? Pero el parecía no comprender. De repente escuché unas voces burlonas de la mesa de Gryffindor, al otro extremo. Era yo el motivo de sus chistes, James Potter rompía en carcajadas bastante sonoras después de que mi hermano terminaba de hablar. Aquello colmó mi paciencia, lo quería pero debo admitir que era insoportable y pese a ser hechicero soy humano y reacciono, tomé un plato y se lo arrojé. El susodicho golpeó de lleno en el rostro de Pettigrew quien ocupaba un lugar junto a Sirius. Sirius se quedó mirando sorprendido, Pettigrew había caído de espaldas y parecía inconciente.
- Creo que iba para ti hermano- dijo Potter mientras intentaba levantar a “la bola de pus andante” Pettigrew.
Sirius giró la cabeza hacia mí. Sabía que era yo.
-
Tenías que ser vos- exclamó con firmeza mi hermano mayor mientras se ponía de pie. La mesa de Slytherin miraba expectante y divertida, la mesa de Gryffindor ardía en cólera. Los profesores recién se habían percatado de lo que sucedía, parecía que estaban todavía dormidos sino no se explicaría porque no habían escuchado el sonido del plato estrellarse. Lo que pasó en ese momento sucedió tan rápido que no me dio tiempo a reaccionar. Tres varitas de la mesa de Gryffindor se alzaron en el aire y despidieron hechizos a diestra y siniestra, los de Slytherin no tardaron en responder y contraatacaron. Las otras dos casas del colegio habían quedado en medio y algunos tomaban parte de la pelea y precisamente no era a nuestro bando al que se unían. Sirius me elevó por el aire y me colgó del techo. Todos enmudecieron, Katia Scwartsz, la bella de Ravenclaw me miraba sorprendida. Mis cabellos volaban al son de las risas de mi hermano.
-
Para que aprendas a no jugar con la comida- exclamó irónico pero McGonagall lo inmovilizó al instante.
Sirius estuvo un tiempo largo castigado, al igual que su banda de salvajes. Prometió que cuando saliera se vengaría de mí, en cambio mi encanto hizo que yo fuera visto como el santo inocente y ganara adeptos, pero mi autoestima estaba por el piso, siempre lograba la manera de ponerme en ridículo.
Una mañana me desperté muy temprano y bajé al comedor en donde me encontré con mi prima Bellatrix rodeado de todos sus amigos, yo levanté la mano y busqué su saludo pero ella me ignoró, no entendía lo distintos que éramos mi hermano y yo. Estaba dispuesto a colocarme en un lugar apartado cerca de Andrómeda cuando Bella giró su cabeza hacia mí y con unos ojos diminutos repletos de malicia invitó a unirme a ellos. Con una gran sonrisa me aproxime, Sirius que se encontraba del otro lado en la mesa de Gryffindor, siguió mis pasos atentamente y luego lo oí murmurar:
- Parece que las moscas se acercan a la basura, es un maldito cobarde y estúpido además, que vergüenza…
Aquellas palabras lo único que hicieron fue darme más valor y casi a zancadas me aproximé a aquel sitio en donde estaba Bellatrix.
-
¿Cómo estas Regulus?- me preguntó amablemente la morena. Todos me arrojaban miradas frías y llenas de expectación.
-
Estoy bien Bella, gracias.
-
No hay por qué, para eso están los primos, la familia, para interesarse por el bienestar del otro.- y miró de soslayo a Dolohov con una medio sonrisa.- ¿En que año estas?- exclamó volviendo a mi.
-
En quinto- dije casi en un susurro.
-
¡Que dulce!, va a quinto el bebito- espetó en tono burlón- Como debes saber Regulus, este es nuestro último año…
-
Sí, lo se.
-
Bien y siempre dejamos un legado, aquellos de Slytherin que se van del colegio, como que pasamos la antorcha, no se si me entiendes. Tu Regulus, eres muy inteligente, eres el que vale de esa parte de los Black.
-
Gracias Bellatrix…
-
Por eso queríamos hacerte una propuesta, obviamente por el momento muchas cosas no podrás hacer hasta que abandones Hogwarts pero nos puedes ayudar a reclutar y más tarde unirte a nosotros.
-
¿De que hablás?- pregunté temeroso.
-
A la 5 de la tarde en la Sala Común vamos a tener una larga charla, Regulus, primo…
Fue ese mismo día en el que me convertí en un reclutador de mortífagos para más tarde, solo dos años después unirme finalmente a aquel tan selecto grupo…
Kreacher estaba nervioso, Regulus se aproximó a él algo temeroso pero no por eso sin conservar la calma.
-
¿Qué te ocurrió amigo?- exclamó casi en un susurro. El elfo se estremeció pero obedeciendo a su amo relató con pena el martirio que le hizo padecer Lord Voldemort.
-
¡Es un maldito!- gritó rabioso Regulus mientras se refregaba con impaciencia la marca de su brazo- ¡¿Cómo pudo hacer eso?!- camino tambaleándose, aquello había sido la gota que había derramado el vaso. Algo confuso, le dio una palmaditas a Kreacher en un hombro y se encaminó a su habitación. Permaneció allí un tiempo razonable, pensando, meditando su accionar. Se puso de pie y se dirigió a su escritorio, sacó papel y con la pluma que allí reposaba escribió una breve nota. Al concluir, grabó sus iniciales con premura, R.A.B, y un sentimiento que nunca antes había llegado a sentir recorrió todo su ser. Estaba nervioso y tal vez más temeroso que en toda su corta vida, pero estaba satisfecho consigo mismo y sonrió para si con aquella sonrisa tan parecida, tan igual a la de Sirius y se sintió un héroe, un HEROE. Suspiró, se ató en una coleta sus cabellos oscuros y guardo la nota en un relicario que había hecho aparecer y salió finalmente al exterior, libre.
-
Escúchame Kreacher, te debo unas cuantas amigo, te debo pedir un favor.
-
Si, amo
-
Bien, deberás acompañarme, me tendrás que ayudar Kreacher.
-
Como ordene.
-
Llévame a la cueva, al lugar en donde te dejó Voldemort.
Un escalofrió recorrió el pequeño cuerpo del ser.
-
Pero señor…
-
No hay peros Kreacher, harás lo que te digo- espeto malhumorado el joven. El elfo asintió sin otro remedio.
Aquella misma madrugada Regulus Black partió a su última morada…