Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Primos Black · de

Primos Black — capítulo 4

Una mujer acariciaba los cabellos oscuros de su primogénita que se había rendido al sueño en sus brazos. Parecía un ángel mientras dormía, pero al despertar no podía creer lo distinta que era de ella. El carácter sumado a su aspecto físico provocaba en la señora una cierta duda sobre si era o no fruto de su vientre.

Cygnus Black le había obsequiado a la mayor de sus hijas como regalo por su 10 cumpleaños un hermoso Augurey todavía pichón. Bellatrix había pedido uno de ellos desde hacía tiempo, le encantaba las historias que decían que predecía la muerte y se lo pidió a su progenitor cuando tuvo la oportunidad. El hombre no se hizo esperar y se lo dio a la favorita con alegría.

Druella observaba como la niña jugaba con el animal y temía. Desde el sillón, escudándose en un libro interminable, veía como la pequeña tomaba por las alas al animal y oía su lamento. Bellatrix reía, sí, reía. Disfrutaba escuchar el dolor de la pobre ave. Su madre no sabía como reaccionar, pedía en su interior que alguien interrumpiera aquel calvario por el bien del Augurey y de ella misma. Para suerte suya, Cygnus irrumpió en la habitación con un nuevo “juguete” para la niña.

Bellatrix había sido una chiquilla muy malcriada desde que sus grandes ojos grises se abrieran al mundo por primera vez. Cygnus la adoraba, era su predilecta y cuando aun no había comenzado a hablar ya le estaba enseñando todo lo que concernía a su familia y la sangre pura. Druella le temía. Amaba a todas sus hijas pero temía a Bellatrix. Era el espíritu de los Black andante, era una especie de demonio. Muchas veces le agarraban berrinches insoportables y su madre quería morir. En cierta ocasión se empecinó en tener un vestido nuevo, rompió todo a su paso, lloró y gritó tanto que Cygnus no solo le compró un vestido sino un par de zapatos y una diadema con perlas y diamantes. Bellatrix acostumbraba a tener lo que quería cuando quería.


(Bellatrix Lestrange Black)

Desperté fría aquella mañana de invierno en la suavidad de mis sabanas de seda. Giré y encontré el rostro del asqueroso de Rodolphus a mi lado, con saliva cayendo por la comisura de su boca abierta. Otro día junto a él, ya no podía ni verlo, insoportable, pero “todo por el bien de los sangre pura” me dije convencida y bajé al comedor ágilmente. La mucama Sylma al verme hizo una reverencia y más bien, con la mirada que le dediqué me debió temer. Y es que yo provocó eso, temor, y me encanta. Me encanta saber que los otros me tienen miedo, saber que soy capaz de controlarlos a mi antojo.

  • Señora ha llegado una carta para usted- me dijo mientras me extendía un sobre amarillento con la cabeza gacha y una voz estupidamente débil que provocó en mí una sonrisa.

Abrí el sobre recostada en el sillón de la sala y tomé la hoja allí dentro. Al concluirla comencé a reír a carcajadas y después de que os cuente por qué se reirán conmigo también. La carta provenía de la debilucha de Narcisa. La mocosa me decía que la incompetente de Andrómeda había abandonado la familia para casarse con “sangresucia Tonks”. Al leer esto reí como nunca. “Sabía que nos deshonraría así esa buena para nada” exclamé en voz alta. En ese momento bajó Rodolphus con su bata violeta tan horrenda como su rostro al despertarse.

  • ¿De qué te ríes?- me preguntó.

  • Léelo tu mismo…- y le extendí la carta sin mirarlo- … si es que puedes- agregué con una media sonrisa.

La bestia tomó el papel y al terminar, comenzó a soltar una especie de carcajadas tan increíbles y desagradables que parecía que se le habían quedado atascadas unas cosas en su garganta.

  • En mi familia la hubiésemos hecho desaparecer- comentó con agrado.

  • Mi familia es bastante atrasada en eso, además la enfermiza de mi madre no lo soportaría, por mí… yo ya lo hubiera hecho- dije mientras me ponía de pie y subía nuevamente a la habitación.

Al entrar en ella revolví mi armario, elegí mi mejor vestido y me miré melancólica al espejo, aquella noche habría otra fiesta.


Cygnus se hallaba en un extremo de la mesa, escoltado por Druella y Bellatrix, junto a Druella estaba Andrómeda y al lado de esta última la pequeña Narcisa. Era la hora de cenar y el hombre comenzó con su discurso habitual. “Parece que es costumbre” le había dicho Sirius a Andy en cierta ocasión. Al concluir con él le dedicó unas palabras a la mayor.

  • Bella, querida, me encantaría que conocieras a un joven de alta sociedad…

  • ¿Quién es él?- preguntó ella con una sonrisa.

  • Lestrange, Rodolphus.

  • Los Lestrange…- espetó como si quisiera recordar algo-… si, los Lestrange.

  • ¿Y qué opinas?

  • Que me encantaría padre. Debe ser difícil encontrar alguien acorde a nuestra familia, todos tan insignificantes…

El hombre asintió y rió a carcajadas y miró a su esposa para invitarla a reír con él pero la mujer no se inmutaba al igual que Andrómeda quien cada vez estaba más dentro de su plato. Narcisa, en cambio, veía a su hermana mayor completamente maravillada. Al concluir esa noche y llegar la siguiente se concertó una cena monumental para invitar a los Lestrange. Bellatrix se había vestido completamente de azul con una cantidad increíble de joyas. Al ver al joven, apuesto pese a todo, la muchacha se aproximó lentamente a él y comenzaron a hablar. No se gustaban mutuamente pero compartían la misma manera de pensar y eso ya era suficiente.


(Bellatrix)

Ya hacia seis años que me había casado con la bestia y todo en mi hogar no era para mejor. Cada vez que lo miraba agradecía al cielo no tener hijos suyos, nunca se me hubiera ocurrido dar niños a aquella casa y más todavía niños de él, era como una pesadilla. Tomé la taza de te ya frío y lo tire al fregadero y rompí la taza contra la pared. La tonta de Sylma corrió hacia mí asustada.

  • ¿Está bien señora?- me preguntó la muy inútil.

  • ¿Qué te importa?- le dije yo y me fui pisando fuerte de allí.

Esa noche hubo una cena, a ella habían llegado los mortífagos y esperábamos a Mi Señor. Se hablaba mucho de él, tantas maravillas para nos, que anhelábamos que algún día nos hiciera el honor de presentarse a nosotros, sus más fieles seguidores. En la mesa estaba Malfoy, el marido de mi hermana, quien en ese entonces estaba encinta.

  • ¿Le contaste algo de esto?

  • Todavía no- me respondió meditabundo.

  • Es una debilucha como mi difunta madre no creo que lo soporte.- exclamé yo a la vez que me alejaba de allí.

De repente la noche cayó sobre aquella sala, las luces, todas, se apagaron a la menor ventisca. Algunos cobardes dieron un grito de horror, pero yo sabía, yo sentía en mi corazón, en mis venas que aquel era EL.

  • ES EL, ES EL- grite frenética, todavía de pie.

Cuando la mayoría se percató de su venida ya estaba erguido junto a nosotros. Tan monumental, tan magnífico. Me aproximé a él y me arrojé a sus pies cubiertos por la larga túnica que poseía.

  • Señor, MI Señor. Bellatrix Lestrange su servidora.

  • Siéntate Bella, apártate de mi camino- exclamó con una voz suave y respetable.

Me apresure y me coloqué junto a Rodolphus quien miraba asombrado como su hermano Rabastan, con la boca abierta y cayéndole saliva, como cuando duerme o como siempre. Todos estaban de pie, aquello era tan magnífico. El Señor Oscuro tomó un lugar junto a mí, en la cabeza de la larga mesa. Lo que oímos aquella noche fue música para nuestros oídos, su voz endulzaba mi alma. Nos habló de todo lo que pensamos que nos diría y mucho más…


Despertó tarde aquel día, no había clases y le agradeció a la vida aquello, se sentía muy mal, le dolía la cabeza sobremanera, se compuso lentamente y corrió al baño a lavarse el rostro. Al verse en el espejo se dedicó una sonrisa. Corrió a vestirse para bajar y reunirse con sus amigos. Tomó su varita y observó como la nieve caía a través de la ventana junto a su cama, su primo el insoportable de Sirius corría de un lado hacia otro jugando con sus estúpidos amigos. Lo odiaba, era todo lo contrario a ella pero a su vez igual de parecido que le repugnaba. Corrió a la sala y tomo asiento junto a sus amigos, tan selectos, tan respetables. Al verla llegar se pusieron de pie, como si una reina hubiera llegado. Bellatrix les agradeció su gesto y con una mano les señalo que regresaran a sus lugares.

Al terminar el desayuno se pusieron a charlar, se apropiaron de una de las escalinatas que daban a los jardines del colegio y dieron inicio a su charla matutina. Se hacían llamar Mortífagos, y eran una nueva camada de aquel grupo tan misterioso.

Reían a carcajadas, intercambiaban confidencias y se burlaban de todos aquellos que llamaban “sangresucia”. Bella se enroscaba su cabello oscuro en un dedo mientras escuchaba atentamente con una mueca seductora en su rostro a Antonin Dolohov. El joven algo torpe y para nada apuesto aunque razonablemente astuto, hablaba sobre Stephanie Rice una niña de Ravenclaw de padres muggles, bastante tímida y olvidadiza que no tenía amigos y que era, a su parecer, patética.

  • ¿A que no estaría bueno hacerle crecer unas orejas de burro a esa “sangresucia” y hacerla pastar por todo el jardín?- espetó divertido. Los demás asintieron y arrojaron otras tantas ideas para hacerle pasar vergüenza a la pobre muchacha. Sin embargo Bellatrix se había quedado momentáneamente tildada con una sonrisa irónica que dejaba ver todos sus blanquísimos dientes.

  • ¿Te animarías?- preguntó ella como quien no quiere la cosa. Dolohov la miró perplejo pues no sabía que hacer ni que decir.- Lo sabía eres un inepto Dolohov, bastante blando para mi, ahora mírenme, miren lo que haré.- expresó desafiante mientras se ponía de pie y sacaba la varita de su túnica.- IMPERIUS- dijo en voz baja pero lo suficientemente fuerte como para que sus amigos la oyeran.

La joven caminaba en dirección al bosque y de repente (bajo ordenes de Bellatrix), se puso en cuatro patas y comenzó a correr desaforadamente, a beber agua del lago, a gritar, a cantar, a decir totales incoherencias, a actuar como una demente. Algunos de los presentes reían a carcajadas, otros miraban preocupados a Stephanie. Los Mortífagos estaban anonadados, maravillados ante el accionar de la joven Black. Ella parecía disfrutar la situación, le brillaban los ojos como si su padre le hubiera entregado el más ansiado obsequio. Al instante un grito la hizo detener, el grito de un prefecto que corría en dirección a Stephanie. Al bajar la varita un cosquilleo recorrió su cuerpo y una alegría nunca antes vista se estampó en su rostro. Los demás allí en las escaleras guardaron silencio por un momento y luego cuando ya el tumulto de gente en torno a la niña se hubo despejado prorrumpieron en aplausos y vitorees con grandes sonrisas.

  • No sabía que podías hacer eso.- exclamó Dolohov de camino a la Sala Común de Slytherin.

  • Y eso no es nada, espera a ver la maldición Crucio, es maravillosa- dijo extasiada la muchacha mientras se acariciaba su cabello- La otra vez la practique con el gato de mi hermana, es una sensación deliciosa…


(Bellatrix Lestrange)

Dejé la copa de licor a un lado y me puse de pie, me observé en el espejo de mi habitación todavía con la mascara en mi rostro y me sentí excelente, poderosa, invencible. Comencé a reír a montones, estaba tan feliz… Bajé a la sala y allí me esperaba mi esposo y su estúpido hermano, ambos con una escoba en mano. Tomé la mía al pie de la escalera y con una seña de mi cabeza los invité a salir de la mansión. Nos montamos de un salto en las escobas y nos elevamos por sobre el techo de mi casa, un gélido viento llegó a mi, saboree cada momento como si fuera el último. Rodolphus nos guiaba, la noche era tormentosa, el cielo se hallaba revuelto, apenas unas pocas estrellas se lograban divisar. Atravesamos la noche con rapidez, un sentimiento de alegría plena recorría todo mi ser, estaba impaciente, quería llegar lo antes posible y cumplir con mi misión, MI misión.

Al llegar a la casucha, a la humilde y olorosa ca-su-cha, un olor pestilente llegó a mí. Nos bajamos de un salto de las escobas, nos confundimos con el follaje, dentro parecía haber un festejo… ¡Qué estupidos, qué ignorantes!, reía por dentro inevitablemente. Era un 31 de octubre… voces llegaban a mi, mi corazón latía fieramente, estaba totalmente ansiosa, ni siquiera el llanto de un bebé pudo conmoverme… ¿conmoverme? Ya no pude más, les hice otra seña a las dos bestias que tenía de escoltas para que me siguieran y así de rápido abrí de un tirón la puerta para encontrarme con los tres Longbottom completamente aterrados…

Se me entumeció la mano al terminar de escribir estas líneas hacia bastante que no escribía tanto. Escucho el sonido del viento correr por los pasillos entre las celdas y un frío llega a mi corazón. Se dibuja una sonrisa en mi, estoy, mejor decir, SOY tan feliz, soy su fiel servidora, jamás me doblegaré, soy fuerte para soportar lo que sea, hasta la misma muerte por EL, se que un día reconocerá mi sacrificio. Mí querido Señor…