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Relatos de mi adolescencia (y algo más) — capítulo 42
Lo primero que hizo al abrir los ojos fue maldecir al idiota que osaba llamar a su puerta un domingo tan frío como ese a las diez de la mañana. Podía no abrir, claro, pero le habían dejado claro que esperaban un paquete importante, así que bastaba con recibir esa cosa y luego volver a los brazos de Morfeo como si nada hubiese pasado.
-¿¡QUÉ MIERDA ESTÁS HACIENDO ACÁ!?
Se escondió tras la puerta semiabierta como acto reflejo, comenzando a entrar en pánico porque no llevaba nada más que la enorme camiseta de los Rolling Stones que usaba para dormir cada dos semanas. Él le sonrió divertido mientras analizaba su rostro somnoliento con perspicacia, buscando a la vez algo ingenioso y sarcástico para decir luego del saludo infantil que acababa salir de su boca.
-Te ves encantadora -dijo, ingresando sin permiso al hogar de la muchacha- Sí, esa ropa te queda excelente y tu peinado combina a la perfección con el maquillaje corrido de ayer.
-¡Idiota! -exclamó indignada, con unas tremendas ganas de llorar (no sabía porqué), sin querer salir de detrás de la puerta.
-No te quedes ahí, cierra la puerta. Te he visto con menos ropa que eso -sonrió con malicia, acomodándose en el borde de un sofá cercano. Se quitó el sombrero que llevaba puesto mientras ella intentaba controlar su respiración, cerrando la puerta tras de sí.
-¿Qué quieres?
-¿No corres hoy, querida? Va a llover. Ponte pantalones y salgamos a correr, seamos libres.
La muchacha se sentó a su lado y lo miró sonriente. Él alzó una ceja, confuso, y le preguntó a qué se debía el repentino cambio de actitud, sin darse cuenta de lo adorable que se veía observándola de esa manera.
-Idiota -repitió, esta vez con ternura-, ¿sabes lo maravilloso que es que me vengas a despertar a las diez de la mañana un domingo porque está lloviendo y quieres correr conmigo para que seamos libres?
-Eh… no.
-Pues es maravilloso, fantástico, genialífico
-Esa palabra no existe, querida. -puntualizó, frunciendo el ceño como si se tratase de un asunto de vida o muerte.
-Ah, no importa. Es por eso que te quiero.
-Bien, ¿corres o no?
-Por supuesto que sí.