Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Relatos de mi adolescencia (y algo más) · de

Relatos de mi adolescencia (y algo más) — capítulo 48

Llevaba dentro de los ojos oscuros el peso de quien se ve obligado a guardar un secreto. Si se le observaba con cuidado era posible pasar por alto la cicatriz que atravesaba su mejilla derecha y reparar en aquellas heridas que mil batallas de tiempos pasados habían encontrado lugar dentro de su alma. A la gente, sin embargo, no le gustaba mirarlo. Su figura esbelta pero fornida aspiraba una extraña mezcla de recelo y admiración, algo que nadie conseguía explicarse y que preferían olvidar apenas lo perdían de vista entre multitudes. Un tatuaje de un lobo descansaba en su brazo derecho, más por obligación que por gusto (porque honestamente habría preferido ubicarlo en su pecho); se sentía identificado con la ferocidad de los ojos de la bestia y los símbolos que le rodeaban, aquellos que hablaban de odio ancestral, sangre desperdiciada, historias sin contar, vidas olvidadas, aquellos que le recordaban quién era, aquellos que conseguían que mirase a cada chica pálida y de cabello oscuro con deseo, con ganas casi incontrolables de abalanzarse sobre ella y saborearla como fuera. Porque eso era él, por más que se esforzara en negarlo: un ser sin identidad ni procedencia definida que deambulaba por las calles de una ciudad desconocida con el único objetivo de encontrarla -o tal vez reconocerla; lo además no importaba, ¡ya no!, quería hallarla para poder deshacerse de una vez de todo eso, de las reglas de un grupo al que realmente no pertenecía, de lo que mantenía al lobo encadenado a una lucha que no era y jamás sería suya… Y encontrarla, a ella, ninguna otra, la de cabello oscuro, la de piel pálida, la de sonrisa desinteresada y mirada profunda, la que había visto en sueños innumerables veces, era lo único que podía devolverle la libertad que había perdido en batalla alguna vez hace siglos, probablemente, en algún bosque cuyos árboles poseían ojos y agudísimos sentidos. Sólo… sólo encontrarla, nada más. Y desligarse de las batallas y… libertad.