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Relatos de mi adolescencia (y algo más) — capítulo 51
Él se queda ahí. De pie, entre la multitud, es el único capaz de mirarte de aquella forma (tan suya, ¿no?), como si supiera 'todo', como si pudiera leerte, como si pudiera divisar el brillo de tus ojos a cualquier distancia. Y tú te quedas inmóvil, sin saber qué hacer, porque una vez más te ha superado el poder de su mirada azul; no puedes huir, no puedes evadirlo.
Está ahí, como siempre, existente, lejanamente cerca, esperando que te le abalances en cualquier momento simplemente porque sabe que si pudieras lo harías. Y es que lo sabe, lo sabe todo. Que te muerdes el labio cuando lo ves, que si te pidiera que te escaparas con él lo harías, que sigues tan enamorada como la primera vez -¿y cómo no estarlo si él sigue allí? El tiempo se detiene cada vez que sucede algo así y atrapa el momento en una polaroid que va directo a tu memoria, pasando a ser una más en la colección de hechos memorables que te niegas a aceptar. Quieres desviar la mirada, pero tal vez ahora sea diferente -ruegas porque sí. Otra polaroid más. Él desvía la mirada, tú te voltea y finges que nada pasó, como siempre, 'como si nada', como dos desconocidos. Y te produce un caos de sensaciones inefables, un remolino de pensamientos paranoicos, ¡siempre es lo mismo...!