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Relatos de mi adolescencia (y algo más) — capítulo 52
A veces la boca se le llenaba de recuerdos, lo podía adivinar por el tono en sus ojos y por al forma en que elegía ordenar sus cabellos. En la comisura de su media sonrisa se escondían los retazos de una tarde de otoño que nos habíamos dejado atrás, trocitos de la memoria en común que a menudo se manifestaba a través de aromas, luces o calles; recortes de anhelos ya olvidados -demasiado importantes para ser desterrados por completo de la mente, sin embargo-. A veces, especialmente los domingos nublados, elegía escuchar las canciones que alguna vez me había atrevido a susurrarle al oído, y podía adivinar por su silencio de lunes que había visto alguna película relacionada con la libertad, alguna de las que habíamos descubierto juntos innumerables atardeceres de verano.
A veces los ojos se me llenaban de sueños, y era evidente que ella lo descubría con tan solo mirarme de reojo. Llevaba entre las manos las historias y relatos que habíamos ideado juntos, las teorías sobre inmortalidad y las críticas a C. S. Lewis. ¡Y ella siempre lo adivinaba! Solía atravesarme con los ojos -rodeados de recuerdos, cómo no- y con una sonrisa torcida que probablemente solo yo era capaz e comprender me dejaba saber que estaba al tanto de todo y que, por supuesto, ella también. Algunos días yo podía saber que ella también cargaba en sus manos las historias, los relatos y las teorías; siempre a la misma hora su boca se contraía en una mueca secreta que parecía creada únicamente para mí (a vista y paciencia de todos), una manera de expresar silenciosamente que había un tratado íntimo entre los dos, algo que solo ella y yo compartíamos y nadie jamás podría adivinar.
Era un ser maravillosamente diabólico con la habilidad de llevarme de la mano a volar por las nubes y guiarme con la misma destreza la reino de Hades. Y cuando la boca se le llenaba de magia había algo que me hacía volar, algo que me traspasaba por completo y me dejaba sin respiración durante los mejores segundos de la existencia de un ser como yo, alguien etéreo, vulnerable, ínfimo y temeroso -de ella, de lo que podía hacer, de que pudiera encadenarme finalmente a su magia blanca.