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Relatos de mi adolescencia (y algo más) — capítulo 53

La multitud parecía una colonia de hormigas trabajando incansablemente 'porque sí'. Se ignoraban, se chocaban, se insultaban en silencio y, sobre todo, se odiaban. ¡Que nadie niegue jamás la sensación de repulsión, ahogo y desesperación que invade la garganta cuando se está en medio la multitud! Ella, la que llevaba una boina gris escocesa, no lo negaba. Podría haberse desplomado allí mismo si no fuese porque, de pronto, sus ojitos de luna se clavaron improvisadamente en un par de océanos eléctricos que la miraban esperanzados, como si la hubiese estado esperando toda la vida e incluso mucho, mucho más. Era como estar flotando en el espacio, como si todo a su alrededor fuera líquido, tibio, hipnótico; como si una  mano cálida y sumamente familiar hubiera ido a parar a su cintura para no abandonarla jamás, ¿solo porque había encontrado su lugar en el mundo, allí, junto a ella! Y ella lo miraba con los ojos de lluvia, los que había dibujado en ese mismo rostro un millón de veces simplemente porque sabía que ese momento llegaría. Había algo en ella, la manera en que la adorable boina se posaba en su cabello nocturno, la sonrisa que poco a poco ensanchaba su boca, la palabra que parecía querer escaparse entre los labios rojizos. Había algo en toda ella que le inyectaba electricidad, calor, vida, fuego, como si la fuente de la existencia humana y sobrenatural estuviese en su figura, emanando de sus manos o su cabello. ¡Y estaba seguro de que sí lo estaba! Sentía que la había estado buscando durante seis vidas y ahora estaba allí, acercándose, abriéndose paso entre la sofocante multitud que jamás notaría lo que estaba pasando allí por estar demasiado ocupados ignorándose. ¡Pero estaba sucediendo! Ella, la de la boina, los ojos de lunas lluviosas y el cabello nocturno, se había encontrado con el de ojos de océanos eléctricos, camiseta desteñida y cabello de miel.

Él, el de la voz rasposa que le pedía que escaparan juntos de ese puntiagudo lugar tan humano, tomaba la mano de ella, la de la sonrisita inocente que murmuraba suavemente un 'por favor' que había esperado años por ver la luz.