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Relatos de mi adolescencia (y algo más) — capítulo 54

El sonido de las olas rompiendo impetuosamente en la costa contrastaba en demasía con el estruendo urbano, la mezcla de música aterciopelada que se colaba por entre los edificios de un lugar análogo a la ciudad de la furia, la misma que tantas veces había sido testigo de aventuras al azar por calles desiertas, avenidas concurridas,los encuentros fortuitos y des-afortunados entre un par de amantes inspirados en los primogénitos de Montesco y Capuleto, tal vez con un toque Cortazariano únicamente visible al ojo experto.

Los ojos castaños se negaron a contemplar el horizonte, temerosos de hallar lo indeseado al borde del barranco. Fueron a parar, sin embargo, cerca de las rocas por las que se paseaba con agilidad una doncella de cabellos oscuros, la misma de la sonrisa infinita y las manos de porcelana. Ella le saludó a lo lejos alzando la mano sobre su cabeza, como si esperara que él se levantara para ir a su lado y bromear acerca del atardecer que se cernía sobre ellos, haciendo hincapié en lo poco romántico que resultaba aquello para ambos. Un poco de charla filosófica no les vendría nada mal, pensó. Pero él no se levantaría, no llegaría hasta ella. Prefería quedarse allí, lejos, simplemente contemplándola, embelesándose con su figura frágil e inocente que en realidad escondía travesuras suficientes como para deleitar a Hades durante un par de horas, rememorando de vez en vez el sabor de sus labios y la suavidad de las caricias, la naturalidad de sus manos paseándose por su cuerpo como si fuera territorio conquistado, exclusivamente de su propiedad. Le gustaban esos recuerdos, claro que sí. Prefería, también, desenterrarlos cada cierto tiempo, ¡tenía miedo de crear nuevos! Aunque, a decir verdad, apoyaba a Castel en eso de que la vida era la constante creación de recuerdos, un enorme camino plagado de nostalgias, carente de felicidad y equilibrio, nada más que una olla rebosante de penurias y dolores… Pero esos recuerdos nostálgicos eran involuntarios, no se basaban en las decisiones que pudiese tomar respecto a quienes lo rodeaban (como ella, por ejemplo), no llegaban a tocarlo hasta el punto de querer quedarse sentado sobre la arena admirándolos como si estuvieran en un álbum de fotos dentro de su cabeza. Los de ella, los de ambos, los que incluían frases que ninguno de los dos se atrevería a pronunciar de nuevo, o también un poco de confesiones aparentemente asesinadas por el viento, los había forjado él a partir de sus decisiones, y por eso los atesoraba de esa manera, por eso prefería guardarlos en un cofre de acero para poder mirarlos cada vez que quisiera, cuidando de no abusar del deleite que le producían. Todos los demás le eran prescindibles, no eran más que parásitos que lo ayudaban a trazar un día a día que podía destrozar si lo deseaba. A veces parecía increíble, ¿sabe? A veces a él la parecía una vil mentira que los recuerdos del cofre existiesen, parecían un engaño, una mala pasada de la mente. Y se perdía, se enredaba en infinitos remolinos de dudas, de preguntas sin respuesta, océanos de temores jamás exteriorizados; se ahogaba, daba manotazos inútiles encima del mar, esperando ayuda que no vendría simplemente porque en algún punto había logrado dejar de creer en todo, incluso en sí mismo. Y ella, quien se había detenido de pronto en la cima de una roca, asustada probablemente por la expresión en su rostro, era la única prueba que tenía de la veracidad de todo ello, lo único en el mundo que podía caminar sobre el mar y tenderle la mano para salvarlo de morir ahogado. Por eso se quedaba allí y no se acercaba. Temía un poco volver a tocarla, ¿quién podía asegurarle que no se desvanecería en un abrir y cerrar de ojos? ¿Quién le daba la certeza de que el túnel de Castel no era también suyo, y ella su María Iribarne, que en realidad no estaba dentro del túnel sino fuera, observándolo? Sabía que ella resolvería todo eso si se lo preguntaba, pero también le temía a sus palabras. Tal vez la había sobrevalorado todo ese tiempo y no era quien él creía, tal vez solo era un alma perdida que de pronto encontraba refugio y un poco de realidad a su lado, nada más que eso. Y sí, él también tenía otro poco de necesidad de refugiarse en ella, mas lo aceptaba, lo sabía porque era algo suyo, ¿cómo saber lo que no le pertenecía? No quería -se negaba rotundamente- tomarse el tiempo de analizarla, no podía simplemente, no le parecía justo, quién sabe porqué. Lo único seguro dentro de sus cavilaciones era, paradójicamente, la inseguridad.

Descendió de la roca y se deslizó cautelosamente sobre la arena hasta llegar a su lado. Lo miró dubitativa, acuclillándose a su lado, acercando con cuidado una mano a su cabello. Él cerró los ojos ante el contacto de su piel, estremeciéndose imperceptiblemente mientras recibía una descarga masiva de remembranzas que salían apresuradamente del cofre, envolviéndolos a ambos en fotografías móviles de días pasados. Ella no tenía miedo (o tal vez sí, pero no lo suficiente, ¡jamás el miedo era suficiente!), no temía a las palabras ni a las certezas.

-¿Recuerdas el túnel del que me hablaste el otro día? -preguntó bajito, para que nadie, ni siquiera las estrellas que comenzaban a adornar el cielo, se entrometiera en la conversación tan íntima.

-Sí.

-No tiene salida -aseguró. Él abrió los ojos de golpe y la miró horrorizado, ¿acaso pretendía confortarlo con esa horrorosa afirmación?- Lo sé porque lo he recorrido, te he visto, he estado contigo. No tiene salida, dear, pero no me importa que no la tenga si en él hay espacio para los dos. Y yo estoy ahí, ¿no me ves? Estoy dentro del túnel, contigo. Siempre he estado junto a ti, pero eres tú el que se niega a verlo, y al parecer te gusta creer que te miro a través de la ventana. Pero ¿te digo algo? No hay ventanas, no hay nada que nos comunique con el exterior *porque no lo necesitamos.*Todo lo que necesito está dentro, lo tienes tú. Y tú… todo lo que necesitas es alguien que te salga de vez en cuando con estas afirmaciones en tu idioma, y para eso estoy yo, dear.

Le dedicó una breve mirada a la joven de los cabellos oscuros, justo antes de ponerse de pie rápidamente para llegar en un abrir y cerrar de ojos a la cima de la roca más alta. Se volteó a mirarla durante un segundo para comprobar que se acercaba a él con una enorme sonrisa dibujada en el rostro. Extendió los brazos, las alas comenzaron a materializarse a su alrededor. Ella parecía levitar, flotar, hasta llegar a su lado para cobijarse bajo las alas, hacerle frente a la brisa marina y embriagarse completamente con el sonido de su voz murmurando que nunca fue fácil, pero creo en tus ojos, es tan frágil depender de todo… y más bajito aun, temiendo que las olas se llevaran sus palabras, acercándose a su cara, hablando contra su boca *y cómo explicarte desde el encierro cuánto miedo da salir a ese mar de dudas…*Y ella sonrió, apretó su mano en señal de presencia, mientras el túnel se cerraba a su alrededor, apartándolos del ruido, de la ciudad y de las estrellas curiosas que querían saber qué sucedería, pero jamás lo sabrían, porque a medida que la existencia física de los ojos castaños y el cabello oscuro se desvanecía entre el azul y el túnel, las barreras de las dimensiones desaparecían y se hacían etéreos, invisibles. Inmortales.