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Relatos de mi adolescencia (y algo más) — capítulo 57
-No has cambiado ni un poquito… -dijo él, sonriendo por encima de la copa de vino tinto mientras la miraba analítico con esos ojos de chocolate que alguna vez, en un tiempo que parecía demasiado lejano, la habían cautivado por completo.
-Pero qué dices, hombre, ¡mírame bien! Creo que te hacen falta anteojos, querido.
Ella sonaba exasperada, pero en realidad no lo estaba y ambos lo sabían. ¿Cómo podía, en todo caso, estar enfadada en ese momento, cuando después de tantos años se habían encontrado por casualidad donde menos se lo esperaban? Resultaba imposible sacar a la luz rencores del pasado, estando ambos conscientes de lo agradable que era estar allí como si nada nunca hubiese sucedido -nada malo, nada bueno.
-Tú, por otro lado, sí has cambiado -afirmó ella- Mira, creo que eso allí podría ser una cana, tal vez…
-¡Silencio, mujer! La que necesita anteojos eres tú, al parecer.
-Está bien, está bien, no tienes nada -sonrió- Pero sí has cambiado, puedo sentirlo. Han pasado tantos años…
-Sí, bueno, todo cambia. -alzó un poco el tono de voz, intentando dar por finalizado el tema. Su rostros se ablandó casi al instante y volvió a hablar- Lo siento, no quise ser duro. La gente vive diciéndome que he cambiado, ya estoy cansado de eso y lo cierto es que si lo dices tú… casi no puedo negármelo.
-Yo no he dicho que el cambio ha sido malo.
Lo único que él hizo fue sonreír y darle otro sorbo a la copa de vino. París, sin duda alguna, tenía ese algo magique que jamás lograba explicar.