Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Relatos de mi adolescencia (y algo más) · de

Relatos de mi adolescencia (y algo más) — capítulo 56

Cerró los ojos, agotada, acomodándose en la cama. Cuando volvió a tener consciencia del mundo exterior la lluvia había cesado, el sol se asomaba allá fuera y Yann había callado. Hizo a un lado el edredón, sintiéndose tan absurdamente ridícula por dormir en una cama similar al cielo que durante un momento se vio capaz de quemarla; fue al baño (y quitó el feo letrero del conejo), se dio una ducha, intentó sentirse mejor. Puso bajito un CD de Ella Fitzergald, tal vez con eso podía darse ánimos para salir a trabajar y enfrentar al mundo como todos los días. Se quemó la punta de la lengua con el café cuando fue a darle un sorbo y tocaron la puerta. A la mierda, tan temprano y la vieja del alquiler ya iba a cobrarle. Arrastró los pies, taza en mano, camino a abrir, sin molestarse en fingir una sonrisa para esa mujer que parecía empecinada en hacerle la vida imposible… Y casi se le cae el café cuando lo vio a él en lugar de la vieja, esperando a que abriera la puerta, empapado de pies a cabeza, envuelto en un abrigo negro con el pelo cayéndole despreocupadamente sobre los ojos y una media sonrisa entre avergonzada y resignada. (Es que no encuentro las palabras para decirte que lo siento, que aquí estoy, que no más, que extraño la alfombra, la cafetera, el ventanal, la cama, tu cuerpo junto al mío, tu sonrisa…) No le dijo nada, nada de nada, pero se apresuró en dejar el café en algún mueble para ayudarlo a secarse. El abrigo encima de la estufa, la camisa también, cubierto él con una de las tantas prendas que se había dejado allí (…y lo que sigue aquí fue siempre la prueba de mi regreso, probablemente lo intuiste todo este tiempo, ¡no soy de los que dejan sus pertenencias por ahí! Dios, cómo te extrañé…).Le miró exigiendo una explicación, él lo sabía, pero se limitó a encender un cigarro, acariciarle el cabello recién lavado y recitarle un verso de Huidobro (el tabaco marca mi presencia, lo sabes, lo dije, lo sentencié. Qué ganas de recorrerte entera una vez más, pero mis manos prefieren deslizarse por tu cabeza mientras te como con los ojos sin que te des cuenta, porque estás demasiado ocupada buscando las explicaciones en el fondo de todo…'**Traigo un alma lavada por el fuego, traigo un amor muy parecido al universo'). Claro, y después ella osaba preguntarse por qué parecía tan difícil olvidarse de él (y él, en secreto, se preguntaba lo mismo mientras tomaba una fotografía mental de la sonrisa de euforia mal disimulada y las mejillas sonrojadas).