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Relatos de mi adolescencia (y algo más) — capítulo 60
Cuando vio el mundo por primera vez no era consciente de quienes la rodeaban, mucho menos del significado del latir de su propio corazón o la felicidad que podría aportar su sola existencia a los que habían estado esperándola durante todo ese tiempo. El universo se movía a una velocidad alarmante entre los juegos infantiles, los amigos imaginarios, las voces de mamá y papá y una vida nómada (excesiva, tal vez, a sus ojos inexpertos) que, sin embargo, no tardó más de un lustro en estabilizarse definitivamente, cerca del desierto, árido contraste con las lluvias y vientos a los que ya estaba acostumbrada.
No supo cuándo sucedió exactamente, pero de pronto se hallaba fuera de la casa y todo lo que le había tomado tantos años conocer, sentada en una fría sala de clases, sintiéndose agotada, vulnerable y somnolienta. Con poco más de una década sobre los hombros, al menos podía decir con cierto orgullo que ya tenía la certeza de que el mundo estaba recibiéndola con los brazos abiertos, esperando el momento en que encontrara la puerta semiabierta a la dimensión preparada para ella. Era fácil perderse en el camino, ¡tantas distracciones existentes en el mundo contemporáneo!... Lo cierto es que tal vez jamás sepa si acaso abrió la puerta correspondiente, pero ¿cuál otra sino? Las palabras se arremolinaban frente a sus ojos dejando espacio para su propio cuerpo, incitándola a adentrarse en un mundo lleno de misterios, fantasías, realidades y versos de terciopelo; sensaciones indescriptibles desde el lado de la puerta que había decidido dejar atrás. Correspondiente o no, mientras sus pasos resonaban junto al insistente murmullo de las palabras, y se aferraba con ambas manos a ellas, comenzaba a comprender que una vez dentro ya no había vuelta atrás.