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Relatos de mi adolescencia (y algo más) — capítulo 61

-Siempre amé este lugar, no se por qué. Lo único que hacía era sentarme en una de las bancas de madera y observar a la gente, sentir el viento, mirar el cielo, contar cuánto se demora en pasar una nube por encima del edificio más cercano… Ocio, nada más que eso. Tal vez no soy tan misántropa como creía (tal vez Nietzsche tenía razón y la misantropía no es más que la siguiente etapa de un amor desbordado por la raza humana), tal vez el odio que profeso la mayor parte del tiempo por la gente que me rodea no es más que una máscara que utilizo incluso conmigo misma y en realidad no me conozco tan bien como creo -y es que las horas y los días que paso en soledad a veces no son suficientes para ahondar por completo dentro de mi mente. No sé, no sé… Pero ese día fue diferente. Llegué y, como siempre, me senté en la banca más cercana y puse play a mi reproductor de música (la vida es mejor cuando tiene banda sonora), me acomodé en el asiento y comencé a observar. Tomaba notas mentales para crear algún personaje inspirado en la mujer que vende dulces afuera de la librería cuando el viento sopló más fuerte y el olor a cigarro se vio opacado por otro, un aroma a menta, madera, canela y quién sabe qué otras cosas, algo que se apoderó de mis sentidos enseguida. Acababa de sentarse a mi lado un sujeto al que había visto muchísimas veces aquí también, pero nunca solo como en ese momento. Me había parecido interesante desde la primera vez que lo había visto, especialmente porque tenía una mirada de aquellas que parecen decir 'hey, este mundo es una mierda, pero ¡qué importa!, vivamos esta mierda de la mejor manera posible', y cuando te miraba se añadía a la frase un 'y la mejor manera, claro, es contigo' -cosa que, por cierto, siempre me pareció sencillamente encantadora. Nunca lo había tenido tan cerca, era su perfume lo que me embriagaba por completo gracias a la brisa que se paseaba por el lugar. No supe cómo ni por qué, quizás por impulso o por estupidez, pero le pregunté si tenía otro de esos cigarros que estaba fumando. Me observó durante unos segundos, esbozó una sonrisa, susurró que sí y me tendió la cajetilla; saqué uno, le pedí fuego, encendí el cigarrillo, le devolví las cosas y le agradecí, mientras miraba al frente y sentía aun sus ojos clavados en los míos, como esperando algo o quizás buscando alguna respuesta a mi repentina petición, hecha con total naturalidad, como si fuésemos amigos de toda la vida. Apagué mi reproductor de música y me volteé a verlo. Él seguía sonriendo y parecía incitarme a decirle algo, casi planteándome un desafío mudo que comprendí al instante. Pregunté qué pasaba y dijo que nada, que solo me miraba, que si yo hacía eso él también podía hacerlo (y seguía sonriendo de esa jodida manera que comenzaba a ponerme nerviosa y amenazaba con sonrojarme para dejarme en evidencia de una vez por todas); reí intentando disimular, ya no sabía qué decirle. Sin embargo, supe que mis visitas a este lugar ya no serían simplemente por ocio cuando él dejó de sonreír, frunció el ceño, arrugó la nariz un par de segundos y dijo '¿qué perfume es ese?, me gusta'.

-Y el que dijo eso soy yo, claro, porque de verdad me gusta tu perfume. -La rodeó con los brazos y besó con suavidad su cabello. Ella sonrió. -Es sorprendente como recuerdas todos los detalles -continuó-, se nota que eres observadora y que tienes buena memoria. Yo no recuerdo tanto, ¿hace cuánto fue ya? Unos tres meses, más o menos…

-Sí, tres meses -asintió.- Unos tres meses jodidamente geniales.

-Agradezcámosle al viento, entonces.

-¡Y al efecto que causan en mí los perfumes como el tuyo, querido!

-Por supuesto que sí -sonrió, mientras tomaba su mano y jugaba con sus dedos- Ahora, dime, repítelo de nuevo… ¿qué era lo que decían mis ojos?

-Dios, eres tan engreído…

-Pero me quieres así, admítelo.

La muchacha se separó un poco de él y lo miró con detenimiento. Esa misma mirada que había descrito minutos atrás como una de aquellas que planeaba comerse al mundo y una que otra persona en el camino, en ese momento se dirigía única y exclusivamente a ella, causando el mismo efecto que la primera vez. Sintió que sus mejillas se teñían de rojo, posó ambas manos en el rostro del chico y lo besó.

-Claro que te quiero así.