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Relatos de mi adolescencia (y algo más) — capítulo 63
Se acercó al piano y le pidió al músico que tocara algo de Miles Davis 'para las almas heridas del bar', al tiempo que apoyaba un codo en la cola del instrumento y sostenía una copa de champagne con la mano derecha. El pianista le dirigió una media sonrisa, hizo una seña al saxofonista al otro lado de la barra… I fall in love too easily y acercar los labios carmesí a la copa de cristal sin esperar nada de la música (no como hacía antaño, no como cuando esperaba que el saxo y el piano fueran un imán que lo llevara donde estaba ella), sin atreverse a creer que había algo oculto tras la melodía, o pensar en tardes por la rue Mouttefard medio perdidos, buscando de la forma más errónea algo parecido al menos a la libertad… Acercar los labios a la copa y dar un sorbo a ojos cerrados, con la mente en blanco y las notas del saxo impregnándosele en el pecho, nada más que eso, nada más que disfrutar.
Miles Davis no era su descubrimiento, pero qué placer escucharlo aunque fuese en manos de otros músicos.
Su mente comenzó a dar vueltas entre remolinos de lluvia, libros de filosofía existencialista, tocadiscos oxidados, películas de Terry Gilliam y sonrisas con esencia de vainilla, viéndose a sí misma en medio de un cuarto desastroso que alguna vez llegó a conocer como la palma de su mano, intentando -entre risitas exasperadas- poner en algún lugar apropiado las prendas de vestir repartidas por el suelo y todos los libros que habían ido a parar al armario (no recordaba cómo, pero allí estaban). Sintió que alguien la llamaba, quizás a lo lejos, al oído, dentro de su misma cabeza, nunca estaba segura de la procedencia del sonido pero lo oía, era esa voz rasposa y un poco infantil que le sugería dejar el orden para después e ir al sillón con él para oír I fall in love too easily y hacer caso omiso al resto del mundo, al teléfono sonando, la tetera hirviendo en la cocina o la lluvia cayendo afuera.
Pero no, esta vez no; era solo terminarse la copa de champagne, abrir los ojos de una vezy darle las gracias a los músicos por tamaña interpretación, por permitirle hacer el pedido y quedarse allí junto al piano. Abrir los ojos porque la música estaba a punto de acabar, porque le había parecido percibir un aroma familiar y eso le había hecho recordar todo de golpe. Enfocó lentamente la imagen que tenía enfrente, el saxofonista que había llegado del otro lado de la barra y la miraba travieso mientras tocaba los últimos acordes, mientras paseaba indecorosamente los ojos verdes por su figura envuelta en el vestido negro de satén, mientras ella dejaba la copa en el piano intentando controlar sus nervios.
-Qué elección más predecible, mon petit. -dijo el saxofonista una vez terminada la interpretación, acercándose a ella entre los aplausos de los presentes.
-¿Qué estás haciendo acá? -preguntó. El pianista se volvió a mirarlos.
-Trabajando.
-Pero tú te habías quedado en le France…
-Tranquila, tranquila -le ofreció la mano con gesto elegante y dijo:- Busquemos un sillón para escuchar un poco de jazz y mandar el mundo a la mierda por el tiempo que quieras, mon petit. Han pasado demasiados inviernos.
Ella alzó la vista y clavó sus ojos en él, analizando su expresión y esos rasgos de clochard* que se ocultaban bajo el traje negro y el corbatín a juego. No había cambiado ni un poco, nada en esos cinco años de ausencia. Los ojos salvajes seguían mirándola de esa manera pecaminosa, esa misma mirada pícara que le había dicho adiós desde el andén, viéndola marcharse de París con todas sus manías y sueños en una maleta, creyendo que no la volvería a ver. Y ahora allí, en una Alemania que comenzaba a reconstruirse, esa carita de muchacha hogareña volvía a cautivar al mismo saxofonista que había conocido cierta nuit de invierno en una esquina de la rue Lepic.
*vagabundo