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Relatos de mi adolescencia (y algo más) — capítulo 70

Esa noche de invierno llegaste a casa mucho después de la medianoche. Estaba preocupada, fuera de mí, esperando como loca en el balcón del departamento como si no existiese nada más que tu presencia. Estaba tan acostumbrada a que fueras cada jueves por la noche que no resultó del todo extraña mi reacción al no sentirte llamar a la puerta ni gritar mi nombre desde la calle.A eso de las tres de la madrugada, cuando dormitaba en el sofá del pasillo principal, escuché que llamaban débilmente a la puerta. Supe que eras tú antes de abrir, pues ¿quién más iría a mi casa a esa hora? Quité el pestillo, revolví mi cabello, me aclaré la garganta y agudicé la vista ante la oscuridad del pasillo del tercer piso, casi desconociéndote en medio de la falta de luz y lo que parecía haber encima de tu ropa, encima de la chaqueta negra de cuero manchada en los brazos y el fuerte olor a cigarro que golpeó mi rostro cuando te moviste para entrar. Me sonreíste de una forma tan especial que pensé que había sucedido algo, que me dirías algo importante, pero no lograste decirme ni aclararme nada antes de atraparme entre tus brazos y aferrarte a mí como si se te fuera la vida en ello y yo fuera lo único que te quedaba en este mundo. Olías a sangre -me asusté, ¡qué no imaginé!: pelea callejera, intento de asesinato, intento de suicidio, accidente…-, olías a cigarros fuertes, tu pelo parecía lleno de ceniza… pero cuando me hablaste tomándome la cara con ambas manos, cuando sentí tu aliento sobre mis labios diciéndome que habías estado en un lugar extraño del que me enteraría al día siguiente, no sentí olor a alcohol, ni un poquito. Tu voz tampoco sonaba insegura, solo cansada y un poco áspera, pero siempre exenta de los balbuceos típicos de la embriaguez. Recordé que una vez me prometiste que nunca, jamás tomarías ni un solo vaso de alcohol el día en que me vieras -y nos veíamos casi todos los días de la semana- porque no podías permitirte que te conociera en un estado deplorable… y te abracé por la cintura con fuerza, casi con miedo de que te fueras, de que tú, la única persona que había sido capaz de cumplir una promesa conmigo, desaparecieras de un momento a otro. Creo que nunca sabrás cuán importante fue eso para mí. C'est la vie, dicen por ahí.