← Historia 30452 · de
Historia 30452 — capítulo 6
Estación Internacional de trasladores en Londres, 10:30 de la mañana.
El traslador diario proveniente del este de Europa acababa de llegar. Los viajeros hechizaban sus equipajes para que recuperasen su tamaño original. De entre todos, destacaba una figura alta y corpulenta, que no se molestó en agrandar su única maleta.
Miraba todo con curiosidad, sonriendo con satisfacción, y se dispuso a salir para ir hacia su lugar de hospedaje.
“Por fin he vuelto a Inglaterra…esto va a ser interesante.”
Ignorando las miradas de sorpresa de todos los presentes, el hombre salió de la Terminal para desplazarse hacia su destino.
Cuidad de Londres, 11:00 de la mañana. Departamento de Aurores del Ministerio de Magia.
Un escalofriante grito se escuchó por toda la planta. Aquellos que no llevaban mucho tiempo trabajando allí se estremecieron de miedo, preguntándose a quién torturaban de esa forma tan horrible. Los que llevaban un poco más de tiempo, se miraron extrañados, pues la zona de donde provenía el grito solía ser muy tranquila, pues allí trabajaban el Jefe de Aurores y su equipo personal.
Un pelirrojo, que acaba de llegar, tragó saliva con mucho trabajo. Él sí sabía por qué se había producido ese grito, la persona que lo había dado y, sobre todo, las consecuencias que para su salud podría tener el estado de ánimo de la joven.
Temeroso, e intentando ignorar las miradas de lástima que sus compañeros le dirigían, entró en el gigantesco despacho tras haber respirado hondo.
Allí, entre papeles del Ministerio, lechuzas y pergaminos escritos en letra pulcra y limpia, se encontraba su mejor amiga, Hermione Granger (próximamente Potter) con cara de horror profundo y desesperación.
Al notar la presencia de otra persona en la habitación, la joven levantó la vista, ofreciéndole a su amigo un panorama deplorable: tenía ojeras, parecía no haber comido bien en días y, por lo que veía desde su posición, tenía tanta tensión acumulada en la espalda que podría plancharse sobre ella.
Con precaución, se acercó a su amiga y le dio un suave abrazo para tranquilizarla. Él no había participado activamente en la preparación de su boda, pero conocía perfectamente a su madre y su hermana y sabía que, cuando algo las emocionaba, no había ser capaz de pararlas.
Tras tranquilizarse un poco, Hermione le pidió que tomara asiento, y el pelirrojo no tardó en aceptar. Entre él y su amiga había infinidad de papeles, pergaminos y demás notificaciones de las cuales desconocía el origen.
La ojimiel pareció notar su desconcierto, pues contestó a la pregunta no formulada con voz cansada.
-Son pergaminos y papeles de propaganda. Entre los mágicos (que no hace falta pedir, porque aparecen solos) y los muggles (que mandan nuestras adoradas madres), no tengo espacio para nada más, ni aquí ni en mi casa. Deberías ver lo que pretenden poner en la boda. ¡Voy a volverme loca! Necesito que Harry vuelva y me ayude a controlarlas, y lo necesito YA. ¿Cuanto hace que se fue¿Dos semanas?
El pelirrojo asintió lentamente. No sabía si preguntárselo o no, pero la castaña parecía tener la necesidad de hablar, y él era su amigo y le preocupaba su comportamiento en los últimos días, así que…
-¿Por qué tienes esa cara? Parece que no hayas dormido en dos semanas.
La castaña esbozó una sonrisa irónica. Evidentemente, no podía decirle que tenía que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no rematar a su suegra (ya muerta, por cierto), no explotar y prohibir a todas las mujeres de su entorno acercarse a menos de 100 metros de ella durante el siguiente mes y, menos aún, podía contarle que no era capaz de dormir por las noches de ninguna de las maneras (seguramente, debido al estrés), pero durante el día se moría de sueño.
No, esa no era una buena idea.
La verdad, tenía ganas de ir a buscar a Harry (al que, por cierto, echaba increíblemente de menos), fugarse juntos a las Vegas y olvidarse de vestidos, damas, padrinos y tartas. O eso, o iba a perder definitivamente la cordura.
Suspiró, intentando recuperar el dominio de sí misma. Ahora que sabía que no todo el mundo quería volverla loca con todo lo relacionado con la boda, había tomado una seria decisión: no iba a permitir a su madre, a Molly ni a Ginny ayudarla más con la boda, bajo amenaza de retirar la palabra a todo el mundo (radical, si, pero efectivo).
Justo cuando iba a comunicar su decisión a Ron, la puerta se abrió, dando paso a una alta y corpulenta figura masculina.
Cuando ambos salieron del shock, no tardaron en reconocer al inesperado visitante: ante ellos se encontraba Víctor Krum. El búlgaro sonrió y, sin perder un instante (ni molestarse en cerrar la puerta) se acercó a Hermione y la levantó, abrazándola y saludándola en búlgaro.
Tras la sorpresa inicial, la chica devolvió débilmente el abrazo. No había enviado las invitaciones aún, y no entendía la presencia de Víctor allí. Sin embargo, era un amigo y no le parecía correcto descargar su ira en él, de forma que, tras deshacer el abrazo, lo invitó a sentarse en uno de los sillones. El búlgaro aceptó encantado, sonriendo, y se puso a charlar con su amiga tras saludar brevemente a Ron, que aún se preguntaba la razón de la presencia del buscador en Inglaterra. A menos que…
Los pensamientos del pelirrojo no se habían materializado cuando la puerta terminó de abrirse de golpe. Ambos amigos levantaron la vista para averiguar quién era aquel que se había atrevido a entrar en ese despacho con esa falta de respeto, cuando se encontraron con unos ojos verdes muy intensos, que los miraban a ambos sonrientes.
-¡Herms! Ya he vuelto. La misión terminó antes de lo que pensaba, y decidí darte una sorpresa.-en ese momento, se fijó en el descuidado aspecto de su prometida y su cara pasó a tener un matiz de preocupación. –Cariño ¿qué te pasa? Pareces enferma. No debería haberte dejado con todo este jaleo, pero ya sabes que era urgente y no podía posponerlo. Será mejor que llamemos al médico y…
Antes de que el azabache pudiera terminar, Hermione se lanzó a sus brazos, llorando sin control y mascullando algo inentendible. Los tres varones quedaron sorprendidos, pues no era típico de la chica dejarse llevar por sus emociones de esa forma.
Tras besarla dulcemente en la cabeza y tranquilizarla, Harry la llevó a su asiento y la recostó. Después, miró interrogante a Ron, que se encogió de hombros, y no fue hasta ese momento que notó la presencia del jugador búlgaro.
Sorprendido, lo miró y le ofreció la mano en seña de saludo, para luego sentarse junto a su prometida, con expresión curiosa.
-¡Víctor! Hace años que no te veo. ¿Qué te trae por aquí?
El búlgaro sonrió.
-Bueno…ciertos temas me traían a Inglaterra y, cuando me enteré de vuestra boda, quise venir personalmente a felicitaros.
El pelirrojo no parecía muy convencido con la explicación pero, como su amigo parecía aceptarla, lo dejó pasar.
-Bueno, por supuesto, estás invitado a la boda. ¿No has recibido la invitación?
El hombre negó.
-No, no me ha llegado nada.
El ojiverde parecía dispuesto a hacer un comentario, pero Hermione lo interrumpió.
-Lo siento, Víctor. He estado muy ocupada con todo el tema de la boda y sustituyendo a Harry, y no he tenido tiempo de encargar las invitaciones…creo que luego iré y…
-No.-su prometido la miró, serio.-Estás muy cansada, y me apuesto lo que sea a que no has descansado a penas desde que nos comprometimos. Necesitas un día para ti, para relajarte y olvidarte del estrés.
-Pero…-la castaña intentó replicar, pero sus protestas quedaron ahogadas.
-Además de tu prometido soy tu jefe, y te ordenaré si hace falta que te tomes un día de descanso. Luego organizaremos juntos la boda¿te parece bien?
La ojimiel intentó protestar de nuevo, pero siempre había sido incapaz de negarle nada a esos ojos, de forma que se acurrucó en su hombro, resignada.
Dos pares de ojos verdes la miraron con satisfacción.
La mansión Potter era gigantesca. Dos plantas visibles y un enorme sótano. La planta baja estaba enteramente decorada en mármol blanco con ligeras betas oscuras, dándole un toque de elegancia. El salón de estar era amplio y decorado con gusto y sencillez, pero sin dejar de notar el valor de los objetos de decoración que había. La cocina haría las delicias de cualquier cocinero, pues estaba equipada con la última tecnología muggle (Hermione era negada totalmente para la cocina, pero Harry no lo hacía nada mal, y dieciséis años viviendo con sus tíos como un esclavo le había enseñado mucho…). El comedor hacía honor a las viejas costumbres de los Potter, pues allí podría celebrarse perfectamente una fiesta y sin problemas de espacio.
La planta de arriba, sin dejar de ser elegante y hermosa, era más sencilla y familiar. Constaba de ocho habitaciones, cada una con su cuarto de baño independiente. Todas las estancias eran amplias, sin llegar a ser demasiado grandes, y decoradas con sencillez a excepción de la que ocupaba Harry (y Hermione ocasionalmente).
Jane Granger y Molly Weasley se habían enamorado de esa casa en el momento en que la vieron. Literalmente hablando. Si observabas con atención a ambas mujeres, casi podías ver los engranajes de ambos cerebros femeninos trabajando en la decoración, la distribución del espacio y todo aquello necesario para la inminente boda.
Al ver la expresión ilusionada (y calculadora, digna de cualquier Slytherin) que se dibujaba en el rostro de ambas mujeres cuando fue a abrir la puerta, Hermione notó como un punzante dolor de cabeza empezaba a nacer en ella. Desde luego, si hubiera sabido que el “síndrome de las bodas” iba a ser tan peligroso, se hubiera casado en las Vegas.
Decidió no darle muchas vueltas a la idea, por si terminaba aceptándola, e invitó a ambas mujeres y a sus maridos a pasar. Tras saludar a ambas parejas, las llevó hacia el salón, donde todos los demás los esperaban ya para cenar.
Esa noche se decidirían algunos de los asuntos más importantes con respecto a la boda, y Hermione tenía un muy mal presentimiento, que decidió ocultar tras una sonrisa de anfitriona, y ayudó a Dobby a servir los platos. Una vez estuvo todo listo, se sentó junto a Harry, dando comienzo la cena.
-Bueno, cariño¿ya has decidido lo del vestido?
Evidentemente, su madre no perdía tiempo de banalidades, iba justo al grano.
-Mamá…creo que eso debería elegirlo con más tranquilidad, y no creo que tengamos las mismas ideas…
Su madre la ignoró, haciendo un gesto con la mano.
-Tonterías, cielo. Aquellos vestidos eran preciosos y estarás hermosa con ellos…
-Jane, querida, creo que deberías darle un respiro a la pobre Hermione. Tiene mucho trabajo y seguro que está agobiada y cansada¿verdad, cielo?
Hermione, en ese mismo instante, se hubiera levantado y besado a su padre hasta la saciedad. Acababa de retrasar un momento bastante desagradable.
-Hermione, hija, tienes que decirme ya cómo quieres que me vista. El padrino tiene que ir acorde con la novia, aunque no pueda haber ni punto de comparación.
Y, en ese momento, lo estrangularía con sus propias manos. Antes de que pudiera replicar, un furioso pelirrojo se volvió hacia ella, que pedía ayuda a su prometido silenciosamente, sin obtener respuesta.
-¿Cómo que el padrino¡Dijiste que el padrino iba a ser yo!
Inmediatamente, el señor Granger cambió su mirada amistosa por una peligrosamente parecida a la de la castaña cuando se enojaba.
-Me temo que estás en un error, Ronald. Yo soy su padre, y seré yo quien lleve a Hermione al altar. Cuando tengas tus propias hijas, entenderás lo que eso significa para un padre y…
Y allí empezó la discusión. Ambos hombres, de carácter fuerte, discutían sobre el derecho de ambos a llevar a la novia al altar. Jane intentaba calmar a su esposo mientras Luna hacía lo propio con el pelirrojo. Sin embargo, era caso perdido, pues los dos hombres defendían su derecho a entregar a la joven ante el altar en la boda.
En ese momento, cuando Hermione estaba a punto de echarse a llorar, el timbre de la puerta sonó. Ignorando las súplicas de Harry de que no lo dejase solo, la ojimiel se levantó y se dirigió a abrir la puerta, teniendo así unos minutos para recuperar la calma. O eso pensó.
Ante ella se encontraba un elegante Víctor Krum, que sonreía amistosamente. Tras darle un beso en la mejilla y sin esperar más invitación, el joven búlgaro entró en la mansión, dirigiéndose al lugar de donde procedían los gritos.
En el momento en que el buscador entró, todos callaron rápidamente. Tras la sorpresa inicial, Jane Granger, ante la estupefacción de todo el mundo, se levantó y abrazó al joven como si fuera el hijo pródigo.
-¡Víctor, querido! Hacía años que no te veía. ¡Estás guapísimo¿Qué te trae por Inglaterra¡Oh, claro, que tonta! La boda de Hermione¿no? Será maravillosa, y por supuesto, estás invitado. ¡Pero ven, siéntate! Seguro que ya conoces a todos los que están aquí.
Nadie tenía capacidad de decir nada. Era lógico que Hermione hubiera invitado al búlgaro (al menos, para la mayoría de los presentes, porque a cierto pelirrojo no le hacía la más mínima gracia), pero de ahí a que la señora Granger lo tratase con tanta confianza…había un abismo.
Las primeras en reaccionar fueron Ginny y Luna, que empezaron a hablar amistosamente con el jugador, seguidas de Draco y el señor Granger. Sin embargo, Ron miraba al búlgaro con furia, como si hubiera cometido un pecado imperdonable. Cuando vio como besaba en la mejilla a su amiga, estalló.
-¡Pero serás caradura¡Que sepas que Hermione esta COMPROMETIDA con mi MEJOR AMIGO Harry, y que no pienso permitir que te la lleves ni hagas daño, porque…
Ante el estallido inesperado del pelirrojo, todos los presentes se quedaron impresionados. Ginny y Luna lo miraban resignadas, Hermione lo fulminaba, intentando decidirse entre la furia y la humillación, mientras que Draco observaba divertido la cara de consternación del joven Potter.
Finalmente, el señor Granger reaccionó, mirando con curiosidad al pelirrojo.
-Vaya, Ron. Cualquier diría que estás celoso y que eres tu quien se va a casar con mi pequeña. ¿Tienes algo que decir ahora que estás a tiempo?
A penas terminó de decir esto, la pelirroja y la rubia estallaron en carcajadas, ante la mirada de enojo del heredero Malfoy. Todos los miraron sin entender, esperando que se calmaran para explicarse.
A los pocos minutos, la pelirroja pudo parar unos segundos de reír, y miró divertida a todos los presentes.
-¡Por supuesto que Ron no esta enamorado de Herms! Es simplemente la típica reacción del “hermano mayor” al ver que su hermanita puede irse de su lado. Cuando Draco me pidió matrimonio, lo encerró en los baños femeninos del Ministerio.
Todos dirigieron su mirada al pelirrojo, el cual en aquel momento, no se podía distinguir entre rostro y pelo. El joven, avergonzado (tanto por ese recuerdo como por su inmadura reacción) giró la cara.
-A mi no me hace gracia…
El joven Malfoy miraba a todos con cara de desagrado, lo cual contribuyó que volvieran las risas y se restaurara una atmósfera de relativa paz.
-Además, nunca tuve una relación amorosa con Hermione. Siempre la consideré una buena chica, hermosa y que no me perseguía como una loca fanática. Algo totalmente nuevo para mí. Además, siempre se notó que estaba enamorada de Potter, aunque ella no lo supiera.
Los nombrados se sonrojaron, provocando la risa de nuevo entre sus invitados.
Cuando todos pararon de reír sonó el timbre de nuevo, lo cual sorprendió a los presentes. Sin decir nada, Hermione se levantó seguida inmediatamente de Víctor, y se dirigieron a abrir la puerta de la mansión. Todos, curiosos, los siguieron silenciosamente y quedaron con las bocas abiertas al ver a una mujer elegantemente vestida en la puerta. Notando su presencia, el buscador búlgaro se volvió y, sonriendo y tras besar apasionadamente a la mujer, los miró a todos.
-Amigos, deseo presentaros a mi esposa: Yvonne. La razón por la que estoy en Inglaterra es para conocer a sus padres. Pero ya que me han invitado a la boda, aprovecharé para estar en el evento.
En ese momento, no podría saberse si la cara del pelirrojo se debía a la vergüenza por haber hecho el ridículo, o a los golpes recibidos de las tres mujeres.
Hermione suspiró, aliviada. Al menos, se había dejado de lado el tema del padrino y, sobretodo… ¡no tendría que aguantar más insinuaciones sobre una pasada relación entre ella y Víctor! Había solucionado un problema y retrasado otro.
Quería mucho a su pelirrojo amigo, pero a sus nervios (ya destrozados), no les venían bien las típicas discusiones entre ambos y, mucho menos, las idioteces que se formaban en esa cabeza.
Al menos, podría descansar y tener una noche normal por primera vez en meses.