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Historia 30452 — capítulo 7

Hermione se removió en la cama, incómoda

Hermione se removió en la cama, incómoda. Aún era temprano, estaba segura, y tenía una incómoda sensación…

De repente abrió los ojos con brusquedad. Frente a ella, cinco pares de ojos de distintos colores la observaban con curiosidad. De fondo, pudo oír una familiar voz masculina, con un tinte de… ¿terror?

Oh, Merlín. Reconocería esa voz en cualquier momento. Era la voz de Harry, pero… ¿que hacía en su casa, gritando como si lo estuvieran torturando?

Inmediatamente se levantó y, haciendo caso omiso de las protestas de sus observadoras y de las risas de su suegra, salió en busca de su aterrorizado prometido, el cual, por cierto, estaba siendo sujetado por sus amigos.

La castaña se acercó a él, preocupada.

-Harry, cariño, ¿qué ocurre? Te he oído gritar. Pensé que te estaban torturando o algo por el estilo…

El auror la miró suplicante.

-Herms, esto es peor. ¡Quieren llevarme a probarme trajes!

La chica suspiró. Definitivamente, lo de ese hombre con las galas era casi enfermizo. Y ya ni hablemos de los trajes. Le sonrió con dulzura, intentando calmarlo.

-Harry, es normal, ¿o acaso quieres ir a nuestra boda con el uniforme de aurores? Vamos, me visto y nos vamos tod…

En ese momento, las que habían hecho el papel de pseudoespías aparecieron en el comedor, agitadas.

-¡NO! Tú tienes que irte. No podéis ver los trajes antes de la boda. Iréis a comprarlos por separado.

La ojimiel miró a las mujeres presentes consternada.

-¿No se supone que eso es sólo con el traje de la novia? De verdad, deseo preparar MI boda con MI prometido.

Obviamente, sus protestas fueron oídas por las paredes. Su madre le mostró una bolsa (que no era suya, por cierto), perfectamente preparada para un día fuera de la ciudad. ¿A qué venía eso? Dos segundos después, hubiera deseado mantener sus pensamientos calladitos.

-Hermione, cielo, te hemos reservado un día entero en uno de los mejores balnearios de las afueras de Londres. Estás muy estresada con la boda, ¡y te van a salir arrugas! Necesitas relajarte. Sales en media hora con el tren. Nada de móviles, varitas ni ningún medio de comunicación. ¡Así vendrás nueva y podremos continuar con los preparativos!

-¡Pero mamá! Quedan dos semanas para la boda, y aún hay mucho que hacer. Además, no quisiera dejarte a ti sola con todos los preparativos…

“Por favor, que entre en razón, que entre en razón, que entre en ra…”

-¡Tonterías! Nosotras nos ocuparemos de todo. Cuando vuelvas mañana de ese balneario, estará todo prácticamente listo. No tendrás que preocuparte de casi nada. Vamos, querida, tienes que vestirte…

La chica miró a su prometido suplicante, pero el pobre estaba siendo sujetado por Draco y Ron. Ninguno se atrevía a inmiscuirse en los planes de la “Brigada bodista”, como habían llamado a ese escuadrón, cuyo máximo objetivo era preparar bodas a diestra y siniestra. A espaldas de sus amadas esposas, claro está.

Hermione miró a ambos hombres con rabia. Los dos leyeron claramente el mensaje: “cobardes, vais a pagar esto”

Sin embargo, no tuvo oportunidad de cumplir su amenaza en esos momentos, pues la “Brigada bodista” la había obligado a entrar en su habitación y vestirse, para salir lo más rápido posible en dirección a la estación de trenes.

Sin que se diera cuenta, Luna había guardado su varita, ante la invisible y divertida mirada de Lily Potter.

Había que reconocer que estar muerta tenía sus ventajas. Ver a su nuera a punto de perder los nervios era una de ellas. Y sin siquiera saber el motivo.

La pelirroja sonrió. Desde luego, en ese momento entendía como se había sentido Evelyn Potter veinte años atrás.


Una hora después, una comitiva de magos y brujas en distintos estados de ánimo esperaban la llegada de uno de los trenes. Hermione miraba con añoranza al moreno, que intentaba escaparse de sus “amigos” y abrazarla, todo con tal de no alejarse de ella y quedarse solo con esa panda de locas enfermas de “boditas aguda”.

Antes de que pudiera buscar una excusa para quedarse, el sonido característico de los trenes llegó hasta sus oídos. En un minuto, ya se encontraba en el tren, con su maleta y pegada a la ventana, observando como su prometido intentaba ir hacia ella, siendo sujetado por Draco y Ron.

Las mujeres, sin embargo, la miraban sonrientes y satisfechas. Realmente, daban terror esas miradas.

Hermione suspiró. Ya podía decir adiós a la sencilla y familiar boda de sus sueños. Tenía un muy mal presentimiento.

El tren arrancó, y lo último que pudo escuchar fue un “¡¡Hermione, no te vayaaaaaaaaaaaasss!!” con la voz masculina del ojiverde.

¡Ni siquiera había podido despedirse con un beso!

¿Y lo peor de todo? Aún quedaban dos semanas de martirio.


Tras dos horas de viaje, el tren empezó a aminorar la velocidad, para alivio de Hermione. Hacía años que no montaba en el transporte muggle y, para ser sincera, estaba acostumbrada a ir acompañada de sus amigos durante sus trayectos entre Howarts y Londres.

Cuando se recuperó, decidió mirar por la ventana. El paisaje era ciertamente precioso: todo verde, a diferencia de la capital; se podía ver el cielo totalmente despejado, y ya empezaba a notar como sus músculos se relajaban, al ver un paisaje familiar. Aunque era conciente de que no estaba allí, tenía la sensación de haber vuelto a Howarts, con sus colinas y jardines. Sí, realmente, podría despejar su mente de la boda y disfrutar de esas merecidísimas vacaciones.

Sonriendo, cogió su escaso equipaje y se dispuso a bajar del tren. En el mismo momento en que puso un pie en el asfalto, un señor con uniforme y un extraño logotipo en el pecho la miraba tras unas oscuras gafas de sol. Ya se disponía a pasar de largo cuando el extraño sujeto le retiró la maleta de la mano. Justo cuando iba a darle un golpe para noquearlo, el extraño se dirigió a un coche con el mismo logotipo.

Iba a preguntarle su nombre cuando él mismo se presentó.

-Señorita Granger, me llamo Jhon y trabajo para el balneario WATER HEALTH. Su madre llamó y contrató un servicio completo. Estará todo a su gusto hasta mañana, y yo mismo la traeré de vuelta a esta estación para que pueda volver a Londres.

En estado de shok, la castaña siguió al conductor y montó en el coche, que la llevó hacia el famoso balneario.

Veinte minutos después, el hombre le abrió la puerta y, cuando salió, podría decir que aquello era un lugar de ensueño: unas instalaciones enormes, en completa armonía con la naturaleza, favorecían un ambiente que invitaba a la relajación y la tranquilidad espiritual; justo lo que ella necesitaba desesperadamente. En la puerta ya la estaba esperando un señora muy amable, que la condujo a su habitación y le explicó todas las instalaciones y comodidades de las que podría disfrutar.

Una vez se despidió de la servicial y amable señora, Hermione entró a su habitación. Bueno, más bien a su suite: era gigantesca, con su propio baño y una enorme cama de matrimonio, además de un armario, un tocador y un balcón con vistas a la piscina descubierta.

Cuando salió de su estado de fascinación, la joven se puso a investigar toda la suite. Miró bajo la cama, abrió el armario, entró en el baño y revisó todos los pequeños compartimentos para los distintos usos personales.

Tras unos minutos de minuciosa inspección, la castaña salió de nuevo a la habitación y, tras dar una vuelta sobre sí misma, una sonrisa de oreja a oreja surcó su cara, iluminando sus ojos.

La habitación era solamente suya. Sin madres obsesivas, amigas locas, amigos cobardes y, sobretodo, sin suegras fantasmales rondándola día y noche para volverla loca. Era libre, total y absolutamente libre durante las siguientes 24 horas.

-¡¡SIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!

El grito de alegría se escuchó por todo el balneario, asustando a empleados, clientes y animales, todos con un mismo pensamiento.

¿A quien torturaban tan cruelmente en el tranquilo balneario?


Hermione volvió a subir a su habitación, completamente relajada. Había tomado varios baños a distintas temperaturas, se había dado masajes con barro y chocolate, y por ultimo, le habían dado baños de presión.

Estaba totalmente como nueva.

Sonriendo, miró la cama con cierta duda, se encogió de hombros y se lanzó a tumbarse como si fuera una niña.

Aquello era el paraíso. Estaba relajada, no había ningún ser mágico a su alrededor mirándola de forma rara, el estrés de la boda había desaparecido de momento y había podido darse algunos lujos que, en circunstancias normales, ni se hubiera permitido ni le hubieran permitido. Por ejemplo, ese magnífico pastel de chocolate…

Para ser un momento perfecto sólo le faltaba Harry…y un par de cosillas más, que dibujaban una maliciosa sonrisa en el inocente rostro de la castaña solo de pensarlo.

Sonriendo, decidió irse a dormir. Mañana aprovecharía un par de horas más de relax, y luego la llevarían en coche a la estación, para volver a Londres, a la maldita y estresante preparación de su boda, y ver a Harry, su adorado Harry…

Con ese último pensamiento, la castaña se durmió, sonriendo.


Una corriente eléctrica la recorrió de pies a cabeza, despertándola. Apenas tuvo tiempo de levantarse para ir al baño. Las nauseas y el malestar corporal eran horribles; casi podían compararse a lo que sintió al despertar tras la batalla final.

Diez minutos después, y con nada de alimento en el cuerpo, una pálida Hermione salió del cuarto de baño apoyándose en la pared para mantener el equilibrio. ¿Qué le pasaba? Ella tenía una salud prácticamente inquebrantable, casi nunca faltaba al trabajo por enfermedad.

Se sentó en la cama para recuperar del todo el sentido. Una vez se encontró mejor, se puso unos vaqueros y una camiseta, bajó a la planta baja y se dirigió al director del hotel, que parecía bastante agobiado por toda la gente a su alrededor. Hermione decidió esperar a que la multitud se alejara; las prisas no le gustaban.

Cuando la gente empezó a dispersarse, la castaña se acercó a un aliviado director.

-Disculpe, señor. Esta mañana me levanté con un fuerte dolor de estómago, no me encontraba bien. ¿Que ocurre?

El director la miró, con expresión apenada.

-Ayer hubo un problema con algunos de los alimentos que se sirvieron en el buffet. A algunos clientes les ha sentado mal, y presentan los mismos síntomas que usted. Si va a recepción, le daremos la consiguiente compensación.

La castaña negó con la cabeza.

-No se preocupe; ya me encuentro mucho mejor, no es necesario ninguna compensación; un error lo tiene cualquiera, no se preocupe.

El hombre parecía realmente agradecido de que la castaña lo comprendiera, así que la miró sonriente.

-Gracias, pero insisto. Si no me equivoco, su madre pidió un servicio completo, ¿no?-la chica asintió.-En ese caso, tendrá un servicio de lo que usted quiera, más una estancia para dos personas totalmente gratis.-la ojimiel intentó protestar, pero el director negó.-No aceptaré un “no” por respuesta. Es justo, sobretodo por lo comprensiva que ha sido con nosotros.

Viendo que no iba a conseguir hacerlo cambiar de opinión, la castaña asintió y volvió a su habitación para recoger sus cosas. Bueno, el día había empezado francamente mal, pero al menos, tendría un poco más de tranquilidad.

Tras dos masajes, un baño y la promesa de volver en cuanto terminara con todos sus compromisos (que no eran pocos), Hermione se metió de nuevo en el coche que la llevaría de vuelta a la estación.

Una vez allí, ayudada por el chofer, Hermione subió su maleta de viaje y se sentó en los asientos del tren. Unos minutos después, el tren comenzó su viaje, sacando a Hermione del estupor en el que se había sumido.

De repente, la realidad volvió a ella: había dejado más de 24 horas a su madre, Ginny y Molly sin vigilancia, preparando su boda y con la cuenta corriente de Harry y ella a total disposición. No quería imaginarse como estaría todo a su regreso.

Un escalofrío de terror la recorrió.

Tenía un MUY mal presentimiento.