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Historia 30452 — capítulo 8

Hermione se removió inquieta, notando una extraña sensación mezclada con el adormecimiento de sus brazos. Bostezó, cansada. Al parecer, se había quedado profundamente dormida con el traqueteo del tren.

Aún sin estar del todo conciente de los pensamientos que cruzaban por su adormilado cerebro, se removió en su asiento, intentando recobrar el control de sus brazos y su cuello, que le dolía muchísimo. Maldita postura incómoda.

Bostezando, y aún con los ojos cerrados, la castaña pensó que, como excepción, le pediría a Harry uno de esos magníficos masajes después de haberse dado un largo y relajante baño…

Hermione sonrió, regodeándose de anticipación ante sus pensamientos, deseando llegar de una vez para ver cumplido su deseo y ver de nuevo los maravillosos ojos verdes de su prometido.

Sin embargo, algo no la dejaba disfrutar completamente de su imaginación. Esa molesta sensación seguía allí, molestándola. Rendida, y aún pensando en su querido Harry y en el tiempo que iba a recuperar tras la dichosa y descontrolada boda, Hermione abrió los ojos.

Un grito de histeria estuvo a punto de escapar de su garganta en el mismo momento en que su cerebro, recién espabilado, procesó la imagen que tenía ante ella.

Frente a sus ojos se encontraban unos increíbles ojos verde esmeralda. Pero no eran esos ojos los que había deseado ver. ¡Ella quería ver a su prometido y, en cambio, se encontraba a su fantasmal suegra!

La pelirroja sonrió entre divertida y avergonzada, intentando calmar a la chica. Cuando vio que sus pulsaciones habían vuelto a un nivel normal, se acercó a ella con precaución.

-Hermione…

-¡Lily! ¡¿Se puede saber por qué diablos has hecho eso?! ¡Podías haberme matado de un infarto!

La pelirroja la miro ligeramente exasperada. Esa chica era un poco exagerada, y o se tranquilizaba o a su hijo le iba a dar un ataque. Intentando controlar su fuerte carácter, se calmó, decidiendo que la chica ya tenía suficiente.

-Hermione, tienes que tranquilizarte. A Harry no le hará bien verte estresada, por favor.

En ese momento, la ojiverde contaba con la absoluta atención de su nuera, que la miraba expectante y desconfiada.

-¿A que te refieres exactamente?

-Bueno, la verdad es que…

En ese momento, sonó el pitido del tren, indicando que habían llegado a la estación y que los pasajeros debían descender del vehículo.

Lily suspiró, aliviada. La verdad, no deseaba causarle disgustos a la joven, le caía muy bien y la entendía perfectamente. Sin embargo, Hermione la estaba mirando desconfiada… La castaña tenía un muy mal presentimiento, que se acrecentaba a medida que se acercaba a las puertas de salida del tren…

En el momento en que Hermione bajó del tren, unos brazos muy conocidos la envolvieron, llegando hasta el punto de faltarle el aire. Sin embargo, ella no se quejaba en absoluto. Todo había desaparecido de su cabeza, quedando únicamente su corazón y esos masculinos ojos verdes que la observaban con una mezcla de amor, deseo y alivio.

Sonriendo, y olvidando la natural discreción de ambos en su relación, abrazó y besó a un gratamente sorprendido Harry, que correspondió el beso ignorando al resto del mundo.

Unos minutos después, cuando el oxígeno se hizo preciso para su supervivencia, la pareja se separó, sonriéndose en un silencio que sólo era comprensible para ellos. Varias miradas bastaron para transmitir todo lo que sentían y querían, pero sus obligaciones los trajeron de nuevo al mundo real. Eso, y el mal presentimiento que volvió con renovada fuerza a Hermione en cuanto el embrujo desapareció.

Suspirando, la chica miró a su prometido con un poco de temor.

-Harry… ¿que ha pasado mientras he estado fuera?

El ojiverde evitó contestar, bajando su mirada y recogiendo las maletas que aún se encontraban junto a ellos. Hermione, decidida a no permanecer en la angustia que le producía su mal presentimiento y su ignorancia, insistió.

-Harry, por favor. Quiero saber ya que es lo que ha ocurrido en las últimas 24 horas.

Una sola mirada de esos ojos verdes bastó para confirmar los peores temores de Hermione. Como respuesta, una sola palabra salió de sus labios, expresando absolutamente todo lo que sentía en ese momento.

-Maldición.


El coche de Harry se paró frente a la mansión del Valle de Godric. Antes siquiera de que Hermione pudiera mover un músculo, Harry le estaba abriendo la puerta, con una sonrisa que engañaría a cualquiera. Cualquiera que no se llamase Hermione Jane Granger, claro está.

Aceptando el gesto de caballerosidad, Hermione tomó la mano que le ofrecía su novio y salió del coche, ignorando totalmente los suspiros de su suegra (¿es que no podía dejarla en paz ni un solo minuto? Adiós a sus vacaciones).

Harry la abrazaba y mimaba sin cesar, impidiendo que entrase a la casa. Sin embargo, en un momento de distracción del moreno, Hermione salió corriendo con toda la velocidad que le permitían sus zapatos y entró en el gigantesco jardín de la mansión.

En cuanto vio el espectáculo, se quedó paralizada, y lo último que notó fueron los gritos aterrorizados de Harry y alguien que la sostenía en brazos.

Después, todo fue oscuridad.


Las voces llegaban hasta sus oídos. Olores familiares inundaban sus fosas nasales, saturándola hasta el límite. Sin embargo, una total oscuridad la rodeaba, y sentía todo su cuerpo totalmente fláccido, sin poder moverlo.

Hermione fue poco a poco retomando la conciencia, pero aún no podía ni deseaba abrir los ojos. Aquella oscuridad soporífera era relajante, le evitaba tener que poner atención a todos los ruidos a su alrededor.

Sin embargo, a medida que retomaba la conciencia, los recuerdos de las últimas horas venían a su memoria. Las chicas despertándola, el balneario, Lily, el tren, Harry, el jardín…

En ese momento, Hermione abrió los ojos y se incorporó de golpe, con el más puro de los horrores surcándole el rostro.

Recordaba haber entrado al jardín de la, anteriormente, hermosa y sobria mansión del Valle de Godric, convertida en un mar de cursilería, banderines y seres mágicos propios de cuentos de hadas infantiles tallados en piedra. Un verdadero horror para ella y paraíso de la cursilería y frivolidad, algo que Hermione no había soportado nunca.

Las hermosas flores, que con tanto cariño habían cuidado generaciones de mujeres Potter, se encontraban adornadas con lacitos blancos y rojos. El estanque, frente al que ella y Harry solían hablar por horas durante el verano, había sido rodeado por figuritas que señalaban a las mesas repartidas por todo el jardín, apartando de su crecimiento natural a algunas de las plantas. La bella fachada de la mansión había desaparecido bajo un mar de flores sin ninguna organización. Rosas blancas, para más inri. ¿Se podía ser más cursi?

Recordaba con desastrosa nitidez todo aquello, pero luego se había desmayado, oyendo de fondo los gritos asustados de Harry. No quería saber como estaba el interior de la mansión, aunque sólo imaginárselo la horrorizaba.

Perdida en sus pensamientos, no oyó como la puerta se abría y entraban sus amigas, la Señora Weasley y su madre, que la miraban preocupadas.

-Cariño, ¿estas mejor? Te desmayaste nada más entrar en el jardín. Creí que te había pasado algo grave, no te imaginas como nos tenías a todos de preocupados, especialmente a Harry.

-Hermione, deberías descansar. Ya está casi todo listo, y parece que el balneario no te ha relajado tanto como pensábamos. Solamente tienes que probarte el traje de novia y podrás dedicarte a descansar hasta el mismo día de la boda…

Luna y Ginny simplemente la miraban preocupadas, al margen de los respectivos monólogos de Jane Granger y Molly Weasley, que volvían a hablar entre ellas de vestidos, manteles y flores.

A pesar de todo lo que pasaba a su alrededor, Hermione no oía nada. En su mente, daban vueltas las imágenes del jardín convertido en la peor pesadilla que su mente pudiera inventar: su boda convertida en un circo.

Perdida en sus pensamientos, una imagen llegó hasta sus ojos: en los brazos de sus amigas se encontraban dos vestidos de tul rosa, que le dieron ganas de echarse a llorar. ¡Se había prometido a sí misma no volver a vestir de rosa nunca más tras el baile de cuarto curso!

Sin embargo, la desesperación al ver esos cursis vestidos que, suponía, eran los escogidos por las chicas para las Damas de Honor, no se comparaba al paro cardíaco que sufrió al ver lo que había colgado en el armario de la habitación.

Un vestido de novia de un blanco impoluto, de mangas tres cuartos y con una cola interminable, recogida sobre sí misma para no mancharse. Tres capas de tul transparente. En el torso, hilos plateados servían de sujeción para millones de perlitas diminutas, que llegaban hasta el encaje que bordeaba el casi inexistente cuello.

Harry entró a la habitación en ese momento, y la alegría se hizo patente en su rostro al ver a su querida Hermione, pero se abstuvo de ir corriendo hacia ella. Sus ojos, normalmente de un dulce color entre la miel y el chocolate, brillaban en ese momento de un modo atemorizante. Él la conocía mejor que nadie, y sabía que una Hermione con esa expresión era sumamente peligrosa; para él, conocedor de esa mirada, era preferible enfrentarse a la petrificante mirada de un basilisco.

Ignorando a todos los que se encontraban en la habitación y haciendo caso omiso de las gritos de su madre para que permaneciese acostada, Hermione se levantó rápidamente de la cama y salió a toda velocidad de la habitación, dirigiéndose a la parte baja de la mansión, en la que se encontraban el resto de los Weasley, Malfoy y su padre, que al verla bajar por su propio pie, se acercaron a abrazarla. Sin embargo, la furiosa mirada de la siempre dulce y correcta Hermione los previno de mantenerse alejados hasta que pasase el huracán.

La castaña se paseó por toda la planta baja de la mansión, aumentando su furia y desesperación al ver como esas mujeres desconsideradas y mandonas habían destrozado la boda de sus sueños. A su lado, en total silencio, Lily Potter la acompañaba con expresión ciertamente culpable.

Cuando volvió al salón, todas las mujeres se encontraban allí y se levantaron rápidamente la verla entrar, haciendo caso omiso de las advertencias masculinas, especialmente de las de Harry, que se acercaba a su prometida con extremo cuidado, como quien se acerca a una leona furiosa por ver su territorio usurpado.

-Hermione, cariño, debes recostarse…nosotras nos ocuparemos de todo lo que queda sobre la boda…

-¡NI SE OS OCURRA!

Todo el mundo la miró como si se hubiese vuelto loca. Hermione nunca tenía esos estallidos de furia, precisamente por eso era tan temida: su furia era fría y controlada. Sin embargo, verla en ese estado le daba una nueva dimensión a su carácter que ninguno conocía.

Hermione estaba furiosa hasta un extremo que no recordaba sino de cuando vio a Harry postrado en una cama tras la batalla final, por un hechizo a traición. Pero esas locas habían conseguido terminar con su paciencia, que era mucha, al haber destrozado su boda.

Ahora iban a conocer a Hermione Granger enfadada, oh si…Ni siquiera las susurros suplicantes de Lily Potter en su oído, intentando tranquilizarla, lograron apaciguar su furia lo más mínimo.

-No quiero nada, habéis destrozado mi boda, la boda de mis sueños con el chico que quiero…-Hermione levantó la mirada furiosa, y todas las mujeres de la sala, vivas y muertas, tragaron saliva ruidosamente.-Os prohíbo terminantemente acercaros a nada que tenga que ver con la boda, seguiréis mis instrucciones al pie de la letra. No quiero protestas ni “detalles de última hora” para ayudar. No quiero ni veros acercaros a la lista de invitados, y si veo un solo lazo más, os juro que os hechizo con lo primero que se me venga a la cabeza, y os aseguro que no será nada inocuo. Ese vestido es horrible, lo quiero fuera de mi vista antes de diez minutos si no queréis que lo queme, y esos vestidos cursis de princesita tienen que desaparecer, ¡esto es el mundo real, no un cuento de hadas! No quiero a nadie, A NADIE, cerca de los preparativos de la boda-su madre parecía que iba a protestar, pero desistió al ver a su hija en ese estado.-¿Me he explicado con la suficiente claridad?

Todos asintieron, sorprendidos.

Todos se quedaron mudos. Jane Granger parecía a punto de echarse a llorar, pero una sola mirada de su hija bastó para hacer desaparecer de su cabeza esa estratagema.

Ginny y Luna miraron a su amiga, compungidas.

-Hermione, nosotras...-la pelirroja parecía dolida, pero la mirada implacable de Hermione la hizo callar.

-Hermione nada, Ginebra. Habéis hecho del sueño de mi vida mi mayor pesadilla, y tendré suerte si no sufro de un ataque al corazón en las próximas 48 horas. Habéis sido egoístas y controladoras, por no hablar de manipularme para hacer de esta boda lo que a vosotras os dio la gana.-su mirada café se dirigió a la mirada color cielo de Luna.-Luna, me has decepcionado; pensé que eras la única con dos dedos de frente, pero parece que se te ha pegado la idiotez de los demás.

La rubia bajó la mirada, reconociendo así que su concepción de diversión había arruinado la boda de su amiga.

Los hombres, que hasta ese momento se habían mantenido al margen, se acercaron a la furiosa mujer. Su padre la abrazó, tras intercambiar una mirada con Harry.

-Tranquila, pequeña. Tu padre está aquí para lo que necesites, al fin y al cabo también es misión del padrino ayudar en la organización del a boda, y…

El torbellino pelirrojo que era Ronald Weasley explotó, sin poderlo evitar.

-¿Cómo que padrino? YO soy el padrino de bodas de Hermione y Harry, siempre lo habíamos dicho y…

-Ronald, estás muy equivocado, yo entregaré a mi pequeña princesa al altar y…

-No, el que está equivocado es usted, porque…

-¡BASTA!

De nuevo, todas las miradas se centraron en Hermione.

-¿Se puede saber que demonios os pasa? ¡Estoy intentando calmarme, y lo único que se os ocurre a vosotros dos es poneros a discutir sobre quien será el padrino de la boda! ¡¿Por qué narices no podéis ser como Draco o Neville, que no están histéricos ni discutiendo?!

En ese momento, el rubio, al oírse nombrado, se encogió de hombros.

-Porque para nosotros eres una amiga, no nuestra hija ni nuestra hermana.

Todos los demás parecían estar de acuerdo con la afirmación, pero Hermione seguía furiosa.

-¡Me da igual!-su padre y Ron parecían dispuestos a seguir discutiendo, por lo que ella, recuperando de nuevo la furia y aumentando varios decibelios el nivel de voz, siguió chillando.- ¡Ninguno de los dos será el padrino, y punto!

Todos los presentes se quedaron mudos del asombro, pero pocos segundos después, los dos implicados miraron a la castaña rojos, mientras Harry intentaba tranquilizar a su novia.

Esa no era su Hermione, se la habían cambiado.

-No quiero oíros discutir más por ese tema; sois mi familia, y no quiero discutir con mi familia. ¡Y en lugar de intentar calmarme y mimarme, os ponéis a discutir como niños! Debería prohibiros la entrada a la iglesia, pero yo y el maldito cariño que siento por ambos me impiden tomar esa decisión.-los dos sonrieron, esperanzados.-Ninguno será el padrino, eso tenedlo claro.

Los dos hombres bajaron de nuevo la mirada, abatidos y resignados. Cuando a esa mujer se le metía algo en la cabeza, ni el mismísimo Voldemort era capaz de hacerla cambiar de opinión. Hermione suspiró, en parte de alivio al ver que no iban a seguir discutiendo y en parte para calmarse, y levantó de nuevo la vista.

-Mi padre me entregará a Harry en el altar, y Ron tendrá los anillos y estará con nosotros para firmar.

Ambos hombres miraron a Hermione sorprendidos mientras los demás asentían, conformes con el arreglo, y Harry la abrazaba por la cintura, susurrando en su oído.

-Esa es mi Herms.

La castaña sonrió levemente al notar a su novio tras ella, pero inmediatamente, una cabellera rubia llamó de nuevo su atención, a pesar de que intentaba ocultarse tras todos los demás. La mirada color miel se quedó fija en la muchacha, atravesándola.

-Luna Lovegood Weasley, por tu propio bien, te aconsejo que retires el hechizo que pusiste sobre Harry y sobre mí, YA.

La rubia miró con algo parecido al terror a su amiga. Jane Granger parecía dispuesta a protestar, pero el grito de Hermione la interrumpió.

-¡YA! No tenéis ningún derecho a inmiscuiros en nuestra vida. Quita el hechizo o juro que no respondo. ¡Me tenéis hartas, sois peores que Skeeter!

Todas las brujas presentes la miraron ofendidas, pero ninguna parecía ni remotamente dispuesta a enervar más aún los nervios de la castaña. Habían visto su rapidez con la varita, y sabían de sobra que enfadarla, más aún en ese estado casi irracional en el que se encontraba, no era ni de lejos una buena idea.

Luna asintió levemente, y sacando su varita, hizo un extraño movimiento y revirtió el hechizo. Harry, disimuladamente, movió uno de sus brazos, oculto por los de Hermione, hasta la parte trasera de su novia en la que la espalda pierde su ilustre nombre. Al notar que ninguna corriente los electrificaba(a parte de la emoción de poder volver a ser una pareja normal), ambos sonrieron con satisfacción, ante la mirada censuradora de Jane y Molly. Sin embargo, acostumbrados a la forma de pensar de ambas mujeres y entrenados para ignorar miradas indeseadas debido a su popularidad, ambos las ignoraron.

Sin embargo, el momento de paz no duró mucho más. Consciente del poco tiempo que tenía para arreglar el horror que habían hecho todas esas locas de su boda, Hermione volvió a mirar a todas las presentes de una forma que congelaría el infierno.

-Voy a organizar MI boda como YO quiero. Nadie más que no seamos Harry y yo opinará ni se acercará a los preparativos. ¿Me he explicado con suficiente claridad?

Todos asintieron. Las mujeres refunfuñaron, al ver su control perdido. Los hombres suspiraron, un poco asustados.

Hermione se apoyó sobre el protector pecho de Harry y se dejó mimar y abrazar. Tenía dos semanas para preparar la boda de sus sueños. La voz de Lily le hablaba al oído, impidiéndole concentrarse en sus pensamientos.

Suspiró. Iban a ser dos semanas muuuuuy largas…


Hermione se recostó en el enorme sillón que había en el salón del Valle de Godric. Llevaba una semana trabajando a destajo, sin apenas dormir. Sin embargo, estaba feliz porque, a pesar de la velocidad con la que se estaba realizando todo, parecía que sus amenazas surtían efecto.

La prensa se había mantenido al margen de la boda, y a base de amenazas, las chicas habían desistido de meterse en los preparativos. El desastre era muy difícil de arreglar con tan poco tiempo, pero, ¿acaso no era ella Hermione Jane Granger? Siempre conseguía sus metas, y esta, la más importante de su vida, no iba a ser la excepción.

Inmersa como estaba en sus pensamientos, no se percató de que otra persona había entrado en la habitación y se acercaba a ella en silencio. Sólo cuando vio un par de esmeraldas frente a ella, reaccionó.

-¡Harry! Me has asustado. ¿Cuando has llegado?

El moreno sonrió, acercándole una taza de café que hizo a la castaña seguir el olor a medida que se movía, como si fuese el elixir de la vida.

-Llegué hace diez minutos y, teniendo en cuenta la hora, pensé que una buena taza de café bien cargado te sentaría bien.

La castaña asintió enérgicamente. Debido al estrés de preparar una boda en dos semanas, su cuerpo necesitaba energía, y a media tarde, justo un par de horas después de comer, le pedía una taza de café bien cargada, que le era tan necesaria a su organismo como respirar o el amor de Harry.

Sonriendo, Hermione se recostó sobre el pecho de Harry, aceptando y saboreando su ansiada taza de café.

-Bueno, parece que el desastre se va arreglando. Las invitaciones ya están enviadas, todo está preparado para el banquete y la ceremonia, y he conseguido no dejar rastro de esos horrorosos lacitos y las escalofriantes estatuas del jardín. ¡Ah! Y he quedado mañana a primera hora con una modista para el traje de novia y los vestidos de damas de honor. ¿Como van los trajes masculinos?

-Bien. Costó convencer a tu padre y a Ron, pero entre Neville, Draco y yo conseguimos meterlos en la tienda. Una vez allí se emocionaron y se probaron cuatro trajes. Sólo quedan los ajustes de última hora.

-¡Perfecto!

Ambos se miraron y sonrieron. No eran necesarias las palabras para comunicarse. Harry sabía perfectamente que Hermione estaba estresada y que sólo necesitaba un abrazo y algunos mimos. Hermione, por su parte, sabía que Harry sólo quería estar con ella a solas, y ella no tenía ningún inconveniente y concederle ese deseo.

Girando a su prometida para dejarla frente a él, Harry empezó a besarla con dulzura. Hacía casi tres meses que no podía estar a gusto con Hermione, y eso lo frustraba bastante; sin embargo, una vez retirado el dichoso hechizo, iban a poder recuperar el tiempo perdido, y sólo ese pensamiento le hacía perder el poco autocontrol que había ido adquiriendo con los años.

Hermione sonrió en medio del beso. Por fin podía volver a estar con su Harry sin temor a tener que ir de urgencia a San Mungo por una descarga eléctrica. Mientras besaba a su novio acarició el fuerte pecho del auror, que sonrió.

Sin embargo, algo le impedía dar rienda suelta a la pasión. Hastiada, levantó la mirada y observó como Lily Potter la miraba medio sonriendo. Estaba a punto de gritarle a la fantasmal pelirroja que se fuera a hacerle compañía a Voldemort, cuando la mujer levantó su mano izquierda y un pálido brillo llamó su atención.

Inmediatamente, se apartó de Harry pese a las protestas del joven, que la miraba enfadado. La castaña, ignorando la frustración de su novio, lo miró con seriedad intentando recuperar el aliento.

-Harry, ¿has ido a por las alianzas?

El moreno la miró durante unos segundos que le parecieron horas, para finalmente caer rendido en el sofá, suspirando.

-No, lo siento. Con todo el ajetreo del trabajo y los trajes se me olvidó.-su novia lo miró con cara de ángel, haciéndolo negar con la cabeza.-¡No! ¿De verdad tengo que…?

Hermione asintió, sonriendo con culpabilidad.

-¡Arj! Está bien.

Harry se levantó y, mientras farfullaba algo inentendible, se abrochaba los botones de la arrugada camisa y salía del salón, dejando a su prometida con cierto sentimiento de culpa.

Hermione miró a su suegra, que parecía observarla con algo parecido a la comprensión, para levantarse y dirigirse a la puerta con intenciones de subir a la segunda planta. Antes de salir de la habitación, miró sobre su hombro a su suegra y, sonriendo, susurró:

-Gracias.

La pelirroja, a pesar de que Hermione ya había salido, sonrió y asintió.

-No hay de qué.


Hermione entró a su apartamento masajeándose la cabeza, y se dirigió directamente al cuarto de baño para prepararse su tan ansiado baño. Tras abrir el grifo y escoger la fragancia, la castaña se fue a su habitación para quitarse la ropa que ya empezaba a agobiarla y seleccionó el pijama que iba a utilizar. Una camiseta que, en teoría, era de Harry, pero de la que ella se había apropiado hacía mucho tiempo.

Con cansancio, volvió a entrar al cuarto de baño y, al ver que la bañera no estaba ya lista, hizo un pequeño movimiento con su varita y el agua apareció. Tras echar las esencias relajantes que había escogido, Hermione se introdujo en la bañera, notando como casi inmediatamente, todos los músculos de su cuerpo se relajaban. Sin embargo, eso trajo a su cerebro los recuerdos de las últimas horas, especialmente, los referentes a la elección de los vestidos…

--FLASH BACK--

Un grupo de mujeres de diversas edades caminaban por una transitada calle del Londres muggle. Una de ellas, que parecía guiarlas, mostraba un rostro serio, disuadiendo a sus acompañantes de lo que fuera que pensaban hacer.

Tras unos minutos de andar por la concurrida avenida, la mujer se detuvo frente a una tienda, mostrando una muy sutil sonrisa en su rostro. Sin pararse a escuchar a sus acompañantes, entró en el establecimiento, viéndose rodeada de todos los colores que la imaginación pudiese encontrar.

El grupo de mujeres parecían extasiadas con la tienda, por lo que, cuando la joven se percató de que una dependiente se acercaba a ellas ,sacó disimuladamente su varita y, en un tono prácticamente indetectable, susurró un hechizo.

-Silencius.

Mientras la dependienta se acercaba, el grupo de mujeres intentaba gritar de emoción, pero pronto se percataron de que ningún sonido salía de sus hechizadas cuerdas vocales. Se disponían a estrangular a la mujer, cuando la dependienta llegó, haciéndolas desistir.

-Buenas tardes, señoras y señoritas. ¿Qué desean?

La mujer sonrió y extendió su mano, en señal de saludo.

-Buenas tardes. Soy Hermione Granger, y estas son algunas amigas y mi madre. Verá, venimos porque me caso dentro de poco y me gustaría comprar mi vestido de novia y el vestido de las Damas de Honor.

La dependienta sonrió, asintiendo amablemente.

-Ha venido usted al lugar indicado. ¿Tiene alguna idea para su vestido o el de sus acompañantes, las señoritas…?

La mujer se quedó viendo al grupo, que movían los labios sin éxito. Hermione sonrió amablemente.

-Están afónicas, señorita. Cogieron una fuerte laringitis y aún no se han recuperado. No se preocupe, se les pasará en poco tiempo.

La mujer simplemente hizo un gesto de asentimiento, y al darse la vuelta, el grupo de mudas simplemente sonrió con ironía a la castaña, que simplemente se dispuso a observar a su alrededor.

Hermione siguió a la dependienta, mirando brevemente a las chicas para que no se les ocurriera hacer ninguna tontería. Las mujeres, con el reciente estallido de furia de Hermione aún fresco en su memoria, prefirieron no tentar a la suerte y se quedaron quietas observando los vestidos.

La castaña, por su parte, observaba maravillada todos los vestidos, más hermoso a cada cual, que le pasaban por delante. Sin embargo, nada era lo que ella quería.

Separándose de la dependienta, merodeó por la tienda, hasta que encontró un diseño que le pareció perfecto para sus Damas de Honor. Sonriendo, fue a buscar a la encargada y ambas se apresuraron a llamar a las chicas, empezando a tomarles las medidas pertinentes para el traje.

Al verlas tan emocionadas con los vestidos, Hermione decidió que ya podía dedicarse plenamente a buscar su propio traje sin preocuparse por ellas. Así, se dispuso de nuevo a mirar por la tienda, viendo toda clase de vestidos con diseños inimaginables: por una vez, reconoció que Lavander y Parvati podía tener razón en cuanto a los diseñadores, pues lo que ella estaba viendo era hermoso, aunque no encontraba nada que le gustara de verdad.

Perdida entre tantos vestidos, iba a salir del pasillo en el que se encontraba cuando algo que no pudo identificar la hizo volver sobre sus pasos. Al pararse frente a una de las secciones, sus ojos se dirigieron directamente a un vestido en particular.

Sonriendo, Hermione lo cogió, acariciándolo como si fuera tela divina, y se dirigió a donde la encargada y las chicas terminaban con los arreglos pertinentes de los vestidos de Damas de Honor.

Al verla llegar con el vestido, incluso su madre tuvo que sonreír de emoción.

Unos metros más atrás, sonriendo, la invisible y fantasmal figura de Lily Potter guardaba con disimulo su varita, satisfecha de haber ayudado a su nuera con algo que, sabía, era muy importante para ella.

--FIN FLASH BACK--

Hermione volvió al mundo presente de forma brusca, al oír como su suegra volvía a mover algunos de los libros de su biblioteca personal. Suspirando, se lavó el cabello, sonriendo al recordar el hermoso vestido que parecía haberla llamado.

Cinco minutos después, la castaña salió de la ducha, se secó el pelo con la varita y se puso la ropa de dormir, dirigiéndose al acogedor salón de su apartamento. Allí ya la esperaba Lily, con un libro en las manos. Hermione prefería no saber cómo un fantasma podía coger objetos sólidos, y no se lo planteaba demasiado. Después de convivir con ella los últimos dos meses, había descubierto que pocas cosas de las que esa mujer se proponía no llegaban a realizarse. En eso se parecían bastante.

Saliendo de sus pensamientos, se sentó junto al espectro de su suegra y la miró, atrayendo su atención.

-¿Ocurre algo, Hermione?

La castaña negó, sonriendo con algo de cansancio.

-No, es sólo que ya se acerca el día y estoy algo nerviosa. Quiero casarme con Harry, si de algo he estado segura desde que era una adolescente es que lo amo, pero… los últimos meses han sido una pesadilla y ahora que por fin logro recuperar el control de la boda y que el gran momento se acerca, empiezo a notar la magnitud de todo esto.

La pelirroja sonrió y, a pesar de que la traspasaba un poco, la abrazó.

-¿Sabes? Yo también estaba muy nerviosa cuando se acercaba el día de mi boda con James. Sin embargo, al final todo salió perfectamente y ni las bodas de esos cuentos que mi madre nos contaba a Petunia y a mí cuando éramos niñas hubiese sido más perfecta. Lo único que debes de tener claro es si amas a Harry, y yo sé que sí.

Hermione miró esos ojos verdes, tan iguales a los de Harry y tan diferentes a la vez y suspiró.

-¿Cómo puedes estar tan segura? A penas me conoces.

La pelirroja sonrió misteriosamente.

-Eso, querida Hermione, lo descubrirás muy pronto…

La aludida la miró extrañada, pero el cansancio empezaba a hacer mella en ella. Levantándose del sillón, dio las buenas noches a Lily y se dirigió a la cama para dormir, tras un agotador pero satisfactorio día.


Hermione suspiró, un poco hastiada al ver como todas sus amigas, la señora Weasley y su madre la atosigaban, dando vueltas a su alrededor admirando y comentando su vestido. Las chicas tenían también sus vestidos de Damas de Honor, que las hacían ver aún más hermosas, resaltando en cada una algo de su físico.

La encargada, que se había ocupado personalmente de todos los vestidos (el dinero abría muchas puertas, aunque a ella no le gustara esa idea), llegó en ese momento, salvando a Hermione de esa horda de mujeres locas a las que ni siquiera las amenazas por hechizo habían hecho desistir de su entusiasmo.

La mujer llegó, hizo un par de retoques a lo largo del vestido y se retiró, para dar un vistazo general y analizarla con mirada crítica. Unos minutos después, sonrió y asintió satisfecha.

-Ya puedes girarte, querida. Estás hermosa.

Hermione se giró, ignorando las lágrimas de las dos mujeres más adultas y los chillidos de emoción de sus amigas. En cuanto se vio reflejada en el espejo, le dieron ganas de llorar.

Era perfecto.


La Madriguera era un hervidero de gente. Habían decidido hacer allí la cena despedida de solteros, ya que todo estaba totalmente organizado en la mansión del Valle de Godric, y ni Harry ni Hermione deseaban que nada se estropeara. Molly y Jane, aunque reticentes, los habían dejado solos por fin, permitiéndoles disfrutar de la fiesta.

Las chicas se acercaron a Hermione, que conversaba con Draco y Neville junto a su prometido. La castañan, en cuanto vio las caras de sus amigas, tembló completamente.

Ellas, sin embargo, sonrieron angelicalmente, llamando la atención de todos los presentes.

-Damas y caballeros, es hora de entregar los regalos prepoda a los novios.-Ginny miraba a sus amigos con una sonrisa angelical que no engañaba a nadie, bajo la mirada divertida de su marido.

-Hemos pensado en hacer un regalo que puedan disfrutar los dos, y tras mucho debatir, llegamos a la conclusión de que este sería el más adecuado.-Luna, tras el asentimiento de sus compañeras, movió ligeramente la varita, haciendo aparecer una bolsa negra que entregó a Hermione.

La pareja se miró, extrañada y temerosa. Sabía que de ese grupo no podía esperarse nada normal. Sin embargo, ante la insistencia de sus amigos, decidieron abrir el regalo.

Hermione metió la mano y, sonrojándose, sacó un fino babydoll de satén rojo de la bolsa. Todos los presentes silbaron, provocando un inhumano sonrojo en la pareja. La castaña miró a sus amigos asesinamente, mientras Harry sonreía con timidez y algo de vergüenza.

Pasado el momento de las bromas, esta vez fueron los chicos quienes se dirigieron a Harry, con una bolsa en las manos. El moreno, temiéndose lo peor, metió la mano y sacó… un sobre rojo. Ambos Gryffindors se miraron extrañados, pero un solo vistazo al rostro sonriente de Malfoy sirvió para avivar sus temores. Antes de que pudieran preguntar por el contenido (diabólico y/o peligroso, seguramente) del sobre, este empezó a vibrar, escapándose de las manos del moreno y explotando en un caos de fuegos artificiales, formándose en el aire con letras brillantes el mensaje más humillante de sus vidas:

“VALE POR UNA SEMANA CON TODOS LOS GASTOS PAGADOS EN SEX HEAVEN. ¡DISFRUTAD DE LA DIVERSIÓN!

NOTA: ESPERAMOS QUE SEPÁIS APROVECHAR EL REGALO DE LAS CHICAS.

¡DISFRUTAD!”

Estaba firmado por todos los chicos.

Harry y Hermione se miraron, ambos sonrojados más allá de lo posiblemente imaginable, y miraron furiosos a sus amigos, que rodaban por el suelo debido a la risa.

-¡Ya está bien, os habéis pasado!-Hermione intentaba controlar su carácter, pero Harry estaba casi en peores condiciones que ella, lo cual hacía más complicada la tarea.

-¡La madre que os parió! ¡Cómo os pille no salís de esta enteros! ¡Seréis…!

Media hora después, la pareja había conseguido tranquilizarse, y habían dado por terminada la fiesta, alegando que la boda era al día siguiente y debían descansar. Ambos desaparecieron y reaparecieron en la mansión.

Una vez solos, se miraron a los ojos, soltando una carcajada al poco tiempo. Harry miró con picardía a Hermione, que intentaba ponerse sería.

-¿Sabes? Quizás deberíamos hacer caso a los chicos y aprovechar los dos regalos…

La castaña volvió a reír y, tras besar a su prometido, subió a su habitación. Harry, sonriendo satisfecho, desapareció rumbo a la casa de Ron y Luna, donde él dormiría esa última noche como soltero.

Mientras, en su habitación, Hermione se cambiaba, sonriente, mientras recordaba todos los eventos del día. Tras ponerse el pijama y dar un último vistazo a su alrededor, apoyó la cabeza en la almohada, durmiéndose inmediatamente con una sonrisa de felicidad en los labios.


La luz del día iluminaba su habitación, que en ese momento hervía de actividad. Todas sus amigas, vestidas y arregladas ya totalmente, la ayudaban a vestirse y arreglarse ella.

Hermione estaba como en una nube. Siempre había odiado todo ese rollo, pero en ese momento estaba feliz.

Tres horas después, poco antes de las once y media de la mañana, el proceso terminó, y todas abandonaron su habitación, bien pare dejarla a solas unos minutos, bien para supervisar los últimos detalles.

Hermione se miró al espejo, sin poder creerse que ese reflejo fuera suyo. ¿Era ella la de la imagen? ¿Era ella esa joven que brillaba de felicidad, que iluminaba la habitación con su sonrisa? Se movió y se acercó al espejo, como intentando confirmarlo.

La superficie plateada le devolvía la imagen de una joven castaña hermosa y feliz. Nada podía describir mejor ese reflejo. Sin embargo, poco a poco se materializaba a su lado otra figura, esta vez una hermosa pelirroja a través de la que podía ver la puerta parcialmente.

Lily sonrió al espejo y sus fantasmales brazos la rodearon en un abrazo. Hermione correspondió la sonrisa, olvidando totalmente las discusiones, los chillidos, los libros moviéndose a las tres de la mañana y las diferencias.

Suavemente, como si temiera romper el hechizo del momento, la castaña habló.

-Por fin ha llegado el día…a partir de hoy seré una Potter.

El reflejo de Lily sonrió, abrazándola y negando suavemente.

-No, querida. Hace mucho tiempo que eres una Potter.-la castaña sonrió, intentando contener las lágrimas que le provocaba el significado subyacente de esa aparentemente simple frase.-Te veré abajo. Disfruta de tu día.

En un momento, la castaña se quedó sola de nuevo, y volvió a mirarse en el espejo.

En esos años había cambiado mucho, y podría jurar que más había cambiado en los últimos dos meses, viéndose ahora con tranquilidad en el espejo.

Sin embargo, decidió apartar esos pensamientos de su mente y justo cuando se disponía a girarse, la puerta se abrió, dando paso a sus padres.

Los señores Granger miraron a su hija fascinados. Su madre se acercó a ella y, tras besarla suavemente en la frente, salió de la habitación sin decir nada más.

Su padre, por el contrario, la miraba con afecto, orgullo y admiración, con un poco de tristeza mientras se acercaba. La castaña sonrió y abrazó a su padre.

-Yo siempre seré tu niña, papá. Él me quiere y no dejará que nada me pase.

Su padre sonrió.

-Nadie en este mundo es lo suficientemente bueno para ti, cariño. Sin embargo, Harry es el único hombre al que le confiaría a mi niña. Estás preciosa, pero debemos irnos. Tu prometido espera.

Hermione asintió y, tras mirarse una última vez al espejo, cogió su ramo y aceptó el brazo de su padre para bajar a la planta baja, donde la esperaba su amigo, su confidente, su amante…su Harry.


El sol iluminaba el hermoso jardín de la mansión de los Potter, proporcionando un clima idóneo para el importan acontecimiento que iba a suceder.

Harry estaba histérico frente al hermoso altar que se había erguido. Ron, a su lado, intentaba calmarlo, mientras Albus Dumbledore sonreía, recordando con añoranza otra boda, otro Potter y otro padrino, muchos años atrás.

Todos los invitados, dispuestos adecuadamente en los asientos, esperaban impacientes a la novia. Justo cuando al niño-que-vivió-para-morir-infartado-esperando-a-su-prometida iba a sufrir un colapso nervioso, la marcha nupcial empezó a sonar. Todos los invitados se giraron para mirar la puerta de la mansión, de donde tenía que salir la novia.

Segundos después, Ginny y Luna avanzaban hacia el altar. Sus vestidos, de color lavanda, les llegaban debajo de las rodillas y se movían al andar. El escote en forma de barco se abría hacia los lados dejando los hombros descubiertos. En sus manos descansaban dos ramos de lilas. Sus maridos las miraron sonrientes desde sus respectivos asientos. Ambas jóvenes llegaron al altar y ocuparon sus puestos, mientras sonreían al nervioso novio.

Sin embargo, este ya no se encontraba en el mundo real.

En ese mismo momento, Hermione hacía su aparición, hermosa y deslumbrante, sorprendiendo a todos los invitados.

Hermione avanzaba sonriendo, envuelta en un vestido de color champagne que se ajustaba a su torso perfectamente. Destacando suavemente sobre el sobrio color, unos hilos de oro dibujaban sutilmente algunas azucenas a lo largo del vestido, entrelazándose intrincadamente para bordear el escote palabra de honor. Su pelo, parcialmente alisado, se sostenía con algunas flores blancas, para caer en una cascada rizada sobre su espalda, dejando al aire su cuello, adornado por una hermosa y sencilla gargantilla de oro blanco en la que se fundían una pequeña perla y una lágrima de un material que nadie reconoció. En sus manos se encontraba un hermoso ramo de azucenas, que sujetaba con fuerza para no dar muestras de su nerviosismo.

La castaña, emocionaba, avanzaba del brazo de su padre hacia el altar, sin separar sus ojos de los de Harry en ningún momento. Sin darse cuenta, llegó a su destino, volviendo a la realidad por el beso que su padre le dio en la frente, uniendo sus manos a las de Harry.

Ambos subieron el último escalón del altar, quedando frente a un sonriente Albus, que comenzó la ceremonia.

Harry y Hermione apenas escucharon ninguna de las palabras del anciano, pues estaban perdidos en la mirada del otro. Cuando llegó el momento de los votos, todos los invitados se emocionaron al percibir el amor en las palabras, dando la sensación de que estas no expresaban lo suficiente todo lo que ambos querían transmitir. Intercambiaron los anillos que Ron tenía guardados y, cuando llegó el momento en que fueron declarados marido y mujer frente a la ley mágica y muggle, ambos sonrieron. El pacífica voz de Albus llegó hasta sus oídos, pronunciando las palabras que habían deseado oír desde que eran adolescentes.

-…yo os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.

El moreno no se hizo esperar. Abrazándola por la cintura, bajó levemente y la besó con ternura y pasión, entre los vítores de los invitados.

Cuando se separaron, un estallido de fuego arrancó sonidos de sorpresa de todos los invitados, mientras la pareja era bañada por un polvo dorado que, al entrar en contacto con sus pieles, se transformó en dos colgantes, aparentemente sólo visibles para ellos.

El nuevo matrimonio Potter se sonrió ante la mirada emocionada de amigos y familia. Harry cogió dulcemente la mano de su esposa y, tras besarla dulcemente, la miró con amor y picardía.

-Por fin se acabó toda esta locura. ¿Estás feliz?

La castaña sonrió, poniéndose de puntillas para rozar los labios de su esposo.

-No, amor. Nuestra vida no hace más que empezar. Te amo.

El moreno sonrió y, tras volver a encerrarla entre sus brazos, susurró antes de terminar con la distancia entre sus labios.

-Yo también te amo, Hermione Potter.

Y Hermione, tras escuchar esas palabras saliendo de los labios de su marido, el hombre que amaba, sonrió en medio del beso, decidiendo que los dolores de cabeza, los gritos, las noches sin dormir, las lágrimas de frustración y todo lo que había pasado los últimos meses por preparar su boda, valía la pena sólo por ese momento.

La preparación de su boda había sido una tortura. Su boda estaba siendo un sueño. Pero su vida junto a Harry después de la boda, a pesar de los problemas y lo que pudiera pasar…eso iba a ser el paraíso.

Y ese paraíso sólo estaba empezando.