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Historia 30470 — capítulo 1

Tuve que coger un vuelo de Chicago a Massachussets, después, y tras esperar largo rato en el andén, un tren de Boston hasta Newton y un taxi hasta Riverton.

Desde ahí tuve que guiar al taxista por los sinuosos caminos hasta que lleguemos a la entrada de la Academia Medianoche.

Tuve que guiarme con el mapa que me había hecho mi madre. Tenía un don para dibujar. Me había dado su diario. Bueno, no era un diario exactamente. Sinó que era un grueso cuaderno con hojas blancas que había ido llenando con sus experiencias. Lugares dónde podía reunirme con nuestra gente y si le habían gustado. Nombres de personas que había conocido, y si le habían caído bien o no. En una de esas hojas estaba la Academia Medianoche, con un mapa para llegar y nombres de profesores, sus puntos débiles, sus lugares favoritos... En definitiva, un tesoro.

Llegué bastante justa de tiempo. Dejé las maletas en la puerta junto con las que ya habían allí. Y entré. Cuando lo hice, había una mujer mayor, bueno mayor... no es exactamente la palabra que utilizaría el resto de los presentes sinó que causaba respeto. Según el diario de mi madre se trataba de la Directora, la señora Bethany.

  • Bienvenidos a Medianoche - dijo abriendo las manos en un gesto de acogida. Tenía las uñas largas y translúcidas - Algunos de ustedes ya han estado aquí antes. Otros habrán oído hablar acerca de la Academia Medianoche durante años, tal vez a sus familias y se habrán preguntado si alguna vez entrarían en nuestra escuela. Este año, además, también contamos con un nuevo tipo de estudiantes, resultado de un cambio en la política de admisión. Creemos que ha llegado el momento de que nuestros alumnos conozcan un mayor abanico de gente de orígenes variopintos y de este modo, prepararlos mejor para el mundo que les espera al otro lado de las paredes de nuestra institución. Todos tenemos mucho que aprender de estos otros estudiantes y estoy segura de que los tratarán con el respeto que se perecen. En Medianoche no tratamos a nuestros alumnos como si fueran niños - La señora Bethany no se dirigía a nadie en concreto, sino que parecía limitarse a otear por encima de todos con una especie de mirada disstante que, sin embargo, abarcaba todo lo que entraba dentro de su campo de visión - Han venido aquí a aprender a manejarse como adultos del siglo XXI, y así es como se espera que se comporten. Sin embargo, eso no significa que Medianoche carezca de normas. La posición que ocupamos nos exige mantener la más estricta de las disciplinas. Esperamos mucho de ustedes. Las clases empezarán mañana - concluyó la directora - Por hoy, instálense en sus habitaciones, preséntense a sus compañeros, paséense por las instalaciones. Contamos con que estén preparados. Es un placer tenerles aquí y esperamos que sepan aprovechar su estancia en Medianoche.

Los presentes aplaudieron y fui al tablón del Hall para buscar el número de mi habitación. Mi madre me había dicho que las habitaciones de las chicas estaban dispuestas a lo ancho y largo de la torre sur. Cuando llegué cargada con mis maletas, que menos mal que llevaban ruedas - abrió de repente una chica rubia, guapa, alta y delgada con aspecto de Capitana de las Cheers Leaders.

  • Supongo que eres Aurora Latieve - me miró de arriba a abajo juzgándome mentalmente.

  • Supones bien - le dije haciendo lo mismo.

  • Mi cama es la del fondo, para ti la de al lado de la puerta.

  • Por lo menos no tenemos que jugárnoslo a piedra, papel o tijeras - comenté.

  • Por favor, que vulgar - Hice como que no había escuchado a mi compañera de cuarto.

Miré a la estantería y me di cuenta que no tendría espacio suficiente para mis libros, menos mal que una de mis maletas era un librero, así que decidí que solo colocaría los libros de texto de la Academia, que había procurado comprar con antelación, al igual que los uniformes. Dos juegos de cada equipo. Rojo, verde, negro... Había dónde escoger.

Después de colocar los libros, en los cajones del escritorio coloqué mis folios, cuadernos, libretas, cajas de rotuladores, colores, lápices... Vine bien surtidita, no sabía cuando nos dejarían salir a comprar nada y en una caja de latón, de esas que llevan bombones, metí los sobres y los sellos, un tesoro, pues era la única forma de contactar con mis padres. Allí no había teléfono, y al parecer, tampoco internet. Estábamos en un internado de la edad media, o más antiguo. Suspiré. En el tocador, que tenía un bonito espejo oval, coloqué mis camisas, bien dobladas. Los jerseys, la ropa interior... Lo demás lo fui colgando con esmero en el armario, que como yo suponía no tenía perchas, utilicé las que traía conmigo. Todo un acierto. Todas de madera, con el garfio de hierro, que tenían grabadas a fuego mis iniciales. Si una se extraviaba, la encontraría.

Saqué el neceser en último lugar. Y las toallas, dos juegos diferentes de toallas que me había traído bordadas directamente de París durante las vacaciones del verano pasado. Las coloqué en el último cajón del tocador. Los zapatos bajo el armario, en sus cajas. El neceser lo coloqué en el tocador, pero no saqué lo que había dentro. Courtney se quedaría con las ganas de saber cuantos pintauñas había traído y de qué colores eran, ella los tenía colocados por todo el neceser como si fuese el escaparate de una perfumería. Lo único que vio es que el neceser no era precisamente pequeño.

En el tablón de la habitación estaba la lista de comida que podíamos pedir. Teníamos una pequeña nevera, de esas que solo albergan ocho botellas de coca-cola de dos litros. Y un pequeño microondas. La comida se pedía semanalmente y se debía entregar la lista abajo en recepción. Miré las fechas, todo se debía pedir los viernes para la semana siguiente, excepto el primer pedido que debía hacerse el día uno, o sea, hoy.

  • ¿Quieres que hagamos la lista juntas? - le ofrecí a Courtney.

  • No gracias, no comeré en la habitación. Compartiré con otra compañera.

  • Como quieras.

Supuse que pensaba que era humana, porque todavía me latía el corazón y tenía la sangre caliente. Bueno, no iba tan mal encaminada. Los nacidos eramos bastante escasos, pero los habíamos. Cogí la lista y marqué diez "complejos vitamínicos" que eran como camuflaban en el internado las raciones de sangre para que los humanos que estudiaban allí no sospechaban. Cuando un humano pedía un complejo vitamínico marcaba una unidad, los vampiros los pedían por decenas. Así sabían a quién debian dar sangre y a quien pastillas.

Pedí pasta (todo estaba precocinado, por lo que solo había que meter las bandejas en el microondas), verduras al vapor, guisado de verduras... en fin. Lo normal para desayunar, comer y cenar para una persona durante una semana.

Dejé la lista en el tablón nuevamente y cogí un libro de la maleta librero, El jinete de Bronce. De Paullina Simmons. Y me tumbé en mi cama. Courtney no tardó en marcharse de la habitación a buscar a alguien y me quedé sola. Era agradable aquella soledad sin que nadie te mirase fijamente mientras deshaces tu equipaje.

Había traído cuatro maletas, de las cuales una contenía una manta calentita. Tenía una especie de manía con las mantas. Era la maleta más portuberante. Por lo que fui metiendo el resto de maletas como si fuesen unas muñecas rusas y las subí encima del armario, dejando solamente la maleta librero al lado de mi armario.

Courtney apareció rato después. Yo había cenado un bocadillo que me había traído para merendar y que no había probado y ya me había acostado. Ella hizo bastante ruido, pero no me molestó. Se acostó y se durmió.

Me pareció que iba a ser un año bastante largo. Demasiado rara para los de mi raza y demasiado extraña para los humanos, ¿Tendría un sitio para mí en Medianoche?

*Como no especifícan dónde se encuentra la Academia Medianoche, me he inventado la hubicación. Aunque en una conversación con Balthazar le dice que están cerca de Boston.