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Historia 31721 — capítulo 1

Las normas del colegio lo prohíben. Yo soy de aquellas que siguen las normas del colegio como si estuvieran forradas en oro, de una manera indestructible. Soy de aquellas que opinan que las normas están hechas para obedecerse y que cada habitante de este castillo debería conocerlas todas, y atesorarlas y adorarlas como a dioses importantes que regirán sus vidas. Y las normas del colegio prohíben que yo esté en el séptimo piso a las tres treinta de la madrugada. Pero aquí estoy.

Porque hoy es un día raro.

No me considero guapa en lo más mínimo. Al menos yo misma conmigo misma no me siento guapa. Supongo que Ginny tiene razón: A partir de determinada edad que aparece con la adolescencia, las mujeres comienzan a sentirse feas por más bellas que los demás lleguen a verlas. A parte yo soy muy detallista. Noto errores en mí misma que tal vez los demás ni siquiera reparan. Pero pensar en eso no me conforma.

Tengo el cabello castaño muy rizado y largo. Mis ojos son igualmente marrones, no son la gran cosa. Creo que si me gustan mis pestañas. Son largas y además podría pensar que mis ojos oscuros pegan bien con mi cabello y mi piel clara. Y no soy de aquellas que enloquecen por ser delgadas pero no estoy ni cerca de ser gorda, aunque últimamente he visto un rollo asomando amenazadoramente. Y quizá nadie lo notó, como ya dije, soy muy detallista.

Y pese a que yo no me siento guapa, estoy esperando a uno de los chicos más codiciados en Hogwarts.

Porque hoy es un día raro.

Si hay algo de lo que realmente puedo jactarme y alardear, es de ser la mejor estudiante de mi curso. Pero no lo hago. Yo no alardeo, soy muy diferente al chico que estoy esperando. Yo solía ser la primera en levantar la mano y responder luego de la pregunta de algún profesor, él, detrás de mí, se burlaba de mí y me imitaba. Y luego en los pasillos me catalogaba junto a su gran grupo de amigos como empollona. Yo no tengo muchos amigos, considero que 5 o 6 de ellos realmente lo son. ¿Se preguntarán como este chico me citó a mí a las tres de la madrugada en el séptimo piso?

Es que hoy es un día raro.

Al fin lo vi aparecer por la esquina del pasillo, con su buena altura, su buen físico, su aire altanero y despreocupado, sus hermosos e increíbles ojos grises y su lacio y brillante cabello rubio. Su expresión totalmente casual, su aire de superioridad, esa sensación de ser perfecto que transmitía, y esa otra de sentirse afortunada cada vez que te sonreía.

Lo odio.

Pero hoy es un día raro…

Hoy siento que me encanta.

Draco Malfoy se me acercó y me ofreció una increíble sonrisa blanca marca colgate. Yo lo miré. No sonreí en parte porque se trata de mi enemigo y el de mis dos mejores amigos, Harry y Ron. En otra parte porque el desconcierto me tomó como víctima y realmente no entiendo que está pasando conmigo. Ni con él.

—Luces hermosa —me dijo en forma de saludo. Lo miré incrédula ¿No les he dicho ya que no me considero guapa?

—Ya Malfoy —repliqué yo. No me sentía muy en confianza con él, por más encantador que se demostrara—. ¿Para qué llamaste por mi? Te advierto que Harry y Ron me están esperando así te conviene darte prisa.

Me pareció un buen punto advertirle sobre Ron y Harry, para que tuviera cuidado conmigo. En realidad ellos dos no saben nada. Jamás habrían consentido en que yo desapareciera a estas horas sin bombardearme a cientos de incómodas preguntas. ¿Otro defecto? Soy terriblemente mala mintiendo.

—Tranquila —me dijo él, con esa sonrisa altanera—. Tal sólo me gustaría que te relajes y me acompañes a dar una vuelta.

Lo miré perpleja. Es un día muy raro. Pero sin el colegio te enseñaran que los adolescentes tienen como único mundo el amor y que suelen confundirse fácilmente, nada de aquello me hubiera parecido raro. Después de todo, en el castillo, está por descubrirse que el amor es algo efímero, cambiante, constante, raro, irremplazable… todo un mundo.

En especial si eres adolescente….

—Continuará—