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Historia 31925 — capítulo 11

Así que Mankar decidió dedicarse a sus estudios principalmente, antes que a buscar la Copa, o a lamentarse de que ya no se hablara con sus amigos.

Durante los siguientes días siguió investigando toda clase de hechizos de fuego, pero muy difícilmente logró suplir los que el profesor Zancaturno le pedía.

La profesora Taz era mucho más laxa en ese sentido. Le permitía usar toda clase de hechizos, siempre y cuando el efecto fuera el deseado, aunque no le ponía la misma calificación. Por otro lado, Mankar no podía crear ningún fuego que tuviera poderes de transfiguración, para la clase de la profesora Sorceress.

Todo esto hacía que se sintiera bastante frustrado, porque su puntaje se estancaba. No le daba gracia el salir solo al patio, así que la mayoría del tiempo se quedaba recostado en su cama, o contemplando la ventana desde una silla en la Sala Común.

—Ayer gané cuatro afiliados. ¡Cuatro! —le contaba un día un chico emocionado a su amigo.

Mankar lo escuchó con curiosidad.

—¿Y cuántos puntos tienes? —le preguntó el otro chico.

—Gané sesenta... —dijo el primero, revisando su tarjeta de estudiante—. Tengo trescientos sesenta y cinco.

—¿De dónde sacaste tantos puntos? —preguntó Mankar atónito. Él sólo tenía cincuenta y cinco.

—Yo tengo más —le respondió el otro chico a Mankar, mostrándole su identificación de estudiante—. ¿No sabías? Ganamos cuarenta puntos si nos afiliamos a un club. Yo ya me afilié a nueve, y el máximo son diez. Y ganas quince puntos extra por cada afiliado que consigas.

—¿Cómo puedo crear un club? —preguntó Mankar, interesado.

—Debes preguntarle a la profesora Sorceress. Yo acabo de modificar el mío —respondió el chico, que según su tarjeta se llamaba Jorge Lupin.

Mankar les agradeció a los chicos por su ayuda. Pasaba tanto tiempo en su dormitorio que no se había enterado de nada acerca de los clubes. Eso explicaba por qué repentinamente su identificación de estudiante mostraba una posición cada vez más baja.

Subió hasta el final de las escaleras que daban al dormitorio de los chicos, y halló la elegante puerta que llevaba a los clubes. Mankar la abrió.

Se hallaba en una sala circular, con una serie de puertas alrededor de la pared. Cada una tenía un letrero en la parte superior y una placa a un lado. Había varios estudiantes contemplándolas. Mankar se acercó a una y leyó el letrero:

EL CLUB DE LAS POCIONES

La placa que había al lado daba una descripción del club. El fundador era precisamente Jorge Lupin. Según decía, en ese club profundizarían sobre la asignatura de Pociones y crearían fórmulas para hacerlas más efectivas y recetas de nuevas pociones.

Había tres puertas en la Sala de Clubes idénticas a la que usó Mankar para entrar desde su Sala Común, y otras dos más que llevaban a los clubes a los que cada estudiante estaba afiliado y a todos los clubes existentes.

Mankar revisó puerta por puerta y leyó las placas, que invitaban a hacer toda clase de actividades, incluso juegos muggles. También había clubes sobre todas las asignaturas, y le interesó uno en especial, sobre Adivinación, ya que esta materia no la podía cursar aún, y decidió afiliarse. Introdujo su identificación en una ranura y la puerta se abrió. Se encontró con una habitación adornada de forma simpática.

Había estanterías con libros de Adivinación, objetos que ayudaban en este arte, como bolas de cristal; afiches, revistas, recortes de periódicos y muchas cosas entretenidas. Enormes letreros mágicamente animados invitaban a participar en juegos, encuestas y temas de debate. Un alegre elfo doméstico le dio la bienvenida y le explicó lo que podía hacer en el club.

Un grupo de jóvenes de todas las casas estaban sentados a una mesa hablando. Matías Black, un chico de Slytherin que Mankar conocía de la clase de Historia de la Magia, lo invitó a unirse a ellos. El tema de conversación era una dura crítica en contra de la Iglesia, que desaprobaba las creencias mágicas.

Mankar se sintió bastante incómodo, y se mantuvo callado la mayor parte del tiempo, hablando exclusivamente para responder brevemente a lo que le preguntaban. Pasado un rato, decidió salir del lugar. Tenía la impresión de que todos los clubes serían parecidos, así que se desanimó.

Siguió explorando las Sala de Clubes y se dio cuenta de que las placas y los letreros de las puertas eran diferentes a los que estaban antes. Alguien explicó que estos eran sólo los diez últimos clubes modificados.

Mankar se afilió a un club sobre libros de Harry Potter, a otro de criaturas mágicas y a otro de trucos mágicos muggles. Luego, se acercó una puerta, de un club llamado Dumblemort, fundado por un estudiante llamado Uriel. La placa decía que allí se realizaban juegos sobre preguntas de Harry Potter. Mankar insertó su tarjeta de estudiante en la ranura y se afilió, ganando cuarenta puntos.

Entró y se encontró con una sala un poco más pequeña que el resto de clubes, con poca iluminación. Había afiches animados que explicaban todas las reglas del club. Varios chicos estaban sentados cada uno en un cojín en el suelo, formando un círculo frente a una especie de artefacto mágico, moviendo su varita en el aire. Mankar se acercó a mirar.

El aparato era una especie de pantalla que proyectaba las preguntas. Cada vez que aparecía una nueva pregunta, los chicos le apuntaban con su varita, haciendo un movimiento, y exclamaban un conjuro. En ese momento, la pantalla mostró: «¿Qué hechizo usa Harry en el laberinto para buscar el norte?»

—¿Quién demonios va a saber eso? —preguntó Mankar, pero no había terminado de decirlo, cuando ya algunos respondían a la pregunta con su varita.

—¡Skript! —exclamaron los más rápidos. En la pantalla aparecía el nombre de cada uno, seguido por su respuesta. Iame El Mosri fue la más rápida en poner «Oriéntame», así que fue la ganadora, en un tiempo que según la pantalla fue de 2,79 segundos. Ella miró a Mankar y le sonrió.

—Ven, siéntate —le dijo—. ¿Es la primera vez que vienes?

Mankar asintió y se sentó junto a ella. Iame era de Hufflepuff.

—Si conoces bien los libros de Harry Potter, seguro que te irá bien en este juego —explicó Iame—. Ese aparato de allá —señaló la pantalla— se llama trivia. Cuando la trivia haga una pregunta, sólo debes concentrarte en la respuesta, escribirla en el aire con la varita mientras dices «¡Skript!». Si eres el más rápido, vas sumando puntos, e irás ascendiendo en un ranking.

—¿Puntos para nuestra cuenta en HL?

—No —respondió Iame, sonriendo—. Son puntos sólo por diversión.

«¿Qué clase de criatura es Fluffy?», decía la trivia. Iame, rapidísima, exclamó el hechizo con un increíblemente ágil movimiento de varita, y su respuesta fue la ganadora: «Cancerbero».

—Creo que comienzo a entender —dijo Mankar.

Las preguntas que hacían a veces era información completamente inútil, e imposible de saber sin experiencia.

«Por 2 puntos, ¿Qué frase balbució Harry para invitar a Cho al baile de Navidad?», preguntaba ridículamente la trivia.

—¡Skript! —exclamaron algunos. Asombrosamente, ellos sabían la absurda respuesta, «Quieresveviralmailecombigo».

Mankar veía el juego bastante difícil, pero se mantenía pendiente, pues sabía que sólo necesitaba practicar. Sin embargo, hasta ese momento, casi nunca había alcanzado a pensar en la respuesta, cuando ya todos habían realizado el hechizo.

Alguna información, sin embargo, resultaba bastante útil. Mankar, que había resuelto preparar la poción multijugos para poder participar en clases donde necesitara la varita, aprendió sus ingredientes el mismo día que se afilió.

«¿Cómo se llama el capítulo doce de La Piedra Filosofal?», apareció en la trivia. Todos los chicos se quedaron pensando. Al parecer, no se sabían esa respuesta. Algunos empezaron a dar nombres de capítulos al azar.

Mankar fue haciendo memoria, pues esa información la sabía. En su mente vio su libro de Harry Potter, mostrando en negrilla las palabras: «12, El Espejo de Oesed».

—¡Skript! —exclamó emocionado. Nada pasó.

¡Qué tonto! ¡Ése no era un hechizo de fuego! Pero se dio cuenta de ello y, en una pequeña fracción de segundo, pensó qué podía hacer.

«Necesito un hechizo de fuego que tenga el mismo efecto. Fuego... viene del latín Focum».

—¡Focumskript! —exclamó Mankar, y la gema brilló. En la trivia apareció milagrosamente su nombre frente a su respuesta, con un atractivo efecto rojo y anaranjado, y luego un aviso:

Respuesta: El Espejo de Oesed.

Ganador: Mankar Weasley

Iame rió.

—¡Muy bien hecho! Por poco entendí que te llamabas Mankitas —le dijo entre risas.

Mankar se divirtió mucho y se quedó jugando un buen rato. Antes de irse, escribió lo mucho que le había gustado el club en un pedazo de pergamino y lo metió en el buzón de comentarios.

Hacer esa visita a la Sala de Clubes le ayudó a Mankar a despejar su mente de aquello que lo deprimía. Tenía en total ciento veinte puntos más que antes. Incluso tuvo el deseo de crear su propio club.

Esta idea lo convencía sólo por momentos, pues, aunque deseaba incrementar su puntaje personal, sabía que todos los estudiantes con clubes usaban encantamientos para volverlos más atractivos e interesantes, y a Mankar no se le ocurría qué hacer con sólo hechizos de fuego.

Pero no se dejó distraer de sus estudios. Su principal meta era crear un hechizo de fuego que tuviera poderes de transfiguración, aunque también esperaba cumplir en todas las materias que necesitaban el uso de varita. Su puntaje personal era menor del que deseaba, pues los profesores valoraban más las demostraciones de dominio de la magia. Excepto por eso, Mankar iba obteniendo muy buenas notas.

En Pociones, aprendían fórmulas de antídotos para toda clase de veneno, que podrían resultar muy útiles en un caso de urgencia. En esta materia Mankar se desempeñaba mucho mejor que en el resto y la profesora Anna Black acostumbraba darle puntos por su trabajo.

La profesora Callahan, en cambio, no daba ni un solo punto a nadie. Su clase era a la vez aburrida y estresante. Acostumbraba dejar todos los días un trabajo de investigación y a la clase siguiente llamar a los estudiantes, uno por uno, para que leyeran sus escritos. El tema siguiente al que vieron era el origen de los magos en el mundo. El libro que Mankar tenía no bastaba para los trabajos que asignaba la profesora Callahan, por lo que necesitaba pasar tiempo en la biblioteca, buscando información sobre ciudades de Etiopía, donde supuestamente se había originado la raza mágica.

Para la clase de Herbología, el chico no tenía tanto talento como en Pociones, pero se esforzaba lo suficiente para que la profesora le concediera puntos de vez en cuando.

Aunque seguía sintiéndose triste por alejarse de Haher y Gonza, logró conocer a varios chicos de otras casas. Sin embargo, nunca logró conformar un nuevo grupo de amigos, y tampoco era su intención, pero no tenía el valor para acercarse a Haher y a Gonza e intentar arreglar las cosas.

Además de quedarse en su habitación escuchando Los Cuarenta Magistrales con el radio que le regaló su padre, su único escape a toda esa tristeza era jugar en Dumblemort, a pesar de que no incrementaba su puntaje personal en Harrylatino.

Mankar, que en algún momento estuvo en segundo puesto en todo el colegio, ahora no subía del puesto doscientos, por su problema con la varita. Agarrar la Copa de los Tres Magos no resultaba tan difícil, pues él logró dar con ella una vez más, pero hacer que se activara el traslador era completamente imposible. Así que, para subir su puntaje, su única opción era crear un club.

Tomó la decisión de conformarlo a finales de septiembre, y fue al despacho de la profesora Sorceress a que le explicara cómo hacerlo. Se dirigieron a la Sala de Clubes y ella le apartó a Mankar una habitación, a la que entraron. Le explicó que le sería asignado un elfo doméstico y que podría colocar lo que quisiera allí, siempre y cuando no fuera nada inapropiado. Contaría con sillas, mesas, estantes, afiches y algunas cosas más, pero el resto de materiales que necesitara corrían por su propia cuenta, por ejemplo, una trivia.

—¿De qué te gustaría que fuera el club? —preguntó la profesora Black.

—Aún no tengo clara la idea... —dijo Mankar pensativo—. Me gustaría de algo relacionado con Harry Potter.

—Ten en cuenta que no puedes copiar otros clubes.

—Sí, señora —respondió el chico—. Quisiera algo relacionado con las películas. Sé que no son gran cosa comparadas con el libro, pero quiero mostrarles a los magos algo de lo que viví en el mundo muggle.

La profesora Black lo miró sonriendo.

—¿Tienes un proyector de películas? —preguntó, emocionada con la idea.

—Tengo un reproductor... pero no lo traje al colegio... y tampoco las películas —respondió Mankar desanimándose.

—Puedes escribirle a Merlín si lo deseas —propuso Sorceress.

—¿A mi padre? —dijo Mankar, algo asombrado de que la profesora supiera su nombre—. Yo creo que no... Sólo tenemos una lechuza, y dudo que pueda sola hacer ese largo viaje cargando algo tan pesado...

—Bueno, si te puedo ayudar en algo, no dudes en buscarme. Y no olvides ponerle un nombre a este lugar. Suerte, Mankar.

La profesora Black salió del club. Mankar se quedó contemplando la habitación. Sin duda sería muy difícil crear un club que igualara a otros tantos que había visto, teniendo en cuenta que sólo podía realizar hechizos de fuego.

Recordó que hacía un mes había hecho varios dibujos de hechizos, y tuvo una idea. Tomó uno de los pósters en blanco que tenía y empezó a dibujar algo representativo de cada película. No podía hacerle ningún efecto mágico, pero se conformó con lo que había hecho.

—Buenas tardes, señor —saludó una voz aguda. Mankar miró hacia abajo y se encontró con un simpático elfo doméstico—. Pitapatafrito, para ayudarle en lo que necesite con su club, señor.

Mankar lo saludó.

—Muchas gracias —le dijo—. ¿Podrías ayudarme a colgar estos afiches?

—Lo que ordene, señor.

Pitapatafrito pegó mágicamente los pósters en la pared.

—¿Podrías hacer que los afiches estuvieran animados? —preguntó Mankar.

—No, señor —respondió el elfo con su voz aguda—. Pitapatafrito está aquí exclusivamente para hacerse cargo del club en su ausencia. Además, Pitapatafrito no puede animar dibujos hechos al estilo muggle, señor.

Mankar se dio cuenta de que era cierto, pues las imágenes animadas mágicamente sólo se podían lograr si eran realizadas por algún medio relacionado con la magia, como tinta especial, o una cámara mágica.

—Bueno, se me ocurre hacer una pequeña encuesta... y un juego de preguntas —le contó Mankar a Pitapatafrito—. Como no tengo ningún otro material además de los afiches, supongo que lo debo hacer en ellos.

—¿Y la respuesta en el buzón de comentarios, señor? —sugirió el elfo.

—Sí, en eso estaba pensando.

Mankar escribió en un afiche una de las preguntas que le habían hecho en Dumblemort, y dejó las instrucciones para participar. Además, hizo un dibujo de una araña y una serpiente gigantes en otro afiche, dejando como encuesta «¿Qué es peor, una acromántula o un basilisco?».

El club iba quedando con bastante colorido, y Mankar decidió poner varios adornos, con dibujos de las películas, en las mesas que tenía.

Mankar contempló la habitación como estaba resultando. Había trabajado toda la tarde. Para ser un club hecho por un squib, no estaba quedando nada mal. Se quedó mirando un momento los afiches de cada película, cada uno con un letrero:

La Piedra Filosofal

La Cámara de los Secretos

El Prisionero de Azkaban

El Cáliz de Fuego

Obtuvo entonces la idea del nombre que le debía poner al club. Se dirigió a una plataforma exclusiva para el fundador e insertó su tarjeta en una ranura, escribiendo el nombre del club tal y como quería que lo vieran en la Sala de Clubes, y lo inauguró. Salió y miró el letrero:

PIEDRA, CÁMARA, PRISIONERO Y CÁLIZ

Se sintió contento cuando pasados unos minutos se acercaron unos chicos a mirar la placa con la descripción del club. Sin embargo, nadie se afilió.

—¿Sabes dónde puedo encontrar un proyector de películas? —le preguntó Mankar a Pitapatafrito cortésmente.

El elfo dudó.

—No sé si deba decírselo, señor. A Pitapatafrito y a todos los elfos domésticos se les ha prohibido...

—Vamos, Pita —le ánimo Mankar—, ¿no soy un buen jefe?

—Sí, señor —respondió rápidamente, asintiendo enérgicamente con la cabeza—. Usted a tratado a Pitapatafrito mucho mejor de lo que lo haría cualquier otro mago, señor —se detuvo un instante, pensando, y luego continuó—: Está bien, se lo diré, señor. Acompáñeme, por favor.

Mankar y el elfo salieron de la Sala de Clubes por la puerta de la Sala Común de Gryffindor y bajaron hasta el retrato del hombre rodeado por leones, lo atravesaron y recorrieron el pasillo del séptimo piso por un camino que Mankar no conocía muy bien.

—Aquí es, señor —anunció Pitapatafrito, deteniéndose en un lugar que a Mankar le resultaba familiar.

—Yo ya había estado aquí —comentó el chico—. Haher, Gonza y yo mirábamos ese retrato el día que presentaron la Copa de los Tres Magos —dijo, señalando un enorme tapiz de un hombre atacado por trolls con trajes de ballet.

Se quedó pensando, mientras Pitapatafrito lo miraba admirado.

—¡Ya sé donde estamos! —exclamó de repente—. ¡Es el tapiz de Barnabás el Chiflado! ¡Me has traído a la Sala de los Requerimientos!

El elfo le sonrió al chico.

—Entremos, señor —le dijo Pitapatafrito a Mankar, dándose la vuelta—. Sólo necesita realizar el hechizo desvanecedor.

—¿Evanesco? —preguntó Mankar, mirando hacia el muro que ocultaba la entrada a la Sala de los Requerimientos. El elfo asintió—. Es que... me siento un poco indispuesto y no puedo usar la varita...

—No se preocupe, señor, con gusto lo hago yo —respondió Pitapatafrito con su agudísima voz—. Las costumbres con las que fui criado me obligan a no usar magia a menos que me lo sea ordenado —continuó, extendiendo sus pequeños brazos hacia la pared, la cual se esfumó en el acto—. Es un honor servirle.

Ante ellos había una especie de abertura oscura, de forma cuadrada. Pitapatafrito invitó a Mankar a seguirlo, y ambos la cruzaron. Se hallaban en una habitación enorme, con todo lo que el chico necesitaba para su club: había una pantalla gigante, un proyector, una completísima colección de películas mágicas y muggles, afiches, fotos, libros llenos de información curiosa, entre muchas cosas más.

—Lo que guste tomar de la Sala que Va y Viene, señor.

Mankar se vio tentado a llevárselo todo. No sería necesario escribirle a su padre para que le enviara las películas de Harry Potter, pues allí mismo estaban. Decidió tomarlas y también llevarse el proyector y algunos libros. Pitapatafrito le ayudó.

Sin embargo, cuando apenas habían salido de la Sala de los Requerimientos e iban caminando por el pasillo, se cruzaron con un profesor que tenía una cara tan seria que parecía una máquina. Mankar se sobresaltó al verlo, porque la expresión de su rostro casi lo convencía de que estaba en aprietos.

—Joven, ¿a dónde lleva esos objetos?

—A... a... mi club, profesor —dijo Mankar, nervioso—. Me los ha enviado mi padre vía lechuza.

—Ya veo... Pero usted no viene de allá, cargando con tantas cosas, ¿por qué tomaba un camino tan largo desde la lechucería? —respondió el profesor. Mankar se quedó callado, sintiéndose muy acalorado—. ¿Cuál es su nombre?

—Mankar Weasley.

—Ah, sí, Weasley... usted no tiene clase conmigo, ¿verdad?

—No, señor.

Hubo una pausa. El profesor miraba con atención cada detalle, como examinándolo, desde Pitapatafrito hasta los objetos que cargaban. Finalmente, dijo:

—Muy bien señor Weasley, que tenga suerte con su proyecto.

El profesor le dirigió una mirada a Mankar que casi parecía que lo acusaba, y siguió su rumbo por el pasillo. El chico quedó pensativo.

—¿Quién era él, Pita?

—Es el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, Ángel Riddle, señor.

—¿Siempre es tan raro?

—¿A qué se refiere con raro, señor?

—No lo sé...

Continuaron su rumbo, y Mankar seguía pensando. El profesor Riddle lo había puesto un poco nervioso.

Llegaron al club y acomodaron los objetos. Pitapatafrito ya estaba dispuesto a regresar a la Sala de los Requerimientos, pero Mankar lo detuvo. Su encuentro con el profesor Riddle lo hizo darse cuenta de algo: todas esas cosas harían de Piedra, Cámara, Prisionero y Cáliz el mejor club de todos, pero resultaría muy sospechoso que de repente las hubiera obtenido, cuando se supone que corrían por su propia cuenta. Y más difícil sería transportarlo todo por el pasillo del séptimo piso, pasando por la Sala Común, la escalera de dormitorios y la Sala de Clubes, sin que nadie lo notara.

Así que Mankar decidió no volver a la Sala de los Requerimientos. Durante los días siguientes se dio cuenta que el profesor Riddle recorría el pasillo del séptimo piso habitualmente, y era mejor no crear sospechas.

El chico se dedicó a su club, como a pocas cosas con las que se había entusiasmado. Además de jugar en Dumblemort, pasaba la mayor parte de su tiempo allí en su club, e invitaba a todos a escuchar en su radio la estación mágica Los Cuarenta Magistrales, o la del colegio, llamada HL Radio.

El club fue creciendo bastante rápido en cuanto a lo que Mankar ofrecía en él. Sin embargo, no ganaba afiliados con facilidad. Al parecer, se había extendido el rumor de que él era un squib, y eso los ahuyentaba del club. Y a pesar de que, una semana después, comenzando octubre, Piedra, Cámara, Prisionero y Cáliz contaba con menos de diez afiliados, Mankar se sentía muy orgulloso.

La mañana del sexto día de ese mes, que era un viernes, llegó tan normal como cualquier otro día. Pero no era precisamente un día cualquiera. Ese día se cumplían doce años desde el nacimiento de Mankar y cuando se despertó tenía ese pensamiento en la cabeza.

La habitación estaba vacía. Haher y Gonza se habían levantado más temprano. Mankar dudaba que ellos hubieran olvidado su cumpleaños. Tal vez se habían ido antes porque no querían encontrarse con él. Pensó que era el día perfecto para hacer las paces.

Pero dependía de él. Gonza y Haher no parecían tener voluntad para hablarle, así que él tenía que dar el primer paso. Tendría que pedirles perdón por su actitud, y podría resultar simpático si los invitaba a su club.

Mankar terminó de arreglarse, dispuesto a bajar al Gran Salón a buscarlos, pero se le ocurrió una idea. Ya que seguramente ellos sabían que era su cumpleaños, podría escucharlos hablar a ver qué opinaban de Mankar, pues sin duda se acordaban de él en ese día.

Se dirigió al baúl junto a su cama y revolvió el montón de apuntes que tenía sobre los orígenes mágicos en Etiopía, para la profesora Callahan, y una cantidad de libros que había sacado de El Diccionario para investigar. En el fondo, con el resto de su ropa, estaba la gorra invisible que le regaló Gaby.

Bajó al Gran Salón y los encontró rápidamente. Estaban desayunando solos en un lado de la mesa de Gryffindor. Mankar, con la gorra puesta, se acercó a escucharlos hablar.

—Ha sido mi mejor amigo durante años, Haher —le decía Gonza—. Créeme, lo conozco, a veces se porta así.

—También es mi pariente, y lo conozco desde mucho antes que tú —respondió Haher—. Pero si nos dijo eso es porque no quiere juntarse más con nosotros.

—Él debe estar sufriendo por esto —razonó Gonza—. Ya no se le ve más que en clases. Tiene un problema con la varita y es que...

—¡Que no puede hacer magia! —exclamó Haher—. ¡Él mismo lo dijo: es un squib! ¡Nos ha estado engañando!

Mankar se había parado tras ellos dos y los miraba sin respirar.

—¡Pero es nuestro amigo! —dijo Gonza también con voz más alta—. ¡Y él sabe hacer hechizos, lo sé! ¡Y hoy es su cumpleaños!

—¿No hemos hablado ya mucho sobre él desde que ocurrió? ¡Fue hace como un mes! Ya estoy harto... creo que es él quien se tiene que disculpar. Y yo no le he visto hacer ningún hechizo, ahora que lo pienso.

—Tú no quieres contentarte con él porque sigues pensando que es un squib —dijo Gonza, serio.

—Así es. Y si no demuestra lo contrario, no querré acercarme a él. Así sea su cumpleaños.

Mankar se sintió como si lo que escuchaba fuera algo irreal. Quería convencerse de ello. Pero aunque Gonza quisiera hacer las paces con él, Haher nunca lo perdonaría, y eso lo deprimió bastante. Tal fue el dolor que le causaron las últimas frases, que no quiso comer nada, y a duras penas atendió a la clases que tuvo ese día.

Quiso buscar un escape, dónde poder quedarse reflexionando... En su mente se recreaba la escena en el avión de Harrylatino.

*—**¿Quieres pelea? No nos vencerás tú solo —*decía la voz de Macnair.

—No —respondía Haher, apuntándole con la varita—. Pero me tiene a mí.

La Sala Común no era un buen lugar para estar. Ellos podrían subir en cualquier momento, y no quería verlos.

—Sólo soy mayor por unos dos meses. Somos como hermanos, en realidad—le decía a Mankar la voz alegre de Haher.

A la Sala de los Requerimientos no podía ir, pues no podía abrirla sin ayuda de Pitapatafrito.

—Concéntrate Manu, relájate, tú puedes —le animaba la voz de su tío.

En un aula... en un baño... no, ahí nunca estaría solo... En un club... ¿Dumblemort? No... en el suyo. Se encerraría en Piedra, Cámara, Prisionero y Cáliz durante el resto del día. Aunque tal vez Gonza iría a buscarlo... pero con la gorra no lo encontraría.

—¡EXPELLIARMUS! —gritaba Haher defendiendo del Poder Calamar a sus amigos, en la mente de Mankar.

«Tengo... tengo que pedirle perdón —pensó—. Tengo que decirle la verdad. No podemos seguir así».

La gema brillaba muy intensamente. Mankar atravesó la Sala Común, invisible para todos los estudiantes que estaban por ahí. Subió las escaleras de los dormitorios y entró a la Sala de Clubes. Había una corta fila para entrar a la habitación de todos los clubes, así que Mankar dio una vuelta. Leyó el letrero de una puerta:

HOGWARTS CONTRA LAS ARTES OSCURAS

La placa a un lado decía:

Fundado por: Haher Weasley

«Tiene un club... ¡estoy por fuera de todo! —pensó Mankar, casi con lágrimas en los ojos. Se quitó la gorra con ira, cerrando los puños desesperadamente—. ¿Qué demonios tengo que hacer para que algo no me lo recuerde?».

La puerta del club se abrió. Salieron Haher y Gonza, hablando. Cuando vieron a Mankar, se detuvieron. Él los miraba fijamente. La expresión de Gonza era como una mezcla entre tristeza, disculpa y lástima. Pero la mirada de Haher lo enfureció aún más. Tenía una sonrisa que no podía significar otra cosa que satisfacción por lo que pasaba.

Mankar no sabía qué decir. Gonza parecía a punto de hablar, pero algo lo interrumpió. Algo que se percibía en el aire, con el olfato. Los tres se dieron cuenta. Salía humo por la puerta abierta de Hogwarts contra las Artes Oscuras. Una débil luz anaranjada que brillaba desde adentro se hizo en un instante muchísimo más grande. Había un algo quemándose en el club de Haher.

—¡TÚ! ¿QUÉ HICISTE? —le gritó a Mankar, dándole la espalda y sacando su varita para intentar controlar el fuego—. ¡AGUAMENTI!

Gonza, asustado, no reaccionó tan rápidamente, pero en un momento también intentó ayudar.

—¡Aguamenti!

Mankar, paralizado, los vio entrar al club mientras seguían lanzando agua, con todos los estudiantes que estaban por ahí acercándose preocupados. Los más grandes intentaron ayudar.

Empezó a retroceder, quería salir corriendo. Sentía una especie de orgullo, pero pensó que eso era algo despreciable, pues debía sentirse culpable. No era en realidad su intención, se sintió entonces insignificante, repugnante...

Un hombre llegó corriendo por la puerta de una Sala Común. Era el profesor Ángel Riddle.

—¡Salgan todos de aquí! ¡Eviten inhalar el humo a toda costa!

Entró al club de Haher a toda prisa con la varita en la mano. Los chicos se dispersaron por toda la sala, alejándose la mayor distancia posible de la entrada a Hogwarts contra las Artes Oscuras.Poco a poco la luz anaranjada se hizo de nuevo muy débil. El humo empezaba a cesar.

El profesor Riddle regresó a la Sala de Clubes cargando en sus brazos a Jorge Lupin, que había entrado con la intención de ayudar.

—¡Déjenme pasar, por favor! ¡Tengo que llevar a la enfermería a este joven!

Algunos estudiantes de Ravenclaw siguieron al profesor por la puerta de su Sala Común, la cual él atravesó, pues era el camino más rápido a la enfermería.

Los demás chicos que estaban adentro del club salieron, y fueron recibidos como héroes. Haher salió con paso decidido hacia Mankar, que estaba junto a la pared.

—Fuiste tú, ¿verdad? —le dijo lanzándole una mirada asesina y apuntándole a la cara con el dedo índice.

—¡No era mi intención! —respondió Mankar, con toda sinceridad—. ¡Yo no quería que pasara nada!

—¡Primero nos tratas como basura y nos dices que eres squib, pero te desquitas conmigo lanzando un hechizo que destruyera mi club! —explotó Haher—. ¡Así que era cierto lo que decía Gonza, que eres bueno para el fuego!

—¡Yo no hice nada! ¿Tú me viste usar la varita?

—¡ESTOY HARTO DE TI! ¡NO TE ME ACERQUES DE NUEVO! —le gritó Haher y se marchó por la puerta de la Sala Común de Gryffindor.

Mankar se quedó mirando un punto fijo en el suelo, intentando de nuevo convencerse de que no era real lo que sucedía. No podía serlo. Alguien se le acercó entonces, y lo rodeó con el brazo. Era Gonza.

—Mank... yo sé lo que pasa —le dijo entrecortadamente.

—Soy el peor amigo del mundo —respondió Mankar, con voz apagada.

—No. Tú no hiciste nada. La gema que tienes en tu muñeca no puede producir humo.

Mankar miró a Gonza como si fuera un extraño que acabara de abrazarlo.

—¿Qué... qué sabes tú...?

Gonza se quedó callado un momento, viendo fijamente a Mankar a sus vivos ojos rojos.

—Jóvenes, tengan la bondad de retirarse —dijo una voz. Vito había llegado y hablaba a todos los estudiantes presentes—. Los clubes están cerrados a partir de este momento y hasta que se resuelva el misterio de este accidente.

Gonza y Mankar se miraron, y caminaron sin pronunciar palabra hacia la puerta de la Sala Común de Gryffindor, junto a otros compañeros de casa.

¿Qué podía saber Gonza acerca de la gema? No... debía estar equivocado. ¿Cómo era eso de que no podía producir humo?

Mankar hizo un rápido recuento mental. El árbol del parque... era cierto, debió producir una gigantesca columna de humo al incendiarse, pero no hubo ni señales de él. Tampoco las hubo ninguno de los otros días. Y el hechizo Focum Fumum, en Defensa Contra las Artes Oscuras, sólo había sacado fuego, sin humo, aun cuando ese era su efecto.

Bajaron hasta el último de los dormitorios, el de ellos, y entraron. Haher no estaba. Había un par de regalos de cumpleaños enviados por su familia en la mesa junto a la cama de Mankar, pero decidió ignorarlos de momento. Ya en la privacidad de su habitación podrían hablar con el tono que quisieran y sin ser interrumpidos.

—¿Qué sabes de la gema? —preguntó Mankar de inmediato, al cerrar la puerta.

Se quedaron mirando un momento. La luz del sol entraba por las ventanas iluminando toda la desordenada habitación.

—La he visto en tu muñeca —dijo Gonza, mirando a Mankar a los ojos—. Te vi hacer esos hechizos con la profesora Devil.

—Pero sabes qué es, ¿verdad?

—Sí —respondió Gonza, muy seguro—. Tienes el legendario Rubí del Fuego.

Mankar se quedó mirándolo con la misma expresión indiferente, sentándose sobre su baúl. Gonza estaba apoyándose en un soporte de su cama.

—Yo... no sé nada de él —admitió Mankar. Se subió la manga y señaló el brazalete.

—No muchos lo saben, Mank —dijo Gonza, mirando la gema—. Es una leyenda que se ha transmitido en mi familia de generación en generación.

»Ese rubí —continuó— es una de las cuatro gemas que controlan los elementos. Tiene el poder de manipular el fuego, y lo hace de forma silenciosa, al no producir humo. Se dice que sólo la obtendrá un mago, uno diferente de los demás, que se transformaría en el maestro del elemento.

Mankar parpadeó varias veces, intentando asimilarlo. Se oyó a un grupo numeroso de niños subiendo las escaleras corriendo.

—¿Soy... elegido? —preguntó.

—Mmm... sí. Tú la posees. Eres el Maestro del Fuego.

—Pero Gonza... eso no puede ser...

—Te ha servido bastante —afirmó Gonza—. La he visto brillar en tu muñeca en clase de Encantamientos. Sin duda tienes un don.

—Hay una razón por la cual he tenido que hacer eso —dijo Mankar—. Y ya la sabes: no puedo realizar ningún hechizo que no involucre fuego. Soy un squib. —Suspiró—. Si no fuera por la gema, no tendría absolutamente nada que hacer acá.

Gonza asintió ligeramente.

—Sé lo que piensas —le dijo a su amigo—. El Rubí hace la magia por él, es decir, nadie sabría quién es el mago culpable de un fuego creado con la magia de la gema. Sin embargo, no lo tendrías en tu poder si no fueras mago, tenlo por seguro.

Mankar sonrió desanimado.

—Ya lo he intentado todo... aún no entiendo por qué fui invitado a Harrylatino, si no he demostrado magia. Aunque... —reconoció Mankar— sí llegué a creer que yo había creado la ola en el avión del colegio...

—¿Y quién dijo que no? —interrumpió Gonza—. Eso fue magia accidental. Tanto tú como yo pudimos haber desvanecido el vidrio de la ventana. Escuché a la profesora Devil diciéndote que tu magia podría inclinarse inconscientemente sólo a cierta clase de hechizos.

—Es por la gema. Lo sé. Pero... ¿cómo estabas tan seguro de que lo que tengo en el brazalete es el Rubí del Fuego? —preguntó Mankar.

—Porque crecí escuchando esa leyenda, y conozco muy bien sus características —explicó Gonza—. En el momento, no me di cuenta de que el árbol en el parque no producía humo, sino que fue mi mamá la que me lo hizo notar. Me castigó por el problema, pero siempre supo que yo no había sido el causante. Luego, Macnair dijo que habíamos sido nosotros los culpables. Te aseguro que él también lo sabe. Quizás haya sido él quien preparó el incendio en el club de Haher, y quería hacernos creer que habías sido tú.

—Y por como se burlaron cuando probé Aguamenti, la vez que nos enfrentamos junto a las puertas del castillo... —recordó Mankar.

—Esa vez comprobé algo también: habías intentado lanzar el hechizo de agua, por lo que creías que podías con él, y, al ver que no funcionaba, intentaste lanzar Incendio.

Mankar asintió.

—Pero entonces... ¿por qué esa vez no pude crear fuego, si se supone que para eso tengo el Rubí?

—Es indispensable activarlo. Debe brillar. Pero eso no basta, también necesitas una emoción muy fuerte, o una decisión, más que un deseo.

—¿Y cómo explicas los ataques que he tenido? —preguntó Mankar. Gonza arqueó las cejas, sorprendido—. El día que obtuve esto... sufrí una especie de ataque. Pudo ser una posesión, o algo más... El caso es que perdí el conocimiento y, cuando desperté, lo hallé —señaló el rubí en el brazalete.

Gonza lo miró extrañado, negando ligeramente con la cabeza.

—No sé lo que significa, Mank.

Ambos se quedaron callados un momento.

—Aún así... se me hace muy raro que sepas todo esto —musitó Mankar.

—Sí... bueno... hay algo que debo confesarte —dijo Gonza, muy serio, bajando la mirada—. Mi familia no sabe de esta leyenda por coincidencia. Todos los Umbridge somos whitys.

—¿Son qué? —preguntó Mankar confundido.

—Whitys, Mank, una clase de mago, que no es nombrada en el libro de Historia de la Magia —explicó—. Nosotros, para no perder nuestra magia, o incluso nuestra vida, necesitamos absorber el poder de algún tesoro mágico.

—Pero Gaunt... te llamó mestizo...

—Dudo que lo sepa, pero, en cualquier caso, eso somos —respondió Gonza—. Descendemos de magos y muggles. Buscamos objetos como tu gema para hacernos fuertes. El Rubí del Fuego es valiosísimo, mucha gente daría lo que fuera por tenerlo, o a alguna otra de las gemas de los elementos. Debes andar con cuidado —continuó cambiando el tono de su voz—, pues la única forma de quitarte tu gema es acabando con tu vida.

—Pero tu... nunca... me harías nada... —trató de decir Mankar.

—No —dijo Gonza, con firmeza—. Nunca. Ni aunque de ello dependiera mi vida. Además, yo también tengo un tesoro que me permite conservar mi magia, de manera ilimitada.

Gonza rebuscó en el cuello de la camisa de su uniforme y sacó una cadena plateada, con un rectángulo plateado que pendía de ella.

—Un talismán whity —continuó—. Es útil sólo para nosotros. Nos brinda poder mágico, pero no tiene ninguna otra característica, así que no puedo separarme de él en ningún momento. Sería fatal.

Volvieron a quedarse callados un instante, mirando un punto fijo en el suelo.

Todas esas revelaciones eran demasiado increíbles. Todo iba cobrando sentido. Pero a la vez surgían nuevas preguntas...

Suponiendo que la única forma de obtener la Gema hubiera sido sufriendo ese ataque, ¿por qué este había vuelto a ocurrir la noche antes de viajar a Harrylatino, y había intentado repetirse una vez más durante la Ceremonia de Selección?

¿Y qué había tenido él de especial para recibir el Rubí del Fuego, si era tan sólo un squib? ¿Por qué Juanjo Macnair también sabía de esto? ¿Qué tanto peligro corría Mankar, teniendo una gema de elemento, no sólo sin poder manejarla a la perfección, sino también siendo ésta el blanco de todos los whitys?

—Mank —dijo por fin Gonza, acercándose a su amigo—. Creo que lo mejor es ir a hablar con Haher y explicarle algunas cosas. Ya le he dicho algo al respecto, y estoy seguro de que entenderá.

—Yo... lamento mucho todo lo que ha pasado, Gonza —dijo Mankar, con toda sinceridad y armándose de valor—. No debí tratarlos de esa forma. Ustedes son mis mejores amigos... y no me entendían... Me comporté como un tonto...

—Ya —sonrió Gonza—. Yo reaccionaría peor en tu situación. Todo está bien. Ahora lo único que importa es que Haher sepa lo que ocurre.

Se dirigió hacia la puerta invitando a Mankar a acompañarlo. Él lo siguió dudoso, pero Gonza lo tranquilizó:

—Haher entenderá —volvió a decir, tomándolo del hombro, mientras salían por la puerta del dormitorio—. Esa gema nos libró del Poder Calamar una vez, y me cae bien. Por cierto, feliz cumpleaños, amigo.