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Historia 31925 — capítulo 2
Aquella tarde, cuando llegó a su casa, Mankar subió corriendo a su habitación, en el segundo piso. Abrió la puerta de golpe y entró como un rayo, apenas oprimiendo el interruptor de la luz.
Durante todo el día, Mankar había estado ocultando el brazalete bajo la manga del suéter y trataba de quitársela disimuladamente, pero era misión imposible: parecía pegada a su piel, aunque no le apretaba. Afortunadamente, nadie se dio cuenta, y él no quería preocuparlos.
Su habitación no era muy grande, pero él era feliz porque no necesitaba más espacio. Junto a su cama estaba un pequeño escritorio, en el que había cuadernos y útiles escolares del colegio de Mankar desordenados; en la pared frente a su cama había una gran estantería con docenas de libros: algunos de sus estudios muggles, pero la mayoría eran de encantamientos, quidditch, criaturas mágicas y, obviamente, Harry Potter, por quien sentía profunda admiración. Los libros de magia tenía que esconderlos cuando entraban sus amigos muggles.
Se quedó pensando en qué libro buscaría primero. Necesitaba por lo menos una idea general acerca de lo que había pasado, pues entenderlo lo tranquilizaría.
Lo principal era descubrir el misterio del brazalete y de la gema. ¿Qué significaba esa llama? Tal vez encontraría algo en un libro de Runas Antiguas. Tomó de la estantería el Diccionario del Hechicero y miró el índice, pero los títulos no sugerían nada útil. Mankar no sabía cómo debería buscar. ¿«Fuego»? ¿«Gemas»? ¿«Brazaletes misteriosos que son creados por una gema que ha aparecido después de una especie de ataque repentino a un squib, y que tiene grabado el símbolo de una llama de fuego»? Eso era bastante específico, pero no había posibilidad de encontrarlo en un libro de Runas Antiguas, ni en ningún otro de los que tenía allí. Pensó que ni siquiera investigando en Internet lo encontraría.
Tal vez era mejor dejar a un lado el brazalete y pensar en el ataque...
Mankar intentó recordar de nuevo todo lo que ocurrió ese día. Había sucedido literalmente en un abrir y cerrar de ojos...
Si le habían lanzado alguna de las maldiciones imperius o cruciatus, como pensó tío Kalin, era mejor informarse sobre ellas, encontrar los síntomas o sensaciones. Abrió de inmediato *Defensa Contra las Artes Oscuras,*pero no le sirvió mucho lo que encontró. Tampoco le fue de ayuda lo que decía en Muralla de Defensa, ni en Maldiciones y embrujos, de la A a la Z .
Mankar se acordó de que Harry Potter se había enfrentado a ellas en una ocasión. Tomó el cuarto tomo de la serie, El cáliz de fuego, y buscó el capítulo catorce, que precisamente se titulaba Maldiciones imperdonables, pero tampoco encontró una descripción. Hojeó un poco el libro y llegó a una página en la que Harry era víctima de ellas. Según la descripción, al recibir la maldición imperius, se sentía que la mente se vaciaba de todos pensamiento; la maldición cruciatus consistía en causar un dolor insoportable. Mankar no había sentido ninguna de esas dos cosas.
Entonces le volvió a la mente la idea de que pudo haber sido atacado por un dementor. Era algo lógico: los dementores no podían ser vistos por squibs. Pero no decía nada sobre ellos en Animales fantásticos y dónde encontrarlos y, la verdad, a Mankar le aterrorizaba acercarse a El monstruoso libro de los monstruos.
Confió en el tercer tomo de la «biografía» de Potter, El prisionero de Azkaban, y buscó el capítulo cinco, El dementor, en el que Harry se encontraba con uno por primera vez, pero no explicaba detalladamente sus habilidades, ni efectos... nada. ¿Por qué no podía encontrar algo útil en los capítulos titulados con el nombre de lo que buscaba? Mankar también hojeó ese libro, y, según lo que encontró, se sentía un frío glacial enfrentándose a un dementor, una horrible sensación de tristeza y se revivían los peores recuerdos. Aparentemente, ni Mankar ni Alita ni Lalita habían sentido algo así. Además, para vencer a un dementor se necesitaba conjurar el dificilísimo encantamiento patronus, el cual, nunca vio y, obviamente, Mankar no había realizado y no sería capaz de hacer.
Las maldiciones imperdonables y los dementores quedaban descartados, pero eso no hacía que Mankar se sintiera más tranquilo.
No sabía por qué sentía que todas las respuestas las podía encontrar en los libros de Harry Potter. Tal vez porque este también había creído que era un muggle al principio y al final se convirtió en un gran mago. Lástima que, como eran una novela, no había un índice que dijera algo como «Posibles causas de posesiones a squibs, página 278».
Poseído... ¿De qué otra forma se podía poseer a alguien, además de la maldición imperius? Voldemort poseía a Harry en su quinto año en Hogwarts, pero era porque ellos estaban conectados por la cicatriz... Mankar dudaba que tuviera una conexión similar con alguien, y, si así fuera, no tenía ninguna marca visible de ello.
Era un desperdicio de tiempo. Si su abuelita Gaby, que era una auror, no parecía tener más idea que el mismo Mankar de lo que había ocurrido, entonces no era un tema del que se pudiera investigar en cualquier libro de magia básica.
Bueno, Gaby lo dijo: «No hay por qué preocuparse». Tal vez lo mejor era seguir su consejo, no pensar más en ello y esperar a que ocurriera de nuevo algo parecido para encontrar una explicación.
—¡Hijo! ¡Tienes una llamada! —gritó Merlín desde el primer piso.
Mankar salió de su habitación y bajó las escaleras. Entró en la cocina, donde estaba el teléfono. Su padre estaba preparando la cena. A un lado de él se pelaban solas unas papas y había un caldero pequeño sobre el fuego de la estufa. Mankar se dirigió al teléfono, levantó el auricular y contestó:
—¡Qué hay, Mankar! ¡Qué más! —lo saludó la voz de Gonza, un amigo del colegio muggle de Mankar.
—Todo bien, nada nuevo —mintió Mankar. Volteó a mirar a Merlín, quien le guiñó un ojo. Los amigos de Mankar no sabían que la familia Weasley era de magos.
—Oye, ¿te gustaría ir con nosotros al parque mañana? Hay que aprovechar el tiempo que nos queda de vacaciones, porque después iremos a diferentes colegios y...
—Sí, claro —respondió Mankar alegremente. Hacía varios días que no salía de la casa, excepto con su padre aquella tarde—. ¿Quiénes van a ir?
—Los de siempre. Creo que Ricardo consiguió prestado un balón. ¿A las cinco está bien?
—Vale, cuenten conmigo. Nos vemos mañana.
Mankar colgó y enseguida subió de nuevo a su habitación. Perdió sus ánimos de investigar y prefirió revisar más detalladamente la manilla. Era muy bonita, sin parecer valiosa. Intentó en vano quitársela hasta que Merlín lo llamó para avisarle que estaba servida la cena.
Cuando regresó a su habitación, tenía bastante sueño. Decidió dejar el misterio de la gema para el día siguiente, si es que tenía tiempo, aunque esa noche no durmió casi nada.
A la hora señalada, Mankar se dirigía al parque que quedaba cerca a la casa de Gonzalo. El cielo no estaba más nublado que el día anterior, a la hora en que jugaba con sus primas, y la brisa era igual de refrescante; la única diferencia era la posición del sol. El parque no era muy grande, pero había espacio para jugar fútbol o cualquier otro deporte. Por un lado jugaban unos niños pequeños columpiándose y en el sendero había un par de personas montando bicicleta.
Mankar volteó hacia la cancha de fútbol. Allí estaban sus amigos: Gonza, Ricardo y Jesús, junto a un arco, hablando ente ellos.
Al acercarse, se saludaron alegremente. Se contaron varias cosas que les había sucedido los últimos días y, de un momento a otro, empezaron a jugar entre los cuatro, muy parecido a lo que había hecho Mankar el día anterior con sus primas, pero al estilo muggle.
De pronto, Jesús se quedó mirando hacia otro extremo del parque, y también lo hicieron los otros tres.
—Parece que el grupo de Macnair quiere retarnos —dijo Ricardo, quien dejó quieto el balón entre los pies—. Pero con un portero como el que tenemos les será imposible marcar un gol.
Efectivamente, al otro lado del parque se acercaba Juanjo Macnair, un joven grandote, tal como se imaginaba Mankar a un secuaz de Malfoy. Con ese apellido, muy seguramente Macnair era mago. Lo seguían cuatro chicos muy parecidos a él. Siempre se habían llevado mal con el grupo de amigos de Mankar.
—¿Qué miras, Weasley? —le soltó Macnair al acercarse. Sus amigos tenían caras burlonas.
—Es que percibo un olor muy desagradable —dijo Mankar haciendo cara de asco—. Y creo que proviene de ti, Macnair. Así apestan los que conocen demasiado bien la derrota, aunque, pensándolo bien, esa peste la traes desde que te conocí.
—¿Sí? —respondió un joven con cara de solapado, mientras el grupo de Mankar reía al verles las caras—. Quienes más apestarán serán otros, cuando terminemos con ustedes. Tendrán una humillante derrota.
—Un momento —intervino Ricardo—. Ustedes son cinco y nosotros cuatro.
—¿Y no acaban de decir que nos ganarían? —respondió Macnair—. A ver de qué están hechos. Cuando se prendan los faros del parque, terminará el partido —añadió riéndose.
Estaban en desventaja, pero tenían posibilidades de ganar. Los amigos de Macnair eran demasiado torpes y, aunque nunca habían jugado con ellos, Mankar se sentía bastante seguro.
Empezó el juego. Ricardo le hizo un pase a Jesús, quien se dirigió al lado contrario del campo. Uno de los secuaces de Macnair, que tenía el cabello largo hasta los hombros, se le atravesó y le hizo una zancadilla, provocando que tropezara y por poco cayera al suelo.
—¡Hey, falta! —gritó Mankar.
—Él está bien —oyó reír a la voz de Macnair—. ¡No llores!
Macnair recibió el balón y se fue hacia el lado del campo donde estaba Mankar, aunque Gonza lo recuperó ágilmente. Tuvo que esquivar los puñetazos y patadas del otro equipo para poder acercarse al arco opuesto, pero entre dos lo tomaron por los pies y cayó al suelo. Un chico con cara de niño bonito engreído obtuvo el balón y se dirigió a Mankar, junto con otro con cara de tonto.
—¡Jueguen limpio, cerdos tramposos! —gritó Jesús, pero recibió cinco risas como respuesta. Mankar empezaba a enfurecerse. No pensó que jugaran tan sucio...
Se acercaban los dos del equipo contrario con el balón, seguidos de cerca por Jesús y Gonza. Parecía que les resultaba difícil dominarlo, pero entre ambos lo lograban. A unos pasos de Mankar, uno de ellos pateó el balón. Mankar se lanzó a la derecha, exactamente igual que el día anterior, antes del ataque. Estiró fuertemente los brazos. Vio en su muñeca el brazalete, cuya gema brillaba como cuando la vio por primera vez. Mankar se distrajo con ella y no pudo evitar que el balón entrara.
Se levantó y miró a sus compañeros. Al menos no parecían decepcionados. Mankar miró el brazalete. La gema brillaba intensamente... ¿Qué pasaría? Las risas de los otros regresaron su atención al partido.
¡Qué humillación...! Esperaba que quedara suficiente tiempo porque, si las cosas seguían así, tal vez no podrían ni empatarles. Al otro lado del campo, Ricardo y Gonza realizaban una jugada parecida a la que les estaba costando el partido, y... ¡lograron marcar gol! Pero en ese momento Macnair gritó:
—¡Alto! ¡Los jugadores estaban dentro del área! ¡Ese gol no vale!
—¿De qué estás hablando? ¡Y ustedes hicieron lo mismo! —respondió Gonza, que parecía que se lanzaría en cualquier momento contra Macnair a golpearlo.
—Pero ustedes no fueron lo bastante inteligentes para notarlo —escuchó Mankar que susurraba el chico de cabello largo. Mankar sabía que, si ellos hubieran reclamado el gol en contra, alguna otra explicación les hubiera dado el equipo de Macnair para conservar la ventaja.
El balón lo tenía entonces el chico engreído, se dirigía hacia Mankar, pero esta vez fue Jesús quien lo recuperó. Lo tiró por encima a Ricardo, quien se dirigía de nuevo al arco. Entre dos de los grandulones, los mismos que habían hecho el primer gol, rodearon a Ricardo y este no pudo esquivarlos. Uno le hizo una zancadilla mientras el otro tomaba el balón, el cual pateó hacia Mankar, pero afortunadamente este no permitió que atravesara el arco.
Mankar lanzó el balón hacia Gonza, quien hizo un pase largo a Jesús, que se disponía a patear al arco, pero recibió un repentino empujón de Macnair. El balón lo recibió el joven con cara de solapado, que hacía de portero, mientras Gonza quedaba tirado en el suelo. Mankar sentía una ira incomparable.
El grandote tomó el balón y le dio una patada fortísima. El balón atravesaba el campo y Mankar estaba preparado para atajarlo, pero en ese preciso instante escuchó un aterrador maullido de un gato que salió de quién sabe dónde, pegándole un susto a Mankar que lo distrajo. El chico cayó de nuevo al piso en su intento por frenar el balón.
Pero nadie se dio cuenta del gol o a nadie le importó, excepto a Mankar, pues, al oír que una mujer gritaba, olvidó completamente al gato, levantó la cabeza y vio que todos estaban distraídos viendo un árbol que había junto al campo. Se estaba incendiando.
El árbol crujió un poco, se abrió y un pedazo cayó justo encima del arco contrario, cuyo portero se había retirado justo a tiempo. Macnair se reía disimuladamente. ¡Él había hecho magia! Y no había sido magia accidental: quería distraer a Mankar.
—¡Vaya...! ¿Qué fue eso? —preguntó Macnair, con preocupación no muy convincente—. ¡Bueno, lástima! Creo que aquí termina el partido. ¡Ganamos! —concluyó con una carcajada.
La pandilla de Macnair se retiró riendo y hablando fuertemente y con tono burlón. Una banca también comenzó a prenderse en fuego.
Mankar estaba más furioso que nunca. Sintió tanta ira que no le extrañaría realizar un poco de magia accidental, aún siendo squib.
«Aunque sería por un buen motivo...» —pensó.
—¡Mankar! —le gritó Ricardo, mientras se acercaba corriendo junto con los demás—. ¡Vámonos de aquí o pensarán que nosotros iniciamos el fuego!
—Sí... ¿Eh? Ah, sí... sí, tienes razón, vamos —tartamudeó Mankar, volviendo a la realidad.
Los cuatro echaron a correr lo más rápido que podían, en sentido opuesto al fuego y sin mirar atrás. Cuatro calles después, habiendo perdido de vista el parque, se detuvieron a descansar un poco.
—No puedo creerlo —dijo Jesús, jadeando—. Ese Macnair... Apuesto a que lo tenía todo preparado. Justo cuando iban ganando, le prende fuego quién sabe cómo al parque, sólo porque sabía que le ganaríamos enseguida... Seguro que era parte de su plan inculparnos...
—Son unos verdaderos cobardes... —admitió Mankar—. Pero ya verán quien ríe al último.
Siguieron caminando, un poco más despacio, comentando lo ocurrido. Todos estaban muy asustados... En el parque había más personas que pudieron verlos salir corriendo. Cualquiera hubiera pensado que Mankar y los demás fueron quienes incendiaron el árbol.
Se despidieron de Gonza frente a su casa. Una calle después, Mankar también tomó otro camino, por donde había hileras de casas, y uno que otro edificio. Continuó su recorrido pensando en lo que había pasado.
Macnair no sabía que Mankar era de una familia de magos, o lo disimulaba muy bien. En cambio, Mankar sí sabía que Macnair no era un muggle y lo comprobó aquella tarde. Pero, ¿y si no había sido magia?
Mankar dudaba que Macnair tuviera varita, y, si así fuera, no lo vio usarla. Tal vez Macnair convenció a alguien de que prendiera el árbol... ¿y la banca? Cerca de ella no había nadie. ¿Sería algún artefacto programado? Esa broma era bastante pesada, sólo para asegurar una victoria. Y era ilógico: faltaba como media hora para el anochecer, o sea el final del partido, ¿por qué no seguir jugando, pudiendo tal vez aumentar la ventaja?
Pensó con remordimiento en los niños que estaban jugando en el parque. ¿Y si esa pandilla de Macnair no hubiera preparado fuego sólo en el árbol y en la banca, sino también en más lugares? El resto de personas que había allí estaba alejado del árbol, pero todos podrían estar corriendo peligro. No había sido nada madura la actitud de Mankar y sus amigos al salir corriendo por miedo. Eso sólo los hacía ver más culpables.
El cielo mostraba todos los colores del arco iris, pero el que dominaba era el naranja. Cuando Mankar llegó frente al jardín de su casa, tuvo ganas de regresar. Tenía un gran sentimiento de culpa, a pesar de su inocencia. Sí. Lo mejor era volver al parque y dar la cara, aunque fuera él sólo.
«El culpable siempre regresa a la escena del crimen —pensó—. Eso sólo hará que sospechen más de mí... No, no importa. Tal vez haya personas en peligro. Al menos iré a revisar cómo va el fuego.»
Mankar se dio la vuelta, pero en ese preciso instante oyó la voz de su padre gritar muy alegremente:
—¡Hijo! ¡Mankar, ven! —Merlín había salido al jardín y corría hacia Mankar agitando algo en el aire—. ¡Adivina qué! ¡Recibiste una lechuza! —y añadió sin perder su sonrisa y olvidando toda prudencia—: ¡Has sido aceptado en el Colegio de Hechicería Harrylatino!