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Historia 32255 — capítulo 6

Capítulo 1: Pre-NavidadCapítulo 6: Un paseo por Londres

A

Hermione Weasley (Granger de soltera) se le daba visiblemente mejor todo lo muggle que a su marido Ron. Y conducir no era una excepción. A la mujer le gustaba mucho conducir, y aunque había métodos mágicos mucho más rápidos que el coche, cada vez que uno de sus hijos quería ir a Londres, ella se ofrecía a llevarlos.

Hugo

había sido invitado a pasar la noche en casa de su amigo Peter Norrington, que vivía en el centro de la ciudad. Rose dijo que le venía bien quedarse ahí, pues había quedado con sus amigos muy cerca. Hermione aparcó el coche frente a la vivienda de los Norrington y permitió que sus hijos bajaran del vehículo.

−¡Llamadme

si necesitáis algo! −dijo la mujer a través de la ventanilla antes de arrancar de nuevo.

Hugo

hizo una mueca, y a Rose le pareció oír que murmuraba "Ya no soy un crío".

−A

saber qué trastadas haréis tú y Peter. Alex dice que es todo un diamante en bruto, muy buen golpeador −comentó Rose mientras sacaba el móvil de su bolso.

−Mejor

dicho: a saber qué hacéis tú y Alex −dijo Hugo, burlón.

−Alex

y yo ya no estamos juntos, hermanito.

−No

mientas. Le vi salir por tu ventana. ¡Qué clásico! Yo no se lo cuento a papá... y tú no ejerces de portavoz de todo lo que hago en Hogwarts, ¿entendido? −Rose asintió, enfadada−. Bueno, yo me voy, nos vemos hermanita.

Hugo

llamó al timbre del 4ºA, y cuando le abrieron, entró rápidamente en el edificio, despidiéndose de su hermana con la mano, que le miraba, incrédula. Rose miró el nombre de la calle, y se dio cuenta de que había quedado dos calles más al norte. Se puso en marcha, mientras miraba los escaparates de las tiendas del tan concurrido, y que tanto le gustaba, centro muggle de Londres.

Llegó

hasta la cafetería donde habían quedado, "Macy's Parade", y buscó a su chico con la mirada. Un muchacho alto y de complexión atlética, con el pelo negro cuidadosamente peinado con gel fijador, miraba con sus misteriosos ojos grises la calle de arriba abajo. De pronto, su semblante cambió, y su boca, antes aburrida, dibujó una sonrisa, pues parecía haber encontrado su objeto de búsqueda.

−¡Rose! ¡Estoy

aquí! −le gritó a la chica, que iba a entrar en la cafetería sin reparar en que él estaba fuera del local.

−¡Oh! ¡Alex! −dijo

ella sonriendo y besándole en los labios−. Era pronto, y pensaba esperarte dentro, hace realmente frío aquí. ¿Cómo estás?

−Perfecto ahora que estás

aquí, desde luego. ¿Y tú, princesa? −preguntó él abriéndole la puerta.

−No me puedo quejar, pero, ya

sabes, estaba mejor esta noche −dijo ella, sonriéndole pícaramente mientras tomaba asiento en una mesa.

Alex sonrió de oreja a

oreja, sentándose a su lado.

−Yo te veo genial siempre. Y

hoy estás muy guapa −le dijo él al oído, provocando el sonrojo de la muchacha.

−Ya empezamos...

−¿Qué queréis

tomar? −preguntó una camarera que mascaba chicle sonoramente sin pudor.

−Para mí una Coca-Cola,

por favor −pidió Rose.

−Yo tomaré un zumo de

manzana.

La chica tomó nota, se fue

hacia la barra, y al instante tenían sus bebidas en la mesa.

−¿Zumo de manzana? −dijo

Rose, arqueando una ceja.

−Soy un chico sano −dijo él

golpeándose el pecho−. Bueno, cielo ¿qué te apetece hacer hoy?

La chica le miró,

pensativa, y se levantó a coger una edición del Times que estaba sobre la barra. Abrió el periódico en la página de la cartelera de los cines de Londres, y, mirando a Alex, señaló una película con el dedo índice, sonriente.

−¿*Muerte

y Destrucción*? ¡No me digas que te gustan las películas de acción! −la chica sonrió.

−¿Esperabas que fuésemos

a ver un asqueroso bodrío romántico?

−Bueno, si te soy sincero, yo

te llevaría a ver una de esas películas de buena gana, me gustan los finales felices −la chica le miró, divertida− ¿Qué? ¡Tampoco es tan raro! La película empieza a las cinco, y son las cuatro y media. ¡Ya nos podemos empezar a dar prisa, Rose!

La muchacha apuró su

bebida, Alex dejó cuatro libras encima de la mesa, y le ofreció su abrigo a Rose. Cuando ya estaban abrigados, los dos jóvenes se dirigieron a la calle, de la mano.

A Rose le encantaba Londres en

Navidad, pese al frío y la nieve. Le encantaba ver los escaparates de las tiendas y grandes almacenes decorados, y a los actores que deambulaban por las calles vestidos de Papá Noel (Santa Claus). Pese a ser ya 27 de diciembre, la decoración navideña aún permanecía por las calles.

Alex y ella caminaron hasta la

puerta del cine, y se aproximaron a las taquillas, donde el chico compró las entradas. Él se fue al baño, y cuando volvió, vio que Rose cargaba a duras penas con lo que a él le pareció un tanque de palomitas (pop-corn), un refresco enorme con dos pajitas y una cantidad industrial de chucherías.

−No sabía que gustará

tanto beber azúcar, comer comida para pájaros y morder petróleo con gelatina de colores, Rose.

−¡Oh, callate! ¡Me

encantan estas guarradas muggles! −dijo Rose, metiéndole un puñado de palomitas en la boca.

−Vamos, nuestra sala es la 4.

Los chicos fueron hasta su sala,

se sentaron en sus asientos, acomodando sus abrigos en los asientos de al lado, puesto que la sala estaba medio vacía. La película comenzó, y Rose parecía entusiasmada con esa película violenta, donde los asesinatos dejaban sólo respiro a los tornados, que arrasaban ciudades como Nueva York o Chicago.

Alex, por su parte, parecía

aburrido, y picoteaba M&M's mientras masajeaba la mano izquierda de Rose, que, absorta con la película, comía palomitas. Cuando por fin acabó la película, eran las seis y media, y al capitán del equipo de Gryffindor se le había hecho eterna esa hora y media. Rose comentaba que los efectos especiales le habían impresionado.

−¿Dónde quieres

que vayamos ahora? −preguntó Rose poniéndose su gorro.

−Donde quieras, la verdad. ¿A

qué hora tienes que volver a casa? −dijo el muchacho poniéndose sus guantes de piel de dragón.

−Mi madre no me dijo hora, la

verdad. Siempre puedo mentir un poco −dijo ella guiñándole el ojo, y sacando el móvil del bolso. Marcó el número de su madre, y cuando oyó el "¿sí?", empezaron las mentiras−. ¡Mamá! Jane me ha dicho que si quería ir a dormir a su casa, y como mañana he quedado para pasar el día con Scorpius por Londres, le he dicho que sí, ¿verdad que puedo, mamá?

Alex no escuchó la voz de

la Sra. Weasley dándole permiso a su hija para quedarse en Londres, pero por la sonrisa de la muchacha, obvió que su respuesta había sido afirmativa. El muchacho sonrió. Rose colgó el teléfono, y miró al chico.

−Ahora tú debería

librarte de tus padres, ¿no crees? ¡Vayamos a un hotel!

−Rose, ¿eres tú?

¡No te reconozco! Pero, con todo, he de decir que me encanta el cambio −dijo él arqueando las cejas−. ¿Que me libre de mis padres? Fácil, una llamadita diciendo que me quedo con James y listo.

⁑

La pareja pasó el resto de

la tarde mirando tiendas, y cuando Rose se paró en el escaparate de una joyería, admirando una pulsera de plata en filigranas, Alex insistió en entrar, y pese a que Rose le había dicho que nada de regalos, se la compró a la chica.

−La

cosa es que yo no tengo nada para ti −dijo la chica, admirando su muñeca ahora adornada. Su bolso empezó a vibrar −. Oups, me llaman. ¡Oh, no! −dijo la muchacha al ver quien la llamaba−. Ahora vuelvo... ¿Tom?

−¡Rose! ¿Dónde

has estado? ¡No he recibido ninguna lechuza tuya y ni siquiera me has llamado!

−¿Es que tengo que dar

yo siempre el primer paso? ¡Dudo que tú te hayas preocupado por mí hasta ahora! −dijo la muchacha, enfadada, mientras Alex la miraba.

−¿Pero tú qué

coño dices?

−¡Siempre tengo que

llamar yo al señorito!

−No te pongas estúpida,

Rose.

−¡Ah, vamos bien! ¿Así

que ahora soy estúpida, Tom? Si yo soy estúpida, ¿tú qué cojones eres entonces?

−Mira, Rose, pasa de mí,

¿vale?

−¡Ah, no creas que vas a

tener la última palabra en esto, no señor! ¡Te dejo yo, imbécil! −le gritó ella.

−De todas formas, tardarás

poco en ligarte a otro, ¿no? Así sois las de tu calaña, ¡sólo eres una puta zorra! −le respondió Tom, y colgó.

Rose se quedó mirando el

teléfono, atónita.

−¿Qué pasa,

cielo? −preguntó Alex, cogiéndola por los hombros.

−¡Me ha llamado zorra!

−¿Qué? ¡Se

las va a tener que ver conmigo! ¿Sabes lo que demuestra diciéndote eso, Rose? −la chica negó con la cabeza−. Demuestra una falta tremenda de elegancia tratando así a una dama, Rose −Alex besó tiernamente a Rose en los labios−. ¿Por qué no buscamos un restaurante? ¡Estoy famélico!

⁑

Albus y Jake jugaban al ajedrez

mágico cuando James entró a la habitación, y, suspirando, se tumbó en la cama.

−Me aburro −escupió él

mirando al techo.

Su hermano apartó la vista

de sus figuras, y, poniéndose bien las gafas, miró al chico.

−¿Y Alex?

−Puff −suspiró él−.

Ya te enterarás, pero no te va a gustar. O quizás sí, ¡yo qué sé!

−¿Y el resto de tus

amigos? −le preguntó Jake mientras su torre mataba a un peón de Albus.

−Meh. ¿Jugamos a

Quidditch?

−James, va a anochecer −replicó

su hermano, mirando por la ventana−. ¿Por qué no vas con Lily?

−Se ha ido a casa de su amiga

Elizabeth.

−James, no nos des el coñazo

−le dijo Albus.

−¡Jo, Albus! ¡Cuando

tú estás solo y vienes a darnos la lata a Alex y a mí, nunca te digo nada!

−Jaque Mate −dijo Jake,

triunfante−. A ver James, ¿qué te pasa?

−Se ha vuelto a echar novia −su

hermano rió cuando él pronunció eso.

−Ese tío ha salido con

medio Hogwarts, ¡es normal! −le respondió el chico de cabello trigueño, Jake, a James.

−Esta es distinta. Ella es

especial.

−Como todas.

James negó con la cabeza.

−¡No!

¿Rose y él han vuelto? −preguntó Albus, alarmado. James asintió con la cabeza−. ¡Eso sí que es malo!

−¡Ya te digo! −aportó

Jake−. ¿Pero no estaba nuestra Rosie saliendo con el idiota de Tom?

−Tú lo has dicho,

estaba. Y parece que ahora esos dos van en serio.

−¡Oh, no! ¡Pobre

Scor! −suspiró Albus, guardando su ajedrez en el armario y acariciando a Glork, su lechuza.

−¿Qué pinta

Malfoy en todo esto? −preguntó James, contrariado.

−¿No lo sabes? −al ver

la negativa del chico, Jake prosiguió−. ¡Está colado por ella desde Primero! Todos los de nuestro curso lo saben, ¡todos menos Rose! O no lo ve, y está ciega entonces, o es que no quiere creerlo. En el fondo, esos dos harían buena pareja, ¿no crees, Albus?

Albus hizo un gesto raro con la

boca, como reafirmando la postura de su amigo. Harry entró entonces en la habitación, apremiando a los chicos para que bajasen ya a cenar.

⁑

Rose y Alex entraron en una

pizzeria italiana, y el maêtre (es quien sienta a la gente en sus mesas en los restaurantes medianamente buenos, es como un jefe de los camareros también) los sentó en una bonita mesa, con un mantel a cuadros rojos y blanco, y una vela iluminando con su candor en el centro.

La chica se quitó el

abrigo, lo colgó en un perchero continuo a su mesa, y se sentó en la silla, mirando a Alex que no paraba de sonreír.

−Esto no deja de ser típico

de las comedias románticas, ¿no crees? −dijo Rose riendo y retorciéndose un tirabuzón color caoba.

−Bueno, nena, me has obligado a

ver esa estúpida bazofia de disparos y huracanes, así que ahora elijo yo −le contestó él poniéndose la servilleta sobre las rodillas.

Pidieron la cena, y comieron

hablando, tranquilamente. Cuando hubieron acabado, salieron del restaurante cogidos de la mano.

−Y ahora, ¿qué?

¿Dónde podemos ir a pasar la noche? −preguntó Alex−. Es Londres y es Navidad.

−Bueno, confía en la

suerte, ya encontraremos algo.

Siguieron caminando por el centro

de la ciudad victoriana, y Rose vio un hotel, pequeño y cuco, que le agradó visiblemente. Se paró en la entrada, buscó un frasquito con un líquido dorado, lo descorchó, y bebió unas gotas del contenido, sonriente.

La chica entró decidida al

hotel, tirando de Alex, y se dirigió al mostrador de la recepción.

−Hola, me preguntaba si

tendríais alguna habitación doble libre, por favor.

−No −respondió de

manera brusca el recepcionista−. Estamos completos.

−¿Está usted

seguro? −preguntó la chica esbozando la más dulce de sus sonrisas.

−Estoy seguro de que... −el

hombre miró de nuevo su ordenador, y su cara se transformó por la sorpresa−. ¡No! ¡Tenemos una libre! Qué raro, juraría que estábamos completos... −murmuró entregándole las llaves a Rose−. La habitación se deja antes de las doce del mediodía, entonces, me devolvéis la llave y me pagáis. Son cien libras, ¿de acuerdo?

Los chicos asintieron, y subieron

en ascensor al tercer piso y Rose abrió la puerta con la llave. James la miró, arqueando las cejas, y cerró la puerta con la llave. La chica se quitó los zapatos, el abrigo, los guantes, el gorro, los pantalones vaqueros, el suéter y, por último, la camiseta de manga larga, y fue hacia el baño.

−Me voy a dar una ducha.

Alex la miró, se quitó

el abrigo, y se sentó encima de la cama. Entonces empezó a oír el agua caer.

−¿Vienes o no? −le

gritó Rose desde la ducha. El chico, desconcertado, entró al baño, y la vio desnuda, con el pelo chorreando y mojada, llena de jabón. Se quedó mirándola, fijamente−. Si no quieres, pues nada −dijo ella cerrando la cortina.

−No, no. Sí, sí

quiero −dijo él desnudándose.

−¿Traes condones?

−preguntó ella.

−Ah... no. ¿Los invoco?

−¡Ni hablar! ¡No

robes nada! Baja a comprarlos.

El chico, a regañadientes,

se vistió y bajó. Cuando volvió, diez minutos más tarde, llevaba una bolsa repleta.

−Aquí tengo cincuenta

libras en condones. Bueno, en realidad multipliqué un billete de una libra.... ¡Eso no importa! −dijo él entrando en la ducha junto a Rose.

⁑

James tiraba dardos a una diana puesta en la cara interior del cuarto de su

hermano Albus, mientras éste y Jake jugaban a los gobstones.

−¿Sabéis por qué

siempre odié ese juego? −dijo James, recogiendo un dardo que no había acertado en la diana, entonces, Jake se llenó de tinta −. Por eso. No me gusta ensuciarme.

−Vamos, James, ¡diviertete

por una vez en tu vida! −le dijo Albus encarándole.

−Si yo me divierto... ¡a

veces!

−Eres un muermazo −le dijo

Jake bostezando.

−Ah, vale. ¿así

que un muermazo? ¡Vale! Pero no sabéis lo que hice el otro día con Alex.

−Tú lo has dicho: con tu

amado Alex.

−¡Joder! ¡Pero me

tiré yo solito a Hallie!

−¿Te tiraste a Hallie?

−le preguntó Albus, incrédulo. Al ver la respuesta afirmativa de su hermano, insistió−. ¡Cuéntame eso!

−¡Panda de cotillas!

−Tenemos que controlar el

panorama de Gryffindor, James. Más que ansía de saber, es el deber de informar lo que nos mueve −concluyó Jake.

⁑

El agua caía sobre sus

cuerpos sin parar, calentando sus pieles y llenando el baño de vapor. Rose besó a Alex, mientras este enjabonaba sus pechos, cuidadosamente, llenando de espuma cada rincón de su caliente piel de espuma.

El chico deshizo su beso, y le

enjabonó a la chica el vientre, mientras seguía bajando por sus caderas y sus piernas. Entonces empezó a besarle las piernas, de abajo a arriba. Cuando acabó con su pierna izquierda, pasó por su cadera, bajando ligeramente hasta su coño, rozándolo, y empezó con su pierna derecha. de arriba a abajo. La chica se estremecía al sentir los labios de él por su piel, muy sensible por el vapor del agua.

Alex se puso de rodillas, centrándose entre las piernas de Rose, haciéndola gemir de placer cuando su lengua exploraba su sexo. El chico paseaba su lengua por el clítoris de ella, la metía un poco en su vagina, y la paseaba por sus labios.

Podría describir cómo

los chicos hicieron el amor, salpicados por el agua que caía sin parar sobre ellos, podría describir cómo se buscaron, como perros en celo... Podría afirmar que fue una buena noche, una noche excitante, algo sublime para Rose y Alex... Podría deciros todo eso, pero prefiero dejar espacio a la imaginación.

⁑

Hay quien piensa que la

puntualidad es una buena cualidad, pero si se lleva al extremo, puede resultar frustrante, sobre todo para el puntual que llega pronto a todas las citas, pues se ve condenado a una vida de, aunque cortas, esperas. Ese era el caso de Scorpius, que a las doce menos cuarto ya se encontraba en Hyde Park, junto al roble acordado, esperando a Rose.

Con su varita, conjuró las

fabulosas llamas azules que su mejor amiga le enseñó, y, calentándose las manos, pensó que el nuevo Decreto establecido en el 2017 no podía venirle mejor. ¡La magia fuera de Hogwarts estaba permitida a partir de los quince años! Desde luego, no podía quejarse.

Se divirtió mirando la

nieve, y las figuras que la gente, muggle o mágica, dibujaba y creaba con ella. No le gustaba especialmente el invierno, pues el frío siempre parece ser ante-sala de alguna desgracia, y le evoca a la casa Slytherin (tan extendida, por otra parte, en su familia). Él era cálido, amaba el fuego. Un perfecto Gryffindor.

Y en medio de sus divagaciones

acerca de leones valientes y rastreras serpientes, ella llegó. Su largo pelo caoba, repleto de tirabuzones, parecía tener vida propia; sus ojos, almendrados y de un marrón con vetas verdes, reflejaba el brillo de la luz en la nieve; sus labios, ligeramente entreabiertos, esbozando una sonrisa... Todo eso le cautivó y le dejó sin habla. Ella parecía feliz.

Hacia mucho frío para

permanecer quietos en el nevado parque, por lo que Scorpius propuso caminar hasta Charing Cros, tomar unas cervezas de mantequilla e incluso comer en El Caldero Chorreante, y pasar una tarde de compras en El Callejón Diagon. A Rose le agradó mucho la idea, y ambos emprendieron el camino por el tortuoso y victoriano centro de Londres.

−¡Me alegro tanto de

verte! −exclamó Rose, abrazando repentinamente a su amigo mientras salían de Hyde Park.

−¿Y ese arranque de

efusividad? −preguntó el chico−. No es que no me alegre de verte, es sólo que...

−¡Oh, Scor! ¡Necesitaba

verte ya! ¡Tengo tantas cosas que decirte, tantas...!

Al chico le fascinó que

ella le necesitase de esa manera, y deseaba decirle que a él le ocurría lo mismo, pero no encontró las palabras.

−Pues dilas, dí todo lo

que querías decirme.

−He vuelto con Alex −la

sonrisa de Scorpius se congeló en su cara.

−¿Y Tom?

−Hemos cortado −dijo Rose,

sonriente−. Ahora... Ahora te entiendo. Sólo fue un tremendo error, tenías razón.

−¡Qué...! ¡Qué

bien, Rose! ¡Qué bien que Alex y tú estéis juntos otras vez...! −el joven Malfoy no sabía qué decir. Se alegraba de que Rose fuera feliz, pero Alex era una traba para él. Intuía que el chico era sincero con sus sentimientos, pero, de alguna manera, entreveía que él la decepcionaría.

La chica empezó a relatar,

entusiasmada, cómo fue todo. Le contó que él vino a visitarla por la noche, y que el día anterior había dormido con él.

−¿Vienes de estar con

Alex? −preguntó Scorpius, algo incrédulo.

−¡Claro! Vamos en serio,

Scor. Esta vez es serio. Yo... Nosotros...

−Os habéis acostado

−adivinó él, con un suspiro. La chica asintió, sonriendo−. Ten cuidado, Rose. Él... Bueno, tú sabes mejor que yo como es él, pero por más que lo conozcas, yo soy un chico, y sé cómo pensamos en ciertos aspectos...

−¡Dudo mucho que él

me quiera sólo por el sexo, Scor! −se indignó ella.

Scorpius continuó andando,

sin contestarle, adoptando un aire misterioso en la mirada. Llegaron al Caldero Chorreante, que estaba abarrotado.

−¡Hola, Tom! −saludaron

los chicos al tabernero−. ¿Hay alguna mesa libre para comer? −preguntó Scorpius. El tabernero les señaló una mesa, y los chicos se sentaron.

Scorpius le retiró la

silla a Rose, en un gesto de caballerosidad. Ella, agradecida, se quitó su abrigo, que él le cogió, y se sentó.

−¿Hasta qué hora

te quedas, Rose? −preguntó el chico sentándose.

−La verdad, todavía no

he hablado con mis padres, pero intuyó que antes de las nueve y media tendré que marcharme.

−Oh... Bueno, ¡nos queda

toda la tarde! Seguimos con la vieja costumbre, ¿no? −al ver que la chica asentía, entusiasmada, Scorpius sonrió.

Desde que se conocieran en el

Expreso de Hogwarts, cinco años atrás, ellos dos, Scorpius Malfoy y Rose Weasley, se habían convertido en amigos íntimos. Pese a ser de algún modo almas gemelas, nunca se ponían de acuerdo con qué regalarse en Navidad, por lo que, ya el primer año, decidieron quedar en las vacaciones de cada año para comprarse el regalo el uno al otro juntos. Quedaban en las vacaciones de Navidad, por supuesto. Y así pensaban pasar la tarde hoy: mirando tiendas, comprando cosas, y quizás incluso tomando algún dulce.

Pidieron cervezas de mantequilla,

y el asado de cordero con patatas que tanto les gustaba. La comida fue regada por una agradable y fluida conversación.

−Scor −dijo ella, y tomó

un trago de su copa−, ahora que estoy con Alex otra vez... No quiero que vuelva a pasar lo del año pasado, ¿vale?

−Nunca más nos

distanciaremos, te lo prometo. Pase lo que pase, estaré ahí. Te lo prometo, Rose.

Ella le sonrió, pero él,

pese a sus sonrisas, no se sentía reconfortado. Amaba a esa chica, la amaba con todas sus fuerzas. La amaba quizás desde el momento que la vio. Él la quería, la comprendía de veras. Ella era todo lo prohibido, pues su familia jamás la aceptaría; ella era inteligente, y bella, y él tenía la sensación de que, al final, ellos dos estarían juntos.

Llegó la hora de pagar, y

él insistió en invitarla, pese a sus réplicas. Salieron al pequeño y sucio callejón, y presionaron el ladrillo mágico, que les abrió las puertas a un concurrido y colorista callejón.

−¿Irás al baile

de McGrey? −le preguntó Rose a Scorpius cuando pasaban por Flourish y Blotts.

−¡Claro! Kelly me invitó

a ir, pero la rechacé. Se lo he pedido a Jane. No es que me guste, pero sería la única del grupo que no iría... Tú recibiste invitación, así como Kelly, Stacy y Albus. A Jake le invita Stacy, que para algo salen juntos, así que... No es que me agrade la idea de este nuevo Club de las Eminencias, pero, puestos en ello, prefiero ir con Jane a que se quede sola y sin asistir.

Rose, maravillada por las nobles

palabras de su amigo, soltó el libro que hojeaba y le besó en la mejilla. Él sonrió.

−¿Has visto ya algo que

te guste?

Ella asintió con la

cabeza, mostrándole un libro que parecía viejo, encuadernado en piel cetrina, y con unas letras en plata, que formaban un título.

−¿Carpe Diem? −preguntó

el chico, extrañado.

−¡Es una obra

extraordinaria! He leído sobre ella. Lamentablemente, no se puede encontrar en la biblioteca de Hogwarts. Al parecer, ¡contiene unos hechizos increíbles! Y habla sobre criaturas extraordinarias, y cómo vencerlas... Están casi todas extinguidas por supuesto. Dicen que lo escribió un mago que viajaba con Marco Polo, pero no queda nada claro...

−Te lo regalo −la interrumpió

Scorpius.

−¡Oh, no, Scor! ¡Es

demasiado caro! −replicó ella, pero sin soltar el libro.

−Vamos, sabes que ese libro te

chifla. Quiero verte feliz. Y, además, a mi familia le sobra dinero... Y dinero que gaste en ti, dinero que mi padre no podrá invertir en comprar ridículos objetos tenebrosos...

Ella sonrió, y le abrazó.

Compraron el libro y siguieron mirando tiendas. Scorpius se enamoró de un catalejo que aumentaba los objetos lejanos hasta límites insospechados, y que te mostraba lo que tú quisieras ver, siempre dentro de un cierto límite. Rose se lo regaló, y tras una larga y satisfactoria tarde juntos, tuvieron que despedirse.

Esa noche, Rose durmió

bien, pensando en los dos grandes hombres de su vida. Scorpius, a su vez, no pudo conciliar el sueño fácilmente, y se pasó la noche mirando con su catalejo la lejanía de la oscura noche, y le pidió que le mostrase cómo sería su boda con Rose. El magnífico instrumento le mostró una imagen onírica, la imagen soñaba por el muchacho.

⁑

El Expreso de Hogwarts echaba

vapor sin descanso, y los jóvenes magos, dispuestos a regresar al castillo, se despedían de sus familiares. Para James, estas Navidades habían sido desconcertantes, y esperaba poder seguir con Hallie; Albus se había divertido como siempre, con su mejor amigo; Lily era sencillamente feliz. Por parte de los Weasley, el balance de Rose era totalmente positivo: había recuperado a Alex, pasado un magnífico día con Scorpius, y se había divertido realmente mucho con Stacy, ¡por no hablar de los estupendos regalos que había recibido!; Hugo había disfrutados de un montón de cosas de Sortilegios Weasley, y su baúl estaba provisto de bromas para todo el año. Y por parte de los Malfoy..., bueno, Scorpius estaba sencillamente entusiasmado por volver a su verdadero hogar, pero una sensación le corroía por dentro: se iba a convertir en un chico como Alex, en un auténtico Casanova.