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Historia 32255 — capítulo 5

Capítulo 5: A orillas del mar

Alex la miró, sonriente, con un deje de orgullo en sus profundos ojos grises. La miró a los ojos, y la chica sintió como sus piernas le fallaban. Él la sujetó por la cintura, y la guió hasta un pequeño claro, resplandeciente por el resplandor de la luna, donde había dispuesto horas atrás una manta. Se sentó, y tiró de la mano de la chica para que ella le imitase. Rose, haciendo caso al gesto de su amigo, se sentó a su lado, mirándole.

−He traído bebidas, y algo de comer... −pero la chica no le dejó acabar la frase. Ella selló sus labios con un beso, que él no esperaba, y al sentir el peso de ella sobre su torso, se vino abajo y cayó sobre la manta, con ella encima. Ella enrojeció, pero no se quitó de allí encima. Y él no hizo ademán de estar a disgusto.

−Puedo... Puedo encender un fuego, si quieres −dijo ella contra el pecho de él.

Agitando la varita, y pronunciando algo que Alex no llegó a captar, hizo aparecer un fuego que calentaba pero no quemaba. El chico sonrió, mirándola, y la besó.

La chica sintió como su corazón se aceleraba, y empezó a sentir calor, en parte por el fuego y en parte también por la situación en la que se encontraba. Sintió como Alex le desabrochaba la cremallera de su tupido anorak y se lo quitaba, pero no tenía frío. Sentir la calidez del cuerpo del chico le reconfortaba por dentro, haciéndole sentir un extraño cosquilleo en el estómago.

El chico la hizo rodar, para colocarse encima de ella, pero sin echarle todo el peso encima. Rose le quitó la cazadora con cuidado, y la tiró sobre la manta. El chico sonrió, y ella le acarició el cuello, haciendo que él se estremeciese. Alex la miró, jugando con uno de sus tirabuzones y sonriendo.

−Puede que tú no te des cuenta, pero eres lo más bonito que ha pasado por mi desastrosa vida −Rose se estremeció al oír sus palabras, y dejó que él le quitase la camiseta−. Me gustaría respirar el aire que contienen tus labios, para poder sentirme un poco más cerca de lo que tú eres. Me gustaría poder rozar tu piel desnuda eternamente, dormir siempre así, desnudos y abrazados. Me gustaría oír tu voz para siempre, créeme. Me gustaría haber sido el primero en estar dentro de ti, Rose −dijo apenado−. No veo eso como un trofeo, de verás me habría gustado...

−¿Quién sino tú? ¿De verdad pensabas −la chica se interrumpió para besarle− que iba a dejar que fuese otro?

El suéter de pronto sobró, y los besos se incrementaron, volviéndose más audaces y salvajes, deseosos de más, los chicos pronto estaban en ropa interior. Rose sintió la erección de Alex contra su estómago, y, lejos de sentirse incómoda, hizo rodar sus cuerpospara quedar sobre él, a cuatro patas.

−No te creía de las que toman el control −dijo él alzando una ceja−. He de decir que me ha sorprendido gratamente.

La chica le besó en los labios, jugando con su lengua, y fue un beso húmedo, como si anticipase todo lo que a partir de entonces ellos dos iban a hacer. Ella colocó su pecho a la altura de la boca de él, para que jugase con sus pezones erectos, y justo cuando él trataba de arrancarle el sujetador a ella con los dientes, un carraspeo les interrumpió.

Cuando Rose giró la cabeza, aún sobre el pecho de Alex, vió a su primo, al inigualable James, visiblemente cabreado. Sintió como tanto su corazón como el del chico que estaba bajo su cuerpo se aceleraban, y comenzó a ponerse colorada.

Alex se levantó, dejándola cuidadosamente sobre la manta, y le lanzó a su mejor amigo una mirada asesina mientras cubría a Rose con su cazadora. El muchacho se levantó, avanzó hasta su amigo con pasos firmes, y, cogiéndole por los hombros, se alejó con él hacia el bosque.

−¡¿Qué coño hacías con mi prima?! −le gritó James al chico, que le miraba con sus ojos grises entornados.

−No, James. ¡¿Qué coño haces tú aquí?! ¡¿No te das cuenta de lo mal que la vas a hacer pasar?! ¡Joder! ¿Cómo cojones te atreves?, ¡¿eh?! ¡Esto es lo más estúpido que has hecho nunca! ¿Entiendes?, ¡lo más estúpido! −tras soltar esas palabras, Alex se sentó sobre un tronco tallado, y enterró la cabeza entre sus rodillas.

−Alex, ella es una niña. ¡Te quería follar a una puta niña, joder!

−James... ¡¿pero tú de qué vas?! ¡Sabes tan bien como yo que si no fuese tu prima ya te la habrías tirado!

−Eso no es verdad, Alex, y lo sabes...

−No, no. Estás celoso, ¿eh? Te pone cachondo vernos así, pero, ¡oh, claro!, no puedes hacer nada. Claro... Tú sólo puedes follarte a zorras indecentes, ¿no? ¡Como Hallie! ¡Oh, sí! ¡Te has follado a la más puta de todas, enhorabuena! Pues mira, James, ¡la mía tiene cerebro! Esto de jode, ¿eh?

Los ojos de James se llenaron de lágrimas al oír esas palabras en la boca de su más fiel amigo, el que nunca le fallaba... y comprendió cuan equivocado estaba.

−Yo... ¡Perdóname, Alex! ¡Soy tan estúpido! Siempre la cago, ¿sabes? Siempre que algo va bien, yo lo fastidio... Y todo porque no soy capaz de ver a los demás felices...

−Sabes que eso no es verdad, a mí me has ayudado más que jodido, tío... Pero a quien realmente has fastidiado es a Rose. ¿Cómo crees que se habrá tomado ella que tú la veas así? ¡Es humillante para alguien como Rose! Ahora teme que se lo cuentes a alguien, sobre todo si ese alguien es tu tío, James. Por favor, respeta que ella ya es mayor, y déjala ir. No vas a poder estar eternamente cubriéndole las espaldas −soltó Alex levantándose y dirigiéndose hasta donde habían dejado a la chica.

−Tienes razón... Rose −dijo mirando a su prima, que ya vestida, les miraba atónita−, vámonos, te acompañaré a casa.

La chica asintió, pero antes de levantarse, le dirigió una mirada a Alex, que asintió con la cabeza, y dijo, moviendo los labios pero sin usar su voz, "te llamaré". James acompaño a Rose hasta la vieja casa, y la acompañó hasta su cuarto por la red Flu.

Cuando, jadeante y llena de hollín, Rose salió de su chimenea, un James serio la miraba.

−Escucha, James, yo...

−No, Rose −le cortó él−. No tienes porque darme explicaciones a mí. Ya está, soy un estúpido. Ya nos veremos, supongo.

La chica, incrédula, observó como su primo se iba. Suspirando, se sentó sobre su cama, y notó que se había sentado sobre algo. Era una carta, una carta de Scorpius. Sonriendo, la abrió y leyó, asimilando los detalles de su encuentro, y la dejó sobre su mesilla.

Se quitó la ropa, y quedando sólo en ropa interior, se tumbó sobre la cama. Miró la foto de Alex, mordiéndose el labio inferior, y su mano izquierda se deslizó por dentro de sus braguitas. Al principio sólo frotó con dos dedos su clítoris, y paseó el pulgar por su vagina, pero, pronto, las ganas incrementaron e introdujo un dedo. Empezó a meterlo y sacarlo, y los gemidos, tímidos, empezaron a salir de su boca. Con la mano que tenía desocupada, la derecha, empezó a acariciarse los pechos, haciendo especial atención a su pezones, ya erectos por la excitación del momento.

Pronto, tuvo que meterse otro dedo en su vagina, y empezó a bombearse más deprisa, gimiendo. Giró la cabeza, mirando la fotografía en movimiento desde la cual Alex le dedicaba una sonrisa y se revolvía el pelo... Con una última sacudida, metió y sacó bruscamente sus dedos y el flujo se liberó.

La chica se sacó los dedos, y los miró. Estaban húmedos, mojados por un líquido transparente y pegajoso, al igual que sus bragas. Exhaló un último gemido, y deseó que Alex, donde quiera que estuviese, hiciese lo mismo que ella acababa de hacer pensando en ella: Rose.

Sonrió, satisfecha, y se puso un camisón corto, después se metió en la cama, pensando en su Romeo. Estaba en mitad de un sueño erótico, con ella y Alex como protagonistas, cuando oyó un ruido en su cuarto. No hizo caso, y siguió durmiendo, feliz, cuando sintió como unas manos se metían por dentro de su camisón, acariciándole la espalda.

−Me gustaría saber lo que estabas soñando...

Rose abrió los ojos de golpe, y cuando giró la cabeza, vio a Alex que, sonriente, pegaba su boca al oído de ella. La chica se puso colorada, y su corazón se aceleró cuando sintió que sus cuerpos estaban más pegados de lo políticamente correcto.

−¿Alex? −preguntó la chica, desconcertada, y tras sentir como el chico paseaba sus manos por su espalda, y la rodeaba, posándolas en sus pechos, se calmó un poco−. ¿Qué haces aquí? ¡Sabes que no puedes estar aquí!

−Vamos, Rose... No podía dormir, pensaba demasiado en ti... Y en que estarías haciendo −la chica tragó saliva al sentir los labios de él por su cuello−. Muffliato... Nadie se enterará, Rose.

−¿Qué hora es? −preguntó la chica, girando la cabeza para mirarle.

−Las tres y cuarto de la mañana −dijo él mirando su reloj.

−A las ocho y media tienes que irte. Y da gracias de que mi madre no trabaje , si no sería a las siete.

El chico sonrió, mirándola, mientras le acariciaba los pechos por dentro del sujetador.

−¿Seguimos donde lo dejamos? −preguntó él, impaciente.

−Pero... Nos van a oír... −dijo Rose, nerviosa ante la idea de que pudiesen descubrirlos.

−Ah, no. ¡Dale las gracias al Sr. Muffliato! Tengo una idea aproximada de lo que estabas haciendo antes de dormirte, ¿eh? −dijo el muchacho, burlón, mientras introducía una mano por dentro de las bragas de ella, y, notándolas húmedas, sonrió−. Lo que yo decía. Me gusta que estés así.

−¿Ah sí?, ¿te gusta? −dijo la chica librándose de las manos de él, y colocándose encima suyo−. Te gusta, ¿verdad? Y quieres más, ¿me equivoco? Pero yo quiero jugar un poco contigo antes...

Alex tragó saliva, intentando anticipar lo que ella iba a hacer, pero antes de que se diese cuenta, la chica le había desnudado. Él arqueó una ceja, expectante e impaciente. Rose se quitó de encima suyo, estiró el brazo hasta alcanzar la varita que estaba en su mesilla, y susurró algo, apuntando a Alex.

−¿Qué haces? −preguntó él, riendo.

−Impedir que te muevas −dijo ella volviendo a colocarse sobre él−. Quiero hacerte sufrir un poco. Es más excitante así −dijo esa última frase contra su oído, mientras le mordía el lóbulo de la oreja.

Empezó a besarle el cuello, lentamente, mientras le acariciaba la polla con el fin de ponérsela bien empinada. El chico gemía, mordiéndose el labio inferior violentamente. Ella sonrió, y bajó besándole el torso hasta llegar a su bajo vientre. Empezó a lamérsela, lentamente, pero sin llegar al prepucio.Cuando sintió que el chico estaba más caliente, se apartó de encima suyo, y se sentó a su lado, con las piernas abiertas, mirándole.

−¿Qué...? ¿Qué vas a hacer? −dijo él, jadeando.

Ella le sonrió mientras se desabrochaba el sujetador y lo lanzaba al suelo.

Él la miró, expectante. Rose colocó sus manos sobre sus pechos, y empezó a tocárselos, mordiéndose el labio, consciente de que eso excitaba a Alex aún más. Entonces se colocó de nuevo sobre él, restregándole los pechos, besándole en la boca, y sintiendo la polla erecta de él sobre sus bragas.

La chica bajó una mano, y empezó a masturbarle. Sentía como Alex gemía, y sabía que él quería, que él suplicaba más, y eso le encantaba. Empezó a darle más duro, moviendo su mano más deprisa, mientras dejaba que sus lenguas se rozasen. Rose metió la mano que le quedaba libre en sus bragas, y se metió dos dedos.

Apartó su boca de la de Alex, y empezó a gemir suavemente. Eso fue lo que mató al chico, que se corrió, gimiendo más fuerte. La chica sonrió, retiró su mano de la polla de él, y sacando los dedos de su coño, se quitó las bragas y libró al chico del hechizo que le mantenía inmóvil.

El chico la tumbó, y colocándose sobre ella, se la metió de un golpe seco, rompiendo el himen que proclamaba su virginidad. La chica dejó escapar un grito de dolor, que poco a poco, se transformó en placer. Alex siguió entrando y saliendo de Rose, cada vez más deprisa, mientras la besaba con ternura y algo de torpeza.

Cuando acabó, la besó más intensamente y salió de ella, tumbándose de lado, junto a ella, y tomándole la mano. Ella sonrió y le acarició la mejilla con la yema de su dedo anular derecho.

−Yo... −empezó ella, y cuando bajó la mirada a las sábanas, vio que estaban manchadas de sangre−. Oh, no...

−¿Qué pasa, cielo? −le preguntó él.

−Lo he manchado todo... −susurró ella.

−Nada que una varita no pueda solucionar, brujita. Por cierto, ¿llevas protección?

Ella negó con la cabeza mientras él, con su varita, murmuraba "Fregoteo" y limpiaba las sábanas. Al ver la respuesta negativa de ella, se levantó de la cama, y buscó su chaqueta en la oscuridad. Extrajo un frasquito de poción del bolsillo interior izquierdo, y se lo lanzó a Rose.

−Bebe.

−¿Para qué es? −preguntó ella, oliendo el líquido.

Él sentó en la cama, y le acarició la tripa.

−No queremos que aquí dentro crezca un pequeño monstruito, ¿verdad? −dijo él sonriendo, y Rose bebió todo el contenido de la botella −. ¿Has cortado con Tom?

−Todavía no. Pensaba hacerlo a la vuelta de las vacaciones... Supongo que lo acabamos de hacer está mal, ¿no?

−Supongo. ¿Qué más da, Rose −dijo él sonriendo−. Duerme un poquito, después hablamos.

La chica sonrió, y cerró los ojos mientras él le acariciaba el pelo y la miraba fijamente, con los ojos brillantes. A eso de las cinco de la mañana, cuando él estaba ya quedándose dormido, Rose habló.

−¿Alex? ¿Estás dormido?

−No −dijo él bostezando.

−Alex, si esto se va a convertir en una costumbre, tendremos que empezar a usar métodos humanos, ¿no? −preguntó ella.

−¿De qué hablas?

−De nosotros. De lo que hemos hecho... −dijo ella, poco segura.

−¿Qué? ¿Estás conmigo? ¡Estamos juntos! −dijo él, besándola−. Pero, ¿no decías que tenías dudas al respecto?

−Dudas disipadas.

−¿Sabes, Rose? Lo mejor de todo esto es poder mirarte cuando duermes, poder abrazarte desnuda, poder sentirte de verdad... Sentirte como eres... No quiero perder eso nunca jamás.

Ella sonrió, abrazándole. Se quedaron así horas, desnudos, hablando y besándose. Felices. A eso de las ocho y media, Alex se vistió, dispuesto a irse ya antes de que les descubrieran.

−¿Tienes planes para hoy? Me gustaría que nos viéramos, en Londres. ¿Qué te parece? ¡Hagamos algo horriblemente muggle!

−Te llamo luego, ¿vale? −dijo Rose, y después le besó largamente−. ¡Tienes que irte ya!

Él la miró una última vez, sonriente, y se metió en la chimenea. Le dedicó una última mirada antes de que las llamas le engulleran.

Ella se puso el camisón, y derrotada, se dejó caer sobre la cama, donde se durmió con una sonrisa amplia en el rostro.

⁑

Cuatro horas después, Hermione llamaba con fuerza a la puerta de su hija mayor.

−¡Rose! ¡Rose, son las doce y media! ¡Vamos a comer, hija! ¿Quieres dejar de dormir y bajar aquí abajo?

Rose suspiró, se puso una bata sobre su camisón y se calzó unas zapatillas de estar por casa. Bajó la escaleras rápidamente y encontró a su familia sentada alrededor de la mesa, esperándola, con la comida ya en los platos.

−Hola a todos... Buenos días −dijo ella sentándose.

Hugo hizo una mueca.

−¿Por qué a ella le dejáis dormir hasta tarde y yo tengo que levantarme al amanecer para ayudar a papá?

−Exagerado, te levantaste a las diez −dijo Ron sirviéndose una porción de pizza.

−Mamá, esta tarde había pensando ir con unos amigos a dar una vuelta por Londres, ¿verdad que puedo?

−Claro, ¿quieres que te lleve yo? Hugo ha quedado con Peter en el Callejón Diagon, así que sólo dime donde pretendes ir y yo te acerco.

−Gracias, mamá.