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Historia 32255 — capítulo 4
Capítulo 4: Navidad III
Hugo se apoyó en la pala, tomando aliento. Su padre le había prometido una caja de "Surtidos Salta-Clases" si limpiaba la entrada de la casa de la nieve caída esa noche y..., allí estaba. Siempre se preguntó porque su padre le obligaba a hacer ese tipo de tareas "al modo muggle", cuando, él, Ron Weasley, creció en una familia mágica con todo tipo de comodidades... mágicas, pero ahora empezaba a entenderlo. Su padre quería que sudara, que se convirtiese en un hombre. Pero él... Él aún era un crío. Miró hacia arriba, hacia la casa blanca de las afueras de Londres, y suspiró. Desde el jardín, podía ver a Rose leyendo, apoyada en la ventana. Pensó en la calidad de la casa, y recordó que sus pies estaban helados. Se apresuró a terminar su tarea, lo antes posible.
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Rose, mientras tanto, trataba de leer un libro que su madre le acababa de regalar, "El último tratado de un duende antes de que el muérdago se marchitara". La novela estaba bien, era romántica y reivindicativa a la vez, y la muchacha estaba segura de que en cualquiera otro momento la habría cautivado, pero, ahora..., ahora no podía apartar su mente de la foto que sostenía entre sus manos. No podía dejar de mirar esa foto mágica en movimiento
La fotografía había sido tomada por su gran amigo Scorpius, hará poco menos de un año. Debía de haber sido en la salida del primer fin de semana después de las vacaciones a Hogsmeade. Se veía como ella y un muchacho muy apuesto, con unos vivos pero a la par melancólicos ojos grises, un pelo negro azabache y de complexión atlética, Alex, se abrazaban y se besaban. La muchacha se levantó de su asiento frente a la ventana, señalando con un marca-páginas donde se había quedado en el libro, y se dirigió hacia su pequeño baño.
Sin mirarse en el espejo, abrió el grifo del agua fría, y se mojó la cara. Después, se miró fijamente. Su reflejo le devolvió una media sonrisa enmarcada por una mueca de tristeza. Sus ojos castaños estaban subrayados por unas espesas ojeras, y su largo pelo color madera caoba se encontraba enmarañado. Ella odiaba cuando sucedía eso. Por desgracia, había heredado los rizos de su madre. Recordó que a Alex le encantaba jugar con ellos, haciéndolos botar, y enredando sus dedos en ellos. No pudo reprimir una sonrisa, que su reflejo le devolvió.
Con todo, la chica pensó que no estaba tan mal. A ella le gustaba ponerse en valor, pero odiaba a las chicas que, embelesadas con su propia belleza como Narciso, adoptaban una actitud engreída cara al mundo. Por eso adoraba a Scorpius. Él, Scorpius... El chico no se daba cuenta de lo que valía, y no sólo físicamente. Él era una gran persona. Era tan inteligente, y tan buen amigo... Era leal, era perfecto. Perfecto para cualquiera.
A decir verdad, le echaba menos. Echaba de menos a todos sus amigos, y aún estaban a veintiséis de diciembre. No es que le desagradaran las vacaciones, pese a lo mucho que le gustaban los estudios, es sólo que... Bueno, cuando convives las veinticuatro horas del día con alguien, acabas generando una dependencia a esa persona fuerte. Y estaba segura de que sus amigos sentían lo mismo. Pero, sobre todo, echaba de menos a Stacy, a Scorpius y, ¿para qué negarlo?, a Alex.
Volvió a su cuarto, se sentó apresuradamente en su escritorio, y partió un pergamino en tres trozos. En todos escribió el mismo mensaje:
"¿Cuándo podemos vernos? Te echo de menos.
Rose."
Salió al pasillo, y llamó con dos golpes secos a la habitación de su hermano Albus. Nadie contestó. Rose volvió a su cuarto, y miró por la ventana. Vió a Albus con su pala, quitando nieve del camino. Abrió la ventana con delicadeza, pero no pudo evitar que unos copos de nieve, perfectos y hermosos, como estrellas, entrasen. La nariz se le puso colorada cuando sacó la cabeza, al frío de la mañana.
−¡Hugo! ¡Hugo! −la muchacha gritó más fuerte al ver que su hermano no la oía, inmerso en su música por cascos, un aparatejo muggle.
Al fin, el muchacho pareció oír algo más allá del zumbido en sus oídos, y, quitándose los cascos, miró desconcertado a su alrededor.
−¡Aquí, idiota! −le gritó su hermana asomándose más por la ventana.
−¡Ah!, ¡no hace falta que te pongas así! −replicó elmuchacho enojado.
−Hugo, me preguntaba si me dejarías a Felipe un momento −dijo Rose esbozando la mejor de sus sonrisas.
−¡Claro, hermanita! Siempre y cuando limpies su jaula −dijo el chico arqueando las cejas.
Rose, resginada, cerró la ventana, murmurando insultos contra su hermano, y se dirigió hacia su desordenado cuarto. Encontró a Felipe, la lechuza parda, en su jaula, rodeado de excrementos.
Aún a sabiendas de que era ilegal, murmuró "¡Fregoteo!" y la jaula quedó impecable al instante. Sonrió, satisfecha, y sacó a la lechuza de la jaula, que le dio picotazos amistosos.
−Bien, Felipe −dijo ella atándole las cartas a las patas −, dale una a Stacy, otra a Scorpius, y la última... La última para Alex.
La lechuza salió por la ventana, y, suspendida en el aire, como movida por un hilo invisible, empezó a atravesar las Islas Británicas.
Primero pasó por Manchester, y en el número 12 de la RockFeller Avenue, depositó una de las cartas en la cama de la joven y vivaracha Stacy. Después, atravesando el frío y las montañas, llegó hasta Glasgow, donde le entregó una carta a un muchacho que, con su escoba en el hombro, subía una pendiente. El muchacho miró a Felipe con sus ojos grises, penetrantes, y sonrió cuando reconoció la lechuza, satisfecho de sí mismo.
Pero el viaje de Felipe, la gran lechuza, no había acabado. Sólo quedaba una última parada, la casa más difícil de encontrar, la más misteriosa y lujosa y, probablemente, la casa donde más oscuros hechos habían acontecido: la Mansión de los Malfoy.
Scorpius se encontraba en el suelo de su habitación, con la torre de un ordenador desmontada por el suelo, y uno de sus micro-chips entre el dedo índice y el pulgar. Desordenadas mechas de su rubio cabello se encontraba tapándole la frente, y sus ojos azules brillaban de la emoción.
−Fascinante... Fascinante −dijo el muchacho mientras presionaba ciertos lugares con su varita.
Entonces, oyó un ruido en la ventana. Se asustó, y dejó caer el chip al suelo. Miró hacia el lugar, y vió a una gran lechuza parda: Felipe. Sonrió. Llevaba unos días ya deseando recibir de Rose, pero dedujo que la muchacha, con tanta familia, se había olvidado de él. O que no tenía tiempo para su mejor amigo. Abrió la ventana, le dio una golosina a la lechuza y le cogió la carta.
La misiva, escueta y fría, sólo rezaba:
"¿Cuándo podemos vernos? Te echo de menos.
Rose."
Suspiró. Deseaba de veras verla, estaba claro que necesitan hablar, un tiempo para los dos solos. Tiempos como solían tomarse antes. La echaba de menos, desesperadamente. En el fondo de su corazón, guardaba todos y cada uno de los momentos que ellos dos habían pasado juntos: cada palabra compartida, cada roce de su piel, cada aliento exhalado en el mismo aire, cada sonrisa, cada risa cómplice, cada mentira ajena, cada viejo presentimiento, y cada llanto en su hombro. Lo guarda todo, todo bajo llave. Él mismo se había encargado de construir una cámara acorazada en su corazón, a prueba de balas..., y a prueba del amor.
De dirigió hacia su escritorio, tomando una pluma larga, y un trozo de pergamino. Empezó a escribir, con una meticulosa, refinada e impecable letra, el lugar y fecha de la cita.
Veintiocho de diciembre, lado este del Hyde Park, junto al viejo roble que llevaba sus nombres, a las doce de la mañana. Ella encontraría el lugar. No podía esperar para verla, pero debía encontrar una excusa para ausentarse de casa durante todo el día.
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Rose recibió primero la respuesta de Stacy, que le preguntaba si le gustaría pasar el día de Año Nuevo, y los tres siguientes, en su casa. La muchacha, sonriente, bajó corriendo las escaleras y llegó hasta el salón.
Su padre, Ron, revisaba un manual de conducción muggle, pues, tras chocarse contra tres árboles y casi arrollar a una venerable anciana, le habían obligado a volver a pasar su examen teórico. El hombre fruncía las cejas, repitiéndose una y otra vez conceptos. Su madre, Hermione, aún no había regresado de su trabajo en el Ministerio de Magia.
−Papá, ¿puedo ir a pasar unos días a casa de Stacy? −preguntó la muchacha poniendo cara de niña buena.
−Por supuesto, por supuesto. La señal redonda es la de stop, de eso estoy completamente seguro...
Cuando llegó hasta su cuarto, enseguida se puso a escribir la carta para Stacy. Ideaba planes para ellas dos, y la posibilidad de encontrar al resto de amigos, cuando una lechuza blanca entró por la ventana, ululando.
El animal parecía sediento, y Rose le tragó un cuenco con agua. Tras dejarle beber una gotas, la muchacha desató la carta de su pata izquierda, y la lechuza salió volando. La muchacha miró al cielo que empezaba a oscurecerse, pensativa, mientras abría la carta.
"Querida Rose,
¡Qué anticuada eres! ¡Nunca te imaginé a ti enviando lechuzas, no ahora con todo estos maravillosos métodos muggles, que, por cierto, tanto nos gustan a ti y a mí. ¿Cómo te encuentras, ¿has tenido muchos regalos? ¡Yo doy fe de que sí! ¡Me compraron esa escoba que tú y yo solíamos mirar en aquél escaparate! ¿No es fantástico? En cuanto a tu pregunta, pequeña, sólo puedo decirte que no puedo esperar para verte. Lo sé, sería un poco precipitado que te presentases tú ahora en mi casa, o yo en la tuya, pues ya va a ser la hora de la cena, pero, ¿no podría verte esta noche, a las doce? Recuerdo la chimenea de tu cuarto, por red flu, podría llegar ahí. ¿Qué me dices?
Yo simplemente aparecería ahí, y te llevaría a un lugar que te encantaría, un rincón precioso de mi tierra natal. Rose, sé lo que estás pensando. Ahora mismo, piensas que eso que yo pretendo está mal, que es una deshonra a la confianza de tus padres y que, si saliera mal, las consecuencias serían un tanto desastrosas, pero, ¡Rose!, ¡tienes quince años! Si no te arriesgas ahora, ¿cuándo lo harás?
Así que, tenlo claro, vendrás conmigo. A las doce estaré en tu habitación. Por cierto, ponte ropa de abrigo. Aquí está nevando. Ya no puedo esperar a verte,
Te quiere
Alex."
La muchacha miró fijamente la carta del chico, releyéndola una y otra vez, cerciorándose de que sus palabras eran cierta, e, incrédula, miró hacia la ventana. Sólo faltaba Scorpius.
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Hugo entró en casa, empapado. Su padre levantó la vista de su manual, satisfecho y sonrió a su hijo.
−¡Muy bien, hijo! ¡Veo que hiciste lo que te mandé! −con un movimiento de varita, Ron secó a su hijo−. Mañana te traeré la caja que te prometí −el hombre le guiño un ojo al muchacho pelirrojo, que estaba sonriente−. Espero que, para hacerle honor a tu apellido, los uses mucho.
El reloj de la cocina dio las siete.
−Mamá está a punto de llegar −dijo Hugo.
−Sí. ¡Rose! −Ron llamó a su hija mientras se dirigía a la cocina−. Rose, ¡baja! Hugo, ¡pon la mesa!
El hombre sacó un asado del horno, y lo observó satisfecho. Sus dotes de cocinero habían mejorado notablemente desde que se apuntara a aquel curso muggle. Ahora, ¡podía preparar exquisitas comidas a su familia y amigos! Cuando le contó esto, Harry se echó a reír. ¿Ron cocinando? ¡No había más que mirarlo ahora!
Cuando Hermione se apareció en la puerta de entrada, se maravilló ante la vista del jardín despejado. Más aún fue su agrado cuando, al entrar al salón, un delicioso aroma a cordero asado la embriagó. Entonces, vio a sus dos hijos encorriéndose, insultándose el uno al otro. De todas formas, odiaba la perfección.
Toda la familia se sentó a la mesa, mirando el noticiario muggle, mientras Hermione comentaba asuntos de trabajo.
−Mamá, le pregunté a papá si podía pasar unos días en casa de Stacy, y me respondió que sí −dijo Rose mientras desgarraba su pata de cordero.
−¿Te respondí que sí? ¿Me preguntaste eso? −preguntó Ron rascándose la cabeza.
−Sí, papá. Cuando estudiabas.
−¡Oh, Ron! ¡Has estudiado! Me siento orgullosa, cielo −el pecho del pelirrojo padre se hinchó con orgullo−. ¿A casa de Stacy, eh? Bueno, no veo problema alguno. Ronnie, ¿les harás una tarta a sus padres?
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A eso de las once, Rose dijo que se encontraba muy cansada, y que se iba a la cama. Su hermano se había ido hacia ya cosa de una hora a jugar con su ordenador, y sus padres estaban jugando al ajedrez mágico. La muchacha se duchó, y puso gran empeño en ordenar su cabello. Luego, en albornoz, se dirigió a la habitación.
Allí estaba Alex, sentado sobre la cama. Apenas eran las once y media. La muchacha se sobresaltó, y cerró la puerta rápidamente.
−¿Qué haces aquí tan pronto? −le preguntó extrañada, cerrándose más el albornoz.
−No podía esperar para verte... −dijo él dándole un beso sonoro en la mejilla−. ¿Tardarás mucho en prepararte? Abrígate bien. Yo, mientras... ¿Puedo subir a tu tejado?
La muchacha, algo extrañada, afirmó con la cabeza, y, de un ágil saltó, Alex salió por la ventana y comenzó a trepar por la pared exterior de la casa. "Es un chico muy raro" se dijo Rose desnudándose y abriendo el armario.
Escogió unos pantalones vaqueros, una camiseta de cuello alto negro, y un suéter. Cuando estaba calzándose las zapatillas, Alex entró de nuevo a su cuarto.
−Hace una bonita noche. No, así vas poco abrigada −el chico abrió su armario, y sacó un anorak de plumas−. Esto. No me mires así, Rose. Te quiero viva, y con todos tus dedos, a ser posible.
Una vez vestida ella, ambos dos se introdujeron en la chimenea, y el chico pronunció una dirección que ella desconocía, arrojando polvos flu a las llamas verdes. Todo giró, sintió como la chimenea les engullía, y, en unos diez minutos, llegaron a la chimenea de una pequeña casita de piedra.
La chica salió a cuatro patas, tosiendo y manchada de hollín. Alex estaba de pie, con el pelo perfecto y sin una sola mota de hollín en su cazadora de cuero. El muchacho la ayudó a levantarse, y le sacudió la ceniza del abrigo, sonriente.
−Estás guapa hasta con la nariz manchada de hollín −dijo él acariciándole las mejillas. La chica se estremeció, y él le tendió la mano. Ella no dudó en cogerla, él sonrió.
−¿Adónde vamos? −dijo Rose mientras él la hacía salir de la habitación.
−Cierra los ojos, sino, todo pierde encanto.
La muchacha obedeció, y de pronto, dejó de sentir el tacto de la piedra bajó sus pies para sentir la nieve. Hacía frío, Alex había hecho bien en insistirle para que se abrigase. Tomó aire por la nariz: se sentía fresco, con un ligero aroma a pino... y a mar. Ella adoraba el olor a mar. Sonrió.
−Abre los ojos −Alex había dicho esas palabras muy cerca de su oído, lo que hizo que un escalofrío recorriera su cuerpo.
La muchacha tragó saliva y abrió los ojos. Ante ella se abría un litoral nevado y recortado, con bruscos acantilados y un bosque de pinos que bordeaba el mar, como si de un lago se tratase. Abrió mucho la boca, maravillada ante todo esa belleza.
El chico la miró, expectante.
−Bueno, ¿te gusta? Pensé que te gustaría cambiar de aires, y siempre me decías que te encantaba el mar...
Rose colocó el dedo índice sobre los labios del muchacho.
−No digas nada. Es perfecto.