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Historia 32364 — capítulo 1

ÁNGEL DE LA NOCHE

N/A: El tipo de vampiro que utilicé para esta historia es similar al usado por Stephenie Meyer en sus novelas (perdón a los fanáticos de vampiros clásicos y originales, como Drácula o Lestat). Lo hice de esa manera para que funcionara la parte del espejo y el Sol de forma que fuera posible colocar a los personajes en un mundo real y cotidiano. Los lugares mencionados en la historia son reales y no se especifica el tiempo en el que ocurre la misma, pero debe ser después de la erupción del volcán Chaitén en Chile, durante el mes de mayo de 2008.

Capítulo 1 Muerte

"La muerte es un paso hacia algo desconocido. Hay quienes no mueren, sino que encuentran una nueva vida, a la que hubieran preferido no enfrentarse."

Nadie me había dicho que la vida sería de esta manera. Absolutamente nadie, durante mis 13 años que tuve de vida, me había dicho que algo así podía pasar. ¿Ahora? Lo que tengo hoy ya no es vida; es un simple intento de pasar el tiempo, de ir de un lado hacia otro, sin saber qué esperar. Lo que sigue ahora es simplemente pasar una eternidad sin rumbo, hasta que algo increíble suceda. Mientras tanto, habrá que ingeniárselas para que el tiempo sea un aliado y no una tortura.

Mi nombre es Ángel. Soy, mejor dicho, era un niño de trece años, como todos los chicos de mi edad. Nací en una ciudad llamada Puerto Natales, en Chile. Es una ciudad sudamericana que, a pesar de encontrarse a nivel del mar, tiene un clima frío. A nuestra ciudad asisten algunos turistas al año y, gracias al desarrollo mundial, nuestra ciudad ha ido creciendo poco a poco. Es por eso, quizá, que pocas personas habían advertido lo que sucedía en nuestra ciudad: allá de vez en cuando la policía encontraba alguna persona muerta, sin razón aparente. Ya habían sucedido algunas cosas extrañas en mi país, como la repentina explosión del volcán Chaitén, pero nada como lo que comenzaba a pasar en Puerto Natales. Los descubrimientos de cuerpos sin vida empezaron a alarmar a los pocos habitantes de mi pueblo; ya no era sólo un muerto al mes, sino que en poco tiempo se convirtieron en más de diez a la semana. La mala publicidad que daban los noticieros hizo pensar a los turistas que alguna especie de epidemia, o una maldición, había caído en Puerto Natales, y de pronto nadie visitó el pueblo. Lo que antes era un ambiente de fiesta y diversión se convirtió en seriedad. Cada vez menos personas salían a la calle, y el frío se empezó a sentir más que nunca.

Los chicos con quienes yo me juntaba habían comenzado a inventar historias de monstruos y fantasmas que habían despertado para acabar con nuestra ciudad, aunque ninguno lo creía, nada más usábamos los cuentos para reírnos un poco y pasar el tiempo. Hubiera preferido no darme cuenta que las historias que contábamos eran verdad.

Aquella noche se sentía un frío que calaba en los huesos. Las calles estaban particularmente desiertas y las estrellas menos brillantes que nunca. Mi madre, Julia, me había enviado a casa de mi tío Mario por unas medicinas. En aquel momento recordé las historias que contábamos y sentí un poco de miedo, aunque en seguida reí por creer semejantes tonterías. En todo caso, yo ya tenía trece años, algunos decían que parecía de quince, y era fuerte y alto para mi edad, así que podría enfrentar cualquier peligro que se me presentara.

Cuando salí de mi casa el viento helado golpeó mi rostro. Caminé como aparentando que no sentía el frío y me dirigí hacia el lugar al que mi madre me había ordenado. No había nadie en la calle, por lo que el silencio reinaba por el lugar. Acelerando el paso, cuando aseguré que nadie me veía ni podían notar mi temor, estuve en menos de diez minutos en casa de mi tío Mario. Él era el hermano mayor de mi madre y tenía tres hijos, mis primos, mucho mayores que yo.

-Pasa, Ángel, hace frío- dijo la voz de mi tío, casi al momento de yo golpear la puerta. -No, gracias tío, sólo vengo por las medicinas. Además no siento tanto frío- dije sin dudar, quitándole importancia al clima. -Siempre tan valiente- dijo mi tío, mostrando su cálida sonrisa que lo caracterizaba y, sin más, me entregó una bolsa de plástico con tres cajas pequeñas. -Dile a tu madre que debe tomarse una de estas cada ocho horas, para que desaparezca ese resfriado que trae, y tú procura no molestarla, ella necesita descansar.- me dijo, riendo nuevamente. -Lo haré, gracias- y me giré de inmediato, escuchando la puerta que se cerraba. El viento sopló de repente y mi piel se erizó, como presagiando lo que sucedería a continuación.

Tras cinco minutos en los que casi corrí por las calles desiertas de Puerto Natales, escuché algo más que el silencio. -¡No, por favor!- gritaba una voz de mujer, en uno de los callejones cercanos a donde me encontraba. Me apresuré hasta colocarme en la entrada del oscuro lugar y pude ver lo que sucedía. Un hombre delgado y fuerte, con la piel blanca como la nieve tenía acorralada a una chica de algunos 25 años. No supe qué hacer y, cuando intenté huir de ahí, el hombre giró su rostro y me miró. Parecía tener todo lo que un artista de cine pudiera desear. Sus facciones eran delicadas, tenía los músculos muy marcados y la piel clara. Tenía el cabello castaño y vestía ropa elegante y juvenil. Sin poder moverme miré sus ojos y, con mi corazón latiendo como jamás lo sentí, percibí un color rojo que nunca había visto en los ojos de ningún ser humano. El hombre, con una rapidez increíble, giró una de sus manos y torció el cuello de la mujer que tenía a su lado, haciéndola callar para siempre. Yo intenté correr, pero él fue más rápido. Dejando caer el cuerpo sin vida de la chica, corrió hacia mí. Sólo pude cerrar los ojos y esperar lo peor, aunque todo fue más extraño de lo que pensé. Sentí un golpe muy fuerte, como si hubiera chocado contra una pared de hielo. Después, un ligero pinchazo en mi cuello y, finalmente, un fuego que empezaba a quemar desde mi cuello y viajaba por todo mi cuerpo. Seguí con los ojos cerrados a pesar del dolor, pero pude sentir cómo aquel hombre se alejaba de mí y volvía en seguida, levantándome del suelo y llevándome en brazos hacia un lugar que no conocí. No resistí más aquel dolor y morí, o al menos eso pensé aquel día.