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Historia 32364 — capítulo 2
Capítulo 2 Despertar
"Prohibir algo es despertar el deseo."
Después de un tiempo del que no tuve conciencia, me di cuenta que aquel dolor que parecía estar quemándome por dentro desapareció por completo. Creí entonces estar muerto, aunque no parecía ser la experiencia que todos habían contado. No respiraba y seguía con los ojos cerrados, pero no escuchaba las voces que anunciaban mi llegada a la tierra de los muertos. Entonces intenté respirar, pero un dolor que jamás había experimentado raspó mi garganta. Pensé de inmediato que el dolor no debía ser una característica que experimenta alguien que ya ha muerto, por lo que deduje que me encontraría en un hospital o algún tipo de lugar de asistencia. Con miedo abrí los ojos y descubrí un lugar desconocido para mí, pero del que podía ver cada detalle. Puse atención en mi sentido del oído, y comencé a notar sonidos que no notaba antes: el correr del agua por las tuberías, el canto de los pájaros y el sonido que hacía el viento al soplar. Escuché un movimiento delicado y rápido que se dirigía hacia donde me encontraba y, en menos de un segundo, un hombre aparentemente joven estaba frente a mí.
-No puedo creerlo- decía el hombre, con una voz calmada, melodiosa y asombrada a la vez. -Nunca había visto algo similar- continuó diciendo, mientras me miraba fijamente, como repasando cada parte de mi cuerpo con su mirada. En un instante reconocí aquel rostro: era el del hombre que había atacado a la chica del callejón, aunque percibí que en él había algo diferente. Noté un brillo especial en su piel y unas sombras color violeta que rodeaban tenuemente sus ojos.
-¿Dónde estoy?- atiné a preguntar, y en aquel segundo supe que algo no andaba bien. Mi voz sonaba algo diferente, casi melodiosa, como la del hombre que estaba frente a mí. -Mi nombre es Edward- dijo aquel hombre, con el que cada vez me sentía más identificado. -Estás bien- dijo en seguida, sin dejarme hablar. -Te encuentras en… digamos, mi casa.-
Era cierto lo que él decía: yo estaba bien, no sentía ningún dolor, únicamente el de la garganta cuando intentaba respirar, pero ni mis huesos o alguna otra parte de mi cuerpo me dolían. Me senté sobre la cama, y lo hice en menos tiempo de lo que yo mismo imaginé. Todo esto era muy extraño. -Debo irme- dije, un poco desorientado. En verdad no sabía qué pensar ni qué hacer. -Mi familia- balbuceé, y en aquel momento el hombre se acercó a mí rápidamente, aunque pude percibir sus movimientos con claridad.
-Tu familia- repitió -No creo que sea buena idea.- No pude siquiera preguntar la razón, porque cuando intenté hablar, Edward ya estaba frente a mí, pero ahora sujetando un espejo. La imagen que descubrí me dejó sin habla: era un chico con un rostro llamativo y fino, el cabello de un brillo perfecto y cada músculo definido con claridad. La piel era pálida y, los ojos de la imagen, eran color rojo intenso. -¿Qué pasa?- pregunté. En realidad me sentía alarmado, no estaba seguro si era realmente yo quien aparecía en el espejo. -Verás, lo que sucedió…- dijo Edward, con la voz llena de dudas. -Sufriste una… bueno… transformación- -¿Transformación? ¿Qué estás tratando de decir?- pregunté, alzando un poco mi voz, que aún así se escuchaba delicada, fuerte y llamativa. Entonces Edward comenzó a contar lo que había sucedido. No entendí algunos detalles y otros me parecieron sacados de una película de terror, pero escuché sin interrumpir.
-Yo vengo de los Estados Unidos, me escapé de mi familia porque no me sentía conforme con la clase de vida que llevan. Viajé hasta aquí, una ciudad fría y alejada de los lugares más poblados. Entonces comencé a atacar a las personas que viven aquí. Fue muy fácil, ya que mi fuerza es… bueno, mayor a la de cualquier humano. En segundos mordía a quien previamente había seleccionado como víctima, y bebía toda su sangre, para poder saciar mi sed. Así me mantuve algún tiempo; no dejaba rastros, ya que tengo estudios médicos que me permiten arreglar el cuerpo desangrado. La noche en la que me encontraste, yo caminaba por la ciudad, procurando no ser visto. Entonces me topé con ella, la chica de la sangre más dulce que había percibido. No me pude resistir y la llevé hasta el callejón y, cuando estaba a punto de asesinarla, apareciste tras de mí. Pude sentir y oler tu presencia y al girarme, noté que eras apenas un niño. No pude luchar contra mi instinto y maté a la chica, entonces me lancé hacia ti y te mordí. De inmediato me sentí arrepentido, al ver tu cuerpo frágil luchando contra el dolor. No te asesiné y, en cambio, te traje hasta aquí para que terminaras tu transformación. Me arrepentí muy tarde, lo sé, pero no quería que alguien más muriera por mí. Ahora volveré a mis antiguas costumbres, beber sangre de animales y no de humanos, porque tu casi muerte me ha hecho reflexionar. Lo siento por traerte a este mundo de terror, pero no pude elegir a tiempo.-
Quedé en silencio después de aquellas palabras de Edward. Nada de lo que me decía tenía sentido, pero todas las piezas caían en el lugar exacto. -Entonces yo…- dije silenciosamente, y Edward completó mi frase -Así es, eres un vampiro.-
Vi mi rostro nuevamente en el espejo, notando cada matiz de lo que me rodeaba. Entonces sentí un odio enorme y unas ganas de beber sangre que jamás imaginé sentir. No supe qué hacer y, de pronto, me arrojé sobre el hombre. Aquel hombre que me había traído hasta este mundo tan irreal; aquel hombre que me había convertido en una criatura que hasta en mis sueños me había dado miedo. -¡Te odio!- conseguí decir antes de lanzarme hacia él, pero al parecer Edward ya estaba preparado. Me logró controlar y me sostuvo firmemente, sin permitirme librarme de él. -Lo siento mucho, Ángel, lo siento de verdad.- Fue lo único que dijo, mientras yo luchaba por soltarme. Finalmente decidí que sería imposible separarme de él y, dejando la fuerza, me relajé. Su abrazo me liberó de inmediato y habló.
-Yo puedo enseñarte cómo debe ser un vampiro. Te controlaré cuando sea necesario y te demostraré que se puede vivir sin la sangre humana, por más que nos atraiga. Yo tampoco decidí esta vida, Ángel, pero puedes intentar vivirla, como yo lo hago.-
Mis lágrimas no salían de mis ojos aunque yo tuviera unas ganas de llorar enormes y, por primera vez en todo el tiempo que tenía de vida me pregunté: "¿Qué hice para merecer esto?"