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Historia 32364 — capítulo 5

Capítulo 5 Redención

"Sólo se aprende a perdonar cuando alguna vez hemos necesitado el perdón de otros."

No podía dormir, pero la soledad de un bosque alejado de la gente me hizo reflexionar un poco. Quería mantenerme ahí escondido de la luz solar, comiendo únicamente aquellas criaturas que se acercaban a mí para explorarme. Me mantuve varios días sin respirar, sin mover un músculo y, hasta donde podía, sin pensar. Lo cierto era que recordar se volvía inevitable y, conforme pasaba el tiempo, las imágenes de lo que alguna vez había sido una vida, una vida humana, aparecían en mi cabeza. Mi familia, mis amigos; las peleas con los chicos de mi cuadra, los juegos de la infancia y la forma en la que todo aquello me había sido arrebatado.

El tiempo pasó sin que yo me diera cuenta. No supe si habían sido días o semanas, pero todo cambió hasta aquella noche. El ruido del bosque era el mismo; la luna brillaba como siempre y el viento, chocando contra las copas de los árboles, producía un ruido terrorífico que alejaría a cualquiera; a cualquiera, menos a mí, porque yo, en esencia, era terror, al igual que el sonido fantasmal del aire que soplaba.

-¡Suéltame, por favor!- Escuché, y mis sentidos se pusieron alerta. La voz femenina se percibía a lo lejos, aunque no me costaba esfuerzo alguno oírla. -Nadie puede escucharte aquí, preciosa- dijo la voz de un hombre, y algo en su tono me hizo sentir odio y repulsión. -¡Por favor, no!- Seguía gritando la chica, que se notaba realmente aterrada. Los sollozos de la prisionera se hacían cada vez más audibles debido a que se estaban acercando y, haciendo el menor ruido posible, me levanté. Mis músculos parecieron agradecer el gesto, porque en seguida sentí el placer que era moverme. Seguí oyendo el llanto de la chica y la risa de satisfacción del hombre que la llevaba. De pronto se detuvieron. Otra voz masculina se dejó escuchar. -¿Seguro que aquí no hay nadie, Charly?- Los gritos de la mujer se intensificaron, quizá por el miedo que sentía. La distancia que me separaba del lugar donde se efectuaba aquella conversación era todavía grande, pero pude percibir cada palabra. -Nadie, Rob- dijo el primer hombre. -Adelante, pues- una sonrisa se notaba en la forma de hablar de aquel a quien habían llamado Rob, lo que me pareció, al igual que su cómplice, de alguna manera repugnante.

Un grito ensordecedor e impresionantemente doloroso rompió la quietud del lugar en que me encontraba y, sin dudarlo, corrí hasta donde aquellos hombres sin escrúpulos tenían atrapada a la chica. Seguí controlando la respiración, para no dejarme llevar por el instinto; sabía, de alguna manera, que lo único que debía hacer era mantener con vida a aquella muchacha indefensa.

Llegué hasta las afueras del bosque y contemplé la escena: los hombres arrancaban la ropa de una muchacha delgada y de cabello rubio, mientras ella luchaba inútilmente por soltar sus manos y pies de unas cuerdas a las que estaba atada. Girones de tela yacían en el suelo y los hombres, cuyo aspecto me pareció más sucio que sus voces, se veían ansiosos por consumar su acto.

En mi interior sabía que tenía la fuerza para matar a aquellos dos sujetos, pero también sabía que aún tenía trece años y que todavía podía ser vencido por mi nueva condición. Me concentré lo más que pude y, sin respirar aún, me lancé a rescatar a la joven. Esta vez no cerré los ojos, puesto que necesitaba ver lo que estaba atacando.

En un segundo llegué hasta el lugar donde los hombres mantenían a la chica atada y, con tanta calma que me sorprendió, puse mi mano sobre el hombro de uno de ellos. Quizá por el frío de mi piel, o por la intensidad con la que miré sus ojos cuando volteó, repentinamente él dejó de moverse y su rostro palideció; su amigo también giró y, sin poder hacer nada más, se quedó mirándome. Algo me decía que ambos podían ver el odio que había dentro de mí. Un par de golpes fueron suficientes para dejar a los dos sin sentido. Desde aquel instante decidí no convertirme en un asesino; no iba a matar a aquellos que habían intentado dañar a la chica que, al parecer, se había desmayado. Esquivé los cuerpos que yacían en el suelo y desaté a la muchacha; la llevé hasta un lugar seguro, donde yo me había escondido todo aquel tiempo y, para no dejar que mi instinto venciera de nuevo, salí a toda velocidad a buscar algún animal salvaje con el que pudiera saciar la sed que se había despertado en mi interior.

Cuando regresé, ya satisfecho, pude escuchar cómo aquella chica se movía, recobrando el conocimiento. Pensé en los hombres que la habían atacado y sentí que el odio me llevaba hasta ellos para terminar con sus vidas, pero recuperé el control en seguida. Corrí hasta el lugar donde había dejado a la muchacha todavía aturdida. Tenía el cabello rubio pegado a su rostro debido al sudor; sus ojos permanecían cerrados y su cuerpo delgado estaba moviéndose lentamente.

-Tranquila, ya pasó el peligro- susurré cerca de ella, para que supiera que el horror había terminado. Su respiración se detuvo un instante y sus párpados se abrieron con sorpresa, dejando ver unos enormes ojos color miel. Al ver su reacción no pude evitar sonreír; quizá aquella era la primera vez que lo hacía en todo el tiempo que llevaba siendo un vampiro, pero eso se debía únicamente a que por fin podía controlarme en presencia de un ser humano.

-¿Quién eres?- preguntó, y su voz pareció un suspiro. Pude escuchar claramente sus palabras, por lo que respondí de inmediato. -Soy Ángel. No te preocupes, estás bien.- Ella volvió a cerrar los ojos, quizá demasiado cansada todavía; su respiración se había normalizado y los latidos de su corazón habían recuperado el ritmo. Puse mis sentidos en otro lado, ya que era demasiado arriesgado fijarlos en su torrente sanguíneo, cuando ella habló de nuevo, aún con dificultad. -Los hombres… querían vengarse- su rostro, aún con los ojos cerrados, se transformó en una mueca de dolor. Algunas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, pero aquello pareció hacerla reaccionar. Respiró profundamente, llenando sus pulmones con el limpio aire del bosque; se tomó la cara con sus manos y, con un gran esfuerzo, se sentó y abrió los ojos nuevamente. -¿Vengarse? ¿Por qué?- pregunté, restándole importancia a la forma en la que ella me miraba. Su expresión era de asombro, como si estuviera viendo algo irreal; en parte estaba en lo correcto. Quiso disimular su gesto y continuó hablando.

-Mi nombre es Alexa; tengo diecisiete años y soy de Santiago. Mi padre…- Se detuvo un instante; pude ver cómo el dolor se hacía presente de nuevo, pero ella continuó. -Mi padre era parte de un grupo de mafiosos; después que mi madre fuera asesinada por los rivales, él decidió que no era seguro para mí seguir viviendo en la capital, por lo que me envió hacia aquí. Estuve en Puerto Natales hasta hace poco, cuando mi padre me llamó y me dijo que vendría. Los hombres que me atacaron querían asesinarlo, pero al parecer alguien se les adelantó. Ellos de cualquier forma querían venganza, así que salí huyendo, pero me capturaron y me trajeron hasta aquí. Querían hacerme sufrir por todo lo que mi padre les había hecho y…- no pudo continuar, porque las lágrimas salieron sin que ella pudiera evitarlo. Bajó su rostro y lloró con fuerza, parecía realmente afligida. Por un momento la entendí; mi familia también había muerto y me había quedado solo.

-Esos hombres no volverán a molestarte- dije en voz baja; nunca había sabido cómo comportarme cuando alguien lloraba. -Gracias por salvar mi vida esta noche- dijo levantando el rostro, aunque sus palabras todavía eran cortadas por sus sollozos. -No tienes que agradecer nada, Alexa, no podía dejar que te hicieran daño.- Giré mi rostro puesto que el aire se me estaba terminando y necesitaba respirar si quería seguir con la conversación. Cuando llené mi pecho ella volvió a hablar.

-¿Tú qué haces aquí, Ángel?- Por un momento quise salir corriendo; no podía decir la verdad y, aunque la dijera, quizá ella no me creería. Así que tomé mi tiempo para pensarlo. Podía decirle parte de la verdad ya que en cuanto ella se hubiera recuperado seguramente se iría de mi lado. No dudé más y respondí. -Una noche salí de mi casa y… algo extraño me atacó. No fui el mismo desde entonces, así que me alejé de mi familia.- -¿Te alejaste? No entiendo. Me salvaste la vida, en realidad eres un ángel; ¿y dices que no eres el mismo?- dijo ella consternada, a lo que yo simplemente pude contestar: -Estoy intentando el perdón de muchos de mis actos y salvarte la vida es el primer paso hacia mi salvación-

-Mi padre fue un delincuente- comenzó a decir ella, como queriendo explicar algo. -Sé que todos necesitamos el perdón; si haz decidido salvar una vida para limpiar un acto que cometiste, creo que debió ser algo muy grave. Yo entiendo que hay quienes merecen morir, pero todos, incluso aquellos que asesinaron a mis padres o quienes quisieron matarme hoy, tienen derecho a ser perdonados.- Aquello era cierto: Si yo había quitado la vida a un hombre que no lo merecía, también había salvado la vida de una chica que aún tenía toda su vida para vivirla. Claramente sentí que una paz entraba en mi cuerpo, recordándome que aún quedaba algo de humano dentro de mí. Si hubiera tenido lágrimas las hubiera soltado en ese momento; yo no era responsable por haberme convertido en un vampiro, pero sí lo era por cómo reaccionaba en mi nueva condición.

-¿Pasa algo?- preguntó Alexa, sacándome de mi reflexión. -Ven, quiero enseñarte algo.- dije, y me levanté con rapidez del suelo lleno de hierbas y ramas secas. Ella se levantó con dificultad, aunque decidí no ayudarle; quizá el frío de mi piel podía asustarla. Caminamos algunos pasos hasta el lugar donde estaba el álbum de fotos que yo había recuperado de, lo había prometido, mi única víctima humana. En aquel momento no me importó nada y conté a Alexa todo sobre mi condición de no-vivo. Conté que era muy difícil luchar contra el instinto; dije que aún quedaba algo de humano en mí, ya que sentía arrepentimiento y remordimiento; le platiqué que había salido huyendo aterrado por haber asesinado un hombre y que, desde aquel día, mi único objetivo era salvar la vida de quien así lo requiriera. -Tú fuiste la primera, Alexa, pero hay muchas personas en peligro-

Cuando terminé de contar todo aquello, pude notar que su piel palidecía por el miedo. -No… no puedo creerlo- dijo, y nuevamente se sentó en el pasto para recuperar fuerzas. Estuvo en silencio unos minutos, mientras yo seguía ahí, esperando no asustarla, más de lo que ya lo habían hecho aquellos hombres. -¿Eres un vampiro?- dijo con un hilo de voz, aunque su mirada se posó firme en mis ojos. Yo solamente asentí con la cabeza, y no dije nada más.

-Para mí…- comenzó Alexa -para mí eres un ángel. No importa lo que hayas hecho, ni quien seas; me has salvado la vida y sé que eres bueno. Has cometido errores, pero todos podemos cambiar el rumbo por otro mejor. Simplemente puedo decir "gracias" por salvarme hoy; por ser ese ángel de la noche, que salvará a muchas personas más.- -¿No crees que soy un monstruo?- pregunté sorprendido. -Un monstruo no tiene sentimientos- dijo Alexa, y se levantó. -Creo que me iré; hay mucha gente que te necesita, "ángel de la noche".-

-Espera- dije, cuando ella estaba ya un poco lejos. Tomé el álbum de fotos del suelo, lo miré por última vez y extendí mi mano. -Creo que… creo que esto te pertenece- alcancé a decir, con el último aliento que quedaba en mis pulmones. Alexa se acercó a mí y lo tomó. Cuando vio la primera página, sus ojos se llenaron de lágrimas y entendió todo de golpe. Yo lo había entendido desde hacía tiempo; yo había asesinado a su padre y le había salvado la vida a ella. Alexa era la pequeña niña que aparecía en las fotos de aquel libro. Ella no dijo nada; abrazó el álbum contra su pecho, se giró y se alejó caminando.

Permanecí por mucho tiempo en aquel bosque, quizá esperando a que Alexa volviera hasta ahí. Cuando pasó demasiado tiempo, al que Alexa no pudiera haber sobrevivido, salí de mi escondite y decidí comenzar de nuevo. Desde entonces viajo por muchas ciudades, escondiéndome en el día y buscando a aquellos que necesiten apoyo durante la noche. Aún recuerdo las palabras de Alexa con demasiado cariño y, en el fondo de mi corazón que ya no late, deseo volverla a encontrar, talvez en un mundo mejor que este; hoy sé que ella fue mi "ángel de la noche", que trajo al resto de mi eternidad la esperanza de convertirme realmente en un ser humano.