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Historia 32364 — capítulo 4

Capítulo 4 Víctima

"Cometer una injusticia es peor que sufrirla."

Edward Rosell se había convertido, después de haberme contado su historia, en algo más que mi maestro. Yo lo veía como un hermano mayor, como alguien que me enseñaba las situaciones que debía vivir desde el momento de haberme convertido en un vampiro. Era cierto que sufría sin poder acercarme a mi familia y sin poder hacer otra cosa que mantenerme despierto y beber sangre de animales, pero después de casi cuatro meses poco a poco me acostumbraba a la vida que tendría que llevar por la eternidad.

Era incómodo saber que si tenía contacto con las personas muchas se darían cuenta de mi condición, pero sabía que cuando estuviera preparado lo haría; podría salir a la calle (tomando mis precauciones, ya que mi piel reaccionaba de manera distinta con el Sol), asistir a la escuela, conseguir un trabajo y, talvez podría ser, tener amigos. Era como si me estuviera volviendo a incluir dentro de una sociedad que por alguna razón me había exiliado. Sabía que no podría tener contacto con la misma gente debido a que mi cuerpo no cambiaba, por lo que después de algún tiempo debería buscar nuevas actividades para no despertar sospechas.

Mi vida se había vuelto, como era de esperarse, una enorme rutina: permanecer siempre en casa, leer, ver la televisión (donde anunciaban que las extrañas muertes en mi ciudad habían cesado) e ir de cacería cada tres o cuatro días.

Aquella mañana Edward salió de la casa muy temprano. Había decidido volver a trabajar, por lo que yo me quedaba en casa a esperarlo. Para él, que ya llevaba varios años como vampiro era muy difícil permanecer sin hacer nada. Al menos eso era lo que él decía, pero yo, en el fondo, sabía que Edward sentía una deuda con mi pueblo por haberle quitado tantos habitantes.

-Te dejo comida en la alacena- había dicho Edward antes de marcharse, tras lo que soltó una sonora carcajada. -Gracias, pero no tengo hambre- grité, y escuché la puerta que se cerraba. La comida normal tenía un sabor que no me agradaba, por lo que prefería esperar a los días de caza antes que comer un bocadillo de los que antes consumía.

Edward insistía en tener comida y bebida de humanos, por si algún amigo iba alguna vez a nuestra casa. Sin embargo, yo sabía que aquello no iba a suceder: Edward aún pensaba que yo no podía controlarme en la presencia de humanos.

Cuando mi amigo salió de la casa tomé, como siempre, uno de los tantos libros que había en los estantes. Comencé a leer y en seguida me aburrí. Ahora leía un libro diario, cosa que no hacía antes de convertirme en vampiro. No sabía por qué, pero el imaginarme a un vampiro me hacía pensar en que ellos eran cultos, ricos y famosos, quizá era por eso que yo me esforzaba tanto en estudiar y vivir cada vez mejor. Aquella mañana, en cambio, me sentía particularmente aburrido. Me puse a pensar en todo lo que me había dicho Edward y, entonces, decidí darle una sorpresa: saldría a la calle a tener contacto con la naturaleza; le demostraría que ya era capaz de ser parte productiva de una sociedad o, al menos, que podía regresar a casa con las manos limpias. Tomé un sweater (no tenía frío, pero en el noticiero habían dicho que era necesario salir abrigado, y sería muy extraño que yo no lo hiciera) y me miré al espejo antes de salir: tenía un aspecto casi humano, ya que mis ojos habían cambiado de un color rojo fuerte a un natural café claro; mi cabello estaba peinado como cualquier persona y mi piel lucía un tono pálido, normal en los habitantes de mi ciudad. Las nubes se agolpaban en el cielo, por lo que no corría peligro de que un rayo de Sol revelara algo de mí.

Salí de casa y, tras cerrar la puerta, me aventuré a respirar un poco del ambiente. De inmediato sentí como el aroma de la sal se colaba por mi nariz, junto con los humos que despedían los automóviles. Pude percibir también aromas dulces que me invitaban a ir tras ellos, pero en todo aquel tiempo me había acostumbrado a resistir. Continué caminando, esta vez sin respirar hasta encontrarme en un pequeño parque cerca de la casa. El lugar estaba completamente desierto, pero aún así preferí no respirar.

Podía escuchar claramente las aves que volaban de un árbol a otro; el sonido de los automóviles a lo lejos; el viento soplando fuertemente y otros sonidos de menos importancia. Era increíble volver a sentir el viento en mi piel fría y, sobre todo, era increíble sentir la libertad y estar solo junto a la naturaleza.

Decidí respirar nuevamente para volver a percibir aquellos aromas, pero un dolor insoportable me quemó en la garganta. Quizá había estado demasiado concentrado en mis pensamientos, porque no me había percatado de la presencia de un hombre, a muchos metros todavía de mí. De pronto sentí una necesidad enorme de romper aquella distancia que nos separaba; de ir tras él y despedazar su cuerpo, para beber toda su sangre, como había hecho ya con tantos animales. De inmediato quise sacar de mi cabeza aquellos pensamientos, pero una ráfaga de viento me golpeó en el rostro, trayendo con ella el dulce olor de la sangre del hombre vestido de negro que se encontraba aún muy lejos. No pude resistir y me levanté rápidamente del lugar en el que me encontraba.

Mi instinto era mucho más fuerte que mi razón y, por más que me decía "no lo hagas", mis ganas de probar el sabor de la sangre humana me obligaban a seguir caminando. Fui lo más sigiloso que pude hasta llegar a pocos metros de aquel hombre. Yo continuaba sin respirar, para no arruinar el momento, y pude ver que aquel señor, de aproximadamente cuarenta años, se dedicaba a estar sentado sobre una banca de madera, leyendo un libro. Después de contemplarlo un poco más me di cuenta que no se trataba de un libro común y corriente, sino que era un álbum de fotografías. En él se mostraban imágenes de personas que me parecían desconocidas, pero había una niña que aparecía constantemente, mientras el hombre daba vuelta a las hojas de aquel compendio de recuerdos.

Cerré los ojos y traté de borrar de mi mente la idea de atacar a aquel hombre que, hasta entonces, me pareció indefenso. Recordé que tenía familia, quizá hijos, que estarían demasiado tristes si él muriera. Sin embargo, mi deseo ya había vencido y yo no podía luchar contra él. Cuando me disponía a saltar para morder el cuello del hombre me di cuenta que no podía moverme. Entonces reparé en aquella fuerza que me tenía sujeto y, con una sensación increíble de vergüenza, noté que Edward me detenía para que no pudiera saltar sobre mi víctima.

-No lo harás, Ángel- me dijo mi amigo con un susurro que sólo yo podía escuchar. -Puedes atacar a humanos si quieres, pero hazlo a humanos que merezcan morir, y no a personas que, como este hombre, lloran por extrañar a su familia.- Sentí que una parte de mi conciencia se apenaba por haber pensado en matar a un hombre que no lo merecía, pero mi instinto seguía luchando para liberarme de aquella fuerza que me aprisionaba. De pronto, el hombre se giró; el viento llevó su olor hasta nosotros y, por un instante, Edward se distrajo. Mis ganas de probar por primera vez la sangre humana seguían dentro de mí y, sin detenerme a pensar, me lancé sobre el hombre.

Cerré mis ojos para no ver la expresión aterrada de mi víctima y me dejé llevar por el resto de mis sentidos. Escuché el grito de Edward, pero no me importó. Tuve entre mis manos el frágil cuerpo y, en un segundo, lo había dejado sin vida. Mordí su cuello y sentí un sabor increíblemente delicioso llenando mi cuerpo. Nada me importaba: ni la presencia de otras personas, ni Edward, ni lo que aquel hombre pudiera estar dejando al morir. Bebí por algunos segundos y, de pronto, un recuerdo me golpeó sin previo aviso: "…hazlo a humanos que merezcan morir y no a personas que, como este hombre, lloran por extrañar a su familia…".

Sentí cómo una pena absoluta se apoderaba de mí. Mi sed de sangre se había saciado y mi parte de monstruo estaba más feliz que nunca, pero mi parte humana, si es que aún existía, hacía que me arrepintiera por lo que acababa de hacer. Miré el cuerpo apenas manchado del hombre que yacía a mis pies. Como automáticamente, levanté el álbum de fotografías del suelo y, sin poder hacer otra cosa, corrí dejándome guiar por mis sentidos.

-¡Ángel, espera!- escuché la voz de Edward Rosell tras de mí, pero no me importó. Lo había defraudado y me había defraudado a mí mismo, no merecía seguir con él. La nueva sangre me había dado mayor fuerza, por lo que Edward no pudo alcanzarme. Me perdí, varios kilómetros después, en la espesura de un bosque que me parecía desconocido y me tumbé bajo un árbol, tirando el cuaderno de recuerdos que era lo único que quedaba del hombre que había asesinado. Esperé a calmarme y que pasara más tiempo; sabía que algún día tendría que enfrentarme a las debilidades, pero mientras tanto aprendería de la soledad. Después, estaba seguro, pensaría en lo que haría el resto de la eternidad.