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Historia 32503 — capítulo 1
Notas pre lectura:
Aquí les traigo un nuevo Severus/alguien . Ya he escrito uno con Anna Konnda ( Vueltas pasadas, presentes y futuras con Severus Snape ), otro con Lily ( El Secreto de Lily Evans ), con Merlina Morgan ( En pie de guerra , y la parte II sigue estando vigente). Y hace mucho tiempo que planeaba escribir un Severus/Tonks , porque una parte del 6º libro me dejó pensando para siempre en eso. Aunque a Severus lo pongo con todas: Narcisa, Bellatrix... es perfecto para todas, jajaja. Para las fans también, pero eso no hay ni porqué decirlo.
Bueno, y antes de que le pongan el ojo a este nuevo escrito, les contaré ideas previas de todo esto:
1- La historia será bastante fiel al Canon en cuanto a las fechas (ésta se basa en los años 89-90, un año antes de que Harry entre al suyo, como lo sugieren los cálculos de ElDiccionario.org), a excepción por el hecho de: adiós Lily. Ignoren el amor de Severus por Lily. O más bien... piensen en que Tonks le hace olvidarse de ella.
2- Será de capítulos bastante cortos, y algunos más rápidos que otros, por lo tanto no será muy larga. Tal vez ni siquiera sobrepase los 10 capítulos, y si lo hago tómenlo como milagro.
3- Tonks es una joven bastante inmadura, por lo tanto no pone mucha atención a los detalles de su vida, así que ser mestiza no tendrá mucho valor en todo esto.
4- Ésta historia tendrá una continuación, y la continuación será todo lo opuesto a esta: muy seria y diferente, porque se planteará en un contexto distinto. Pero por ahora no piensen en eso. Sólo disfruten de la historia.
5- Y, un detalle que se me escapaba, es que utilicé a Natalie Portman como Tonks joven. Me encanta la actriz y jamás me imaginé a Tonks como la actriz que la representa, y de Natalie encontré una foto perfecta en la que, realmente, es Tonks. En fin, algún día la pondré en la segunda parte.
**I.**El caldero volador
¡Uf! Esto es algo que jamás había pensado en mi vida. No es que sea una pervertida o una come-hombres, de hecho ni siquiera soy eso. Todo lo contrario. Admito que, lo único que hago es molestar, fastidiar y demostrar mi total inmadurez en todas sus facetas, ¿pero dedicarme al sexo masculino? No. Salvo con una excepción. Una maldita excepción, que era inevitable e insoslayable por más que mi ego se negara.
Soy inquieta, pero no soy rebelde. De hecho, cuando se trata de mortificar a alguien, lo hago de manera silenciosa para que nadie lo note: soy demasiado torpe y no puedo controlarlo, y gracias a mi minuciosidad para hacer bromas jamás he ganado un castigo. En realidad… exceptuando otra vez éste momento. No es mi culpa. No es mi maldita culpa que su capa ondee de esa manera, como si me llamara. No es mi maldita culpa que sus ojos negros me inciten a hacer cosas indebidas. No es mi maldita, maldita, re contra maldita culpa que su voz sea como el demiurgo arrullador de mi mente que, en vez de hacer concentrarme en los deberes, hace que me distraiga y comience a tener fantasías en plena clase. No estoy diciendo que me guste, o algo así. Simplemente… me encanta. Como rival, claro. ¿Cuál es el problema de todo esto, la razón por la que estoy limpiando el aula de Pociones después de clases, en mi tercer día de séptimo y último año año? Él, el único: Severus Snape.
No fue por nada, claro, y no tengo excusas para lo que hice; no voy a mentir diciendo que el demonio me poseyó para hechizar el caldero de Lockwood, ese idiota de Slytherin, para que comenzara a girar en el aire y lanzara su contenido por todos lados, dejando unos horribles manchones verdes en los pupitres y el suelo. Suerte que a nadie le cayó en la cara. De seguro me gano el castigo del año si es así. En fin. El punto es que estoy intentando quitar la última mancha, la vigésima mancha, para así poder ir a cenar, porque el estómago me ruge. Sé que podría largarme, pero no me agradaría obtener ración doble de castigo al día siguiente por una miserable mancha en una de las sillas.
—¿Todavía limpiando, Tonks?
Diablos. Maldito Shacklebolt que me asusta. Al menos habló bajo, porque con un grito me da un ataque al corazón.
—Pues es lo que ves, la diversión hay que pagarla caro. Pero ya termino.
—¿Y tu varita?
—Snape me la confiscó —gruñí algo avergonzada.
Mi compañero alzó las cejas.
—Wow. Vas a tener que andarte con cuidado si no quieres que te confisque la libertad. Saca la mano —saqué la mano. ¡Mi salvador! Cinco minutos más me quedaban para quitar esa mancha, y esos cinco minutos eran valiosos — ¡Evanesco! —la mancha desapareció — Ahora puedes ir a buscar tu varita. En la sala común tehe guardado unas raciones para comer, porque hace media hora que terminó la cena. Snape debe estar en su despacho. Te espero en la sala común.
—¡Gracias! —susurré. El despacho de Snape estaba al lado, pero la puerta estaba cerrada. Aún así, con esas orejas de murciélago de seguro podría haber oído algo. En ese caso, tal vez Kingsley cumpliría el castigo conmigo.
Intentando ser digna, acercándome a la puerta, enredando el pie derecho en la pata de una silla en el camino, golpeé dos veces. Con eso, supuse, que era más que suficiente.
—Adelante —refunfuñó una voz. Su voz. Temblé ligeramente. No significa nada, por supuesto.
Abrí la puerta y entré, quedándome prácticamente a tres centímetros del umbral, como si pretendiera escapar en cualquier momento.
—¿Terminaste? —me espetó, dejando la labor de revisar pociones y aproximándoseme. Asentí — Veamos —pasó por mi lado, empujándome del hombro.
Observé como inspeccionaba cada rincón del aula. En el caso de que, por pura mala suerte, hubiese quedado alguna mancha, habría asegurado que Snape estaba ciego. Pero eso era imposible. Al menos cumplí bien mi castigo.
—Aquí tienes tu varita —me la tendió. Cuando la iba a recibir, la alejó nuevamente. Nos miramos a los ojos. Sin querer mi pelo castaño se puso algo rosa. Tenía estrictamente prohibido, por la profesora McGonagall, tener el pelo de ese color — Si vuelvo —comenzó, amenazante —a presenciar la más mínima broma, desorden, exclamación fuera de lugar, aunque no sea en mi clase, Nymphadora Tonks, te aseguro que no vas a tener que soportar un castigo de media tarde. Ya he tenido suficiente de ti durante seis años, y la mayoría te las he perdonado.—me puso la varita en la palma derecha con brusquedad — Buenas noches.
Cuando pegó el portazo en su despacho, suspiré y me dejé caer en la silla. Fue demasiado mi ímpetu, porque me fui hacia atrás y provoqué un tremendo estruendo. Sin embargo, antes de que el peligrasiento asomara su narizota por la puerta, yo ya estaba corriendo hacia las bodegas, para poder quedarme a salvo en la sala común de Helga Hufflepuff.
Kingsley me estaba esperando en uno de los sillones con una bandeja de plata en los brazos. Cada cosa que estaba en ella la devoré sin piedad, necesitaba componer energías… para mañana volver a la carga.
—¿Para qué hiciste lo que hiciste? —me preguntó mi amigo.
—Porque Lockwood es un imbécil, un arrogante. Y es Slytherin.
—Claro, pero podrías haberlo hecho cuando Snape no te estaba mirando —me dijo como si pudiera tener un grado de retraso mental.
Me quedé callada.
—¿Qué? —me incitó.
—Me gusta fastidiar a Snape.
—Eso ya lo sé, pero antes te limitabas sólo a hablar toda la clase. Jamás has hecho algo así. Además sabes que eres bastante torpe con los encantamientos.
Eso lo tenía más que claro. El real propósito era que el caldero explotara, no flotara. Pero flotó y giró, y fue algo similar a una explosión, pero en menor grado de daño.
—¿Y te vas a poner a fastidiar todas las clases, acaso?
—Supongo. Las pociones no son lo mío, y por lo menos quiero recibir mis reprobados con honor: haciéndole el año imposible a Snape.
Shacklebolt suspiró, exasperado y se echó hacia atrás, hacia el respaldo del sillón. Luego, me volvió a mirar.
—Tienes el pelo algo rosa, ¿sabías? ¿McGonagall te quitó la prohibición?
—No. —contesté, controlándome para que mi condición de metamorfomaga volviera mi pelo a castaño.
A cambio de eso, sin saber mucho por qué, o evadiendo el por qué de mis pensamientos, me sonrojé.
No sabía por qué demonios la cara de Snape seguía flotando entre mis neuronas como una nube tormentosa.
Muchas gracias a los que leyeron, a los que leerán, a los que comentarán, me darán su apoyo o se expresarán con nuevas ideas, críticas o felicitaciones.
Ah, y por supuesto, si encuentran errores, no duden en decírmelo. Me encanta corregir las historias, y a veces el teclado se me traba, o escribo tan rápido que me salto palabras.
Cariños.
Sole.