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Historia 32503 — capítulo 19
**XIX.**Del riesgo, la pasión
Me tragué las lágrimas como pude. Aún así, mi cara había adoptado una forma de tristeza concentrada, por eso no fui a la sala común y me quedé rondando por los lugares menos concurridos del castillo, para no encontrarme con nadie que me llenara de preguntas incómodas. No estaba segura de cómo iba actuar; podía, simplemente, largarme a llorar o a gritar, incluso a patalear, como cuando tenía cuatro años. Y yo velaba por la seguridad de los demás, más que por la mía; ¿y si se me ocurría maldecir a alguno? De todas maneras me encontré con Filch. Filch me causaba asco y aburrimiento con sus quejidos de viejo amargado, aparte de odiar a su gata raquítica, así que me reprendió por andar a las diez y quince minutos de la noche, merodeando por la oscuridad del cuarto piso. Amenazó con llevarme a la jefa de mi casa para que me regañara. Hice un poco de teatro al estilo Tonks: puse cara de súplica y le susurré un acongojado y aterrorizado "déjeme marchar, prometo no volver a hacerlo". El pobre me vio tan asustada, que me dejó ir sin más, pero amenazándome que, al a próxima, convencería al director para que me colgaran de los tobillos cabeza abajo.
Me excusé, al entrar a la habitación de chicas, que tenía un horrible dolor de cabezas y que había estado en la enfermería —antes que preguntaran el motivo de mi tardanza—, para poder acostarme sin hablar demasiado.
Sin embargo, como siempre que tenía algo dando vueltas en mi cabeza, no pude conciliar el sueño.
¿Qué había hecho yo a Snape? Nada. ¿Por qué, entonces, se había enojado ante mi pregunta? No lo sabía… a menos que… Tal vez estuviera molesto porque se había enamorado de mí: él mismo había dicho que era muy mayor para mí —o yo muy joven para él— y que el estar conmigo significaba quebrantar una de las reglas importantes de Hogwarts. ¿Sería eso?
El corazón se me aceleró de la emoción y del miedo. Si aquello era así… no habría problema, por supuesto, cuando yo dejara el colegio a fin de año. Iba a ser libre, íbamos a ser libres. De cierto modo, claro: mis madres jamás aprobarían algo así. No sólo por la edad, sino que ya me había quedado claro que mi mamá no quería para nada a Snape. ¿Por qué? Me volví a preguntar. No tenía nada de malo… salvo ser un idiota que se enojaba por cualquier cosa… ¿Enojarse porque le nombré a Harry Potter? Y, a todo esto, ¿qué tenía Harry Potter? ¡Él ni siquiera lo conocía como para hablar de él! ¿O sí? ¿Tenía que ver Severus Snape con Harry Potter? No… por supuesto que no, eso era absurdo. Mejor era no ilusionarse de ninguna manera. Me estaba adelantando a los hechos.
Me dormí muy tarde como para levantarme a desayunar. Pasé de largo hasta las dos. Por suerte era día domingo, y nadie podía decirme nada.
Si bien en un principio continué en la cama por flojera, luego fue por terror a encontrarme a Snape. Me di cuenta que tenía miedo a queme dijera algo… o que tal vez, todo realmente hubiese sido un sueño, como tanto temía.
Al mirarme al espejo después de la ducha, vi que mi pelo había desmejorado de la noche a la mañana. Eso pasaba cuando mi ánimo estaba verdaderamente mal, así que me preocupé un poco y me obligué a no pensar en el profesor de Pociones.
A las tres de la tarde todavía estaban aceptando a gente en el comedor para poder llenar el estómago. Mis amigos no estaban, así que almorcé sola.
Terminando de saciar mi apetito, decidí salir del castillo. Afuera hacía frío, y el suelo estaba con la capa de nieve del día anterior. No estaba con la ropa apta, de momento, pero no deseaba devolverme para calzarme unas botas y un abrigo. Súbitamente me había llegado una ola de sentimiento valentón: nada me importaba.
Nada me importa, nada me importa, soy de hielo, todo me resbala… La actitud de Snape no te va a afectar, no, no. Dignidad, recuérdalo, digni…
—¡Eh, tú! ¡Nymphadora Tonks!
¿Por qué, cuando la llamaban, no podían simplemente decir TONKS? ¿Tenían que pronunciar su horrible nombre? Evitando pensar demasiado sobre el asunto, me giré hacia quien me llamaba. Una muchacha de mi casa, de cuarto año iba, corriendo hacia mí con un pergamino enrollado.
—Toma, el profesor Snape te manda esto —me dijo, entregándomelo, y desapareciendo casi al instante, a toda velocidad.
Durante un segundo pensé en arrugar el pergamino, lanzarlo al fuego, pisotearlo, tragármelo, romperlo, mojarlo… pero los deseos de leer el contenido eran aún mayores, así que, rápidamente, lo desenrollé y me oculté tras una armadura, para que nadie viera mi expresión de mono conmocionado.
Nunca pensé que fuera a decir "Oh, Tonks, brillas como un sol, eres hermosa como una rosa, hueles como un clavel…" y toda esa clase de cursilerías que me producen arcadas, pero quedé de piedra al ver que había ocupado tanto pergamino para escribir en el centro, con letra diminuta un "A las cuatro en punto en las puertas del vestíbulo. Sprout te dio el permiso".
El corazón me saltó de golpe. ¿O sea que sí íbamos a ir a Hogsmeade? ¿Los dos? ¿Solos? ¡Ya no estaba enojado!
No tenía reloj, así que pregunté la hora al primer fulano que se me cruzó por delante: cuatro menos quince. Partí corriendo a la Sala Común y me coloqué las botas y el abrigo por los que me daba tanta flojera ir.
—¿Tonks? ¿Dónde vas? —inquirió Margaret cuando me vio bajar otra vez tan abrigada como un oso.
—Estoy castigada —dije rápidamente —, y tengo que comprar los ingredientes que desperdicié, ¿recuerdas?
Lo dije con sarcasmo, pero ella no se dio cuenta, y no me hizo más preguntas. ¿Acaso, la única que sabía que iba a salir con un profesor era mi jefa de casa? Sumando que Sprout era más que desinteresada, y la persona menos imaginativa del mundo, nadie sospecharía nada. De todas maneras… ¿qué estaba sospechando yo? Tal vez Snape seguía furioso. Tal vez no me hablara. Tal vez era una broma, para que yo me quedara esperándolo, creyendo que yo estaría llorando, desconsolada, sintiéndome sola aunque estuviera rodeada de gente…
Pero lo vi salir del pasillo que conducía a las mazmorras, con una espesa capucha negra y posando sus ojos en mí.
De los que pasaban, nadie me puso atención. Era como un ser invisible, o sin vida, cerca de las puertas de roble. No obstante, no hizo más Snape que ponerse a mi lado, para que todos giraran las cabezas con expresiones de terror, como si estuvieran diciendo "¿cómo puede mirarlo al rostro sin pizca de remordimiento?" "¿Cómo puede estar a su lado, y tan seria?"
—Vamos —fue lo único que me dijo cuando abrió la puerta, con voz militar, sin mirarme a los ojos. ¿Snape no mirando a los ojos? Eso me sonó a culpabilidad.
Yo no dije nada. Quería esperar a que estuviéramos en Hogsmeade, o en un lugar seguro… como el carruaje tirado por animales invisibles.
Caminamos con algo de dificultad sobre la nieve, hasta que alcanzamos uno de los carros. Me abrió la puerta y me hizo pasar primero. Alcancé a ver, a lejos, en las ventanas, caras que escudriñaban.
Nos sentamos frente a frente, y por fin puso sus frívolos en los míos.
—Sí —dijo de la nada —. Estuve enamorado una vez, ¿contenta?
Arqueé as cejas.
—Yo no pedí que me contestaras la pregunta.
—Ayer, sí.
—Pero ahora no.
Me cambié de puesto y me senté a su lado. Puse una mano en la suya, y no hizo nada por impedirlo. Hizo como que miraba por la ventana, pero sé que me estaba observando por el rabillo del ojo.
—No volveré a preguntarte sobre tus asuntos personales, ¿estamos en paz? No me interesa.
A ver, a ver, a ver… ¿dónde quedó la dignidad, Tonks? Además… sí te interesa. Mentirosa.
No me miró, pero le tembló la mano. Entonces, atrevidamente, arriesgándome a recibir una paliza o un grito, me acerqué a su mejilla inclinando la cabeza hacia arriba, y le planté un sonoro beso de varios segundos.
—Sigues castigada —cediendo a su orgullo, aunque sin mirarme.
Me sentí triunfante durante unos segundos, pero, de pronto, muy vacía: no había conseguido más respuesta que esa. ¡Juro que no pedía cariño a través del lenguaje verbal! Quería palabras. Quería que habláramos. O, en último recurso, un beso. No soportaba ver sus finos labios sin dejar de desear unirlos con los míos, o ver sus manos sin dejar de pensar en que podrían tomar las mías. Y, de todas maneras… ¿no íbamos a ir juntos para aprovechar un momento de soledad? ¿Por qué tenía que comprar cosas asquerosas si yo no lo había hecho? ¡Ya me estaba aburriendo lo de estar castigada en serio! No llevaba ni tres días, claro… ¡pero todos los castigos anteriores ya lo valían! Era tan injusto… Y, de pronto, se me ocurrió una idea al estilo película muggle, y no al Tonks. En la película, al menos, había funcionado: la amenaza riesgosa.
—¿Sabes? —dije entonces, corriéndome hacia la puerta — Mejor no quiero ir. Esto va a ser horrible.
El profesor me miró alerta.
—¿Qué dices? —y al ver que yo estiraba la mano hacia la manilla para abrir la puerta, agregó —¿Qué piensas hacer?
—No sé, depende de lo que tú digas yo querré hacer algo. Si te pones simpático, entonces te beso. Si te pones idiota, salto — y abrí la puerta.
Estaba claro que sólo era una dulce amenaza… amenaza falsa, para que me dijera "¡no lo hagas!". Cualquiera que hubiese visto lo patético de la situación, se habría hecho pis de la risa: con suerte iba a treinta kilómetros por hora el carruaje, pero eso podría ser peligroso si sacaba las piernas para fingir lanzarme. Que fue lo que hice, luego de que Snape me dijera:
—No seas ridícula y cierra la puerta.
—Está bien —contesté yo con una dulce sonrisa en la cara, como dije… sacando las piernas.
No sé qué mierda pasó, pero de alguna manera, a estirar mis piernas hacia fuera, chocaron contra un poste y un trozo de mi pantalón quedó enganchado en un clavo sobresaliente. Por supuesto, de eso me di cuenta cuando ya estaba en el piso: al avanzar el coche, y al no desenganchárseme el una costura de la bota, resbalé hacia afuera, dándome un par de chancacazos en la cabeza y quedando, finalmente, tendida en la nieve con la pierna izquierda hacia arriba, colgando gracias a la hebilla de la bota…
No hace falta repetir el rosario que lancé de mi boca.
—Eres una…
—Cállate.
¿Eso lo dije yo? ¡Diablos! No me conocía esa parte tan autoritaria de mí. Pero ya había tenido suficiente con su mal humor, y ahora los golpes, para que me estuviera reprochando la estupidez que ya la tenía más que clara…
Me desenganchó la pierna y me ayudó a levantarme, mirándome con expresión neutra. Hogsmeade se divisaba a lo lejos, y nadie podía vernos.
¿Es suficiente para un beso, profesor, o ahora tengo que pincharme el trasero con el clavo?
—Súbete, queda camino aún.
—Creo que ya dejé en claro que no quiero ir —le espeté acomodándome la chaqueta.
—Ya veremos, Nymphadora —farfulló con ironía, subiéndose él primero. Luego, me agarró de los codos y me jaló hacia adentro, con tanta fuerza, que no pude luchar. La puerta se cerró sola, y el portazo me hizo dar cuenta de la cercanía de nuestras caras: yo había quedado acuclillada, y él sentado, aún afirmándome los dos brazos.
No esperé a que me dijera nada: simplemente me alcé un poco más y lo besé. Fue un beso similar al primero que le di, con la diferencia que esta vez no podía pillarnos nadie: por el camino no transcurría nadie. Gruñó, como si se estuviera rindiendo.
Me colgué de su cuello y él me tomó de la cabeza para profundizar el beso ardiente. Solté un gemido de dolor: me había aplastado uno de los lugares donde me había golpeado, sin embargo, creo que él lo interpretó como un sonido de deleite, porque no me dejó y me tomó de la cintura ayudándome a sentarme en sus piernas.
¿Él esperaba eso, acaso? ¿Qué yo tomara la iniciativa? No me molestaba, para nada, siempre que el no se pusiera como un estúpido.
Yo no podía sentirme más en las nubes: al menos el riesgo había valido la pena para recibir un poco más de calidez; su lengua entrelazándose con la mía y sus labios aplastando los míos, borraba todo mal sentimiento anterior, excepto los dolores del porrazo.
No paramos de besarnos hasta llegar a Hogsmeade.