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Historia 32503 — capítulo 18
**XVIII.**Cuestionario
Snape se me puso a nombrar una pila de ingredientes, algunos con nombres en latín, haciéndoseme más complicado escribirlos. Su voz era inmutable y segura, y se limitaba a mirarme lo justo y necesario. Yo actuaba de manera similar, siendo responsable a la hora de escribir, sin chistar nada. Era toda una actuación, algo estúpido, siendo que estábamos solos, y nadadebía sucedernos. Aunque, debo reconocer, que sirvió de mucho nuestra falsa postura: nuevamente la puerta fue abierta, como el día anterior, pero sin ser tocada antes: McGonagall venía hecha una furia con un chico de Slytherin de quinto año, tomándolo casi de la oreja.
Presencié una discusión de casi quince minutos. En un momento hice el ademán de pararme de mi silla para marcharme. Sin embargo, la mirada que me lanzó Snape fue suficiente para mantenerme allí, y seguir oyendo la discusión Minerva versus Severus. Ella exigía que al mocoso ese se le diera un castigo ejemplar para que aprendiera a no entrar a su despacho para cambiar calificaciones negativas. Snape se negaba, echándole la culpa a ella por ser menos cuidadosa con su oficina.
Finalmente quedaron en nada, salvo por el hecho de que ella misma lo castigaría. Snape podía ser el jefe de Slytherin… pero reconozco que me dio gusto saber que le había restado diez puntos McGonagall a su casa.
Cuando quedamos solos, no pude evitar dirigirle una sonrisa burlona.
—Sigue con lo tuyo —me espetó de malas pulgas.
—Tú me estabas dictando…
—Y no me trates de tú. En este momento soy "profesor Snape" —me advirtió tomando nuevamente su silla frente a mí, dirigiéndome una mirada gélida.
—Sí, señor —farfullé en respuesta, rodando los globos oculares.
Seguí anotando unas cuantas cosas más durante otros diez minutos, hasta que decidí romper el silencio. No podía quedarme callada durante mucho rato. Además, quería hablar con él, de lo que fuera.
—¿Cuántos años tienes? —me miró con las cejas arqueadas — Digo… ¿Cuántos años tiene, profesor? —repuse.
—¿Te importa?
—No —reconocí —es sólo curiosidad.
Me dictó otro ingrediente, pero esperé a que me contestara. Nos fulminamos con la mirada unos segundos.
—¿Esto es un romance típico más? —susurré — ¿En el que la estudiante no tiene idea de su profesor? ¿En el que la alumna es utilizada? —recalqué con los dientes apretados.
Bufó dilatando las aletas de la nariz.
—Veintinueve —contestó con sequedad.
Anoté entonces la palabra que me había dicho anteriormente, con una sonrisa en los labios. Luego, se me ocurrió una idea.
—¿Cuándo está de cumpleaños, señor?
—¿Me estás interrogando?
Su voz sonó peligrosa. Estaba atusando el cuello de su túnica con una mano.
—Estoy tratando de entablar una conversación. Yo no he dicho que no tienes derecho a preguntarme cosas —dije con audacia.
—Pues yo te devuelvo la pregunta —susurró con una semi-sonrisa en su pálida cara.
—El veinte de agosto —respondí enderezándome en la silla.
Me redactó un ingrediente más.
—El nueve de enero —dijo de pronto.
Y comenzamos con el juego: yo anotaba un ingrediente más y dejábamos un minuto para una pregunta personal; en realidad, yo las hacía y él me la devolvía. Partí con cosas típicas y livianas. Yo habría asumido, por ejemplo, que su color favorito era el negro —por el sólo hecho de vestirse así todos los días —, y me sorprendió que no fuera así.
—El verde.
—¿Verde? ¿Verde qué? ¿Verde Slytherin? ¿Verde musgo? ¿Verde agua? Hay un montón de verdes.
Me miró con atención.
—Verde esmeralda —contestó con cierta vacilación en la voz. Me hizo un gesto con la cabeza para que yo le respondiera lo mismo.
—El rosa —admití —. El pelo me suele cambiar a ese color, y lo he visto tantas veces, que me terminó por gustar.
Seguimos con algunas cuantas preguntas, hasta que miramos la hora. Faltaban cinco minutos para las ocho de la noche, y era la hora de la cena.
—Oh… —me lamenté, sintiéndome triste — Entonces… —me paré de la silla con torpeza.
—Bien, a las nueve aquí, de vuelta. Tenemos que terminar la lista hoy, señorita Tonks —contestó con amabilidad sarcástica —. Para mañana ir a Hogsmeade… los dos. Recuerda, luego de la cena, ir donde la profesora Sprout.
Durante la cena tuve cara de drogadicta hippie. Todo el rato estuve recibiendo preguntas como "¿qué te pasa?", "¿tomaste algo?", "¿te hicieron algo?", "¿tienes sueño?", "¿te sientes bien?". Yo sólo contestaba que estaba cansada y un poco frustrada porque tendría que ir a comprar los ingredientes que yo había desperdiciado a Hogsmeade con Snape. No sé cómo lo hice, pero se quedaron contentos. Se notaba que no me conocían bien: mi cara de drogadicta hippie era mi forma de expresar mi ilusión y alegría amorosa.
Cuando estaba con Snape mi personalidad era prácticamente estable; me alejaba de él y decaía notablemente. ¡Con suerte se iba a cumplir el segundo día de "amantes", y ya estaba afectándome! Tenía que luchar, a la vez, con mirar o no mirar a la mesa de profesores. Al menos, durante esa cena, no observé ninguna vez a Snape, pero las ganas me carcomían por dentro. Habría sido demasiado sospechoso para los que me rodeaban. Tal vez habrían pensado que "los castigos con Snape me tenían depresiva", y allí, sin miramientos, hablarían con mi madre. Y no. Yo no permitiría eso… Así que debía guardar las apariencias, esconder mí deseo de estar con Severus Snape. Por esta misma razón, cuando volví al despacho de Snape con cara de abatimiento moderado, no corrí, sino que caminé como una persona civilizada, olvidándome del permiso de Sprout. Yo no sabía, por supuesto, que ya no iba a ser necesario.
—¿Te gustan las Brujas de Macbeth? —inquirí apenas tomé asiento.
—No. No me gusta el ruido —se burló, e hizo una pausa — ¿pediste el permiso?
—Oh .
Hice una mueca de disculpa.
—Puedo ir ahora, si quie…
—No, no, después le diré yo mismo. Ya no te preocupes —se rindió cansinamente.
Transcurrieron unos segundos más, y decidí continuar con mi cuestionario.
—¿Eres romántico?
—¿Lo he sido contigo?
—No.
—Allí tienes la respuesta.
—¿Animal favorito?
Silencio durante unos segundos.
—No tengo uno predefinido, pero en este instante es la quimera.
—¿La quimera? ¿Por qué?
—Se parece a ti.
Abrí la boca por el horror, con los ojos como platos, mirándolo a sus ojos negros. ¿Se estaba burlando de mí? ¿Acaso me estaba ofendiendo? ¡Me estaba tratando de fea y deforme…! Y allí lo comprendí, era algo metafórico. De todas maneras, pregunté, con voz tranquila:
—¿Me estrás tratando de monstruo?
—Sé bien que comprendiste la comparación Metamorfomaga- quimera, Nymphadora.
—No me digas Nymphadora —le reprendí señalándole con un dedo amenazador, alzándome de la silla.
Él también se alzó de su puesto, imponente.
—Terminemos esto luego, por favor. Tengo que ir a hablar con cierta profesora y revisar informes.
—Tus informes no son de mi incum… —me quedé callada unos segundos — ¿Por qué la otra vez me pusiste una A en una poción?
Me observó con atención y se sentó nuevamente, jugando con el tintero. Sus ojos me observaron insondables.
—No quería arruinarte el ramo por mí culpa.
—Ah, claro. No habías mirado mi poción —concordé, recordando que no se había acercado a mí.
—Ahora, continuemos —me apuró.
Hasta las nueve y media no se me había ocurrido nada más para preguntarle. Nada realmente personal, quiero decir… pero debía intentarlo, ¿no?
—¿Has estado enamorado?
No esperaba que me contestara un "sí, estoy enamorado de ti", sólo un "sí". En vez de eso, su cara se desfiguró y se puso roja de ira.
—Se acabó la conversación.
—Oh, vamos, es una pregunta inocente…
—¡Basta!
Su voz hizo eco, y su puño resonó en la mesa. No sé por qué no me quiso contestar. ¿Era una pregunta grave? Para nada. Podía contestar "sí" o "no", nada más explicativo. No era algo ofensivo. No lo era… no lo era… ¿Por qué había reaccionado de ese modo?
Los ojos me ardieron durante unos segundos. Bajé la cabeza y anoté lo que me había dicho hace un rato. ¿Cómo podía él pasar de una agradable ironía al enojo inusitado?
A los segundos retomó su tarea de dictar. Su barbilla temblaba, y el tono de voz también.
Había arruinado un momento perfecto. ¡Bien, Nymphadora, te has ganado el premio de la Estúpida de Noviembre!
No sé cuánto rato transcurrió, sólo sé que, dado cierto momento, traté de enmendar las cosas, cambiando de tema.
—Ayer me enteré que Harry Potter va a llegar a Hogwarts el otro año… Realmente me fascina; ya sabes, todo lo que hizo, vencer al Señor Tenebroso sin mover un dedo, y quedarse sin padres desde tan pequeño; él impidió que me ocurriera lo mismo a mí… —alcé la mirada y me encontré con unos ojos frívolos, una mandíbula apretada y un rostro pálido como la cera — Es fa-fantástico, ¿no? —inquirí, temerosa.
—No me interesa Harry Potter, no es fantástico y es un niño como cualquier otro —murmuró apenas moviendo los labios, con los ojos lanzando chispas —. No quiero que me preguntes más cosas, y que jamás lo vuelvas a mencionar a él. Y, ahora —respiró con fuerza —, no te voy a repetir las cosas dos veces. Quiero que salgas de mi oficina, sin chistar.
Obedecí de inmediato, más por instinto propio que por sus palabras. Hace rato que algo me decía que debía escapar de allí. Un nudo se me formó en la garganta, al momento de salir, pero me tragué las lágrimas. Era muy pronto para llorar por él.