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Historia 32503 — capítulo 17
**XVII.**Convénceme
Bajamos a cenar, y de todos los presentes, yo tenía la sonrisa más grande en la cara. La seriedad de Snape, quien estaba en la mesa alta, no la logró borrar; ya sabía que el estar enfurruñado cenando era uno de sus pasatiempos favoritos. De vez en cuando le dirigí miradas furtivas para probar si es que cambiaba su aspecto, pero no funcionó.
Podría haberme llamado después de la cena, para continuar mi "castigo"… Aunque me conformaba con que me hubiese citado para el día siguiente. Súbitamente, casi al inicio de la cena, me giré hacia Kingsley y lo miré con cara de cordero degollado. Arqueó las cejas al ver mi aspecto.
—¿Qué?
—No le vayas a decir a mi mamá que estoy castigada —me miró con reproche —. Te lo suplico —dije con la mandíbula apretada. Sonó más a una amenaza.
Resopló cansinamente y asintió. Lo mismo hice con Margaret, sólo para asegurarme, porque a ella, francamente, no le gustaba ser una acusete: se encargaba personalmente de enfrentarme para insultarme si tenía que regañarme por ser castigada o por hacer perder puntos a la casa de los tejones.
Casi toda la velada hablamos de una sola cosa: Harry Potter. Los de Hufflepuff eran privilegiados por tener tal información antes que todos —de manera confirmada, porque antes sólo habían sido rumores inciertos que comentaban los fanáticos como yo—; sin embargo, pronto no se supo con exactitud quién fue la primera fuente, apenas se necesitó un cuarto de hora para que la noticia se expandiera como una pandemia. La mayoría parecía estar entusiasmado. Una parte muy pequeña de los Slytherin se divisaba reacia a celebrar, cuchicheando entre ellos lo que, seguramente, serían frases malvadas y desalentadoras.
Ni siquiera se dejó de hablar a la semana. Algunos, como Margaret, se lamentaban de no estar el otro año en Inglaterra, ya que se marchaban a otros países para estudiar. Los que iban en sexto hacia abajo, planeaban distintas y anticipadas maneras de cómo lo recibirían el año próximo, qué le dirían, cómo sería su cicatriz, si recordaba a sus padres o para, simplemente, pedirle un autógrafo. Yo, la verdad, no alcancé a pensar demasiado, salgo imaginarme su cicatriz con forma de rayo en la frente. Muy pronto me cortaron las alas, y eso fue al día siguiente, sábado en la tarde, cuando tenía que cumplir "mi castigo"…
Llegué a las seis en punto, ni un segundo más, ni uno menos. Por un momento pensé en entrar como Pedro por su casa… sin embargo, decidí pensarlo mejor y golpear como cualquier otro estudiante.
Me esperaba con el montón de papeles sobre el escritorio y no paró de observarme hasta que estuve sentada frente a él.
—¿Cuál es el momento en donde nos besamos? —pregunté, sonando un tanto desesperada, alcanzando su mano que estaba sobre la superficie de la mesa— ¿O de verdad estoy aquí sólo para cumplir el "castigo"? Porque si es así, juro que me voy —no lo estaba diciendo en serio… sólo para que se preocupara. Como si fuera a hacerlo.
Me miró gélida y calculadoramente, y eso me causó escalofríos.
—¿Te intimido? —indagó de la nada.
—Eh… —vacilé algo desconcertada por la pregunta — a veces.
Se puso en pie y se alzó sobre la mesa, apoyando las manos en ella. Automáticamente me eché hacia atrás cuando se acercó a mi oído, yéndome con la silla hasta el suelo, dándome un porrazo en la cabeza.
—¡Aaauuch! —me quejé luego de decir unos cuantos disparates, con mis ojos llenándose de lágrimas.
—Si no quieres recibir un golpe como ese producto de las sorpresas, vas a tener que hacer lo que yo te diga —me aconsejó Snape, tendiéndome una mano para ayudarme a ponerme de pie.
Miré su mano con recelo antes de tomarla con fuerza, para que no me soltara tan fácilmente cuando me hube ya parado.
—No estoy para juegos —siseó luchando un poco, pero no lo suficiente como para zafarse. Quizá no quería zafarse, y era una treta para hacerse el "difícil".
—Yo tampoco, profesorSnape —contesté sin temer de mirar a sus ojos chispeantes.
—Ni siquiera sabes cuál es tu castigo —me reprochó con malicia.
—¿Ah, no? ¿Quizá tenga que escribir unos cuántos "no debo derrumbar estanterías, aunque sepa que yo jamás fui"? O tal vez "debo respetar todos los castigos que me impone el profesor de Pociones" o...
—¿Cómo sabes si te conviene? —me interrumpió con tono misterioso.
—A mí no me conviene nada, es a ti al que le conviene que su alumna, que es una estúpida, le esté haciendo revisiones, o copias, o lo que sea —me armé de valor y junté un poco de orgullo y dignidad —. Y si es así, es mejor que yo me vaya.
Cómo me dolía dejarlo. ¡Pero la dignidad era lo más importante! Sí, siempre digna. Y hasta el momento ya me había rebajado bastante para conseguir lo principal: estar con él, de alguna manera u otra… Y, dado los resultados, hasta el momento sólo había conseguido unos cuántos besos y palabras frívolas. Yo quería más. Quería cariño, pasión. ¿Y de Snape era posible conseguir eso? ¡Oh, en qué lío me había metido! Pero no quería salir de él… no, no, no. No podía arrepentirme tan rápido.
No me dejó ir, por supuesto, al tiempo que yo lo solté, él me agarró de la muñeca. Yo iba a hacer un poco de teatro —intentar soltarme retorciendo la muñeca con cara de mártir—, pero él me tomó la otra mano y se acercó un poco más. Alcé la mirada para verlo mejor.
—Te conviene… créeme —me aseguró con voz aterciopelada.
—No te creo, no me vas a convencer.
—Yo creo que sí —miró al techo y luego dijo con sarcasmo — Intentemos convencer a Nymphadora Tonks —me miró con intensidad —. Veamos si esto te convence.
Supuse que me iba a gritar… no sé por qué creí eso, pero lo creí. Sin embargo, lo que hizo luego me dejó convencida de inmediato y sin duda alguna: me tomó de la cintura con fuerza apegándome a su cuerpo y arqueándome con él al momento de recibir el beso más ardiente de todos, y el primero de mi vida de esa índole. Mis manos, urgidas, buscaron algo que hacer, tomándolo del cuello de la camisa, que se asomaba por su túnica, como si con eso pudiera apegarlo más a mí, más de lo que ya estábamos. Mi pecho se inflaba al ritmo de mi respiración agitada tocando el suyo, plano, fuerte. El beso era acelerado, húmedo, asfixiante, descoordinado, pero excitante, capaz de revolucionar hasta la más mínima hormona. Y el beso duraba segundos… segundos… más segundos… estaba perdiendo la noción del tiempo.
De pronto sentí que no necesitaba esos pantalones, ni la remera, ni la túnica rasgada de mezclilla que llevaba encima —ropa de fin de semana; allí era cuando me ponía a la moda —, ni ninguna prenda, en realidad.Mis manos comenzaron a dibujar el contorno de sus brazos, luego el de sus costados; y, estos segura que eso le causó algo, un estremecimiento, porque en ese instante, en el que mis pensamientos estaban tornándose algo alarmantemente infernales, Snape se separó de mí.
Tragamos saliva al mismo tiempo, rojos, como tomates. Mi pelo, maldita sea, otra vez estaba de color rosado. Iba a tener que aprender a controlar eso, sino McGonagall, si me pillaba, me regañaría, además de dejarme frente a Snape como "influenciable".
Nuestras respiraciones estaban al mil por ciento. Yo sentía un calor en todo el cuerpo, y temí que no se me fuera a pasar… aunque, a los segundos, aplacó, al creer que Severus estaba arrepentido de haber hecho eso. Por suerte, su semblante de preocupación-excitación-pesadumbre —no sé cómo lo hacía para guardar tantas expresiones en su cetrino rostro —, sonrió con una mueca de triunfo, y sentenció:
—¿Convencida?
Estaba claro, y se palpaba en el aire, de que estaba convencida. Con un gesto así, cualquiera se convence. Por las pantuflas de Merlín, qué convencida estaba. Abrí la boca, pero no pude pronunciar palabras. Así que, sólo asentí, al momento en que mi cabello volvía al castaño medio.
—Perfecto. Ahora… —me soltó la cintura — te vas a sentar, vas a escuchar mis instrucciones, anotarás todo lo que te diré y, después, irás donde la profesora Sprout y le entregarás la autorización "obligatoria" para acompañarme a Hogsmeade el día de mañana y comprar todo lo que se perdió el día de ayer…
—¿Iremos a Hogsmeade? ¿Juntos? —celebré, emocionada, sentándome en la silla con rapidez, dispuesta a hacer lo que me pidiera.
—Sí… Juntosy solos en un carruaje.
Hicimos un cruce de miradas extrañas, tal vez, algo libidinosas. Al momento me sentí un poco mal. Ese tipo de miradas… ¿estaban acaso prohibidas para una joven bruja de diecisiete años? Al menos era mayor de edad…
Súbitamente me acordé de algo y miré a la puerta.
—¿Le habías puesto pestillo a la puerta? —pregunté, un tanto alarmada, pensando en Lockwood.
Nuevamente me dedicó esa sonrisa tipo mueca. No era una sonrisa de lo más aceptable, pero me estaba comenzando a gustar de verdad.
—Desde ayer me convertí un experto en poner pestillo casi sin sacar la varita del bolsillo. Por si acaso.
—Por si acaso —coincidí sonriendo para mis adentros. Ese "por si acaso" significaban muchos besos más… — Bien, entonces, ¡manos a la obra!