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Historia 32503 — capítulo 16

**XVI.**Vanas sospechas

Transcurrieron unos cuantos segundos así, en los cuales sólo se oían nuestras respiraciones inquietas. Sentía el calor de su torso a través de su oscura túnica, y aún su mano sobre mi espalda, trémula, causando esas odiosas mariposas en el estómago y el rubor de mis mejillas, de manera tardía. Él estaba silencioso. Creo que habríamos estado así por siempre si yo no hubiese actuado. Cuando estuve completamente segura de que no era un sueño ni el intenso beso, ni las sutiles caricias, los nervios afloraron, creando espasmos en mi estómago y consecutivos escalofríos. No quería mirarlo, temía encontrarme con una expresión frívola… pero, a la vez, me nacieron las dudas y me alejé de él, atreviéndome a observarlo otra vez a los ojos. Su semblante poseía algo que me inquietaba. No sabía con exactitud… pero todo era tan raro.

—No entiendo —reconocí frunciendo el ceño.

—No hay nada que entender —contestó Snape sonriendo apenas perceptiblemente mientras estiraba una mano para tocarme el cabello del color de las frambuesas.

—Oh —farfullé avergonzada por la obvia mutación del tono de mi pelo.

Eso hizo que me distrajera unos segundos y Snape aprovechó de voltearse y encaminarse hasta su escritorio. Sin embargo, me adelanté y le corté el paso sin antes tropezar con una butaca.

—Ya creo que hay algo que entender —repuse sin dejarlo pasar, continuando la conversación —. Hay mucho de qué hablar.

—¿Cómo qué, Nymphadora? —la ironía plagó su voz.

—Como que… ¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes? ¿Qué es lo que sientes por mí?

Él soltó una carcajada frívola.

—¿Crees que es muy fácil para mí quebrantar la regla de "no relacionarse con estudiantes"? Estoy incumpliendo una de las normas y traicionando la confianza del director. Además soy muy mayor para ti —evadiendo olímpicamente la última pregunta.

Me hizo a un lado y se sentó en el escritorio, sacando unos cuantos papeles, pluma y tinta. Apuntó a la puerta con la varita para quitar el pestillo.

Me sentí ignorada.

—Creo que no tengo que hacer nada más aquí —comenté ofendida y temblorosa —. Adiós.

No alcancé a dar un paso.

—¡Un momento! Yo no he dicho que te fueras —contestó Snape alarmado —, estás castigada, Tonks.

De sentirme ignorada, me sentí utilizada. Lentamente me di la vuelta evitando enredarme con mis propios pies. Sus cejas estaban arqueadas.

—¿Por algo que yo no hice?

—¿Quieres pasar tiempo conmigo? —respondió con una pregunta.

—¡Por supuesto! —repliqué sin sondeos.

—Entonces, tenemos que fingir que estás castigada. Me ayudarás a escribir…

—Pensé que la táctica sería otra, como que habláramos de nosotros… dejando la máscara que tiene cada uno —repliqué sin moverme de mi lugar.

Estaba completamente desconcertada: yo quería las cosas claras. ¿Había luchado para recibir otro beso y ser desechada? Sinceramente… yo buscaba algo serio. Y la edad y la ética de profesores me importaban un comino. Y, lo más importante… ¿sentía algo por mí, o no? ¿O sólo buscaba compañía y consuelo?

Sostuvo mi mirada unos segundos para, luego, extender unos papeles hacia en frente, donde estaba la silla aguardando a que mi culo sin gracia se posara en ella.

¿Iba a rendirme tan fácilmente en esos instantes? No, pensé. De un momento a otro me había entrado una sed de cariño y pasión, sensaciones que jamás había conocido hasta esos momentos. Así que, rodeando la mesa, con una temperatura algo alarmante y el cabello más chillón que nunca, me acerqué a él poniéndome a su altura y, con algo de brusquedad —cosa normal en mí —, le tomé de las mejillas y replanté mis labios en los de él. Y, sin querer, adentré mucho mi lengua a su boca, lo que hizo que se atragantara y ejerciera mucha fuerza para separarme de sí.

Si es que iba a reprocharme algo, no alcanzó, y menos yo a avergonzarme por mi falta de tacto: habían tocado la puerta. Nos observamos alarmados. Mi corazón, que ya estaba acelerado, aumentó su ritmo al doble.

No esperé a que me gritara "siéntate" para hacerlo. Simplemente me instalé en el pupitre en el momento justo para que él pronunciara su infaltable "adelante". Me di vuelta, estremecida, para ver quién había entrado…

Lo que me faltaba: Lockwood, Masterson y otra culebra más. Inconscientemente rechiné los dientes.

—Señor… —vaciló al verme a mí y me dirigió una mirada burlona y sorprendida a la vez—, hemos tenido un problema con Peeves en la sala común y está haciendo desastres. No hemos logrado pararlo.

Asumo que tuve unas grandes ganas de patear a Lockwood hasta reventarlo. ¿Por qué no se iba y nos dejaba solos? Lo fulminé con la mirada.

—Un momento, Lockwood, tengo que aclarar unas cuantas cosas con la señorita aquí presente —contestó Severus poniéndose de pie autoritariamente —. Espéreme afuera.

El monstruo asqueroso hizo caso, cerrando la puerta, pero sin antes mostrarme una cara de maldad. Y esta vez sí que vi cómo Snape ponía llave a la puerta con su varita mágica sin decir nada. Me dio otro escalofrío al verlo acercárseme con esa mirada inescudriñable.

De pronto, creí que iba a expresarme algo secreto. Pues, bien, no me dijo ninguna palabra, salvo tomarme del brazo —típica costumbre— y reincorporarme para besarme una vez más, de manera cortante, aunque profunda. Más que un beso, fue un apretón de labios. No niego, por supuesto, que causó la misma sensación en mí que los anteriores…

¿Ese beso escondía un mensaje oculto?

Era lo que quería preguntarle, pero no me dejó.

—Por eso digo que debes cumplir tu castigo…—farfulló —tener la puerta con llave todo el rato daría para sospechar — avanzamos hasta la puerta, la abrió y gruñó—. Ya sabes, Nymphadora Tonks. No quiero más excusas ridículas de las que me estás dando —salimos del umbral. Los otros tres me observaban muertos de la risa por mi cara da mártir e incomprensión —. Mañana vendrás nuevamente a cumplir el trabajo que no pudiste hacer hoy por pura suerte—me soltó del brazo —. Recuerda que sigues castigada —añadió finalmente.

Si mi vista no me engañó me guiñó fugazmente un ojo. Luego, dio media vuelta seguido por los muchachos… excepto por Lockwood. Me miraba con los ojos entrecerrados, analizando mi expresión de… ¡demonios! ¡De felicidad! Me puse seria de inmediato. Estaba castigada… o sea que… Ay, ni siquiera podía conectar bien las ideas; el torbellino mental continuaba arrasando con mis ideas.

—¿Qué miras, gusano? —le espeté, entonces, para decir algo cuerdo.

—¿Por qué sonreías? —interrogó con evidente malevolencia sonando en su voz.

No hallé nada mejor que permanecer en silencio.

—Ya sé lo que pasa… —susurró soltando una breve carcajada.

¿Qué sabía? No, no podía saberlo. ¿Y si nos había divisado por alguna hendija de la puerta? ¿Y si era una trampa de Snape? No, claro que no… los besos eran verdaderos, no actuados… Oh, por las pantuflas de Merlín,tendría que avisar a Snape…

Me puse tensa, y estuve a punto de sacar la varita cuando el gusano habló otra vez.

—Tramas vengarte de Snape, ¿no?

Los músculos se me soltaron. Comencé a reír por el puro alivio.

—Piensa lo que quieras, Lockwood—conseguí decir entre risas, caminando pesadamente por el pasillo de la mazmorra para abandonarlo.

—¡Apenas tenga una pista, juro que le voy a decir lo que tramas! ¡Y ojalá te expulsen!

Estiré ambos brazo hacia atrás y le respondí mostrando mis bellos dedos del corazón.

¿Qué diría Snape cuando Lockwood fuera con el cuento de que yo planeaba algo contra él? Me castigaría otra vez… y otra vez… Hasta que mi madre se enterara y viniera a darme un escarmiento. Ya no me preocupada demasiado… en el caso de que estuviera castigada en secreto, lo que era imposible…

Cuando desaparecí de su vista, me dirigí a mi sala común sin evitar mostrar una gran sonrisa a Margaret y a Kingsley. Aunque sorprendí a varios más; estaban en grupo comentando algo. Margaret me miraba insistentemente y daba pequeños saltitos.

—¿Te levantaron el castigo? —inquirió Shacklebolt entregándole una revista abierta a una de mis compañeras.

—No, pero Lockwood me salvó por esta tarde. Fue sin querer, claro, tuvieron un problema con Peeves y…

—Tonks —me interrumpió Margaret con los ojos brillosos tomándome del hombro

—¿Qué?

Kingsley rodó los ojos, sonriendo.

—El próximo año llega Harry Potter a Hogwarts —reveló casi sin aliento.

Tenía tan presente a Snape en mi mente, que el nombre "Harry Potter" tardó hacer efecto en mis neuronas. Los ojos se me desorbitaron de la emoción.

Harry Potter… el niño que nos había salvado de la oscuridad. El niño que había hecho que mis padres lograran sobrevivir…

Ellos sabían lo importante que era para mí aquella noticia. Ellos sabían cómo idolatraba al muchacho por habernos librados por los mugrosos Mortífagos, como mi tía Bellatrix y otros cuantos más.

Abrí la boca tratando de conectar frases. Por último, lo único que alcancé a decir entre tartamudeos, fue:

— ¿Cómo lo saben?

Ambos me explicaron que, en la revista Corazón de Bruja, había aparecido la información que, anteriormente Dumbledore la había prohibido (para no formar barullo) en *El Profeta,*en el que se hallaba una pequeña reseña de quién demonios era el chico salvador, con quién vivía y qué hacía, sumando su futura entrada a Hogwarts. En un recuadro inferior, aparecía una foto muy mal tomada, en la que, apenas, se distinguía al muchacho —enclenque y desabrido —, con la mano de su (al parecer) tía en el cuello, como si lo estuvieran torturando.

Suspiré de felicidad cuando vi la revista por mí misma. Ese día no podía —aunque aún no acababa — ser más perfecto.