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Historia 32503 — capítulo 15
**XV.**Castigada
Vacié mi revuelto estómago hasta la última gota de la sabrosa cena de Hogwarts (procesada ya no se veía tan fascinante, por supuesto), pero el alcohol seguía en mi cerebelo, aturdiéndome tanto en la actividad motora como en el lenguaje, causándome la migraña del año. Por lo tanto, llegué apenas a las Tres Escobas trastabillando el doble, formando curvas complicadas en el camino y chocando de cara contra la puerta del local.
McGonagall y Flitwick habían desaparecido con el estudiante de Gryffindor, así que tuve suerte de no hallármelos en las afueras del bar.
Lo último que supe antes de ir a parar a la enfermería, es que caí encima de la mesa de Shacklebolt y Margaret diciéndoles unas cuantas palabras incomprensibles. Todavía bebían de sus jarras de cerveza de mantequilla. Cuando estuve completamente consciente, supe que ambos se habían arriesgado a llevarme a la enfermería, sin que nadie se enterara para no mostrar mi imagen denigrante, escondiéndose en cada rincón y aula que pillaran a medida que avanzaban. Pomfrey, por supuesto, supo de mi estado apenas me vio, pero se compadeció de mí al día siguiente, cuando amanecí con la garganta horriblemente inflamada, sin voz y con una fiebre que podría haber calentado a cien personas con una tocada. Maldita lluvia, ¿quién me había enviado a declararme mientras llovía?
Mi enfermedad, por otra parte, no incluía mi capacidad de pensar: ¿había sido mi imaginación o Snape me iba a besar? Qué habría dado por un beso más… pero… ¿y si le hubiese vomitado encima? De un modo u otro, el punto clave era esto: "No puede haber oportunidad, Tonks. No puede haberla, no insistas…" ¿Estaba auto-convenciéndose, acaso? ¿Intentaba privar sus sentimientos? ¿Qué quería decir con el "no puede haberla"? En ningún momento mencionó el rotundo "No HAY oportunidad". Son enunciados completamente diferentes. Y asumo que estuve ebria, pero aquellas frases me habían marcado de tal manera, que no quisieron desaparecer de mi consciencia o... inconsciencia. Estuve dándole vuelta al asunto durante los tres días siguientes en los que estuve postrada en la cama con paños helados en la frente y el termómetro bajo la lengua. Apenas me distraía cuando Kingsley y Margaret me llevaban los deberes y me contaban algunas nuevas sin mayor importancia.
En conclusión… ¿había recibido respuesta? ¿Tendría que sentirme frustrada? Todo indicaba que sí. El *"no puede haber oportunidad"*yo no lo consideraba como una contestación declarativa… pero me conformaba sólo un poco por haber oído el "Tonks" de sus labios. Llegaba a sonar romántico.
Cuando cumplí mi cuarto día, apenas sintiéndome un poco mejor Charlie Weasley, a quien apenas conocía, cayó en la enfermería por haber recibido una bludger mientras buscaba la Snitch durante el entrenamiento de Quidditch de Gryffindor, y tenía casi el picadillo de huesos en lo que antes era brazo izquierdo. Nada que Madame Pomfrey no pudiera arreglar pronto, sin embargo, estuvo dos días completos nada más que para hacerme compañía. Nos entretuvimos mucho conversando, de hecho, estábamos de lo mejor charlando sobre nuestros estudios, él sentado en una silla, al lado de mi cama, riendo alegremente cuando… Sí: apareció, nada más ni nada menos, que Snape con un estudiante de su casa, herido por un duelo de pasillo.
Me puse de mil colores en milésima de segundos cuando cruzamos miradas. Charlie no lo pasó por alto y me puso una mano en la cara para tomar mi temperatura, sin sospechar de la razón.
Creo que todo esto ocurrió en dos segundos, pero puedo jurar que Snape apretó la mandíbula y miró furioso al muchacho, antes de decirle:
—Señor Weasley, ¿no que estaba enfermo? ¡La señorita Nymphadora Tonks está enferma y necesita descanso! Retírese si no quiere que le quite puntos por obstruir la tranquilidad de los pacientes.
No me acuerdo qué dijo Charlie, supongo que fue un "hasta pronto", mas yo, estaba demasiado consternada para responderle.
Snape habló con madame Pomfrey sobre el muchacho de Slytherin, antes de abandonar la estancia sin siquiera dirigirme la palabra…
¡Maldito idiota! Si estuve roja de vergüenza, pronto pasé al rojo furia. Tal vez fue aquello lo que ayudó a mejorarme al día siguiente, mi séptimo día, en la mañana, precisamente viernes. Amanecí de lo mejor físicamente, pero psicológicamente tenía un torbellino de dudas inacabables…
Pensé en saltarme pociones, pero algo me llamaba, me incitaba a que asistiera. Tuve que hacerle caso a esa voz interna luego de darme un gran baño y relajarme.
Bajé a desayunar con los demás, contando los minutos que restaban para la clase. La mañana se me hizo eterna y las manos me sudaban. El embarazo por la declaración comenzaba a surtir efecto tardío y hacía sentirme como una estúpida babosa que había gastado el tiempo en nada, tratando de conquistar a alguien o, más bien, sonsacar sentimientos a una persona de la que yo sabía, en el fondo, que no era un buen partido para mí…
—¿Tonks? ¡Tonks!
—¿Ah? ¿Qué?
Me había inspirado tanto en el viaje de mis pensamientos que había pasado por alto las voces de Margaret y Shacklebolt que me llamaban para que fuéramos al aula.
Temblando de pies a cabeza, me instalé al final. Mis amigos no pudieron ocultar su sorpresa ante el cambio de pupitre —supuestamente Snape y yo estábamos en paz—, aunque no preguntaron nada. Yo quería pasar desapercibida. No intentaría nada más. ¿Tenía sentido estar rebajándome, en la forma que fuera, para recibir respuestas ambiguas de Él? No.
Para mi sorpresa, invertimos papeles: durante la clase fue él el que no paró de mirarme y, a pesar de que me ponía los nervios de punta, fui consciente que yo no hice derribar la despensa de los ingredientes casi al final de clase.
Nos sobresaltamos de forma masiva y quedamos pasmados al ver una cantidad de sustancias derramadas en el piso. Como yo estaba al último, nadie se fijó en mi cara de inocencia pura. Snape sí, por supuesto, pero me echó la culpa de todos modos. Creo que no pude modificar más mi cara de estupefacción cuando gruñó, mirándome con intensidad:
—No restaré puntos a tu casa, Nymphadora, porque has hecho bastante. Pero estás castigada. Ya me harté de tus bromas estúpidas y sinsentidos. A las seis en punto en mi despacho —y agregó —. La clase terminó.
Ni siquiera me excusé. Tampoco habría alcanzado, porque la masa de gente me arrastró hasta la salida cuando me puse en pie, y a los pocos segundos Margaret comenzó a reprocharme lo que yo había hecho.
Aunque, un momento: yo no lo había hecho, así que susurré con un hilo de voz:
—Yo no lo hice.
Y allí caí en la cuenta que estaba… castigada. Castigada otra vez, por Snape, de algo que yo no había causado… ¿Y si me decía: "sólo te llamé para dejarte en claro las cosas; deja de hacer idioteces para llamar la atención, porque NO TE QUIERO"? ¿Cómo iba a convencerlo de que yo no lo había hecho, que yo no había botado el mueble? No me creería y, aunque sonara cursi y adolescente... me partiría mi corazón mutante.
Pese a todo, las palabras que surgieron de mí apenas entré a su tétrico despacho —con la cabeza gacha, cobardemente escondiendo mis ojos —, fueron:
—Yo no lo hice.
Snape me había abierto la puerta —lo cual era una extrañeza para mí, ya que siempre estaba en su escritorio dibujando ceros — y, al tiempo que cerraba la puerta —no me percaté que el pestillo había sonado —, contestó:
—Ya lo sé.
¡Tres mil chorrocientos grados Celsius sobre cero! Si mi piel hubiese sido una capa más delgada, exploto por la alta presión. No sabía qué pensar; no tenía idea de si eso era una mala pasada, o quería humillarme…
Alcé la cabeza para mirar al hombre que estaba a medio metro de mí, con toda la furia posible.
—¿Por qué me castigaste, entonces? —en ese instante me dio lo mismo tutearlo — ¿Quién lo hizo?
Pasaron cinco silenciosos segundos en que nos debatimos con una mirada.
—Yo.
La mandíbula se me cayó. Estaba atónita.
—¿Por qué? —indagué casi inaudiblemente.
Snape cerró los ojos por unos segundos, como si estuviera luchando contra algo. Antes, por supuesto, de que yo pudiera reclamar respuesta, éste dio un paso, me tomó por los hombros y me besó…
Dejé transcurrir un par de segundos, para saber si era una broma, una cámara indiscreta muggle, o un hermoso sueño… ¿Qué más daba si era un sueño? Simplemente me dejé llevar, enderezándome y rodeando su cuello…
Tal vez no era un sueño. Tal vez era verdad: las sensaciones que estaban cruzando por mi cuerpo eran demasiado fuertes como para que no fuera realidad: la piel la tenía de gallina, y el calor que sus brazos provocaban en su espalda, demasiado ardientes estaban, y sus labios… oh, Dios, sus labios… Me pelo se puso inmediatamente multicolor.
La respiración se me estaba acabando, y comprendí que era momento de separarme. Cuando lo hice, me di cuenta que ambos temblábamos. ¿Era de miedo? ¿De ansias? ¿Excitación, tal vez?
Creo que los ojos se me humedecieron un poco cuando reformulé la pregunta del millón…
—¿Hay oportunidad?
Snape estaba más pálido de lo normal y me miraba a los ojos con una expresión insondable.
—Por supuesto —dijo por lo bajo, apenas moviendo los labios.
Temiendo a que me contestara algo más que arruinara el momento, me aferré con fuerza a su torso. Él, simplemente suspiró y me abrazó, acariciándome la espalda, como si ya no quedara nada más que hacer…