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Historia 32503 — capítulo 14

**XIV.**El último intento

—Ah. Nymphadora, haga el favor de recoger ese papel y tirarlo a la basura —farfulló el profesor mirándola atentamente, antes que pudiera acercarse demasiado a la puerta.

Deseaba sacarla de sus casillas, ver alguna reacción irritada e infantil, y tenía un gran porcentaje a su favor sobre la posibilidad de que así respondiera ante su orden. Sin embargo, los ojos casi se le salieron de las órbitas en el momento en que, con una sensualidad dudable de poseer, la joven se inclinó, sin lograr a mostrar la octava maravilla, recogiendo pulcramente el papel, y luego saliendo del aula sin hacer comentarios ni mostrar embarazo por lo ocurrido.

Snape supo allí que la muchacha no se iba a rendir tan fácilmente, y él estaba seguro que él pronto acabaría cayendo en las redes que estaban extendidas desde el suceso del beso. El sentimiento era intenso, desde hace mucho tiempo… No obstante, la paralización provocada por aquella inesperada visión de un ángulo diferente de las piernas de su alumna, no le podía dejar pensar con facilidad, salvo lo que hubiese sucedido si la falda hubiera estado unos cuantos centímetros más corta.

Una gota de sudor se deslizó de su frente, y un suspiro fue expulsado de sus labios antes de continuar con su trabajo docente, esforzándose de desplazar ciertos pensamientos poco morales que deseaban llegar a su mente y, a la vez, preguntándose por qué demonios no había reaccionado a nada.

Pasé el recreo completo en el baño. Las mejillas las tenía encendidas y parecían no querer recuperar su color. Ahora sí mi rostro parecía un corazón de verdad.

Coquetear de esa manera tan descarada jamás había sido mi especialidad, por eso me atacaba un terrible sentimiento de vergüenza. Podría apostar que Snape me había mirado y que prefirió hacer voto de silencio en ese instante tan comprometedor. Eso significaba la utilización insoslayable del último plan…

¡La gran pregunta del millón! Sí, señores… ¡levanten las manos los que saben de mi plan C! ¿Nadie? ¿Eso significa que no quieren que lo haga? Si ustedes insisten en eso…

Definición de declarar : exponer, dar a conocer, explicar, blah, blah… ¿manifestar amor solicitando relaciones? Estaba perdida. Ese era el único camino, y no es que se me hubiese ocurrido cuando ya no quedaban esperanzas… desde un inicio que estaba como mi último recurso. Suena absurdo cuando Snape, de todas formas, podía estar informado de mi sentimiento, pero es distinto percatarseque enterarse directamente. Ante mi declaración, él tendría que responder algo. Pero, también, podría no decir absolutamente nada, y aquella era la tremenda falla del plan que me incitaba a desistir. ¿Por qué las personas temíamos tanto a declararnos? Por eso… porque podíamos no recibir respuesta alguna a que nos negaran algo. Si se me era negado, yo dejaría de insistir, pero sino me decía nada… ¿qué haría?

Suerte que el trabajo de Transformaciones fue en pareja, así que Margaret me ayudó a concentrarme y a aclarar ciertas dudas. Siempre era bueno tener a alguna mujer confiable para preguntar cosas sobre… amor.

—Margaret, según tú… ¿declararse es bueno? —murmuré como quien no quiere la cosa.

Sus ojos oscuros me miraron con sospecha pero no dijo nada, salvo responder la pregunta.

—Depende. Si lo haces de un modo desinteresado… me refiero a que, si le dices a una persona que lo quieres sin llegar a insistir más, es bueno. Pero si te declaras para ser un peso constante e irritable hacia "la víctima"… es malo. Sería como arrastrarse, ¿no?

Por un momento me sentí estúpida al creer que las palabras de Margaret no habían sido del todo claras para mi cerebro… Y, cuando iba a solicitar una explicación menos ambigua, la vela del Señor se prendió en mi colorida mente.

—Sí… tienes razón —y, para despistar, agregué —, le diré entonces a… no importa —Margaret me lanzó una mirada de incomprensión —. O sea, ya sé como puedo ayudar a una persona.

Claro, ya podría ayudarme a mí misma. Ya sabía a la perfección lo que tenía que hacer para aclarar lo que estaba pasando con Snape: decirle lo que yo sentía y darle la oportunidad de él hacer lo mismo; y, si no contestaba nada, dejar pasar la situación y sufrir hasta que se me pasara la Gran Estupidez Monumental de estar enamorada de un profesor.

Todo sonaba más que fácil, sólo tenía que seguirlo, luego de la cena, cuando pudiera estar solo, hacia su despacho, y hablarle… A menos que se me ocurriera alguna manera de fastidiarlo y hacer que me castigara por milésima vez. Aquello, por otro lado, sería el camino de Lucifer, o sea, el camino perfecto para reencontrarme con mí adorada madre y recibir el reto del año…

Oh, ¿por qué el Señor Miedo no se alejaba de mí?

A la hora de la cena el barbudo director que impidió mi expulsión eterna de la clase de Snape, se puso en pie para anunciar la Fiesta improvisada de Halloween del día siguiente, el sábado. Los de séptimo teníamos permiso de pasar la velada en Las Tres Escobas, luego de cenar en el castillo. Y si es que dijo algo más, no puse atención. Mis ojos se dirigían constantemente hacia Snape. Era ahora o nunca: tenía que decirlo: luego de siete años de en Hogwarts y casi dos de atracción por él, sumando uno de gusto y un par de meses de enamoramiento adolescente, eran suficientes para actuar.

Tuve que comer más de la cuenta, al parecer el susodicho mantenía una conversación interesante con Flitwick, y la idea era salir al mismo tiempo en que él lo hiciera.

—Vaya que tienes hambre —comentó Shacklebolt — ¿agrandaste la capacidad de tu estómago?

Negué con la cabeza, pero eso podría haber sido una excelente idea para resistir al horrible dolor de estómago que estaba sintiendo.

Alenté a los muchachos a que se adelantaran diciéndole que me faltaba bastante para saciar mi hambre. Para mi favor, me hicieron caso.

Snape tomó el camino de los profesores, pero yo me adelanté de inmediatohacia las mazmorras, aguardándolo, tras una de las armaduras. Su aparición me dio escalofríos y causó el aceleramiento de mi corazón. Comencé a seguirlo: lo importante era estar en la puerta de su despacho… o adentro.

Caminé de puntillas distrayéndome con su capa, ondeando a unos diez metros delante de mí. Snape disminuyó la velocidad de sus pasos, lo que me hizo pensar que doblaría por el pasillo, sin embargo…

Se volteó y arqueó las cejas, sorprendido, al ver que era yo la que lo seguía. Definitivamente no se lo esperaba, y yo tampoco esperaba que me descubriera.

Antes que me solicitara explicación alguna, di un paso atrás, apoyando la mano derecha en la pared para no caerme.

Snape, sin embargo, estaba tan enmudecido como yo y, de seguro, esperaba respuestas sin pregunta. Pues, no le di en el gusto; di media vuelta y corrí hacia Hufflepuff como alma que lleva el diablo.

—¡Eh! ¿Qué te sucede? —me interrogó Shacklebolt al verme entrar como un rayo a la sala común y dejarme caer en el sillón con expresión fantasmal.

—Peeves —farfullé sin aliento, mencionando lo primero que se me fue a la mente.

—¿Te estaba persiguiendo? —se burló Margaret, mientras tomaba lugar a mi lado.

Me limité a asentir mientras mis pulmones hacían el esfuerzo de recuperar el aire.

En el momento en que recayó la frustración en mí, a momento de ir a dormir, supe que jamás lo iba a lograr, o sea, acercarme y revelar mis sentimientos.

Que equivocada estaba…

Si no hubiese sido por Margaret que me agarra el brazo y me lleva consigo hasta los carruajes de Hogwarts para ir al pueblo luego de la súper cena gula de Halloween, lo habría pasado por alto quedándome en el castillo martirizándome por mi error del día anterior, culpando a mi ceja izquierda por ponerse azul cuando la levantaba.

Los jefes de casa nos acompañaron para vigilar dentro y fuera del lugar. La sola idea de que Snape fuera a estar allí me produjo escalofríos.

Reconozco, sin embargo, que fue genial respirar aire fresco antes de entrar al aire viciado de Las Tres Escobas. Ésta tenía una decoración similar a la del castillo: calabazas con sonrisas maléficas, murciélagos volando por encima de las cabezas y música de las grandiosas e inigualables Brujas de Macbeth, mi grupo favorito. Eso me animó un poco e invitó a mi alegría a retornar.

—¡Ya era hora que volvieras a ser tu! Te estabas poniendo extraña —me sinceró mi amigo prefecto con una sonrisa radiante al momento en que nos aproximábamos a la barra a pedir algo para beber. La joven Rosmerta, hija de Rosmerta madre, nos atendió con amabilidad nombrándonos una cantidad infinita de bebidas con y sin alcohol.

Mi amigo y Margaret optaron por la típica cerveza de mantequilla. Yo decidí variar y pedí Ouzo, una bebida griega que acababa de ser lanzada en el local hace una semana, porque un mago griego se las había recomendado a los dueños del local.

La copa era pequeña, aunque no dejaba de despedir un olor delicioso a anís. Sólo que, cuando la probé, ya sentados en una mesa, la sangre estuvo a punto de ebullirme.

—Por... —tomé aliento— las barbas… —otro aliento —de Merlín.

Nunca había probado algo tan fuerte. Tuve que arrebatarle la jarra de cerveza a Margaret para que se me pasara la sensación de ardor.

—No seas cobarde —me reprochó molesta —tú pediste eso, y ahora te lo tomas.

Con algo de esfuerzo lo logré hacer, tomándole un gusto que no esperaba.

—¿Dónde vas? —inquirió Kingsley en el momento que me paré por primera vez de la mesa.

—A buscar otra copa.

Y así seguí, hasta beberme una quinta y quedar completamente mareada y confortada. Por suerte, aún tenía consciencia de lo que era. Supe que si bebía otra más me emborracharía, o tal vez estaba en la etapa consciente de la ebriedad.

Una energía me invadió luego, como si pudiera atreverme a todo.

De pronto, asumí que había llegado la hora de efectuar mi plan C, antes de que el efecto se fuera.

Snape no estaba adentro; tendría que buscarlo.

—Iré afuera un momento —avisé sin esperar respuesta.

Se me congelaron las manos al enfrentarme al viento nocturno. El Ouzo había entibiado mi cuerpo hasta sonrojarme las mejillas.

Me apoyé en la puerta del local antes de seguir caminando: la calle me daba vueltas. Al minuto siguiente identifiqué a McGonagall que conversaba con el diminuto Flitwick.

—¿Qué sucede, Tonks? —me preguntaron los dos a coro.

Suerte mía que no fue necesaria respuesta: un estudiante de Ravenclaw acababa de salir, haciéndome a un lado y vomitando estrepitosamente.

Me esfumé antes que solicitaran mi presencia. ¿Dónde podría estar Snape? No tuve que dar mucho chance al asunto, lo encontré luego; patrullaba fuera de Zonko, la tienda de chascos… Qué inteligente, alguien podría intentar escapar de la fiesta para comprar cosas destructivas y así sacar de las casillas a Argus Filch.

Un relámpago iluminó el cielo nublado.

El profesor se sobresaltó al oír mis pisadas y me señaló con la luz de la varita, que me cegó.

Me hizo una pregunta que no pude contestar, ya que un trueno me impidió oír.

Se largó a llover copiosamente, y a mí no me importó.

—¿Qué haces aquí? —gruñó cuando estuve a tres pasos de él. Seguía iluminándome la cara.

Sin titubear, tomé su brazo y lo bajé para que no me encandilara. En ese instante sólo se oían las gotas contra la tierra.

—Tú sabes por qué estoy aquí —farfullé.

—No, lo único que sé es que te restaré puntos y te irás de inmediato al castillo con tu jefa de casa por estar ebria—reconoció él, tomándome de la túnica. Su voz sonaba agitada.

Me solté y me enfrenté a él, observando su sombra, apenas distinguiendo el brillo de sus ojos.

—Sigo consciente —sinceré, y fui a lo mío—. No sé de qué otra manera explicarlo, pero estoy enamorada de ti, y el beso tú me lo respondiste. ¿Significó algo? ¿Hay oportunidad?

Esta vez fui yo quien lo tomó de la túnica. Él, por otro lado, puso su mano encima de la mía y la apretó con fuerza. Sentí su cuerpo más cerca del mío. Y, por uno maravilloso segundo pensé que me besaría; juré sentir su aliento cerca… Sin embargo, tras unos segundos de silencio, murmuró:

—No puede haber oportunidad, Tonks. No puede haberla… —suspiró cansinamente—no insistas…

Y se marchó, rumbo a no sé dónde. Justo en ese instante mi estómago se estaba revolviendo, así que mi atención fue nula. Di unos cuantos pasos, en dirección a Las Tres Escobas, y al cuarto, me agaché para vomitar todo.