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Historia 32503 — capítulo 13
**XIII.**Plan A, B y C
Opté por el uso de la mirada: al menos podía hacerlo sin cometer torpezas, era imposible tropezarme con los ojos o pasar a llevar a alguien con ésta. Estaba claro que me iba a ser difícil conseguir algún contacto visual, mas lo sorprendente fue que, al parecer, Snape esperaba que lo observara: él ya lo estaba haciendo desde antes, lo que me pilló de improviso y que causó que yo derribara una jarra de zumo de calabaza con el codo. Por suerte cayó hacia el centro y mojé el mantel con el poco contenido que quedaba en el interior. Nadie me puso mucha atención: la verdad es que era más que normal que volteara el vaso, se me cayeran los cubiertos o salpicara de comida a todos menos a mí misma.
No rompí el contacto, manteniendo una expresión neutra, tal cual hacía él. En mí tener expresión neutra podría significar el querer yo ocultar mi nerviosismo. En Snape, evidentemente, significaba algo mucho más profundo, lo que me dio ánimos a continuar con el plan durante el desayuno, almuerzo y cena de los demás días. Sin duda fue un éxito en el ámbito que las miradas duraron toda la semana, incluso en clases, y sólo para darme el gusto intenté una semana más completa.
Esto no era algo como "escuchar, comer, escribir y vivir" mirando a mi queridoprofesor; eran, en pocas palabras, miradas parciales e impertérritas. Era satisfactorio, pero al llegar a mediados de octubre tuve un momento de desesperación cuando Snape me vigiló toda su clase y no me dijo nada. ¡Y eso que hice mal la poción! Sólo me miró y me ignoró a su vez, como si yo fuese la nada. Llegué a morderme las uñas por esto e, incluso, conseguí felicitaciones de Kingsley por "haberme portado bien" y a su vez interrogada por mi actuación desequilibrada que no tenía motivo aparente. Tuve que decirle que era por la poción, que me había salido mal, pero eso era lo que menos me importaba, y debería haber sido al revés: si reprobaba el ramo tenía las puertas abiertas para salir del camino de Auror, y aquello habría sido solo mi culpa.
No obstante, como me importaba un pepino las calificaciones, no me preocupé. Todo lo contrario sucedió cuando Shacklebolt agregó, con el entrecejo fruncido:
—¿La poción te salió mal? Te estás preocupando demás.
—¿Por qué? —pregunté sorprendida.
—Snape te puso un Aceptable, ¡y eso es fantástico! Felicidades. La poción te debe haber salido bien, quizá le faltó color, pero…
—¿Qué dices? —inquirí desorientada. ¿De qué aceptable me estaba hablando?
—Eso, lo del aceptable. ¿Acaso Snape no se te acercó a decirte tu calificación?
Por lo visto, Kingsley no se había percatado de la paz de Snape para conmigo. Esa era la ventaja de que él se sentara adelante y yo en los pupitres finales.
—Ah, sí, lo siento, no te había entendido… gracias, sólo pensé que… como… olvídalo —sí le había entendido… pero no tan profundamente hasta que llegué a la clase de McGonagall pensando en el Aceptable…
Snape me había puesto una nota falsa. ¡Snape me había calificado bien! Y eso significaba lo peor: haría todo con tal de que yo no me le acercara. ¿O era todo lo contrario? ¿Para que yo, inocentemente, fuera a la noche a su despacho y le diera las gracias, tal vez, con otro beso?
¡Maldita sea! ¿Por qué no era capaz de aprender Legeremancia? Con eso sabría todos sus pensamientos… o al menos rasgos de su vida para entender cómo diablos tendría que tratarlo.
Lo único que me quedaba utilizar era el plan B: no lo tenía, pero ya se me ocurriría. Lamentablemente no me había funcionado el plan de las miradas, y todo era una simple jugarreta estúpida que me hacía perder tiempo. ¿Tiempo en qué? ¿Qué deseaba yo con exactitud? Me iba a volver loca si no sabía yo misma lo que quería con Snape. O lo que quería de Snape.
Dormí poco. Mi mente estaba más dedicada a pensar en Snape que en la cara de trasero que podría tener al otro día si no lograba pegar los ojos un rato. ¿Qué le gustaba a Snape? Esa era una pregunta mal hecha. ¿Qué NO le gustaba a Snape? Todo. Era casi retórico, así que tendría que ir más allá de él: ¿qué le gustaba a los hombres? Todo lo que no le gustaba a Snape. ¡Qué mal! Si pensaba con tanto pesimismo no iba a llegar a ningún lado. ¿Qué les gustaba a los hombres? La seducción, en general. ¿Y qué tenía yo de sensual? Absolutamente nada: mi torpeza lo ensombrecía todo. Pero podría intentarlo, ¿no? Mis piernas bajo la falda no se veían tan mal siempre que no tropezara. Pestañear coquetamente era fácil, lo mismo que mirar de una manera provocadora, a menos que por estar mirando otra cosa causara algún destrozo. No obstante, debía atreverme a hacer algo así, y para ello tendría que volver al primer puesto de la fila, el mismo que ocupaba antes de que ocurriera todo el enredo del beso.
Tuve que hacer varias pruebas frente al espejo con mis gestos durante el fin de semana —si poder dejar los deberes de lado —, porque el día lunes de la última semana de octubre comenzaba mi plan. Se me presentó un pequeño problema al intentar subir la ceja izquierda: se me ponía azul. Con la derecha no había problema alguno, así que tuve que desistir. Y tuve que practicar cambiar un poco el color de mis labios, cosa que jamás había intentado; nunca había sido buena para pintarme con cosméticos, y menos lo hice por ser Metamorfomaga, pero lo conseguí y sí que daba un toque diferente. Al menos Margaret se había percatado del sutil cambio. Alguien era alguien, aunque fuera una mujer.
Por suerte que siempre con el grupo que desayunaba me sentaba en el extremo cercano a la mesa de profesores, por es que podía mirar a Snape sin problemas. Lo único que podía continuar haciendo allí era hacer gestos con la cara cada vez que nos topábamos, sobre todo arquear mi ceja poderosa. Y ante esos gestos, lo único que recibí fue un ceño fruncido.
¡Bien, Tonks! Ya lo tienes en la palma de tu mano.
Creo que me estaba poniendo en vergüenza a mí misma. No conquistaría ni a una mosca si hacía eso, ¿pero qué camino me quedaba? La clase no era hasta el viernes. Y ese era el único momento en que podría mostrar un poco las piernas.
Con la sarta de deberes que nos dejaron los otros profesores, el tiempo se me hizo corto, y la mañana del viernes fue gloriosa. Nunca había estado tan pulcra como para desenredarme el pelo luego de bañarme.
Intentando ser pulcra también en mis pasos, me senté adelante, al lado de Margaret.
—Vaya, me sorprendes, ¿otra vez aquí?
—Sí, veo mejor desde acá las alternativas y con Snape estamos en paz, así que… Volví.
Al igual que Shacklebolt, me dirigió una mirada de incredulidad, al otro lado de Margaret. Pues poco me importó porque justo Snape hizo su aparición típica desde la puerta que conducía a su despacho en la parte lateral izquierda de la sala, cerca de su escritorio.
Sus ojos se agrandaron un poco al verme allí, pero no dijo nada. Se limitó a dar las instrucciones de siempre y a pedirle a uno de sus estudiantes para que retirara los informes de la clase pasada. Una corazonada me hizo no entregarlo.
Mientras avanzábamos en la poción, me crucé de piernas y subí un poco más la falda. No pude poner atención de si algún momento puede haber echado una mirada porque debía poner atención al filtro, pero sé que el final de la clase fue el que me dio unos puntos extras.
Esta vez no me pudo ignorar a la hora de mirar mi caldero, pero tampoco dijo nada, menos cuando rozó mi codo con su pierna. Esa también era una táctica.
Cuando la campana sonó ninguno perdió tiempo en salir, salvo Lockwood que me lanzó una bola de pergamino en la cabeza. Fingí entretenerme guardando las cosas en mi mochila, y hasta que no desapareció el último ser del aula, me aproximé a Snape y le extendí mi informe. Lentamente alzó la vista dejando de escribir. Arqueó las cejas esperando explicación, pero yo no tenía ninguna coherente. La idea era que se enojara, pero por lo visto eso no iba a funcionar…
Sin decir palabra me lo arrebató y lo dejó en el montón. No apartó la mirada hasta que me giré.
—Ah. Nymphadora, haga el favor de recoger ese papel y tirarlo a la basura —farfulló.
Era el que me había lanzado Lockwood y estaba casi a mis pies.
Seducción.
Me agaché limpiamente, lo suficiente para mostrar y ocultar, y lo preciso para alcanzar el papel; tenía que parecer natural. Sin volver la mirada, seguí caminando con cuidado, mirando el piso para no tropezar; eso arruinaría mi actuación coqueta. Dejé caer el papel al pasar y salí respirando agitadamente.
¿Me habría visto Snape? Y si me vio, ¿porqué no dijo nada? De todas maneras… ¿qué tendría que decir?
Vamos, ven a buscarme, alcánzame… rogué mientras avanzaba con lentitud por las mazmorras, pero jamás sucedió. Al mismo paso de tortuga llegué a la clase de McGonagall, que me ocupó todo el recreo.
Entonces supe que eso no sería suficiente, y que tendría que buscar algo más directo y atrevido. El plan C.