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Historia 32503 — capítulo 21
**XXI.**Nuevo juguete
El día sábado en la mañana, luego del desayuno, tres cuartos de los estudiantes de Hogwarts fuimos hasta Hogsmeade para tomar el tren de vuelta a la estación King's Cross, en Londres.
El desayuno fue agradable; Dumbledore siempre nos alegraba con un pequeño discurso antes de partir, sólo que las miradas constantes de Snape me causaron un lío momentáneo en la cabeza, dudando en si despedirme o no. Al final, me decidí por la segunda opción. Yo ya había demostrado más que simple interés que él. Aquí iba a comprobar si él lo hacía por mí a la vuelta; quería que me extrañara. Sin embargo, tenía el leve presentimiento que yo sería la que lo extrañaría más. Dos semanas no dejaban de ser, ¿cierto?
El viaje fue tranquilo, y mis dos amigos se alegraron cuando les confirmé que hablaría con mi mamá acerca de los castigos de Snape. No era una mentira. Era la verdad, lo haría; luego de estar pensando otra madrugada entera en vela, supe que era lo mejor, ya que era la manera más indicada de saber hasta qué punto Snape pondría empeño para estar conmigo. Yo ya lo había demostrado: insultándolo, peleando y quedando en ridículo para que me castigara y así poder estar con él. Ahora era su turno. Además, ya estaba advertida por Margaret, y prefería ser sincera con mi madre antes de que le fueran con el cuento y que se armara la grande. Mi idea era la siguiente: yo le contaba a mi madre, y ella, con su caligrafía elegante e intimidante, escribiría a Snape amenazándolo y, a la vez, escribiría a la profesora Sprout para que estuviera al tanto de su petición. Snape aceptaría, muy irónicamente, enviando otro mensaje al tipo "si usted lo dice… que así sea", y todo el asunto quedaría resuelto.
Llegamos a las siete y media de la tarde a la estación. Ted y Drómeda me esperaban expectantes, tomados de la mano recatadamente, junto con los padres de Kinsgley y Margaret. Si no fuera porque mi madre imponía cierta distancia en público, mi padre la habría besado apasionadamente con todo descaro. Pero ese no era el estilo de mimadre, y yo lo agradecía, porque es vergonzoso que los padres de uno se den muestra de cariño delante doscientas personas.
—¡Hola! —saludé con efusividad, abrazando a cada uno y besándolos en la mejilla. Luego me dirigí a los padres de mis amigos.
Conversamos unos cuantos minutos y nos despedimos, diciéndonos un "hasta la vuelta".
—Acuérdate, Tonks… —farfulló Margaret a mi oído antes de alcanzar a sus padres. Supe a que se refería, y sería imposible no acordarme, si era lo que ocupaba el noventa y cinco por ciento de mi cerebro.
—¿Vamos a aparecernos? —inquirí. Yo había adquirido mi licencia el año anterior, y era una de las pocas cosas que se me daba de pelos, aparte de transformarme en otras personas, aunque todavía no podía dominar mi habilidad al cien por ciento. Si el pelo me cambiaba cada vez que Snape me hacía feliz…
—No, Dora —contestó mi padre dándome una palmada brusca en el hombro con los ojos brillantes —, te tengo una sorpresa.
Miré a mi madre, que me sonrió, alentadora.
Me puse un poco ansiosa. Absurdamente —como cualquier adolescente demasiado soñadora — pensé en Severus esperándome afuera, con los brazos abiertos. Aunque, tal vez, lo que me esperaba era mejor, y más excitante, en esos instantes, claro.
Salimos a la calle, ante una nochemuy nublada. Allí no había nieve.
Y el corazón se me aceleró cuando lo vi…
—¡Un coche! —exclamé admirada, consiguiendo que varios muggles se giraran a mirarme con desprecio por mi exageración. Era una estructura de cuatro ruedas (he visto otros que tienen más), púrpura poco llamativo, aunque con un leve brillo escarchoso, con grandes llantas nuevas, y de marca Honda.
Sí, era un coche muggle, uno de mis juguetes preferidos. Mis abuelos paternos, muggles, me habían enseñado a conducir desde que tenía memoria, ya que ambos eran fanáticos de los autos. Era la ventaja de tener una familia mestiza. La desventaja era clara: la discriminación de los magos hacia ese fanatismo, pero comparado con tener un auto, sin que te lo reprocharan… era de lo mejor, porque, en el caso de que mis dos padres fueran sangre pura, como la parte podrida de mi familia, me encerrarían en Azkaban con doscientos dementores por desear aquella delicia muggle.
Sonreí a mi padre con los ojos secos de tanto tenerlos abiertos tras admirar cada rincón del automóvil, buscando alguna mancha, pero estaba impecable. Sólo faltaba una cosa.
—¡Es lo máximo! Pero… ¿y la patente…?
—Shhh, no agradezcas tanto —me interrumpió mi parte, sonrojándose repentinamente.
Cuando hacía algo como eso, quería decir que debía callarme, así que no insistí. Mi madre no se dio cuenta de nada.
—Toma, condúcelo tú; sabes hacerlo —terció ella—. Las llaves están en el violante.
—Volante, madre —corregí, risueña.
¿Snape? ¿Dónde había quedado Snape? Parece que olvidado en un baúl oscuro.
Me subí, emocionada. Mis padres se acomodaron atrás, para, según ellos "no ponerme nerviosa". Por el retrovisor, claro, yo veía cómo mi padre le susurraba cosas al oído a mi madre, sacándole colores.
Bufé, encendiendo el motor, sintiendo adrenalina por dentro.
Partí hecha un bólido, sacándole un grito de desesperación a mi madre.
—¡Vamos, mamá! ¡Esto es lo máximo, disfrútalo! —grité yo por encima del ruido del motor. Era un ronroneo exquisito.
—¡Chocaremos, chocaremos!
—¡No vamos a chocar, cariño! —advirtió mi padre, acobijándola entre sus brazos.
Bajé un poco la velocidad a setenta kilómetros por hora, pero no por petición de mi madre, sino que podrían detenernos esos muggles con cascos, y qué mejor que detener a una familia con vestimentas poco usuales y una vara de madera lanza-chispas en el bolsillo.
Llegamos sanos y salvos a la casa, aunque la histeria de mi madre me puso los pelos de punta.
—¡Ted, te dije que tal vez esto podría ser una mala idea! —le espetó a mi padre que se acomodaba en el sillón, mientras yo iba a dejar mis cosas en mi estrafalaria habitación, repleta de posters de Las Brujas de Macbeth y de otros grupos muggles, como los Rolling Stones, tradición de familia escucharlos. La única que no participaba en aquél grupo, era mi madre, fan de Celestina Warbeck.
Fuera de mi psicodélica ornamentación, el cuarto estaba impecable. Mi adorable madre se había dado el trabajo, como siempre, de tener todo sin una partícula de polvo… —aunque fuera mediante magia, era trabajoso, o lo era para mí — ¿cuándo iba a aprender que era un esfuerzo demás? Yo, tarde o temprano, dejaría todo patas arriba. De todas maneras, agradecí su amena bienvenida a mi habitación, pero eso no consiguió sacarle las malas pulgas debido a mi "irresponsable conducción". Terminó enojada con mi padre y conmigo, pero ya se le pasaría luego. Y prefería esperar a que estuviera de buenas para enterarla de lo de Snape.
Con mi padre quedamos solos en la sala, y me acordé lo de la patente.
—Sí, Dora, lo que sucede es que… el auto se lo compré a un vendedor de autos robados —no me extrañó de papá —, y la patente existe para los muggles, pueden ver un número falso… en fin, está encantado para que no paguemos la patente. No andamos tan millonarios con tu madre, ¿eh? Pero ella no tiene idea que los muggles pagan patente, aparte de comprar el automóvil…
—Está bien, papá, no me des tantas explicaciones, ya comprendí —le apacigüé con una sonrisa.
Conversamos un rato más, quedando de acuerdo en que mañana convenceríamos a Drómeda de que yo conduciría el coche cuando saliera de Hogwarts, y que lo haría con responsabilidad.
Dio resultado. Mi madre aceptó a regañadientes, pero, a los pocos días, le tomó el gusto. Salimos a un par de lados para comprar cosas para la cena de Víspera de Navidad, y se le hacía mucho más cómodo que la aparición. Era más lento, desde luego, pero le fascinó el ir contemplando el paisaje.
Dos días antes de Navidad, se me dio la oportunidad perfecta para conversar con mi mamá. Mi padre estaba en el trabajo, y nos pusimos a hablar, durante el almuerzo, cosas de mujeres… y luego, del colegio.
—¿No has tenido ningún noviazgo, Dora?
—No, mamá.
Tengo garantizado el pasaje al infierno. Sí señor, mentir a una madre es terrible.
—Entonces, supongo que tus calificaciones marchan bien.
—Bueno, sí, pero…
—¿Pero?
—Mamá — alargué la mano y se la tomé. Me miró con desconfianza —, no te enojes, por favor. Y créeme que no te lo dije antes porque quise buscar un momento en que no te fueras a enojar tanto —arqueó las cejas —. Y espero que no te enojes demasiado…
Dejó el tenedor y me miró con exasperación.
—No te des tantas vueltas, Nymphadora.
—Mamá… no me digas así, que me hace sentir mal…
—Habla ya.
—Ya, ya. Tiene que ver con Snape.
Pude notar como cada músculo de su cara y cuerpo se colocaba rígido.
—¿Qué sucede con él?
—Es que… he pasado casi todo el trimestre castigada…
Se puso de pie y retiró los platos de la mesa, sin siquiera yo haber terminado de comer.
—Ya, mamá, no exageres, ni siquiera me has dejado terminar. ¡Me castigó por cosas que no hice! Aunque él no sabe que yo no las hice, pero no me creyó…o sea, no fue mi culpa.
Salió de la cocina y me miró con sus grandes ojos fijamente.
—¿Me estás diciendo la verdad?
—La otra vez te dije que los castigos habían sido por mi culpa. Esta vez, te digo que no es así. Y ya no sé cómo pararlos, Snape puede hacer de todo para que se pongan en contra de mí y que la culpa recaiga en mí. Pero, de todas maneras, sólo tienes que mandar una carta y…
—Yo sabré que hacer —me interrumpió y se fue a su habitación sin decir más. ¿Qué diablos? ¿Tan grave era todo?
Al poco rato, yo me fui a la mía, sintiéndome mal, como una traicionera. ¿Y si mi madre mentía, o tergiversaba mis palabras? ¡Ni siquiera le expliqué de qué trataban los castigos! Podía ella decir que Snape me había golpeado, o que… me había gritado —lo que no era mentira, pero eso estaba fuera de contexto —, o cualquier cosa. Se había casado con un impuro, pero seguía siendo una Black, y si es que tenía que resolver algo, lo haría de cualquier manera.
Con suerte, cuando llegó mi padre, cerca de las ocho de la noche, salimos de nuestras habitaciones y nos relajamos un poco.
—Dora, no estoy enojada contigo —me informó, aunque parecía preocupada —. Pero tendremos que resolver la situación.
—Lo sé, mamá, pero, ¿cómo piensas….?
¿…hacerlo?, ese era el fin de la pregunta, pero el ruido de la puerta nos sobresaltó a los tres.
—Yo abro —anuncié.
—No, no, yo lo hago —dijo mi madre, tratando de adelantarme, pero yo ya había agarrado el pomo. De todas maneras, se quedó a mi lado.
—No me cuesta nada hacerlo, es sólo abrir la puer…
Los Tonks teníamos la mala costumbre de no mirar por la ventana desde que los tiempos habían mejorado. Si lo hubiese hecho, habría partido a esconderme bajo mi cama. En cambio, como la figura del umbral quedó frente a mí, tuve que aguantar las ganas de correr, colocándome más pálida de lo que era.
Snape, luego de mirarme fugazmente, le dirigió una mueca a mi madre.