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Historia 32503 — capítulo 22
¡Disfruten!
**XXII.**Ajuste de cuentas
Carraspeó sonoramente sin sacar esa mueca mordaz, antes de hablar.
—Tendrá que pagarme el dinero que gasté en venir, señora Tonks —dijo desde el umbral, quitándose la capucha que llevaba.
—No es necesario que tomes ese tono tan respetuoso conmigo, Snape —señaló mi madre con una voz frívola, apartándome con su brazo. No hizo mucho esfuerzo, porque casi me moví por voluntad propia.
—¿Qué hace ese sujeto aquí? —saltó mi padre, cruzando la sala y poniéndose al lado de mi madre, empuñando su varita. Sus cejas no podían estar más juntas.
—Tu esposa me mandó a llamar con un mensaje vía lechuza —aclaró Snape, dejando toda amabilidad de lado —, y he venido.
—Nymphadora, ve a tu cuarto — solicitó mi madre de la nada.
—¿Qué? ¿Por qué? —contesté desconcertada, arqueando las cejas.
—Veo que yo no soy a la única persona a la que desobedeces, Nymphadora —farfulló el profesor con la burla reflejada en sus ojos azabaches.
—Nadie ha pedido tu opinión, Snape —replicó mi madre con frialdad —. A tu habitación —me repitió.
—¿Por qué tengo que irme? No entiendo —insistí, sin moverme un centímetro y mirando a Snape por encima del hombro de mi madre.
—Porque tu madre lo dice, Dora —saltó mi padre.
—Tengo derecho a quedarme aquí a que me expliquen…
—¿Tu hija es un asno o una persona? — inquirió Snape sarcásticamente, mirándome por el rabillo del ojo. Me puse roja como tomate.
—Deja tus comentarios infantiles, Snape —le espetó mi madre, por poco nada escupiendo veneno—. No insultes a mi hija. Y, última vez que te lo digo, Dora: a-tu-cuarto.
—Pero…
—¡A tu cuarto!
Giré sobre mis talones, oyendo la sutil carcajada entre dientes de Snape. Caminé por el pasillo, hasta mi dormitorio, y cerré la puerta lo más fuerte que pude, haciendo retumbar las puertas de mi closet. Me quedé sentada, en mi cama, y de vez en cuando traté de oír a través de la puerta, pero mi madre la había encantado. De todas maneras, mucho más tarde de lo esperado, supe la conversación que se había generado en la sala.
Finalmente, decidí que no me rendiría: cerré yo misma mi cuarto por dentro, con magia, y me salí por la ventana, yendo hacia al jardín y escondiéndome detrás de un seto, aguardando que él saliera.
—Pasa — invitó mi madre a Snape, haciéndose a un lado —. Tenemos que ajustar cuentas.
Snape penetró en nuestra sala, mirando a mis padres con falso desconcierto, sin tener interés en apreciar el lugar en donde se hallaba.
—No sé de qué.
—Yo tampoco —alegó mi padre, con el signo de interrogación dibujado en la cara.
—Nuestra hija, Ted —comenzó mi madre, haciéndole un gesto a todos para que se sentaran en las butacas de la sala —, ha estado castigada gran parte del trimestre. Si bien, en un principio había razones para hacerlo, este último tiempo no ha sido así —miró a Snapecon los labios fruncidos, y continuó —. Has estado culpando a mi hija de cosas que no ha hecho, desviándola de sus deberes.
—Tu hija sigue teniendo buen rendimiento a pesar de mis castigos —se defendió Severus, tomando asiento.
—Ese no es el punto —recalcó mi madre, cruzando una pierna, haciendo que sus botines de cuero y taco alto se vieran relucientes y peligrosos bajo la bastilla del vestido color vino tinto —. Yo no quiero que mi hija desaproveche su último año de colegio bajo tu mando. No te tengo buena espina, Snape, no me puedo sacar de la cabeza eso de tu cambio de bando y…
El aludido se puso pálido como el papel y su mandíbula se apretó, al igual que los puños.
—Eso no tiene absolutamente nada que ver.
—¿Ah, no? Tiene mucho, mucho que ver —contradijo mi madre con los ojos muy abiertos.
La voz de Drómeda era tan autoritaria e irrefutable, que mi padre no se atrevió a interrumpir en ningún momento, solo se dedicaba a escuchar, mirando a uno y luego al otro.
—Primero que todo, estuviste metido en un grupo, de los cuales mi hermana, muy cercana a ti, quería deshacerse de mí y de mi esposo. Aparte de Nymphadora, por supuesto. Apenas con seis años y la pobre estaba amenazada de muerte. ¿Vas comprendiendo?
Snape no dijo nada. Le palpitaba la vena de la sien y estaba sofocado. Mi madre tampoco esperó respuesta.
—Por si no lo entiendes, seré más clara: no confío en ti y nunca lo haré, y si no me equivoco, te gustaría matarme en este mismo momento, tal vez a todos, pero no puedes hacer nada si el Innombrable no está más, ¿no? No puedes actuar sin tu amo—hizo una pausa —. Si no quieres que te siga recordando cosas comprometedoras o incluso, aunque lo pongo en juicio, desagradables, entonces, prométeme que no vas a volver a castigarla y a culparla. Por su parte, Nymphadora me prometerá no hacer nada que pueda sacarte de las casillas, como insultarte, aunque te lo tienes merecido, sin duda. En fin, ¿lo prometes?
—Estaría en plena autoridad según los derechos del profesor, castigarla si me contesta mal, o siempre que haya que darle un escarmiento. Además, ¿tan terrible ha sido escribir unas cuantas cosas y hacer algunas pociones?
—Prométalo ya, hombre —apuró mi padre, presintiendo peligro de parte de mi madre.
—Sé que Albus Dumbledore jamás me apoyaría, porque cree ciegamente en ti, pero aún así podría generar polémica si digo a los medios de comunicación que Severus Snape está tratando de acercarse a la familia Tonks mediante la hija, para asesinarlos. A ti no te gustaría, ¿cierto?
Los labios de Snape estaban blancos y secos.
—Te daré en el gusto, Black.
—No soy Black. Mi apellido es Tonks —recalcó mi madre iracunda.
—Bien, lo que sea. Te daré en el gusto, no lo estoy prometiendo, pero lo haré. Pero eso significa que tu hija no tendrá derecho a reclamos, ni siquiera a dirigirme la palabra.
—Dudo que mi hija quiera hablarte. Sé que no le agradas.
Snape esbozó una ligera sonrisa.
—Claro. ¿Terminamos? Porque debo volver a Hogwarts, y ya que me hiciste ganar dinero, el cual he decidido no cobrártelo, me has hecho perder tiempo.
—Vete, no te he invitado a quedarte por más rato —replicó Drómeda, poniéndose de pie y abriendo la puerta para él —. Ya estás advertido —agregó cuando él salió, dándole la espalda, seguido por el frufrú de tu túnica.
Creo que aguardé cerca de diez minutos, a lo más quince. Afuera hacía un frío de los mil demonios, pero me aguanté. De todas maneras, mi cuerpo se entibió de inmediato al verlo salir, encapuchado otra vez, con ese aire tan varonil.
Caminó hasta las verjas, para salir, pero, antes de que lo hiciera, lo llamé.
—¡Pssst!
No me miró. Se limitó a acercarse al seto, como quien lo quiere la cosa y se agachó, como si estuviera buscando algo. Quedamos divididos.
—¿Qué sucedió?
—Ve y pregúntaselo a tu madre —farfulló escupiendo hielo.
—Lo siento. Tuve que decirle lo del castigo, te pasaste de la raya y yo… yo quiero más, Snape. Yo quiero amor.
Nymphadora Tonks es cursi, Nymphadora Tonks es cursi. Una adolescente enamorada y cursi. No; Nymphadora no es cursi… es TONTA.
Se quedó callado.
—Yo no puedo darte amor —puntualizó, con la voz temblorosa.
Me quedé de piedra, escuchando los latidos acelerados de mi propio corazón, pensando en la nada, como si mi mente estuviera intentando borrar esa última pregunta, ese último segundo. Esa petición estúpida. ¿Desde cuándo la gente tenía que mendigar amor?
Snape se paró y siguió por la acera, tratando de quedar a la sombra que proyectaban los árboles bajo las luces amarillas.
No reaccioné cuando escuché el "pum" de su desaparición, pero me tuve que ir como un rayo a mi habitación cuando escuché un "¡DORA, ABRE LA PUERTA!".
Entré por la ventana de un salto, agitada, y con una destreza inesperada me senté en la cama, mientras le quitaba el pestillo a la puerta de manera silenciosa, apuntándola con la varita.
Se abrió de golpe, mostrándome a mi madre en el umbral, con sus ojos despidiendo fuego y, de pronto, pasando a una mirada de desconcierto.
—¿Qué te pasó?
Alcé las cejas.
—¿Por qué? —inquirí, con la quijada temblando.
—Porque… estás llorando, hija.