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Historia 32503 — capítulo 26

**XXVI.**Verdades

A medida que transcurrieron las horas de la tarde, comencé a desesperarme, desquitándome con mis uñas, comiéndomelas. No sólo el día domingo era aburrido, sino que ni siquiera tenía algo que hacer: los deberes lo había terminado en la casa. Además seguían investigando lo de Lockwood, buscando el posible atacante… pero las cabezas siempre se volteaban hacia mí, recelosas.

—Si te llegasen a culpar, yo puedo ser tu testigo, pero como soy tu amiga, no creo que me tomen realmente en cuenta —declaró Margaret sin mucha importancia poco antes de la cena, mientras dábamos una vuelta por el castillo y esquivábamos esas miradas acusadoras y poco piadosas.

Mi amiga parecía cansada, pero me dio la impresión de que su noche sería larga otra vez; sin duda algo le preocupaba. Algo tendría que ocurrírseme.

No fue, por fortuna, difícil crear un plan para "sacármela de encima". Fuimos al baño o, mejor dicho, ella fue. Yo en ese instante escapé hacia la enfermería para pedirle a Madame Pomfrey algún brebaje para dormir, y aproveché de darle un vistazo a Lockwood, que yacía inconsciente y más pálido de lo habitual en una de las camas. Volví corriendo, con cara de asustada y una pequeña botellita mágica en el bolsillo.

—¿Qué te pasó?

—Peeves, justo venía por acá y me di una vuelta para no encontrármelo —mentí —. Ya sabes lo fastidioso que es.

—Ah, vamos.

Y bajamos a cenar. Tampoco se me complicó echarle unas gotitas a su zumo, la botella la pude hacer invisible —lo había aprendido en la clase de Encantamientos el primer trimestre —, y con un simple movimiento accidental… ¡listo! De todas maneras, más que Margaret, Filch y su felina eran lo que me lograban poner los pelos de punta para lograr llegar a mi destino o no. Pero ese era un detalle que se afinaba al final.

En cuanto a mis otras compañeras, todas roncaban como lirones. Había que tener en cuenta que al día siguiente, lunes, las clases retomaban su curso normal y debíamos levantarnos temprano y con energías para soportar las torturas de los deberes y las materias complicadas.

A las nueve y diez minutos, Margaret ya estaba tirada en la cama, babeando a todo dar (¡benditas gotas!), y a las once en punto, yo estaba presenciando una orquesta de ronquidos en la habitación.

Con mucho cuidado me levanté. Me puse cuatro gruesos calcetines para no andar chancleteando con las pantuflas, y me até la bata más abrigadora y oscura para pasar lo más desapercibida posible.

Hice un encantamiento sencillo a la puerta para que no rechinara, y me marché lo más rápido posible de la Sala Común, antes de hacer algún desastre como voltear sillas o chocar contra alguna mesa.

Salí ilesa de allí. Troté hasta las húmedas mazmorras. Nunca había sentido tanto frío como en ese instante, o tal vez eran los nervios que estaban a flor de piel. Sin embargo, presentía que todo iba a salir bien, que llegaría sana y salva al despacho de Snape… pero comenzaba a temer por mis teorías. Había llegado el momento en que comenzaba a dudar de todo, y mi seguridad iba desapareciendo poco a poco…

—Pipi en el pote viene a Hogwarts... El cuatro ojos viene a estudiar…

Me sobresalté. Esta vez sí que Peeves se acercaba, y Filch no tardaría en ir a buscarlo. No tenía tiempo para cavilar sobre si mis pensamientos eran certeros o no: me eché a correr hasta la puerta del despacho, y entré sin decir una palabra, y casi nada de ruido. Pero era imposible que él me pasara por alto, cuando yo ya había perturbado su tranquilidad.

Se puso de pie apenas yo cerré la puerta detrás de mí. Traté de calmar mi respiración antes de hablar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó adelantándose, sin dejarme relajar. No parecía enojado, sino que sorprendido.

Me puse una mano en el pecho y cerré los ojos durante unos segundos.

—¿Por qué no paras todo esto de una vez? —susurré sin aliento, sin atreverme a dar un paso para alejarme de la puerta: verlo, mirarlo a los ojos otra vez con aquella intensidad luego de dos semanas era una sensación refrescante y perturbadora. Por poco me ponía a despedir vapor.

Dio la vuelta a su escritorio con un rictus de orgullo en su boca.

—¿A qué te refieres?

—A lo de Lockwood. ¿Qué le hiciste?

—Lo que se merecía, ¿no?

—¿Qué es lo que se merecía?

No niego que me asusté un poco cuando lo vi cruzar su despacho hacia mí, con cara de asesino.

—Lo besaste —me espetó, poniendo una mano por sobre mi cabeza —, y borrarle ese beso de la mente era lo que se merecía.

Pestañeé varias veces seguidas antes de aceptar lo que me estaba diciendo.

—¿Le borraste la memoria?

—Sí, pero con una poción—gruñó entre dientes —, hay un antídoto, y estoy pensando seriamente en sin dárselo o no.

—Deberías dárselo —contesté seria. Me sentía mal por Lockwood — Además, a ti no te tendría por qué importar lo del beso, ¿no? ¡Igual he sido yo la que ha llegadohasta aquí, y no tú a mí!

La barbilla me temblaba. Tenía ganas de besarlo, pero tendría que resistirme. Sentir su calor corporal tan cerca, me revolucionaba hasta la más mínima hormona.

—¿Para qué haces esa pregunta tan estúpida, Nymphadora? Ya sabes la respuesta —me contestó exasperado.

—Quiero oírlo de ti, de tus labios, no estar creando yo mis propias teorías siempre. Quiero oír la verdad, si eso fue por un ataque de celos o no, si sientes algo por mí o no.

Juntó sus dientes con fuerza.

—¿Por qué crees que…?

No lo dejé terminar. Estaba harta de que me contestara con preguntas.

—¡DIME LA VERDAD!

Si mi grito se había escuchado por todo el castillo, me daba lo mismo.

Severus me tomó de los brazos con fuerza para que no me moviera. Iba a protestar por eso, pero antes de que pensara lo suficiente, ya me estaba besando con fiereza.

—¡Sí, me gustas! —declaró apenas separándose de mis labios, con sus ojos llenos de fulgor — ¡Y jamás deberías haber besado a Lockwood! Si no lo hubieras hecho, no te estarías lamentando ahora.

—¿Y qué querías que hiciera para que TÚ me prestaras un poco de atención?

—Tenías que esperar —farfulló —. Esperar a que aclarara mis pensamientos —se alejó un poco más, pero sin soltarme los brazos.

—Has tenido un montón de tiempo para pensar.

—Pero no es suficiente. Mi mente está hecha un torbellino. ¿O crees que de verdad soy un cretino? ¿Crees que todo esto lo hago a propósito, Tonks? ¿Crees que me gusta hacerte sufrir?

—Sí. ¿Qué me dices del "yo no puedo darte amor", eh?

—Es la verdad —dijo inseguro, soltándome. Su cara se volvió de piedra.

—¿Y qué significa el beso? ¿Por qué me tocas? ¿Por qué me miras de esa manera?

—Pero no es amor —rebatió él, sin contestarme la pregunta.

—¿Qué es?

—Me gustas, sólo eso. No hay nada más después de aquello.

Se dio media vuelta, pero sin avanzar mucho más allá. Yo lo seguí y me planté en frente para ver su cara. Como siempre le atacaban diferentes expresiones: la confusión, la rabia, el deseo…

—¿Y porque te gusto atacas a Lockwood?

—Se va a mejorar. Cuando despierte no sabrá distinguir qué fue real o un sueño en su vida. Pero se recuperará.

Comencé a respirar, contando los latidos de mi corazón.

Uno… ¿Por qué no podía ser sincero conmigo, admitiendo sus sentimietnos?

Dos… ¿Le dañaba el orgullo?

Tres… No podía estar más segura sobre el tema: él sí sentía algo por mí.

Cuatro… ¿Tendría que lanzármele encima para sonsacarle información?

Cinco… ¿Tanto le costaba decir un "me gustas mucho y deseo estar contigo"?

Seis… Si no deseaba estar conmigo, me lo habría dicho hace rato.

Siete… Él estaba indeciso. Me comía la boca para, por poco nada, decir luego que sólo era un accidente. Así lo veía yo.

Ocho… ¿Se me va a quedar mirando hasta el amanecer así?

Nueve… ¿O está esperando que YO me acerque otra vez?

Diez… No. Eso no lo voy a aguantar.

—¿Me vas a decir, aunque sea, qué es lo que hablaste con mi mamá? ¿Qué te dijo?

Alzó sus ojos negros, temblándole un poco el labio.

—No —masculló con la voz seca.

Cerré los ojos con los labios fruncidos durante unos segundos. De todas maneras, el conteo había acabado hace rato.

—Lo siento, Snape. Pero no pienso arrastrarme por ti, a menos que me des una mejor razón que ésta.

No supe por qué dije eso, pero recuerdo que di media vuelta y me volví a mi habitación, a mi cama tibia, en menos de un minuto.

Él me quería… sí, me quería. Me quería, me tenía que querer. ¿Qué podía obstruirle el paso para formar algo concreto conmigo? ¡¿Qué era, maldita sea?!