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Historia 32503 — capítulo 27

**XXVII.**Más verdades

Ya lo había decidido. Ya tenía todo listo para comenzar mi ansiada averiguación, que debía salir triunfante con las preguntas contestadas. Necesitaba saber qué era lo que ocultaba Severus, y no por cuestión de curiosidad. Era una necesidad enfermiza. Sino hacía algo, entonces no podría estar en paz, y tendría que alejarme de él para siempre.

Cuando sólo me faltaba el tiempo y el momento adecuado para buscar pruebas en su despacho… todo cambió. Eso fue lo que pensé en ese instante, porque no tenía idea que mucho más tarde, acabaría haciendo la investigación de todas maneras, sin que nadie me detuviera.

—Anoche dormí de pelos —me dijo Margaret con una voz que denotaba lo contrario.

—Qué bien… yo dormí horrible.

—Sí, y te ves horrible. ¿Qué le ocurrió a tu pelo?

—Oh… cuando estoy cansada… se pone lacio y poco nada gris… —declaré encogiéndome de hombros — ya sabes.

—Mm… es que nunca lo había visto de esa manera con tanta frecuencia.

Esa mañana Lockwood retornó a las clases. Maravillosamente se recuperó (claramente Snape le había dado el antídoto), pero estaba muy extraño. Recelaba con todo y miraba a la gente con desconfianza, como si planearan un complot contra él. Pero, cuando me miró a mí, sus ojos se le salieron de las órbitas, y no se atrevió a decirme nada. En todas las clases que tuvimos juntos no dijo ni pío, por eso su amigo Masterson trató de animarlo un poco, mencionando a mi famoso patronus. No surtió efecto, parecía como en estado de shock.

Durante la tarde, en el momento de los recreos, abandoné un rato a Margaret y me fui a sentar con Shacklebolt para hacer mis deberes.

—¿Me ayudas? Estoy un poco complicada con lo de Transformaciones.

Arqueó una ceja, arrogante… pero aceptó.

—¿Por qué no has estado con nosotras? Te he extrañado.

—Porque… no lo sé.

—Si tú lo dices…

Me importaba entablar un poco de conversación, pero me daba lo mismo entrometerme en sus asuntos. Además, no tenía ganas de alimentarme de problemas, cuando yo tenía los míos. Y, por primera vez, él tampoco hizo preguntas respecto a mi apariencia desgreñada. Debía pensar de la misma manera que yo.Aún con nuestro silencio como acompañante, cenamos juntos y, cómo él era prefecto, aproveché de pasear por allí junto a él, confiando en que eso me refrescaría un poco la mente.

A Severus no lo había ni mirado siquiera. De soslayo tampoco. De ninguna manera, ni en sueños. Mentira, en sueños sí, sin embargo había algo en mí que me estaba haciendo rechazarlo… ¿el instinto de supervivencia, tal vez?

Mi amigo se metió por un tapiz y yo lo seguí. Bajamos unas cuantas escaleras… y salimos por un atajo que yo desconocía, llegando a las mismísimas mazmorras. Temblé un poco al pasar por en frente de la puerta del despacho de Snape, pero me distraje al ver pasar un grupo de micro-Slytherins corriendo por el pasillo perpendicular a ese.

—Uh… Hora de quitar puntos —gruñó Kingsley olvidándose de mí, y lanzándose a correr tras ellos.

Pensé en hacer lo mismo, pero cuando vi a Snape saliendo por la puerta del despacho, mirando para todos los lados con cautela para acercase a mí, me paralicé. Y no opuse resistencia cuando me arrastró del brazo hasta su despacho.

—¿Qué…?

Me calló con un beso, pero me corrí un poco. ¿Qué demonios estaba sucediendo? ¿Cómo había sabido que yo pasaba por allí?

—¿Qué es todo esto?

Se acercó a mi oído.

—Estoy tratando de ser amable, más dulce, un "más" de todo lo que pides de mí… Tratando de entregarte cariño, ¿no? —gruñó con la boca fruncida.

No me esperaba esa respuesta. Tal vez no era lo que yo buscaba exactamente, pero había conseguido derribar la muralla del Rechazo que estaba construyendo…

Esa vez fui yo quien buscó sus labios, como un ciego busca su bastón, pero me separé de inmediato, mientras hacíamos un cruce de brazos.

—¿Cómo supiste que era yo? —mascullé en un jadeo. ¿Me había estado vigilando?

—Porque puse una alarma silenciosa para que me avisara cuando te acercaras tú, precisamente…

—Pero iba a con Kingsley, y unos niños aparecieron y…

—Coincidencia.

Lo miré furiosa, y estuve a punto de soltarme de su cuello, pero mi voluntad no quería aparecer.

—O sea que querías que yo viniera a buscarte, ¿no? Te aclaro que no vine por opción propia, simplemente…

No quiso escucharme y me volvió a besar, y esta vez en serio, intenso, apasionado. No pude separarme, y si es que en algún momento había tenido más preguntas o alegatos, ya no me acordaba de ninguna. E incluso me olvidé de quién era yo… y no me di cuenta cuando, de un momento a otro, estábamos recostados sobre el sillón largo.

Él casi estaba encima de mí, y yo casi le rodeaba las caderas con las piernas. Estaba demasiado azorada como para distinguir qué hacía con mis extremidades, sólo quería embargarme de esa sensación de estar en llamas, llegar a aquél éxtasis desconocido que solían nombrar en la sección de romance del Corazón de Bruja, aparte de los estúpidos problemas amorosos y sus soluciones… Lo quería a él en mí.

Sólo respiraba agitada, al igual que Snape, pero cuando descendió a mi cuello, bajando sus manos hasta mi cintura con la sutileza de un pétalo de rosa, tuve que jadear. Las pocas veces que había pensado en mi primera vez, siempre pensé que me gustaría oír mi jadeo de excitación para saber qué tal sonaba. Aunque, claro, eso lo hice porque me salió del alma.

Mis manos, que se aferraban a sus hombros, hicieron el camino hasta su cuello para comenzar a desabrochar la camisa —nuestras túnicas se habían perdido hace rato en la alfombra, camino al lugar donde estábamos —; tenía que sentir su cuerpo, la calidez de su piel, su sabor, su olor, su verdadera esencia. Él ya no era el profesor de Pociones, sólo era Severus Snape… de quien yo estaba enamorada.

Subió una vez más hasta mis labios, rozándome la mejilla. Por un segundo mis ojos se encontraron con los de él. Recorrió mi cuello, mi cara… y mi cabello, que estaba rojo como el fuego. Todo eso lo hizo con devoción, sin embargo, en una fracción de segundos, todo el deseo que su boca húmeda y ojos brillantes demostraban, se convirtió en… ¿horror?

—No… puedo… —de un salto se puso de pie otra vez — Es mejor que te vayas —señaló la puerta.

—¿Qué?

Mi cuerpo se enfrió y mi mente se atrofió. Sus ojos volvieron a recorrer mi cabello. ¿Y ahora qué había hecho yo?

—Tu cabello… Ella… ¡Vete!

Me paralizó por unos segundos. Deseé rebatirle, preguntarle que qué demonios pasaba con mi cabello — él sabía que podía cambiar de color, ¿no? —, pero su voz era irrefutable, y yo no podía estar más allí. Mi súbita alegría se había desvanecido.

No esperé a que me lo repitiera. No quería que me gritara, eso me hacía daño.

Recogí mi túnica, me la calcé como pude, y comencé a dar zancadas a una velocidad de vértigo, desorientada.

Se me había olvidado dónde quedaba mi Sala Común, además de tener aún la imagen en la cabeza de él acariciándome, besándome…

—¡Eh, Tonks!

¿Cuánto tiempo había pasado desde que había entrado al despacho de Severus? ¿Diez minutos, tal vez? Shacklebolt acababa de aparecer desde una esquina con la cara transpirada.

—Esos demonios me tuvieron ocupados un buen… ¿Qué te pasa? ¿Te sientes bien? Estás pálida.

Asentí con la cabeza.

—No es nada… sólo que… me encontré con Peeves.

Sí, Peeves era útil para sacarlo a uno de los problemas, pero también para insertarnos en ellos.

—Vamos a la sala común, estoy cansado.

Volví a asentir.

Me observó durante algunos segundos.

—No quiero ofenderte pero… se te ve mejor el pelo castaño. El rojo te hace ver extraña.

Color rojo. Mi pelo.

"Tu cabello… Ella… ¡Vete!"

¿Ella quién? ¿Mi pelo qué?

Allí había gato encerrado. Y no iba a averiguarlo. ¿Qué tenía de malo teñirse el pelo de rojo?

—No me ofende… tienes razón —y me concentré para volverlo a mi color natural, aún con esa sensación de estar perdidamente… triste.

No lo pensé dos veces. Con una me bastó: faltaría a la clase de Botánica, y después podría decirle alguna excusa a Sprout, como que me había sentido mal del estómago o que me había dado jaqueca. Confiaba en que no me tardaría más de dos horas académicas averiguar quién era ELLA.

Margaret ni se dio cuenta cuando torcí hacia el camino equivocado, el que llevaba a las mazmorras, y no al que llevaba al patio, para salir a los invernaderos. La pobre no podía ir más despistada, sumida en sus pensamientos.

Bajé con precaución, y esperé tras la estatua de un troll a que todos los estudiantes que tenían clase de Pociones entraran al aula. Apenas se cerró la puerta, corrí hasta la del despacho de Snape y entré sin ponerme a pensar en que me iba a atrapar. Si lo hacía, entonces le exigiría a que me dijera la verdad.

Dudaba de que en el escritorio guardara alguna información, foto, o lo que fuera de "Ella", así que me fui de inmediato a su habitación. Estaba con llave, pero hasta un niño de cinco años podía realizar un Alohomora.

Dos segundos los dediqué a observar las paredes de piedras frías y desnudas. Allí no había fotografías, pero sí un armario grande y un par de mesas de noche a cada lado de la cama de hierro. No me asombró que su habitación estuviera tan descolorida.

En un principio busqué con toda parsimonia, ordenando lo que sacaba de su lugar, pero cuando vi que ninguna de las mesas de noche no tenían más que periódicos viejos, revistas y paquetes de velas y cerillas, comencé a arrasar, desesperada, con el armario.

Tengo que encontrar algo. Esto tiene que aclararse hoy.

Y encontré algo: una caja con otros dos periódicos amarillentos y unas cuantas cartas.

Me senté en la cama rechinante y eché un vistazo a las cartas… pero las cartas no se las habían enviado a Snape. Sino que él no las había mandado, y todas tenían el mismo destinatario: Lily Evans.

No quise leerlas, no tenía tiempo tampoco.

Mi estómago se achicó y mis neuronas se pusieron a trabajar a toda velocidad. Ese nombre lo había oído antes… lo había oído… Claro que sí, si era casi tan famoso en el mundo mágico, como el nombre de su propio hijo.

Inconscientemente desenrosqué un periódico y miré la portada: "EL INNOMBRABLE HA MUERTO". Bajo el título salía una fotografía de dos adultos y un bebé, Harry, sin duda, su padre, James Potter y ex amigo de su primo Sirius y…

Lily Evans, leí en las inscripciones inferiores.

La foto salía en blanco y negro, pero no cabía duda que era pelirroja.

Snape estaba enamorado de Lily Evans…