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Historia 32503 — capítulo 28

**XXVIII.**En el Bosque

Perdí la noción del tiempo y del espacio y lo supe cuando me pillé corriendo escaleras arriba en dirección al vestíbulo, para huir de esa fortaleza y escapar lo más lejos posible, hasta donde me dieran mis piernas de pollo. Por supuesto que no me había detenido a ordenarle la caja de suspreciados recuerdos, dejé todo desordenado; los periódicos en la cama y las cartas por el suelo, y me importaba un pepino que le afectara, porque sabía, o creía que no podía dañarle o molestarle más de lo que me había sucedido a mí.

Prácticamente corría a ciegas: las lágrimas se deslizaban por mis mejillas afiebradas, sin parar.

¿Había estado jugando conmigo todo el tiempo? Porque si lo pensaba fríamente… yo era una metamorfomaga. Y él amaba a la mamá de Harry Potter, ¿qué mejor que yo para hacerle la vida más bonita? ¿Qué mejor que la estúpida de Nymphadora Tonks para desahogarse?

Me dio una arcada de sólo pensar en el asunto: si yo no lo hubiese sabido jamás, y me solicitara cambiar ciertos aspectos de mí físico (para lograr parecerme a ella), yo lo habría hecho sin pensármelo dos veces. Sólo para satisfacerle. Para darle en el gusto.

Me detuve en el límite del Bosque Prohibido y me agaché para vomitar. Odiaba vomitar, pero necesitaba sacarme sus besos de alguna manera. Apreté mis puños, tratando de calmarme, pero no pude, y continué corriendo, internándome entre los árboles; era lo único que podía hacer para gastar mis energías. Sabía que podía ocurrirme algo malo allí, que podría ser atacada por animales salvajes, pero no me importó, y no porque quisiera que atentaran contra mi vida, sino porque quería un lugar para llorar tranquila, para estar sola, para reflexionar… Y para insultarme un poco.

No sé cuánto corrí. El cielo gris había desaparecido, y había entrado en la parte más espesa del bosque, a una hondonada donde casi no pasaba la luz gracias a los gruesos ramajes y grandes hojas perennes. En cualquier otro momento, habría estado aterrada por hallarme en un lugar tan lúgubre y silencioso como ése, sin embargo… era lo que necesitaba.

Las piernas se me enredaron en una raíz sobresaliente y caí como costal de patatas a una posa de barro helado y cremoso, de costado, enterrando la mitad de mi cabeza en él. Me dio tanta rabia haberme postrado de manera tan estúpida, que el volumen de mi llanto aumentó casi a gritos desgarradores. Cualquiera que me hubiese oído, habría creído que estaba siendo torturada por la más sádica intensidad de la maldición Cruciatus. Me sentí menospreciada, pasada a llevar… Me sentí utilizada. No había otra palabra que describiera mejor mi sentimiento. Me odié a mi misma por haber caído en sus redes ponzoñosas, por haberle insistido. ¡Tantas veces me lo había tratado de decir! Y no con palabras, pero sí con sus actitudes crueles y bipolares. De seguro el día anterior cuando me vio con el pelo rojo se dio cuenta que su plan era enfermizo, y por eso prefirió dejar las cosas hasta allí. Aunque yo fuera idéntica a Lily Evans de pies a cabeza, no lograría ser… ella.

De todas maneras, ya daba igual lo que me había o no hecho. El problema era el mío: estaba enamorada de él, lo sabía, porque en el fondo de mis pensamientos existía aquél en el que yo estaba a su lado, rodeada por sus brazos y besada por sus mugrosos labios venenosos.

Me costaba conectar la idea de que estuviera enamorado de la madre de mi ídolo. Luego, recordé cuando mencioné a Harry Potter y él se enojó tanto, justo después de haberle preguntado si había estado enamorado. Todo calzaba: odiaba a Harry por no ser su propio hijo, por ser hijo de otro, por parecerse a su padre… y a Sirius, una vez le había oído decir algo sobre James Potter y Severus Snape…

¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¿Enamorarse implica llegar a ese grado de estupidez tan extremo, que te pones ciega?

La boca la tenía rancia con el vómito y eso fue lo que animó a pararme.

No puedo echarme a morir, pensé. Y no pensaba pasar todo el día enterrada en el barro, esperando a ser saboreada por alguna culebra o algún licántropo*****, o lo que fuera que habitara en ese bosque maldito.

Me sacudí el pasto seco de mi ropa y traté de sacarme un poco de barro de la cara. Luego, miré hacia el frente.

Oh, oh.

Mi corazón se aceleró: no recordaba por dónde había llegado, todos los árboles eran iguales, y ni siquiera me había fijado bien en el camino. Los pasos eran estrechos, y eran muchas raíces sobresalientes como para adivinar sin problemas con cuál había tropezado.

Alcé la vista buscando alguna señal, pero aunque viera el cielo nublado, no sabría la dirección. Comencé a ponerme nerviosa y a temer por mi vida. ¿Por qué no me había ido a llorar con Myrtle a su baño? ¡Habría pasado desapercibida y en esos mismos instantes estaría saliendo sana y salva!

—Tranquila, Tonks. Relájate, yo sé que tú sabes dónde vas —me dije a mí misma, dando un paso al frente con decisión. Di otro más y me sobresalté: algo se movía entre las ramas.

Saqué mi varita y me puse en guardia, esperando a enfrentarme con una gran bestia de veinte patas y manos, cincuenta ojos, diez bocas, la cosa más deforme posible, gelatinosa y fétida...

Un par de ojos rojos aparecieron, luego otro par, y otro par…

—¡Quien sea que seas, da la cara! —grité provocando eco, pero nada se oyó. Esos ojos me siguieron observando fijos —¡Lumos! —la punta de mi varita se encendió.

Temblaba de pies a cabeza, y casi me oriné de la risa cuando vi que sólo eran un montón de conejos blancos. Al terminar de reír, comencé a sollozar del miedo.

—Soy muy joven y muy virgen para morir… —susurré retomando el camino. Iba con la varita en alto iluminando el camino sombrío.

Las ramas crujían constantemente, contando cada segundo que pasaba allí, haciendo la regresión de mi vida.

Caminé. Caminé y caminé hasta llegar a un claro. Hacía frío, pero yo estaba acalorada y con la garganta seca. Aparte, me sentía sucia y pegajosa con el lodo.

Antes no me acordaba de haber pasado un claro, pero ver parte del cielo era alentador. Me puse la varita en la palma de la mano, recordando que podía servirme de brújula.

—Indícame el norte —susurré, justo cuando me di cuenta que no tenía idea hacia dónde se ubicaba Hogwarts. Era imposible decidirlo: era parte del secreto del castillo, no saber su ubicación exacta — ¡Demonios! —gruñí pateando una piedra y mandándola contra la corteza de un árbol.

Comencé a buscar los caminos iluminados, lo que me hizo sentir más segura hasta cierto punto, ya que a mis costados se formaba una oscuridad tenebrosa.

El miedo, de todas maneras, era casi un pelo de la cola, ya que lo peor vino cuando me empezó a dar hambre, aparte de la sed. Y ya no me di el trabajo de salir de allí, sino que de buscar algún fruto comestible. Sin embargo, lo único que había a mi alrededor eran hongos, y yo no sabía distinguir los venenosos.

Ya debían ser cerca de las doce del día, supuse. ¿Cuánto tiempo más iba a tener que estar dando bote en el bosque? ¿Margaret y Shacklebolt se habían percatado de mi ausencia? ¿Me habrían ido a buscar a la enfermería, por casualidad? ¿Y Snape? ¿Se habrá enojado mucho por haberme metido en sus secretos, en su vida? Todas esas preguntas me comenzaban a dar vuelta como un remolino de imágenes.

Nunca en mi vida había caminado tanto, y me dolían los músculos, hasta los de los brazos. Si quería ser una Auror, tendría que mejorar ese aspecto de mi físico, porque de seguro… ¡Rayos! ¿Perdida en el Bosque Prohibido y yo pensando en mi carrera, cuando podía no salir viva de allí?

Encontré un arrollo de agua cristalina y me incliné como un perro sediento a beberla. Cuando acabé, me senté en un tronco caído a descansar mirando el cielo, con la esperanza de que éste se despejara para mostrarme la posición del sol, y al menos saber la hora. Aunque tampoco sabía pronosticar la hora según la posición del sol.

Retomé el camino… y estuve así hasta la noche. Caminaba, descansaba, sollozaba, me asustaba, y comenzaba otra vez.

¿Tan poco me querían? ¿Dónde habían quedado mis amigos? ¡Los maldecía a los dos! ¡A Kingsley y Margaret! ¡A todos! ¡A Snape también! ¿Y qué si ése idiota había estado enamorado de otra? Comparado con estar atrapada en el Bosque Prohibido, era un grano de arena de la playa.

No sacaba nada con estar martirizándome. Dormiría lo más protegida posible, y apenas amaneciera encontraría la salida, porque de noche era más peligroso aún.

Lo peor de todo cuando tuve que orinar con el culo al aire, ya veía que se me metía algún asqueroso insecto por el trasero. Al menos no sentí nada, así que creo que no fue así.

Prendí un rato fuego con ramas y hojas secas hasta que me dio sueño. El hambre me tenía más que débil. Me acurruqué en un lugar seco, al pie de un árbol, aovillándome. Y me quedé dormida, pensando que en que, cuando llegara a la mañana siguiente, todo seguiría como si nada…

No sé cuánto dormí, puede haber sido un día entero. Lo que sí sé es que me desperté un metro más allá de donde estaba el tronco, con brazos y piernas abiertos. Estaba oscuro, pero encima de mi cabeza algo más oscuro se asomaba… un par de ojos brillantes, no como los del conejo… Traté de distinguirlos…

Creyendo que era la bestia que mi imaginación había formado, di un grito ahogado, y me dispuse a buscar mi varita, sin importarme si me veía o no, pero me detuve al oír murmullos y ruidos metálicos. Eran más. Estaba rodeada.

El que estaba ante mis ojos se inclinó.¡Me iba a atacar!

*****Ironías de la vida...