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Historia 32503 — capítulo 29

¡A leer!

**XXIX.**Desaparecida

—No te haré daño, niña humana. Ninguno te hará daño.

Oh. Fue tan agradable escuchar una voz (había pasado el día oyendo el ruido que generaban mis pasos, las ramas y los animales). Ésta era ronca y joven. Seguía oyendo murmullos y ruidos de cascos. Todos esos ojos brillantes se dirigían hacía a mí, como si me estuvieran reprochando algo.

—¿Quién eres? —indagué al ser que estaba a mi lado— ¿Quiénes son ustedes? —me dirigí a los demás.

—¿Qué haces aquí, niña humana? —inquirió otro de ellos, omitiendo mi pregunta.

Saqué la varita de todas formas, pero para iluminarlos. Era una manada de centauros, y el que se hallaba frente a mí tenía el pelo muy claro y ojos azules penetrantes. Me escrutaba con la mirada.

—La respuesta es fácil —dijo uno —, quería venir a husmear, a meterse en problemas, como todos los demás potrillos humanos.

—No, yo…

—¿A que quieres fastidiar un poco a esa gente que enseña, allá en el castillo?

—Yo…

—¿Qué estás buscando acá?

—No la llenen de preguntas —dijo el centauro de los ojos azules —. ¿Qué haces aquí? —me preguntó con su voz profunda.

—Me perdí —admití poniéndome lentamente de pie.

—¿Te perdiste, aún teniendo la magia de tu parte? —se burló otro de pelo negro.

Me puse colorada. Una bruja perdida… ¡quién lo diría!

—Sí. Y he estado tratando de encontrar la salida desde la mañana temprano y no… la he hallado.

—Eso es evidente —gruñó un grupo a coro.

—¿Alguien puede enseñarme la salida? —utilicé mi voz más dulce e inocente, sabiendo desde un inicio que eso no daría resultado. Los centauros eran sumamente ambiguos y antipáticos.

—Búscala sola, chica humana. Sola te extraviaste, sola saldrás de aquí.

Un grupo se dio media vuelta para galopar y alejarse, pero el que estaba a mi lado, insistió con voz fuerte:

—Yo no permitiré a una humana del castillo en estas tierras. Traerá problemas con los de su especie.

No dijo más, salvo agarrarme de la túnica y hacerme caminar. Los otros no dijeron nada. Desaparecieron tras internarnos en unos árboles.

—Siento mucho…

—¿Cómo pudiste alejarte tanto de tu hogar?

—¿Por qué? ¿Tan lejos estamos? —expresé asombrada.

—Casi a veinte kilómetros.

Me sentí mareada y tuve que detenerme para aceptar lo que había oído. ¿Veinte kilómetros? ¿Tanto? ¿Acaso el bosque era infinito? ¿Me había salido de los terrenos del castillo, por casualidad?

—¿Te sientes bien, humana? Súbete a mi lomo.

—¿Qué?

Eso fue más extraño que lo anterior. ¿Subirme al lomo de un centauro?

—Es… ¿una broma?

—Llegaremos más rápido, además está por amanecer —replicó totalmente serio.

Le hice caso, agradecida aunque aún un poco recelosa (¿y si me mandaba volando de una sola patada?), abrazándolo como pudiera para no caerme.

Así que estaba amaneciendo… ¿Me estarían buscando ya? Eché mi imaginación a volar, pensando en lo que había ocurrido tras mi desaparición. Desde luego, siempre las cosas se saben… y esto lo supe más tarde.

Snape, tras cada clase, se devolvía a su despacho para dejar los trabajos. Esa mañana no fue la excepción, pero algo estaba fuera de su lugar. Tal vez, demasiado evidente: la puerta de su habitación estaba abierta. Sacó su varita, esperando a atrapar al intruso infraganti.

No encontró nada, salvo unos cuantos periódicos y cartas no enviadas… fuera de su caja, encima de la cama y tiradas en el suelo. Sólo le llevó un segundo darse cuenta que yo había sido la autora del crimen, y no perdió tiempo para ir a buscarme al invernadero, donde yo debía estar saliendo de clases, supuestamente.

Margaret y Shacklebolt habían estado trabajando con la tentácula venenosa apartados el uno del otro y con su respectivo grupo de trabajo, pero cuando la campana anunció el fin de la clase y notaron que yo no había asomado ni mi nariz, se reunieron en la puerta.

—¿Y Tonks? ¿No iba contigo antes de clases?

—Sí, pero no llegamos juntas. Supuse que se había ido al baño.

—Tal vez fue a la enfermería.

—Tal vez.

—¿Vamos a buscarla?

Margaret suspiró antes de decir que sí.

Iban a emprender mi búsqueda, y el primer vistazo que iban a dar era en el vestíbulo, cuando del camino de las mazmorras surgió Snape, gritándoles autoritariamente.

—¡Hogan, Shacklebolt! —se detuvieron a la mitad — ¿Dónde está Tonks?

—Eh… —vaciló Margaret extrañada. ¿Por qué tendría que estar buscándome Snape?, ¿Me había metido en algún otro problema, tal vez? De seguro era lo que estaba pensando mi amiga en ese instante.

—No está con nosotros, señor. No asistió a clases —contestó Kingsley con su voz de matón.

—Íbamos a buscarla a la enfermería —añadió Margaret.

Los tres partieron hacia allá, en silencio. Snape iba tenso y con los puños apretados, y ninguno de mis amigos lo había visto actuar de esa manera jamás. Sólo yo, cuando estaba entre confundido, enojado y preocupado.

Se llevaron una decepción al no verme allí, y al enterarse que yo no había ido en ningún momento, según Pomfrey.

—Iremos a buscarla a la Sala Común, de seguro está allí.

Pero tampoco me encontraron, y se lo comunicaron a Snape de inmediato.

Hacía quince minutos que cada uno debió haber ido a clases, mis amigos para aprender, y Snape a dar sus lecciones de Pociones, así que decidieron dejar la búsqueda para más tarde.

Cuando vieron que no aparecí al segundo recreo, la hora de almuerzo, precisamente, no cupo dudas de que la tierra me había tragado del algún modo.

—Tonks siempre baja a almorzar, tenga hambre o no —argumentó Margaret a Snape. Los tres seguían en la búsqueda.

Entonces extendieron el rumor. Desde quinto en adelante, la mayoría estaba enterada de que existía, pero los más pequeños pensaron que yo era un animal cuando les preguntaron "¿Han visto a Nymphadora Tonks?" Claro, si tu madre te bautiza con un nombre tan horrible… Cualquiera que no supiera que eres una persona, pensaría lo mismo que esos pobres engendros.

Los de mi casa, y de séptimo año en especial, se habían puesto manos a la obra, revisando hasta bajo de las camas.

Al no aparecer durante la hora de almuerzo, se suspendieron las clases de la tarde, por orden de Albus Dumbledore.

—No puede ser que un estudiante haya desaparecido del castillo. Es imposible, tenemos que encontrarla —ordenó impasible cuando alguien había sugerido la posibilidad de que yo estuviera caminando muy campante por Hogsmeade, llenándome los bolsillos de golosinas.

Y así continuaron, revisando todo lo que podían, dividiéndose —sólo los interesados, porque como muchos no me conocían, o como los Slytherin que no me tenían estima, paseaban por Hogwarts como si fuera un día sábado en la tarde —, reuniéndose otra vez para decir un "no la hemos encontrado" o "no estaba en tal parte".

Al dar las seis, el personal docente estaba muy preocupado. Filch estaba casi saltando en una pata, porque yo era una EEE (Estudiante Estorbo Estúpida), pero tenía el mismo deber de los demás.

—Tendremos que avisar a sus padres —dijo Sprout —. No podemos quedarnos así, de brazos cruzados, sólo buscándola.

Dumbledore se encargó de redactar una carta, y a las dos horas mi madre hizo acto de presencia en el castillo, pálida como la cera.

—¿Cómo es eso de que mi hija a desaparecido?

Y mis amigos se encargaron de explicar la situación.

—¡Tienen que encontrarla! ¿Han visto en los baños? ¿En el cuarto? ¿En el baúl? ¿Bajo las camas?

—Lo hemos revisado todo…

—¿Y las bodegas, las mazmorras, las torres?

—También, lo hemos investigado todo más de diez veces —declaró Dumbledore.

Los ojos de mi madre pasaron por mis amigos primero, y luego por cada profesor, hasta detenerse en Snape. No pudieron evitar fulminarse con la mirada.

—¿Y los terrenos, los invernaderos?

—También.

—¿Y el Bosque Prohibido? —inquirió Drómeda, como única esperanza.

—¿Por qué su hija tendría que estar en el Bosque, señora Tonks? —preguntó el director con amabilidad.

—¡No es que tenga que estar allí! ¡Es que puede estar ahí! Mi hija es muy despistada, ya lo saben. ¿Y si fue a dar un paseo y la raptó algún animal feroz?

Ante esa perspectiva, todos estuvieron de acuerdo, hallando más que lógica la proposición.

—Ahora ya está oscuro y es doblemente peligroso. Mañana partiremos a buscar cuando esté amanecido; Hagrid nos ayudará.

Y en eso quedaron.

Pero no les fue necesario. Era el alba cuando salí del Bosque, aún encima del lomo del centauro. Estaba entumida.

—Bien. Aquí te puedo dejar, humana. El resto del camino debes emprenderlo tú misma.

Con una mano me ayudó a desmontarlo.

—Muchas gracias —farfullé con un hilo de voz y los ojos llenos de lágrimas. Por unos segundos, antes de que me encontraran, yo había temido que jamás lograría salir de ese laberinto de árboles y maleza.

—No hay por qué. Y no vuelvas a perderte en estos Bosques.

Asentí con fervor, sabiendo que nunca más lo haría… pasara lo que pasara.

Estreché su mano y me apresuré en caminar. Necesitaba entrar el calor, necesitaba llegar al castillo, bañarme, acostarme, ¡y comer! Comer toneladas de comida…

Todas las luces del castillo estaban apagadas, excepto las del vestíbulo. ¿Acaso Filch estaría limpiando manchas de barro a esa hora? Porque si era así, yo le llevaba una muy mala noticia: ¡más barro, y en todo mi cuerpo! De seguro que se ponía a engrasar sus amadas cadenas para colgarme de cabeza al suelo por los tobillos.

Subí los escalones de dos en dos hasta las puertas de roble, y abrí una. No necesité asomarme mucho para quedarme paralizada: mi madre, mis amigos, Snape, y otros profesores más, estaban allí, algunos en pie, otros sentados en las escaleras, de brazos cruzados, esperando a que saliera el sol para buscarme.

Pero ya me habían encontrado.