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Historia 32503 — capítulo 30

**XXX.**Confesión

Abrí la boca sin pronunciar palabra, completamente pasmada, sintiendo que el corazón me latía a un ritmo desbocado. Todos esos pares de ojos se concentraron en mí durante un segundo de silencio, como si no pudieran creer lo que veían. Como si yo fuera una especie de aparición del más allá. Luego…

—¡TONKS! —fue lo que gritaron muchas voces excitadas, asustadas y furiosas, pero la única persona que se acercó a mí fue mi madre, para jalarme del brazo y abrazarme con fuerza bruta desconocida para mí, durante largo rato. Nunca me había abrazado de ese modo.

Un círculo de gente se formó a mí alrededor con algo de barullo, muchos mirándome con enojo, como mis amigos y Snape. Sobre todo Snape, por las pantuflas de Merlín. Sin embargo, yo estaba demasiado afectada como para que eso me doliera. Además, como siempre sus facciones demostraban, más que furia, una serie de emociones diferentes y difíciles de comprender.

—¿DÓNDE TE HABÍAS METIDO? —me espetó mi madre, separándose de mí, pero afirmándome de las muñecas para que no escapara. ¡Como si fuera hacerlo! Dudaba de poder huir otra vez. No volvería a pisar el bosque nunca más.

Tragué saliva, nerviosa. Aquellos ojos negros estaban clavados en mí.

—En el Bosque…

—¿QUÉ? —estallaron muchas voces, sin dejarme terminar.

—¡Lo siento! ¡Me perdí! —les grité a todos, antes de que me comenzaran a acusar —¡No lo hice a propósito!

Me observaron casi con incredulidad.

Sin querer me topé con los ojos iracundos de Snape, que me taladraban sin pestañear. Al hacerlo, me derrumbé otra vez, recordando la razón por la que había ido a parar a ese centro de bestias, sintiendo un tremendo dolor en el pecho. Me largué a llorar en silencio, tapándome la cara con las manos para que no me vieran. Era totalmente vergonzoso, además, ninguno me había visto llorar jamás, ni siquiera mis amigos. Excepto mi madre, por supuesto; según ella fui un bulto bullicioso en mi primera semana de vida.

Mi madre se estableció a mi lado y me pasó un brazo por los hombros, con firmeza.

—Yo hablaré con ella.

Su voz era irrebatible. Era la voz de una madre terriblemente preocupada.

Drómeda me abrazó y me condujo escaleras arribas, a la enfermería, con paso bastante apresurado; tropecé un par de veces, como de costumbre.

Nos sentamos en la cama, yo aún llorando, y ella abrazándome todavía.

Comenzó a hablar, dado que yo no sabía qué decir. Estaba ahogándome con mis propias mucosidades y lágrimas.

—Ayer te buscaron durante casi todo el día —declaró con voz suave, aunque segura —, y vine apenas me enteré; Dumbledore me envió una lechuza. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué estás así?

Sollocé más fuerte. ¿Qué podía decirle? O más bien, ¿con qué podría mentirle? Odiaba mentirle a mi madre cuando la verdad era casi evidente: estaba sufriendo. Una cosa era derrochar algunas lágrimas… ¿pero llorar de esa manera tan estruendosa?

"¡No es nada, mamá! Sólo es un grupo de pelusas que me atacaron los ojos".

"¡No es nada, mamá! Ahora sé por qué no te gusta picar cebolla sin magia".

"¡No es nada, mamá! Lo que pasa es que un centauro me quitó mi chicle superhinchable, allá en el bosque, y me dio mucha pena".

—¿Por qué fuiste al bosque? —insistió, acariciándome la espalda.

"¡Cómo haces esa pregunta, mamá! ¿Acaso no sabías que vivo allá?"

"¡El bosque es lo máximo! ¡Tiene animales asombrosos y mansos! Y muy simpáticos, por cierto, como los centauros."

"Me quedé dormida y caminé sonámbula hasta allá"

No, no había nada que pudiera decir, ya no me quedaban invenciones. ¿Me podría creer acaso si le dijera que llegué allá por equivocación? Sí, sé que sonaba muy típico de la estúpida Tonks… ¡Pero llegar por equivocación! Borracha tal vez… pero estaba sobria. Y la verdad, es que no quería mentir. No me podía quedar con esa sensación de opresión en el pecho.

Me calmé un poco y me deshice de su abrazo. Una mano pasó por mi cabeza.

—Estás tan sucia, cariño —ya el "cariño" sonaba antinatural en ella; pocas veces me decía palabras tiernas—. ¿Estuviste jugando con barro?

Lo dijo con sorna, pero yo no tenía risa en mis cuerdas vocales.

—Me caí en una posa —admití con voz gangosa, mirando mis rodillas.

Hubo un momento de silencio, en el que aprovechó de entregarme un pañuelo para que me sonara.

El cielo se estaba despejando y anaranjado, y los rayos solares ya se filtraban por las ventanas.

—¿Me vas a decir lo que te pasa?

Buscó mis ojos, y yo acepté mirarla, ¿cómo no hacerlo, si estaba tan preocupada?. Le tomé una mano. La suciedad de la mía contrastaba contra su piel lustrosa.

Sus ojos transmitían una tristeza maternal muy profunda, y eso me hizo decidirme: le confesaría la verdad. O parte de ella. No podía dejarla con la incertidumbre, y no confiar en ella. Yo no quería que ella sufriera por mi culpa.

—Mamá —gorjeé con ojos suplicantes —, por favor no hagas nada luego de lo que te voy a decir. No quiero que me recrimines, y no quiero que te lances en su contra, porque no tiene la culpa.

En su rostro apareció un atisbo de estupor.

—Yo… —los ojos se me volvieron a llenar de lágrimas — me enamoré… —tomé mucho aire y me obligué a sostenerle la mirada — de Snape.

Las cejas de mi madre que casi le tocaban la raíz del pelo, bajaron rápidamente. Su mandíbula se tensó, como si luchara por guardar una palabra.

—Lo siento —volví a ponerme a llorar—, por eso yo lo molestaba tanto, para que me castigara. Claro que él no lo sabe y…. Nunca fue mi intención, mamá —insistí —. Yo no me quise enamorar de él. Fue… una estupidez.

Tuve miedo a que me esquivara cuando yo apoyara mi cabeza en sus piernas. No fue así, sino que se agachó y me abrazó con fuerza, apoyando su barbilla en mi cabeza.

No me sentí tan bien como pensé. Aquella era parte de la verdad… Pero, ¡y todo lo demás! No, eso jamás podría decirlo. Eso era algo privado y vergonzoso.

Nos quedamos así largo tiempo, hasta que yo ya me hube calmado. Reinaba el bullicio en el castillo: no por mí iban a frenar un día más de clases.

Creí que cuando dejara de llorar, mi madre me regañaría, me daría un sermón sobre el amor, sobre la diferencia de edad, la diferencia de personalidad, la moral, la ética, que me criticaría por haber osado a cometer tan grande pecado. Pero lo único que dijo fue:

—Debes olvidarte de ese hombre. Nunca te va a convenir.

Asentí sin vacilar, pero mi corazón se estrujó al hacerme la idea. ¿No era suficiente el hecho de que él amara a otra persona (aunque estuviera muerta) para olvidarlo? Parecía que no.

Mi madre llamó a Pomfrey para que me echara un vistazo. Sin contar algunos rasguños por las ramas, la mugre en mi cuerpo y el hambre, estaba en perfectas condiciones. Por eso es que, lo primero que hice, fue bañarme y refregarme la piel hasta que me doliera. Fue genial tener el baño de la habitación de chicas de séptimo de Hufflepuff para mí sola. Pero también era algo negativo, porque me hacía poder pensar con más claridad en los últimos sucesos.

Maldito seas, Snape. Maldito seas.

¿Se habría preocupado aunque fuera un poco? Su mirada intensa me había indicado que sí. O tal vez era lo que quería pensar yo. Quizá era rabia… rabia por haber descubierto su secreto, metiéndome en sus cosas.

Mi madre aguardó en el vestíbulo. Subí aparentemente como nueva.

—Dumbledore me dijo que quiere hablar contigo. Está en el despacho con tu profesora jefe —dijo mi madre aún mirándome con preocupación y… lástima —. Allá desayunarás.

Asentí, temiendo a que ahí sí que me encontraría con una tremenda regañina, pero no fue tan terrible. Primero que todo, no me quitaron puntos. Segundo, dijeron que no me preguntarían por qué había ido a parar allá, porque (según el barbudo) eso sería, al parecer, meterse en mis problemas personales. Y tercero, como algo tenía que hacerse, me privaron de la fiesta de San Valentín, que se realizaría casi en un mes más. Y eso, para mí, más que castigo fue una bendición.

—Y ahora, creo, que es necesario que tomes tus clases si te hallas en condiciones —finalizó el director, dirigiéndome una amable sonrisa —, pero antes debes desayunar.

Y se fue junto con Pomona Sprout, dejándome con mi madre y un suculento desayuno con té y pasteles.

Fui a dejar a Drómeda al vestíbulo para despedirla; no me había dado cuenta de lo cansada que parecía. Había pasado toda la noche despierta por mi culpa.

—Dije a tu padre que tenía un asunto que resolver. No quise preocuparlo, por eso es que vine sólo yo.

Me dio un fuerte abrazo, y antes de salir, agregó:

—Recuerda… —me lanzó una mirada significativa.

Me quedé unos segundos pensativa, en medio del enorme vestíbulo. Sentía que, si permanecía sola, me atacaría la tristeza absoluta. Y ya había llorado bastante como para continuar con el teatro. No iba a pasarme el resto del año sufriendo. Y mi madre tenía razón: tenía que tratar, más bien olvidar a Snape… ¡Qué complicado sonaba!

Luego, miré la hora de uno de los relojes: faltaban cinco minutos para que la clase de Encantamientos acabara, así que aguardé fuera del aula, esperando a ser recibida por gritos de mis amigos, y me llevé la grata sorpresa de ser aplastada por dos pares de brazos, los huesudos de Margaret, y los de oso de Kingsley. Fue muy reconfortante, y no pude expresar mi agradecimiento con palabras.

—Cuando te estabas bañando, tu madre nos sacó de clases para decirnos que no te preguntáramos nada —confesó Margaret —. Y no lo vamos a hacer.

Sólo manifestaron lo preocupados que habían estado, y la historia de mi búsqueda. Me sentí rara al saber que muchos se habían preocupado por mí. Incluso él, aunque dudaba que fuera precisamente preocupación, como ya lo había sospechado antes. De todas maneras, que ellos lo confirmaran era más alentador.

—Snape estaba desesperado por encontrarte, hasta tenía cara de culpable.

—Sí —corroboró Margaret a Kingsley—, pero recuerda que fue a buscarla para castigarla primero, al parecer.

—Ah, sí. Parecía enojado por algo, ¿le habías hecho algo?

—No — y era la verdad. A él no le había hecho nada, pero a sus cosas sí. Traté de parecer desconcertada, para que no recelaran.

Nos encogimos de hombros al mismo tiempo.

—Bien… La clase de Transformaciones está por comenzar. Vamos —indicó mi amigo con su voz de prefecto perfecto.

Y así comencé a rehacer mi vida escolar —haciendo grandes esfuerzos para superar al máximo mis calificaciones, estudiando horas y horas, y sufriendo constantes dolores de muñeca por escribir tanto— y mi vida amistosa —sin separarme ni de Margaret ni de Kingsley, con suerte haciéndolo para dormir e ir al baño —, excepto la complicada y odiosa vida amorosa. O fue lo que creí durante casi un mes.