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Historia 32503 — capítulo 31

**XXXI.**La Marca

Ignorar a Snape no fue cosa fácil, por lo tanto me sentía en constante deuda con mi madre, aunque no era una cuestión de ignorar… sino de olvidar. Había comenzado a sonrojarme constantemente en su presencia —vergüenza me daba haber gastado lágrimas por ese hijo de… su madre —, además de no poder quitarme sus besos (lamentablemente apasionados y ardientes) de la cabeza. La sensación de querer lanzarme a sus brazos iba menguando poco a poco, día a día, clase a clase, porque lo físico no era lo más importante, pero mi corazón continuaba dictando otra cosa. Y lo último que podía mantenerme a raya, era la decepción de saber que no había sido correspondida, que había sido nada menos que utilizada.

Snape se dignaba a tratarme como a cualquier cosa insignificante: miraba mi poción a una distancia considerable, y me observaba de vez en cuando; las pocas veces que logré captar su mirada, tuve que aceptar que no transmitían odio ni ninguna rama de ese sentimiento. Todos hicieron muchos comentarios sobre mi desaparición, formando increíbles teorías como que unas cosas en las que los muggles creían, llamadas marcianos me habían raptado, e incluso se me acercaban para preguntarme por esa nueva experiencia, pero él jamás hizo mención de nada. Ni un solo comentario sarcástico acerca de "cómo la estúpida Tonks se perdió en el Bosque Prohibido". Y era obvio, cuando la razón lo comprometía a él en la mitad.

Sinceramente, no tenía esperanza alguna a que la "relación" —si es que a eso podía llamársele así — retornara, lo único que esperaba era conseguir lo que había dicho mi madre, y que me estaba costando más trabajo de lo supuesto. En realidad, jamás había supuesto nada… ¡lo consideraba tan imposible! Y más si mis sueños se veían inundados por él.

Mi madre me enviaba cartas con regularidad para saber cómo me encontraba, y en casi todas yo le escribía lo mismo: mis calificaciones, las anécdotas con los muchachos y las idas a Hogsmeade. No mencionaba el tema, ni siquiera con claves. No quería darle importancia a eso, debía hacer como que eso era insignificante.

En conclusión, yo estaba haciendo un esfuerzo, pero mínimo, y trataba de engañarme haciendo como que luchaba. En el maldito Corazón de Bruja siempre daban consejos como "si desea olvidar al hombre que amó incondicionalmente, entonces piense en todos sus defectos, y recuerde todos esos momentos infelices que vivieron juntos. ¡Y santo remedio!", y yo, absurdamente, estaba intentándolo. ¡Pero no servía de nada! Porque, a fin de cuentas, yo me había causado ese sufrimiento. Yo ya sabía cómo era Snape… y tal vez eran sus defectos los que me llamaban tanto la atención, y yo deseaba ser partícipe en su vida para borrarlos. Si de verdad el destino clamaba que lo olvidara, necesitaría algo poderoso, similar a lo del patronus, pero para todo lo contrario, para decepcionarme irremediablemente, sin vuelta atrás.

Para mi suerte, o mala suerte, la razón del olvido llegaría la misma noche de San Valentín. Por un momento pensé que nada podría quitármelo de la mente pero ¡cómo son las cosas!

—Si te veo aquí, Tonks, te restaré puntos —me recordó amablemente Sprout aquél día de celebración para todos los idiotas cursis y románticos. Tenía tajantemente prohibido estar en la fiesta, pero eso no compadeció a ninguno de mis amigos, y yo podía comprenderlo. Ambos tenían sus respectivas parejas, y estaban ansiosos por asistir. Era imposible hacer que se retractaran de ello: lo poco que había alcanzado a distinguir en la tarde, cuando los profesores lo estaban adornando, era que estaba hermosamente ornamentado —había muérdago por todos lados, burbujas con formas de corazón, y una pila de cosas más—. Y corrían rumores de que la mismísima Celestina Warbeck iría a cantar para ellos. Al menos era ella, y no las Brujas de Macbeth, por ahí sí que yo habría entrado como fuera.

Me dieron el permiso, de todas maneras, de pasear por el resto del castillo a mi antojo, y que a las ocho en punto aparecería mi cena en la mesa de deberes de mi Sala Común.

—Trataremos de salir temprano —me prometió Margaret, diez minutos antes de salir de la Sala Común, con una linda túnica color cielo que hacían juego con sus ojos.

—No se preocupen, diviértanse —los alenté con una sonrisa forzada, ya que lo que menos me apetecía era estar sola, porque me sería más fácil pensar cosas odiosas… Aunque ellos tenían todo el derecho de divertirse sin mí.

A las siete un punto la Sala Común ya estaba completamente vacía, y el único ruido existente era el de mi respiración lenta y acompasada.

—Bien, Tonks, tienes este lugar para ti sola ¿qué puedes hacer?

Nada. Eso hice: nada. Me quedé recostada sobre el sillón, con la mirada pegada al techo, jugando a hacerme crecer las uñas hasta convertirlas en garra, y luego acortándolas hasta que los dedos se vieran varoniles. Lo único que deseaba era que se cumpliera la hora para que llegara mi plato de comida. Luego de eso, saldría a dar una vuelta. ¡Tenía todo el castillo para mí sola! Hasta Peeves estaba en fiesta, molestando a los presentes.

La comida apareció en la hora justa, y mi mirada se derritió al ver que eran manjares surtidos de la cena que los demás estaban teniendo. Engullí todo si ni una pizca de compasión.

Me quedé otros diez minutos tirada en el sillón para asimilar los kilos de comida que tendría que mantener mi estómago durante un rato, y salí del encierro para trotar por los pasillos.

Un ruido amortiguado de música llegaba hasta las bodegas, y me dieron ganas de bailar, así que caminé bailando hasta que choqué con una armadura.

Ésta soltó una risa metálica, y yo terminé sobándome el brazo.

—¡Hey, eso duele! —le reproché con poco ánimo. Miré a mi alrededor — Veamos, veamos… ¿dónde voy? ¡Donde me lleven mis pies!

Y mis pies me llevaron hasta la biblioteca.

—¿Qué haces aquí? —me gruñó la vieja con cara de buitre.

—Estoy paseando —argumenté con las cejas arqueadas. Qué, ¿era un delito pasear?

—¿No deberías estar en la fiesta? —bramó mirándome con recelo.

—Estoy castigada.

—Entonces, ¡fuera!

—¿Pero… por qué?

—Porque no quiero que estés merodeando por aquí —de su mesón sacó un libro y se acercó a mí para entregármelo —ve a dejar esto al despacho del profesor Snape y no vuelvas a asomarte por aquí.

Me quedé paralizada, mirándola con la boca abierta. ¿Ir… ir adónde?

—¿Qué esperas? ¡Andando! —me fue dando empujones con un dedo puntiagudo hasta la salida de la biblioteca, y cerró las puertas de un golpazo.

Miré el libro, y luego el pasillo. ¿Qué problema había en ir hasta su despacho? Él estaba disfrutando de la fiesta, así que no tendría problemas…

Con paso robótico bajé a las mazmorras, congelándome con el aire húmedo. No se escuchaba nada. Me quedé pegada frente a la puerta, y entré por fin. El despacho estaba vacío. No volaba ni una mosca.

Con cuidado dejé el libro sobre el escritorio, aliviada de haber cumplido mi tarea, y cuando me di vuelta, en el umbral de la puerta de su habitación…

Por un segundo me quedé sin respiración.

—Pince me envió —balbuceé, mientras la sangre se me agolpaba en la cabeza. Snape estaba allí, con los brazos cruzados, penetrándome con su mirada lúgubre —. Yo no…

—No deberías haber entrado a mi cuarto —contestó él en cambio, como si retomáramos una conversación antigua, porque su tono no era de enojo… sino de censura.

Tragué saliva. Miré la puerta, y supe que no tenía ganas de irme. Ya que estaba allí, tenía que aclarar las cosas.

—Tenía que saber —repliqué en voz baja—. Tenía que saber por qué tú… Por qué… Por qué yo no podía ser especial para ti.

Quise avanzar hasta la puerta, pero mis piernas habían echado raíces definitivamente.

—¿Y lo averiguaste? —indagó con voz afilada.

Dio un paso hacia adelante. Sus ojos estaban brillantes, sus labios temblaban.

Solté una risa nerviosa y ofendida a la vez.

—¿Bromeas? ¿No te… contentó verme llorar por ti y aceptar la verdad?

Negó con la cabeza.

—¿Qué? —le espeté un poco harta, queriendo retroceder. Una vez más mis piernas no obedecían.

—Tú sabes que no es así. Te quieres engañar.

—¿Engañar por qué? —mi corazón comenzó a bombear con más fuerza. No podía quitar mis ojos de los suyos.

Avanzó hasta quedar a un paso de mí, al momento en que la puerta se cerró por arte de magia. Tal vez fui yo, tal vez fue él… daba igual.

—Porque quieres que te diga que te quiero.

Me tomó de la cintura con fuerza.

No, no otra vez… ¡otra vez estaba cayendo hacia lo profundo, enredándome en sus redes hechas de veneno!

Tal vez mi dignidad quería salir a flote, quería que lo dejara, que corriera, pero no quitaba el hecho de que él era un hombre, y yo una mujer. Y de que yo lo quería.

Acercó sus labios a los míos sin compasión, y yo no quise oponerme. Una voluta de deseo había crecido en mi interior como si tuviera un dragón echando fuego.

Me besó como nunca me había besado, haciéndome olvidar el motivo de mi presencia allí, de mí deber de entregar sólo ese libro y marcharme de inmediato…

Caricias iban y venían, desabrochando botones, bajando cremalleras, presionando, palpando, saboreando, sintiendo. Mis labios buscaban con urgencia los suyos, como si estuviera besando vapor.

Con torpeza tratamos de caminar hasta el sillón, pero yo tropecé en la alfombra, y se vino abajo conmigo. De todas maneras, tarde o temprano llegaríamos a esa posición tan lujuriosa.

Quería deshacerme de la ropa luego, pero no podía ir más rápido que a la velocidad de mis dedos completamente entorpecidos. La túnica, los zapatos de ambos, y mi suéter, estaban tirados más allá.

Cuando logré quitarle esa odiosa camisa, no perdí tiempo en besar su cuello, sus hombros, su pecho, y me dio gusto oírlo jadear de placer; saber que yo le provocaba sensaciones así, era como pensar en que yo era su jefa. Eso me dio ánimos de tomar las riendas del asunto, y con empujones lo obligué a tumbarse, y me subí a horcajadas en su pelvis.

—Severus… —eso se me escapó de mis labios cuando mi boca pasaba por su cuello. Un espasmo sacudió su cuerpo.

No había atisbo de superioridad o burla en su mirada, como en la mía no había tristeza. Sólo nos transmitíamos deseo, y yo al menos, amor.

Metió sus manos bajo mi remera para quitármela y acariciarme la espalda mientras yo seguía dejando líneas de fuego en su cuello, admirando la palidez cetrina de su piel joven, aunque sorprendentemente maltratada, pero él se desesperó un poco al no sentir mis labios, así que me tomó de la barbilla con ambas manos, y me atrajo hacia él.

Por los calzoncillos de Merlín, ¿qué estaba haciendo? ¿Por qué tuve que volver otra vez a lo mismo? Simplemente no podía retroceder el tiempo, ni menos cesar allí. Lo deseaba tanto… Lo único que deseaba era fundirme con él. ¡Suena asquerosamente cursi, pero era cierto!

Me mordió el labio, y yo quise hacer lo mismo, mirándolo con los ojos entrecerrados, desafiante. Sin embargo, algo me llamó la atención de sus manos, de su antebrazo al mirar de soslayo; él aún me afirmaba la cara con ímpetu. Una mancha oscura divisé, y que no tenía pinta de ser una quemadura.

Me separé de sus labios y miré, entonces, aquella horrible marca en su antebrazo izquierdo. Aquella mugrosa calavera con una serpiente en la boca, trazadas como con tinta negra, como si estuviera dibujada con el carbón más oscuro y penetrante.

El corazón que me latía acelerado por la agitación, aumentó su ritmo a uno más doloroso en tan sólo un segundo. Severus siguió el rastro de mi mirada.

Otro segundo de silencio, sin respiraciones, sólo corazones. Creo que ambos nos quedamos en blanco.

—No… —farfulló él con debilidad, negando con la cabeza y buscando mis ojos.

Me volví hacia a él, con una mueca de horror formada en mi rostro, y grité con todas mis fuerzas, hasta quedarme sin aliento, teniendo la sensación de que el alma se me estaba desgarrando. Nunca pensé que esa sensación existiera de verdad.