← Historia 32503 · de
Historia 32503 — capítulo 32
**XXXII.**Madurar
Snape es un Mortífago, ese fue el aterrador pensamiento que dio en mi mente como meteorito.
Terminé de gritar sólo por quedarme sin aliento. Fue una suerte para él, porque su mirada reflejaba el néctar de la desesperación. Trató de agarrarme de la muñeca, pero yo ya había rodado por la alfombra, y me había puesto de pie, por primera vez en mi vida, con una agilidad insospechada, que creía que no poseía. Lo miré con mi cara desfigurada por el terror, mientras retrocedía lentamente hacia mi túnica, donde estaba mi varita.
Mi corazón continuaba latiendo a un ritmo descontrolado, y mi mente no me dejaba de lanzar imágenes confusas de besos apasionados, y luego, de magos y muggles torturados, otros muertos…
Snape se fue parando con lentitud, mirándome fijamente. También estaba asustado, su piel se había puesto más cetrina de lo común y estaba sudoroso, no precisamente por el acto que habíamos abandonado tan abruptamente.
—Déjame que te explique… —susurró apenas moviendo los labios.
¿Me estaba suplicando? ¿Había oído bien? Lo observé con asco.
—¡No! ¡No hay nada que explicar! ¿O acaso me vas a decir que es un tatuaje de tinta muggle?—chillé yo con los ojos lagrimosos.
—Tú no sabes nada… —su barbilla temblaba, y su voz era trémula. Aún así, su mirada se había tornado algo gélida.
—Tal vez no sepa nada, pero puedo garantizarte que eres un ¡MORTÍFAGO!
Con rapidez tomé mi túnica, saqué mi varita y lo apunté directo al pecho., sin vacilar ni un poco.
—No me volveré a acercar nunca más a ti —farfullé con los dientes apretados; sinceramente me costaba expulsar aquella promesa —, y espero que tú tampoco hagas lo mismo.
Lo más obvio habría sido ir a decirle al director, pero decirle algo así como "¿sabe, profesor Dumbledore? Estuve apunto de perder la virginidad con Snape y, camino a desvestirnos le vi la marca de los Mortífagos; sólo quería que usted lo supiera, por si acaso…"
—Dumbledore lo sabe, ¡ya no soy un Mortífago! —soltó con rabia, como si me hubiese leído el pensamiento.
—No me importa.
Sin dejar de señalarlo —él estaba básicamente desarmado, porque también su varita estaba en el bolsillo de la túnica que había quedado junto a la mía—, cogí mis zapatillas, mi chaqueta, y salí por la puerta sin darle la espalda.
No dijo nada. Más tarde sospeché, cuando salí de mi conmoción, que no fue por tenerlo amenazado con la varita, simplemente que en ése instante no tenía explicación, o no deseaba explicar cosas desagradables que le recordaran su asqueroso pasado. Si Dumbledore lo sabía, deduje, era porque ya no era un Mortífago… ¿Pero quién sabe si podía ser un farsante? De todas maneras, la mente no me daba para más.
Apenas estuve afuera, me eché a correr por el pasillo como un rayo y entré al primer baño de mujeres que encontré, echando llave y apoyándome en el lavabo.
El corazón todavía me latía con fuerza, chocando dolorosamente contra mis costillas, pero estaba en un evidente estado de shock. No podía pestañear, y mis ojos estaban fuera de sus órbitas. Lo que había visto allí en su antebrazo… ese odioso dibujo… me había dejado como un pergamino sin escritura, aparte de pensar lo que era obvio: él había sido un Mortífago. Un maldito Mortífago… Y me daba igual si Dumbledore lo sabía, si confiaba en que ya no era más un imbécil del otro bando. Para mí haber visto la marca era más que suficiente.
Mis pies se estaban congelando por la piedra fría, y me calcé otra vez las zapatillas. Lo mismo hice con mi chaqueta y la túnica, recordando la razón de porqué estaba sin ellas…
Había estado a punto de entregarme a un servidor del Innombrable, había dejado que el siervo de un asesino, y tal vez uno propiamente tal, me tocara, me besara.
Pude haberme largado a llorar desconsoladamente como hace un mes atrás, cuando huí al Bosque Prohibido, y quedar destrozada en el suelo del baño. Y pude volver a escapar, volver a internarme en esa espesa oscuridad fúnebre, para sufrir y desquiciarme hasta que un centauro me encontrara y me mostrara la salida. Pude gritar hasta quedarme más ronca de lo que ya estaba, pude haberme jalado el pelo para quedarme calva y aplacar mi conmoción.
Pero no lo hice. No derramé ni una sola lágrima. A cambio, me sustituyó un sentimiento de ira, de asco; me sentía traicionada. ¡Por culpa de los suyos mi familia casi había caído! ¡Con suerte quedamos vivos, con suerte mis padres se mantuvieron vivos! Por culpa de seguir a un loco de remate, cientos de familias rompieron sus lazos por diferencias de pensamiento…
Había pensado en que necesitaba una razón única, fuerte e insuperable para poder olvidarme de él, y ya lo había conseguido: ¿acaso no era suficiente que pudiera ser un asesino de sangres sucias, muggles, gente en desacuerdo, y vasallo de un loco que había asesinado a los Potter, dejando a un niño huérfano?
Sí, era suficiente. Más que suficiente, aquello era lo que decidía todo: si es que alguna vez habíamos comenzado algo, hace diez minutos atrás, con exactitud, había acabado definitivamente.
¿Por qué mi madre no me lo había dicho nunca? La verdad a veces dolía… pero uno debía estar preparado contra todo. ¿Acaso una futura Auror no debía estarlo?
Y yo debía continuar con mi vida, como si jamás hubiera ocurrido nada, por más que me costara. Procuré calmarme, acompasar mi respiración y quitarme el sudor de la cara lavándomela con agua fría. Salí del baño, sin vigilar antes los pasillos, pero no había nadie, él no me había seguido. Más le valía, porque la patada en los testículos no se la sacaba nadie.
—Maldito Mortífago pervertido —susurré para mí, antes de seguir despotricando con los dientes apretados. La ira iba llenándome más y más a medida que caminaba, brindándome fuerzas.
Los personajes de los cuadros comenzaron a cuchichear al oírme hablar sola, y me importaba un Mortífago lo que hablaran. Si me creían loca, bien por ellos.
—No puedo creerlo, maldito bastardo… imbécil… —susurraba constantemente.
La música continuaba, y recién eran las nueve con cuarenta minutos cuando llegué a la Sala Común, pero no me quedé sin hacer nada: me fui a dar un baño de agua hirviendo y por largo rato, hasta que mis dedos quedaron arrugados.
Cuando estuve lista, con mi pijama puesto, me miré en el espejo empañado, y esperé, pacientemente, a que el vaho desapareciera para ver mi reflejo entristecido y decepcionado. No era agradable verse así, así que me sonreí a mí misma. ¡Me veía mucho mejor contenta! Y no iba a permitir que los malos sentimientos me atacaran y se esparcieran a los demás como gas tóxico; era el momento de madurar, enfrentar el problema de la mejor manera, y la mejor forma de hacerlo era disfrutar los cuatro meses de clase que me quedaban, junto a mi mejor amigo, y a Margaret, que se había transformado en una persona excepcional para mí el último tiempo. ¿Y qué si los recuerdos me venían de vez en cuando? Los calificaría como sueños bonitos, y el final, una horrible pesadilla. Sí, sí… era simple pensar de esa manera, pero diferente era sentirlo. De todas maneras, debía partir siendo positiva, aunque me sintiera fatal. La escena en que yo descubría su marca no dejaba de viajar por mi cerebro, haciéndome burla.
A las once, cuando planeaba acostarme, oí que alguien gritaba mi nombre desde la Sala Común. EranMargaret y Kingsley.
—Vinimos temprano, como te prometimos —me dijo el de la voz de cantante de jazz con una blanca sonrisa. En otras circunstancias, me habría dado cuenta que era una sonrisa extraña.
—Así veo, ¿hasta qué hora dura la fiesta?
—Hasta las dos y media de la mañana.
—Vaya.
—Pero no te has perdido de nada —me consoló Margaret —, y… con Kingsley estábamos aburridos, así que nos decidimos volver.
—Son muy buenos amigos —dije de corazón, pero ellos se mataron de la risa, creyendo que yo lo decía con ironía. Sin embargo, sus carcajadas eran forzadas… y tampoco me di cuenta — ¡Es verdad!
Nos dispusimos a charlar, en los sillones cercanos al fuego. Nos quedamos menos de media hora hablando y riendo, y fue cuando yo decidí marcharme. Algo en el ambiente me anunciaba que le cama era mi lugar, así que les di las buenas noches y me dormí, teniendo bastantes pesadillas, y despertándome un montón de veces durante la noche. Confiaba en que, con el tiempo, eso fuera desapareciendo.
Al día siguiente, Margaret y Shacklebolt se saludaron con un beso en los labios, lo que me dejó paralizada un minuto completo antes de asimilar lo que estaba viendo. Fue completamente inesperado, sorpresivo, pero bueno.
—¿Y en qué momento pasó esto?
¿Me había saltado toda la etapa de cortejo de esos malditos tortolos?
—Anoche… luego de que te fuiste a dormir —contestó mi amigo.
—Bueno… ¡enhorabuena!
Me dio gusto verlos juntos y felices. Hacían una linda pareja, y no había nada que dictara que no eran el uno para el otro, todo lo contrario a lo que me había sucedido a mí.
¿Aquello era un noviazgo sincero y de verdad? Lo tendría en la retina por siempre, porque, a pesar de que no eran empalagosos (no se besaban cuando yo estaba delante de ello, y con suerte se tomaban la mano), y se comportaban de la misma manera de antes, se preocupaban el uno del otro mutuamente, y siempre tenían algún espacio para los dos solos.
¡Eran una apestosa pareja de perfectos! Pero los quería a los dos… y eran mis mejores amigos. Definitivamente Margaret se había ganado el puesto.
Desde ese entonces, las cosas cambiaron para mejor, y las clases comencé a disfrutarlas, incluso la de Pociones: Snape no me miraba para nada. Yo era un fantasma para él, pero él seguía siendo mi profesor, así que debía ponerle atención si no quería reprobar la materia. No hacía comentarios sarcásticos, y mis brebajes siempre los pasaba por alto. Al menos cuando revisaba mis muestras de las botellas, siempre me colocaba la calificación merecida.
Algunas noches, lamentablemente, seguía teniendo pesadillas con él, en algunas se repetía la misma escena de San Valentín, y en otras yo lo veía en calles oscuras y solitarias, torturando gente inocente. Cuando me acercaba más, me daba cuenta que era mi madre, pero finalmente me transformaba en mí misma. Pero ya me estaba haciendo inmune a eso.
Mejorando mis momentos de distracción, Lockwood, en el mes de marzo, casi a finales, volvió al ataque con sus bromas pesadas y sus típicos insultos gracias a que me vio atrapada en el escalón falso de una escalera, así que eso dio pie para que yo me defendiera, y nos enfrentáramos a duelo de vez en cuando, a escondida de los profesores.
A Kingsley no le parecía bien, pero aún así vitoreaba por mí cuando derribaba a ese imbécil de Slytherin, y se apresuraba a recogerme junto con Margaret cuando quedaba tirada en el piso.
De vez en cuando, claro, me quitaban algún punto por armar un poco de barullo en clases, lo que siempre había sido normal, aunque, desde luego que en la de Snape no.
No pude evitar sentirme un poco azorada cuando, en el examen final de Defensa mi patronus tomó la forma de quimera —Lockwood no perdió ocasión para fastidiarme —. Es obvio que va a cambiar, pensé con naturalidad, pero al no ser así, decidí tomarlo por el lado positivo: la quimera se parece a mí, es por MÍ, y no porque Él me lo haya dicho.
No había nada que indicaba que fuéramos a tener algún tipo de contacto, y yo no tenía intención, y suponía que Snape tampoco querría aproximarse a mí a escondidas, cuando yo lo había despreciado tan cruelmente.
Sin embargo, no me había preguntado si el destino tenía ganas de reunirnos en algún momento.
NOTAS:
Ahora que ya han llegado a esta parte, los invito a leer "Margaret" para los que estén interesados. Es la historia de lo que sucedió entre ella y Kingsley a lo largo del año, y revela algo para la segunda parte.