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Historia 32503 — capítulo 33

**XXXIII.**Lo último

Final de año llegó con la cena más suntuosa, como siempre. No recordaba que hicieran tanta parafernalia para despedir a los de séptimo, pero me conmocionó un poco ver a los profesores tan tristes, y a muchos de mis compañeros llorando el día de la graduación, apenas tres días antes de que nos marcháramos. Tal vez era porque yo ya había gastado todas mis lágrimas, o porque no me parecía tan terrible, pero no me eché a llorar. Había un gran porcentaje a favor para que Kingsley y yo estudiáramos juntos para ser Aurors, y a Margaret la seguiría visitando sí o sí, a pesar de que escogiera ser sanadora. ¡No podíamos estar más unidos! Por esa razón estaba contenta de salir de Hogwarts. Extrañaría muchas cosas: las camas con dosel y calentador, los banquetes infinitos, a los misteriosos elfos domésticos que salían de noche, los regaños de los profesores, la biblioteca, las chimeneas encendidas en los días gélidos, lo villancicos en Navidad, las armaduras chirriantes, los muérdagos y guirlandas colgados por todos lados, los cientos de cuadros parlantes, las gárgolas burlonas… En general, el castillo completo y su bullicio. Pero una vida diferente me esperaba en el exterior, una vida más independiente y libre. Además, me moría por conducir mi hermoso carro púrpura sin que mi mamá me estuviera sacando en cara el "terminas el colegio, y puedes hacer lo que quieras".

Lo mejor de todo, y que sencillamente era insoslayable, era que en los EXTASIS, al parecer, me había ido bien; el haber visto cierta marca me había levantado el ánimo hasta límites insospechados, y tanto, que nunca había deseado tanto como en esos momentos ser una Auror. Los últimos meses todos los de séptimo nos habíamos dejado los codos en carne viva para repasar todo en un resumen no tan resumido. Yo fui una de esas personas, junto con mis amigos, y creo que los examinadores que me tomaron las pruebas prácticas no quedaron decepcionados. Y el esfuerzo en la teoría, según yo, valió la pena y sólo me quedaba esperar a saber mis resultados en julio, como a todos los demás.

Los recuerdos con Snape aún estaban presentes en mi cabeza —imposible borrarlo por completo de mis pensamientos, siendo que era mi profesor de Pociones —, pero agradecía haber dejado de tener las pesadillas.

En conclusión, la llegada de fin de año había sido normal y amena.

—Tonks, ¿qué hacían tus zapatillas deportivas debajo de mí cama? —inquirió Margaret señalando el suelo ceñudamente.

Estábamos empacando nuestras cosas, para no estar al otro día, en la mañana, a última hora. Varias de mis cosas estaban repartidas por lugares increíbles. No era la reina del orden; no había sacado esa especial característica de mi madre.

—¡Pensé que las había perdido! O que las había robado Peeves. Ya sabes cómo es ése…

Un fuerte ruido de pedorreta hizo que nos sobresaltáramos junto con las demás chicas.

—¿Alguien a mencionado al pequeño Peeves?

Con un "¡plim!" apareció en medio del aire, bostezando abiertamente, haciendo tintinear los cascabeles de manera siniestra.

—¿Qué haces aquí? ¡Éste es el cuarto de chicas! —gritó Margaret. Yo me preparé para lanzarle cosas, pero no fue necesario.

—¿En serio? — el poltergeist nos miró a todas con sus ojillos maliciosos, y con un rápido movimiento cogió mis zapatillas del suelo, y salió flotando a toda velocidad por la puerta entreabierta.

—¡Eh, gusano, vuelve! —grité, dejando mi maleta a medio hacer y corriendo por la Sala Común, saliendo de ella, y luego subiendo las escaleras hacia el vestíbulo, tratando de no tropezar, lo que fue un fracaso completo —¡Vuelve! ¡Dame mis zapatillas! —grité por un pasillo vacío causando eco.

Se volvió hacia a mí y me sacó la lengua sardónicamente. Me puse roja de la ira. ¡Lo único que me faltaba es que éste idiota me terminara arruinando la última noche en Hogwarts por unas zapatillas!

—¡La pequeña mutante quiere que le entregue sus zapatillas! ¡Pero tendrá que correr para alcanzarlas!

Llegamos hasta el segundo piso, yo apenas conteniendo el aliento, y afirmándome el costado que me dolía ferozmente.

—¡Entrégamelas o te acuso a Filch! ¡Y al Barón Sanguinario!

Entrecerró sus ojos, pensativo.

—Cómo usted mande, su deforme alteza.

Y me las lanzó directo a la cabeza, pero alcancé a esquivarlas, y por esquivarlas, tropecé.

—¡Estúpido! ¡OJALÁ FILCH TE LOGRE CAZAR! —gritéa toda boca, aún en el suelo, alcanzando mis zapatillas — Estúpido… imbécil, ¿qué se cree?

Tac, tac, tac.

Por un instante había pensado que él podía arruinar mi noche. Qué equivocada estaba.

Alguien se acercaba a la vuelta de la esquina, y los pasos me sonaban más que familiares. Miré con atención, y ese alguien era…

Mis mejillas agarraron un color rosado, y sentí un cosquilleo en la nuca, pero me mantuve en mis cabales.

—Ah —soltó por la sorpresa. Evidentemente, no esperaba verme a mí — ¿Tú eras la que gritaba?

Su voz sonó impertérrita, pero se me hacía a que tenía ganas de salir huyendo, tanto como yo. Aunque no pasé por alto el "tú". ¿Aún tenía la confianza de llamarme así?

—Peeves me había quitado las zapatillas —contesté con sequedad, mirándolo con cierta curiosidad.

—Mhm…

Me paré con lentitud, aguardando a que dijera algo mejor, como "tenemos que hablar", para yo contestarle un teatral y ofendido "¡no hay nada de qué hablar, mi ex amor!". No sucedió nada. Nos miramos durante unos segundos, de manera fría, y luego, cada uno tomó su camino. Mientras más nos alejábamos, mi corazón más se aceleraba.

De pronto quise expresarme, y lo hice justo a tiempo, antes de que él desapareciera tras un tapiz.

—¿Sabes qué fue lo peor de todo? —dije en voz alta.

Se detuvo en seco. Girándose con lentitud, me miró interrogante, con las cejas levemente arqueadas.

Ja. Sin duda estaba él esperando a que fuera yo, como siempre, la que rompiera el hielo.

—Que yo —continué con la voz algo temblorosa —de verdad estaba enamorada de ti, Snape… de verdad.

Me volteé sin querer ver su expresión, y me metí por una puerta para salir al camino más rápido que me llevaría a las bodegas otra vez, luchando por las lágrimas que querían aparecer. ¡Se suponía que yo ya había superado el problema! Digo "problema", porque de verdad el amorío con ése imbécil peligraso, nariz ganchuda y murciélago había sido un PROBLEMA. Sólo me había logrado hacer actuar como una jovencita arrastrada y llorona.

No sé por qué, por un vago momento pensé que llegaría corriendo detrás de mí…

Sin embargo, yo ya había dicho la última palabra.

—Tonks, apúrate, tienes la mitad del plato aún.

Margaret me pinchaba el hombro con su dedo para que comiera más rápido mis cereales con leche. En quince minutos debíamos estar en el vestíbulo, y nuestro equipaje aún estaba en la Sala Común.

—Relájate, ya termino.

Me comencé a echar cucharadas grandes a la boca, hasta atorarme.

—Ya, terminaste, listo, vamos.

Siendo jalada de la manga por mi amiga, fuimos a buscar nuestros baúles. Iban mucho más livianos que a principio de año: algunos libros los habíamos donado a la biblioteca, y todos los deberes e informes los habíamos lanzado a la chimenea como un rito para librarnos de las malas calificaciones en nuestros estudios futuros.

Cuando nos instalamos en el vestíbulo, los profesores jefes esperaban a sus estudiantes para despedirnos, antes de que el viejo cojo y cascarrabias de Filch nos llevara hasta los carros.

Nos amontonamos por casa y cada profesor se encargó de contarnos. No faltaba nadie, estábamos los doscientos ochenta estudiantes vivos y ansiosos por mandarnos cambiar.

—Rayos —farfulló Margaret, avanzando junto a mí hacia la puerta, cada una arrastrando el baúl por el aro —, no puedo creer que estemos dando nuestros pasos finales.

—No exageres.

Habría contestado algo mejor si no hubiese sido porque me acababa de topar con aquellos interminables ojos negros. Fue una mirada fugaz, ardiente y fulminante, que me dejó sin aliento durante unos segundos. Incluso, por un instante, creí haber mirado a un basilisco, porque mi corazón se había tardado en dar el siguiente latido.

—¿Estás bien? —inquirió Margaret escrutándome con sus ojazos.

—Claro que sí—me apresuré a contestar y le dediqué una sonrisa.

Kingsley, que había estado con sus amigos unos cuantos pasos más atrás con el club de machos, bromeando brutamente —hombres —, nos alcanzó para meterse con nosotras.

Dejé que subiera primero, para yo poder echar un vistazo al castillo. La masa de estudiantes continuaba bajando por las escaleras, así que no se veía el interior.

Ya habíamos tenido nuestra última mirada.

Al par de minutos, ya teníamos una visión de Hogwarts desde la lejanía, contrastando con las verdes montañas y intenso cielo azul, iluminado por el radiante y caluroso sol de verano. Cumplido los diez, estábamos acomodando nuestras cosas en el portaequipajes del vagón que habíamos escogido para los tres, con un paisaje de campos pasando por las ventanas.

Suspiramos los tres al unísono cuando perdimos el castillo de vista. Y, como todos los demás, nos pusimos a hablar del típico "¿Te acuerdas cuando…?"

La mayoría incluía cosas como:

-Cuando Tonks se cayó rodando por las escaleras.

-Cuando Tonks tuvo que comer tierra por una apuesta perdida.

-Cuando Tonks pateó la bola mágica de Trelawney sin querer, lanzándola contra una ventana.

-Cuando Tonks lanzó un petardo del Doctor Filibuster y le dio a la señora Norris directo en el trasero.

Y la lista continuó así, burlándonos de mí hasta que se nos acabó la risa y el conductor anunció que estaríamos por llegar a la estación.

—¿Tu madre no te regañará por tener los pantalones rotos?

Esa pregunta salió de los labios de Margaret cuando estábamospor descender del tren. Miraba mis pantalones azules rasgados y desteñidos mediante magia, con expresión de reproche. Mi remera estaba en buen estado, aunque el dibujo de una calavera rosada y fosforescente la hacía parecer algo tosca.

—Ya lo creo, pero aparte de darle un ataque cardíaco, no sucederá nada más.

En efecto: los ojos de mi madre casi salieron de sus órbitas al verme con esa facha tan… desaliñada. Pero era mi estilo, el estilo Tonks, y ya era hora de que nadie me dijera cómo me tenía que vestir, o lo que tenía o no que hacer.

Nuestros padres insistieron en que nos despidiéramos más emotivamente, ¿pero qué más querían? Con un "te veo en el verano" estaba bien. Sin duda teníamos que pasar las vacaciones juntos; en Hogwarts no era tradición, como en los colegios muggles, hacer giras de estudios y esas cosas.

Llegando fuera de la estación, pude volver a conducir mi automóvil tal como en las vacaciones de Navidad, y esta vez con un permiso al cien por ciento… y a una velocidad de setenta kilómetros por hora. No quería que a mi madre le diera otro ataque.

Se me fue regañando la mitad del camino por la vestimenta, y la otra mitad para que me fijara más en las señales del tráfico.

No le rebatí nada, me limité a oírla y a asentir con la cabeza, para darle la razón, y no porque la tuviera… sino porque tenía que hablar con ella, y debía pillarla de buen humor.

La Marca Tenebrosa seguía rondando por mis pensamientos.