← Historia 32503 · de
Historia 32503 — capítulo 8
**VIII.**Trampa
Nunca pensé que fuera a ser fácil. Incluso con el apoyo de los libros que Snape, amablemente… me hizo ir a buscar a la biblioteca, por supuesto. ¿Él llevarme los libros al aula? ¡Ni soñarlo! Así que, en eso, perdí un montón de tiempo. No me dio ningún título que pudiera servirme; claramente eso haría que el trabajo me saliera mucho más fácil, y aquella no era la idea que Snape compartía. Tuve que averiguar cuáles me servían por cuenta propia.
Nunca, en toda mi corta vida, fui tan minuciosa como lo estaba siendo en esos momentos. Me fijé en cada maldito detalle y leí mínimo dos veces cada enunciado. Eran veinte tipos de filtros diferentes y, tal como había dicho Snape, cuando "Él sintiera que yo había pagado mis deudas", yo pararía de fabricar las decenas y decenas de copias que tenía que realizar de cada poción. De algo estaba segura: iba a enloquecer antes de terminar el castigo.
Ya no sabía qué era peor: ese castigo, ser asesinada por mi mamá o rendirme para siempre de mis bromas y dejar de llamar su atención.
Me tuve que saltar la cena. A las ocho en punto Snape fue a vigilar lo que llevaba hecho: apenas dos pociones en casi tres horas. Me miró con desprecio, pero sus finos labios formaban una sonrisa a medias.
—Me temo que tu estómago se quedará vacío por esta noche. Harás cinco pociones —me mostró la palma de su mano derecha con los dedos abiertos —. Cinco. Hasta la hora que sea. Y no creas que voy a venir a comprobar si las hiciste todas: mañana en la mañana las contaré, y punto.
Su voz me intimidó tanto que no pude pensar muy bien. Podría haberle contestado "Claro, ¿y qué piensa hacerme si no cumplo con eso? ¿Darme más pociones para hacer?", pero eso se me ocurrió ya cuando estaba en mi cama, acostada e intentando dormir, a pesar de lo tarde.
Me quedé hasta las doce y media. El filtro para limpiar la sangre del cuerpo, a base de sanguijuelas, era extremadamente complicado, y fue el que me llevó dos malditas horas. Tenía que confiar en que lo estaba haciendo todo bien; no quería lamentarlo después. El estómago me rugía con ferocidad por el hambre, pero el cansancio me ganó, así que, apenas terminé con las pociones del Infierno, corrí hacia mi sala común, y alcancé justo a caer en la cama, sin cerrar el dosel, sin siquiera bañarme ni lavarme los dientes ni nada, para quedarme profundamente dormida. Dormí de corrido hasta las seis y media de la mañana. En ese instante desperté y no pude volver a conciliar el sueño. Estaba famélica, pero el desayuno no estaría listo hasta las siete, así que, entre eso, me bañé e intenté mejorar mi horrible cara fantasmal producto de tanto trabajo.
Por un momento pensé que el comedor lo tendría para mí sola: era día domingo. Sin embargo, cuando salí del baño, y fui hasta la sala común, todos los de quinto hacia arriba estaban levantados, listos para comenzar un día lleno de deberes, y comenzar a estudiar para los TIMO, ÉXTASIS, y todas esas payasadas. Pobres los que tenían que estudiar para pociones. Yo casi me dejé los codos en sangre viva para aprenderme cada materia el año pasado.
En fin. Para mi sorpresa, había mucha gente en el comedor, y entre esas personas, maldita sea, estaba… sí, Lockwood. Su presencia ya me molestaba, pero lo que me dijo me cayó peor.
—¡Eh, Nymphadora! —me espetó, interceptándome antes de yo tomar mi asiento en la mesa — Supe que estás limpiando los calderos del aula de Pociones, ¿no?
—Límpiate los oídos, imbécil —repliqué, haciéndole un gesto obsceno con la mano —. No estoy limpiando los calderos. ¡Estoy haciendo pociones, para tu información!
—¿Pociones? ¿Pretendes intoxicar a la población mundial?
Suspiré.
—Me encantaría golpearte, Lockwood —reconocí —, pero me muero de hambre.
Iba a acortarme el paso otra vez, pero lo empujé con el hombro. Creo que lo empujé demasiado fuerte, porque me dolió hasta sacarme lágrimas.
—Esa cara… —farfulló Shacklebolt arqueando las cejas.
—La tuya no es muy perfecta que digamos —contesté agarrando un cuenco y llenándolo de leche y cereal.
—Escuché que le dijiste a Lockwood que estás preparando pociones como castigo.
—Sí.
—Y, ¿qué tal?
Miré fugazmente a Snape, que estaba en la mesa de profesores.
—No tan mal. A las cinco me espera otra tanda de trabajo…
Y así lo hice, pero antes, tuve que apresurarme a hacer los deberes que me quedaban. Margaret, al verme tan sobrepasada, se aproximó otra vez a mí y me ayudó en Encantamientos y Transformaciones, los cuales eran para el lunes, o sea, el siguiente día. Luego, en el almuerzo, hice lo mismo con los deberes de Defensa Contra las Artes Oscuras para el profesor Cleaver, un hombre sumiso y agradable que se desquitaba haciéndonos escribir redacciones de metro y medio y con letra exclusivamente cursiva. La verdad es que ya no sabía qué método tendría que utilizar para sobrevivir otra noche más de trabajo, pero ver a Snape era algo que me consolaba, sí… No, no, no. Olvídate de eso. El sueño te hace pensar idioteces… Pero ya lo asumiste, Tonks; sí, lo asumí, me gusta; entonces, ¿por qué lo niegas?; porque es un profesor, un idiota, antipático, sin sentimientos, peligraso, narizota, antisocial, misterioso, de sonrisa cautivamente, ojos incitadores, sensual y…
—Por poco llegas tarde.
—Lo-lo siento —maldito tartamudeo… te odio —Estaba haciendo…
—No me interesa lo que estabas haciendo. Continúa y… Ah. En la mañana envíe las primeras pociones que hiciste —se paró del escritorio y caminó hacia la puerta de su despacho, para dejarme sola en el aula —. Hasta ahora no ha llegado ningún reclamo —sonrió con maldad y me dejó sola.
Seguro esperaba a que a alguien le salieran ojos en el culo. Pero no le daría en el gusto. Aunque me quedara hasta el otro día, y los deberes se me acumularan, no envenenaría a nadie.
Podría haber ido Kingsley a ayudarme: Snape no se habría dado cuenta. Si ya no se había asomado a vigilarme en una hora, ¿por qué lo haría ahora? Lo más probable es que se apareciera antes de la cena, para decirme "Su hocico no masticará esta noche, señorita Nymphadora", así que el negrito este con voz de cantante de jazz podría perfectamente venir a colaborar con toda esta masacre corporal, además que la humedad era insoportable esa tarde, la nariz me ardía y…
Un momento. Oí pasos. ¿Sería Kingsley?
Error.
—Vete. Vete. Vete —dije, desesperada, soltando la cuchara de palo con la que estaba revolviendo.
—Me iré. Me iré. Me iré —se burló Lockwood entrando al aula, solo, con algo en la mano izquierda: en la derecha tenía su varita —. Pero, antes, quiero entregarte algo.
—No recibiré nada de tu sucia mano —gruñí, dando un paso hacia adelante, para enfrentarlo. Pero él no pareció temerme, extendió la mano y la abrió. Era un pato amarillo. ¡Un pato de hule amarillo!
—¿Un pato de hule amarillo? — inquirí extendiendo la mano y recibiéndolo —¿Para qué quiero yo esto?
No me respondió, pero fue muy rápido con la varita: apuntó al pato para que se convirtiera en lo que era de verdad: un petardo de humedad. Luego salió corriendo hasta el umbral.
—Ahora sí limpiarás calderos… y el aula completa.
Y se esfumó. Y yo reaccioné tarde. El petardo ya estaba encendido cuando lo solté, y fue a dar bajo la mesa donde estaba trabajando mi poción. Atiné a ponerme de espaldas y a alejarme unos pasos.
¡PUUUM!
Por un instante sentí un dolor agudo en la cintura, antes de darme contra la pared. Me golpeé en el mismo hombro con el que había apartado a Lockwood de mi camino en el desayuno.
El caldero rebotó por toda el aula haciendo un horrible ruido metálico, la mesa se había hecho astillas, polvo que no sabía que existía apareció creando una nube gris… y la pared más cercana al caldero… Parecía que tuviera un engrudo como capa.
No pude haber quedado con la boca más abierta al ver todo el paisaje que acabo de describir, delante de mis ojos.
Mi cara fue de profundo terror cuando vi a Snape aparecer, asustado por todo el tumulto.
—¿Qué… —¿dijo "mierda", o fueron mis oídos? — … hiciste?