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Historia 32503 — capítulo 7
A petición del público desesperado... capítulo nuevo!! Jejeje.
Besotes y disfruten!!
**VII.**Dígame Tonks
Cuando se giró sin siquiera decirme palabra, me sentí bastante vacía. No tenía razón para eso. Debía de estar saltando en una pata por haberme librado de Snape sin siquiera castigarme, pero no tenía ganas. Y creo que hasta se me notó en la cara. Shacklebolt se aproximó a mí cuando vio que yo entraba con cara de perro herido a la sala común.
—¿Estás bien?
Me encogí de hombros y me fui a sentar a una butaca apartada de la multitud que me miraba con malos ojos todavía por lo ocurrido hace una semana. Al menos esta vez Snape no me había quitado puntos. Pero tampoco me había castigado.
—Si estás apenada por como te ha tratado la gente, es porque tú te lo has ganado —me reprochó Kingsley sin pelos en la lengua.
—No me interesan los demás —admití—. Simplemente me siento rara.
—¿Rara? ¿Te quitaron puntos otra vez, acaso? ¿Qué castigo te dio Snape esta vez?
—Ninguno.
—No te creo.
—Te lo juro.
—¿Y por qué te sientes tan mal?
—No lo sé.
Antes de que fuera la hora de la cena, me puse a hacer los deberes de Transformaciones. La profesora McGonagall me había dado deberes extra para tener pretexto de darme puntos para Hufflepuff, y así reparar mi error.
A la hora de la cena tenía un nudo en el estómago, pero sabía que a las tres de la mañana me despertaría llorando de hambre, así que me obligué a bajar con los demás para comer alguna cosa.
Los manjares de Hogwarts eran tantos siempre, que terminaba llenándome el plato de muchas cosas, y al final comía la mitad.
Para distraerme me puse a oír conversaciones ajenas sin que se dieran cuenta. Shacklebolt hablaba con Clive sobre los últimos resultados de las Avispas de Wimbourne. ¡Quidditch! Entretenido. Pero mi equipo favorito eran las Arpías de Holyhead, así que no me interesaba discutir sobre resultados.
Margaret últimamente se había apartado bastante de mí, así que, a mi lado se ubicaba el grupo de Rachel Crosby, que estaba conformado por dos sabelotodo más, aparte de ella.
—… es típico. Y es entendible, por supuesto, que te sientas mal.
—No puedo evitar tratarlo mal —dijo una —. Pero cada vez que se voltea y me ignora, siento como si me abofeteara. Por eso tengo la necesidad de estar llamando su atención constantemente.
—Eso es como un amor enfermizo, ¿no crees?
—Lo sé. Pero lo que sí sé, es que, mientras él siga tomándome en cuenta cuando le contesto mal, es que…
No puedo evitar tratarlo mal. Eso fue lo que dijo una de las muchachas, refiriéndose al chico que le gustaba. Creo que me sentí identificada, pero no supe porqué, hasta que, a lo lejos, oí que alguien hablaba del Snap Explosivo. Lo que me sonó a Snape.
Y supe, entonces, porqué me encantaba ser el centro de atención cuando estaba él. ¡Era tan simple!
Me gustaba. Y mucho. ¿Tan inmadura era para no darme cuenta que me gustaba? Creo que, más que inmadura, era totalmente despistada.
Los colores se me subieron a la cabeza, y creo que empecé a ahogarme con un trozo de pan, porque Kingsley me dio un palmetazo en la espalda, y algo salió volando de mi boca, y le llegó a Clive en la túnica.
Seguí algo roja después de ahogada, y giré lentamente mi cabeza hacia la mesa de profesores.
Snape estaba bebiendo vino de su copa, mirando hacia la nada.
Percibió mi mirada y se me quedó observando con la el entrecejo fruncido. Yo pestañeé un par de veces, y con el pelo algo rosa, volví la mirada hacia delante.
Snape me gustaba. Y ahora que me había enterado, no iba a poder cumplir mi promesa. No sé cual era mi plan verdadero, pero hasta el momento se concentraba en llamar su atención de cualquier manera posible, siempre que no me costara la materia: aparte de frustrar mi futura carrera, no podría ver a Snape los viernes, y eso sería… terrible.
De todos los muchachos guapos de Hogwarts, y muchos adorables, tenía que gustarme el amargado, misterioso y peligraso Snape. ¿Podría llegarle yo a atraerle siquiera?
Creí que tendría que recurrir a algún riesgo con Lockwood, que me expusiera a ser acusada a Snape. Pues no fue necesario. A la hora del desayuno, Snape pasó por mi lado, para dejarme en vergüenza.
—La espero en mi despacho a las cinco de la tarde para cumplir su primer castigo. Le quedan muchos durante el año.
No me volteé cuando dijo eso, pero sentí arder mi cara al oír su voz. Creo que por eso rieron los que me rodeaban, salvo Kingsley. Aunque no sabían que, lo menos que me avergonzaba, era cumplir el castigo.
El resto de las horas contiguas al desayuno, fueron un verdadero pozo de vértigo. No sabía en qué gastar mi tiempo libre, y estaba demasiado nerviosa para avanzar la torre de deberes que tenía.
Me paseaba constantemente por la sala común, derribando cualquier cosa que se interpusiera en mi camino.
Y creo que comí piedras a la hora del almuerzo. Mi vista no paraba de ir hacia Snape, y de devolverse hacia el techo para que no me pillara. Y si es que se percató de mi insistencia visual, puede que haya pensado que eran los nervios del castigo.
Me presenté muy puntual al despacho de Snape. Estuve dando vueltas diez minutos antes de las cinco por las mazmorras, para no llegar tarde. No quería dar mala impresión con la puntualidad.
Golpeé dos veces la puerta. Pensé que me diría "adelante", pero no contestó nadie.
Planeé golpear otra vez, pero para cuando yo ya tenía el puño en alto, Snape abrió la puerta.
Hizo una mueca y se apartó de la puerta. Me quedé paralizada, creo, observándolo.
—No tengo toda la tarde, señorita —se burló de mí, haciéndome reaccionar, y entrar a su mazmorra.
Me indicó el asiento frontal al suyo, en el escritorio.
Se puso a jugar con la pluma y el tintero, observándome atentamente. Yo me enderecé en la silla, y crucé los brazos sobre la superficie, esquivando sus frívolos y burlescos ojos negros.
—Me estuve pensando un montón de tiempo tus castigos. Necesitaba que fuera algo que detestaras hacer, o al menos, que te costara. Y lo he decidido. El período será indefinido, hasta que sienta que has pagado tu deuda. O tus futuras deudas porque, me atrevo a decir, pequeña embustera, que continuarás con tus vanos intentos de hacerme las clases imposibles…
Hasta ese momento, yo estaba oyendo con atención, pero perdí el hilo a la frase siguiente:
—Tu castigo, Nymphadora, será…
No sé por qué lo hice. Fue… innato. Pero me incliné un poco sobre la mesa y puse la palma de mi mano sobre el dorso de la que jugaba con el tintero, y dije, con voz derretida:
—Dígame Tonks, por favor.
Puede que mi subconsciente estuviera harto de oír mi nombre. O puede que mi subconsciente, simplemente, quisiera hacer que yo le tocara la mano.
Snape se quedó de piedra durante algunos segundos, mirándome atento, como si esperara que yo hiciera otra cosa. Luego, lentamente, quitó su mano debajo de la mía. De un momento a otro reaccioné, y puse mis manos donde no fueran vistas. El color rosa chicle invadió mechas de mi pelo.
Snape se cruzó de brazos, apretando las manos, pero continuó, como si nada hubiese pasado, con voz impasible.
—Tu deber —pensé que diría mi nombre, pero no lo hizo — será fabricar una serie de Pociones, las cuales las he anotado en una lista, e irán a parar a San Mungo como donación.
Asentí, con un nudo en la garganta. Pociones. ¿Qué pasaba si alguno de mis filtros mataba a algún paciente? Snape trató de responder a mi pregunta.
—Recibirás una sanción muy grave si cometes algún error. Incluso la expulsión de Hogwarts. A menos que mates a alguien, irías a parar a Azkaban. Y ya no tendrás siquiera oportunidad de ser ex Auror. Tal vez no seas nada.
—Usted podría…
—No voy a ayudarte —gruñó con los dientes apretados—. Pero te permitiré usar todos los libros de apoyo que desees.
Me dio unas cuantas indicaciones más, y me llevó hasta el aula de pociones, dejando a la vista un montón de ingredientes, algunos, que jamás había visto, y que antes habían estado en su despacho.
Tuve que ponerme manos a la obra.