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Historia 32728 — capítulo 1
Más de una vez me pregunté que se sentiría saltar por una ventana Yemh
UNO
Observaba el cuerpo detenidamente, en una postura inverosímil. Había saltado desde el último piso, seguramente, pero asombrosamente no explotó como una bolsa de líquidos, sólo su cabeza y parte de su tórax, dejando su rostro irreconocible. Me estremecí. Las personas a su alrededor estaban aterradas, gritaban, arrastraban a los niños, volteaban sus rostros, lejos, se escuchaba una sirena (¿no es tarde, acaso, para que llegara la ambulancia?).
El caos era terrible, me empujaban en todas direcciones y sin embargo a duras penas, me mantuve en el mismo sitio.... bufé, casi burlesco ¿Qué se podía esperar? era la hora pico, en la calle más concurrida.
Seguramente un destino desdichado, habría estado muy segura de sí para saltar....sí, era mujer, su cabellera roja no se distinguía de la sangre, pero era larga, espesa... ¿o era por la misma sangre? Algo la hizo parecer hermosa a pesar de ser una muñeca rota.
No me importó seguir ahí plantado observando, sentía más que repulsión otra cosa...curiosidad. Miré hacia arriba, debieron ser más de 30 pisos, más sin embargo saltó, miré de nuevo el manojo de carnes, confundido. La policía había llegado al lugar y se apresuraba de tapar todo, como si acaso fuera algo vergonzoso.
Las guerras han hecho cosas peores. La sociedad puede ver dos horas y media de una película sangrienta y salir del cine comentando cosas como: ¿Viste cuando lo desmembró, y comió cada parte de su cuerpo?, sin el menor remordimiento, pero claro, ¿es ficción, no es así? Nadie se detiene a pensar en la realidad y reaccionar de igual modo, ¿Quién imaginaría que se puede presenciar algo así frente a tus ojos y estar caminando, como yo, hacia la cafetería a almorzar?
No es que haya visto las más terribles mutilaciones, las imágenes más obscenas, que haya vivido una guerra o que sea doctor y me haya acostumbrado, nada más lejano a la realidad. No se vio nada extraño, todos somos iguales por dentro, huesos, carnes, órganos y mierda; sólo encontré en su acto lo banal que es la vida, lo absurdo del asunto este de suicidarse… nada más ni menos que tirarse de un edificio. Supongo que quería volar, presumo que eso fue lo hermoso de su acto, tal vez se mató por amor, o tropezó y murió por parodia del destino.
Miré mi reloj esperando encontrarme con tiempo suficiente para llegar a tiempo a mi encuentro con Patricia, casi río de la ironía de no ser porque era un asunto serio, ¿será esta cosa del destino, las casualidades, algo con el cosmos, una señal con mi reunión con Patricia? ella también es pelirroja, a menos de que se haya teñido el cabello, aunque lo dudaba. Es un precioso color carmesí, combinando con perfecta armonía de sus ojos verdes.
Mis colores favoritos, el rojo y el verde, es curioso, pero son los colores de la navidad, y más curioso aún es que se acerque esa época del año. Las compras excesivas, los regalos, esas luces molestas titilantes, los embriagados, los que lloran.... o los que no hacen nada, como yo.
Faltaban dos cuadras para llegar a la cafetería, algunas de las personas que circulaban a mí alrededor seguían hablando de la tragedia cinco cuadras atrás, negué, les daba quizás dos días más y nadie recordará quién saltó del edificio Betancourt el mediodía del jueves. Nadie, excepto aquellos que vieron la escena, como yo. Tal vez podría retratarla más tarde, en la comodidad de mi estudio, o en el balcón, aunque en el balcón no creo que sea, mejor en la cocina.
Llegué a la cafetería, abrí la puerta, entré y miré alrededor, no, ninguna cabellera rojiza, me aseguré de que era la cafetería correcta, miré la hora, tal vez, en realidad era temprano. Me molestaba esperar, me pregunté si ella almorzaría, o si ya almorzó y debería pedir mi orden... preferí pedir un café, lo chocante del asunto es que ni siquiera me gusta el café.... pero es una cafetería ¿no?
No probé el café, tampoco pedí el almuerzo, y mientras pensaba el tiempo corría... y cada vez se hacía más tarde y comenzaba a impacientarme. Se supone que era la primera en llegar y traerme el manuscrito de su trabajo, se supone que no tengo todo el día para estar por ahí y por acá viendo personas caer de los edificios y pidiendo cafés que no voy a tomar, o por ejemplo ver a aquella pareja comerse mutuamente a los besos como si fueran caníbales, como succionándose los jugos gástricos.
Debo admitir que me llamó la atención la joven sentada al final, sola, no parecía esperar a nadie en particular, no se aburría, no hacía nada, sólo miraba el lugar con una hoja de papel y un lápiz. Chasqué la lengua. Miré mi reloj nuevamente, a veces es sorprendente cómo pasa el tiempo, llevaba dos horas retrasada, no pensaba seguir esperando.
Me levanté y fui al baño a orinar, me lavé las manos antes de salir, y me dispuse a buscar el dinero por el café. Desconcierto. Me encontré con algo más que la taza sin probar, un dibujo, del lugar, una persona esperando, alguien que ocupaba mi puesto donde me encontraba sentado, naturalmente yo. Pero, ¿y la artista?, nada, ni rastro. Miré los detalles, eran muy precisos a pesar de la distancia de la que se encontraba. No me importó, doblé (sin mucho ánimo pues el dibujo era bastante interesante) y guardé en mi bolsillo, me disponía a pagar por el café y marcharme cuando de repente, como si no fuera muy lógico, recordé que debería almorzar, pero casi al instante me dije que no comería allí, si llegara Patricia, aún retardada, no podría verme almorzar y tal vez esperase que yo no estuviera comiendo (sino esperándola) y segundo no pretendería ni quería hacer pretender esperarla hasta que se dignara a aparecer. Pero tenía hambre.
Ordené el almuerzo. Algo de pollo, arroz, ensalada, un jugo cualquiera. Comí, pausadamente, casi esperando que Patricia me sorprendiera haciéndolo y que a la vez trajera los escritos importantes que me prometió y que no llegaban.
No importó cuan lento comí, Patricia no apareció y tampoco la joven del dibujo, aunque eso último era lo menos que esperaba.
A las tres de la tarde salí de la cafetería, molesto, con acidez, y sin deseos de hablar con nadie.
Por lo menos deseaba no encontrarme con otra suicida.